A veces si me siento abandonado
me encuentro y desencuentro en el vacío
y allí la soledad es como un río
que me alcanza residuos del pasado
el abandono vive su pecado
que es de los otros y también es mío
tirita el alma porque tiene frío
y ya no se refugia en lo sagrado
algo ocurre de pronto en el presente
por fin abre su cofre la palabra
y el enigma se vuelve transparente
sin pensarlo dos veces me apasiono
la pasión pasa a ser mi abracadabra
y entonces no me importa el abandono.
(Poema de mi amigo Mario Benedetti)
Era un jueves de esos que hasta a los borrachos les costaba llegar al Mono Rojo de lo que llovía.
La puerta se abrió como a las siete de la tarde impregnando el local con un olor a lavanda que hacía años, Teresa, no olía.
Era la Hermana Inés, empapada de agua, ojeras y con cara de preocupación. Había sido novicia con Teresa, a la que veía levantarse, mientras todas dormían, para preparar un caldo a la Hermana Magdalena cuando recibía sesiones de quimio.
Está muy mal, dijo Inés alargando un sobre hacia Teresa. No dijo ni hola Teresa, solo está muy mal, en el San Cosme, la quedan días.
Dentro del sobre había una carta:
Si te llega esta carta es que Inés tenía razón, te fuiste pero no te borraste del todo.
El cáncer volvió. Según el médico es cuestión de días. Menos si me esfuerzo, y sabes que me esforzaré. Te escribo esta carta por dos razones, una es porque quiero probar tu estofado la última vez. Degustar el sabor que le das con la cucharada de chocolate negro.
Y la segunda es saber por ti misma que no te arrepentiste.
La gente, en Burgos, habla de que te marchaste por qué te cansaste, por que te enamoraste, o por mil cosas distintas. Todo rumores de paletos sin fundamento. Recuerdo haberte visto llorar apoyada en la cazuela cuando bajabas de madrugada a hacerme el caldo en mis noches malas de quimio. Llorabas porque pensabas que ni para rezar valías.
Y no, no te fuiste por ninguna de esas causas, te fuiste porque entendiste que hay altares sin mármol, y el tuyo huele a cebolla frita y torreznos, alimentando a gente que nunca hubieran entrado en el convento, prostitutas, contrabandistas, ladrones de medio pelo, y otras gentes nada deseables al lado de una monja. Pero te respetan, no se ríen cuando rezas el rosario mientras haces un estofado, ni por rezar siete padrenuestros antes de sacar los huevos, ya duros del agua.
Te espero, Teresa, querida Hermana, y no te olvides ese estofado. Le daré la receta a san Pedro cuando llegue mi hora.
Llegó al hospital con una olla térmica en las manos envuelta en unos paños de cocina. La habitación olía a desinfectante y a muerte, y Magdalena, en la cama, muy delgada, con unos ojos grandísimos, y unos dedos descarnados, largos, muy delgados, que estiró para probar el estofado.
Sigues poniendo chocolate, hereje, dijo riendo y haciendo reír a Teresa.
Hablaron mucho esa tarde, la última. No hablaron de Dios, ni de perdones. Tampoco del convento ni de la maldita enfermedad. Hablaron como dos viejas amigas que hacía años que no se veían.
Ninguna dijo adiós, ni hasta siempre. Ambas sabían que no volverían a verse, al menos aquí, en esta vida, pero sonreían mientras se abrazaban.
Al final, Magdalena le dijo, Teresa, recuerda esto, no te fuiste por huir, te fuiste porque tú altar era una cocina y los necesitados, tus hermanos. Recuérdalo siempre.
Después de eso, Magdalena cerró los ojos y entró en coma. Ya nunca volvió a despertar.
Desde entonces, cada jueves que cae en doce, Teresa le dice a Adiolinda sobre las seis de la tarde, vuelvo luego, y no regresa hasta las once de la noche con los ojos llorosos. Va a ver a su amiga en una pequeña capilla en el monte, y allí, reza por su alma. Luego regresa a la Taberna, se pone a cocinar para quien quiere cenar tan tarde y esa noche, el estofado con la cucharada de chocolate, lo paga ella. Adiolinda, respeta y la deja.






