ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.

ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.
Casi sin pensarlo nos fuimos sentando, uno tras otro, en torno a la chasca que encendió el Cipri, y asi pasamos la noche, escuchando las historias que alguien, no se quien, cualquiera que fuese, narraba despacito, creando un entorno de magia y misterio del que no queríamos salir.

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO
LO IMPOSIBLE SOLO EXISTE EN TU VIDA

viernes, 29 de mayo de 2026

UNA HISTORIA DE MONJAS

A veces si me siento abandonado

me encuentro y desencuentro en el vacío

y allí la soledad es como un río

que me alcanza residuos del pasado

el abandono vive su pecado

que es de los otros y también es mío

tirita el alma porque tiene frío

y ya no se refugia en lo sagrado

algo ocurre de pronto en el presente

por fin abre su cofre la palabra

y el enigma se vuelve transparente

sin pensarlo dos veces me apasiono

la pasión pasa a ser mi abracadabra

y entonces no me importa el abandono.


(Poema de mi amigo Mario Benedetti)



Era un jueves de esos que hasta a los borrachos les costaba llegar al Mono Rojo de lo que llovía.

La puerta se abrió como a las siete de la tarde impregnando el local con un olor a lavanda que hacía años, Teresa, no olía.

Era la Hermana Inés, empapada de agua, ojeras y con cara de preocupación. Había sido novicia con Teresa, a la que veía levantarse, mientras todas dormían, para preparar un caldo a la Hermana Magdalena cuando recibía sesiones de quimio.

Está muy mal, dijo Inés alargando un sobre hacia Teresa. No dijo ni hola Teresa, solo está muy mal, en el San Cosme, la quedan días.

Dentro del sobre había una carta:

Si te llega esta carta es que Inés tenía razón, te fuiste pero no te borraste del todo.

El cáncer volvió. Según el médico es cuestión de días. Menos si me esfuerzo, y sabes que me esforzaré. Te escribo esta carta por dos razones, una es porque quiero probar tu estofado la última vez. Degustar el sabor que le das con la cucharada de chocolate negro.

Y la segunda es saber por ti misma que no te arrepentiste.

La gente, en Burgos, habla de que te marchaste por qué te cansaste, por que te enamoraste, o por mil cosas distintas. Todo rumores de paletos sin fundamento. Recuerdo haberte visto llorar apoyada en la cazuela cuando bajabas de madrugada a hacerme el caldo en mis noches malas de quimio. Llorabas porque pensabas que ni para rezar valías.

Y no, no te fuiste por ninguna de esas causas, te fuiste porque entendiste que hay altares sin mármol, y el tuyo huele a cebolla frita y torreznos, alimentando a gente que nunca hubieran entrado en el convento, prostitutas, contrabandistas, ladrones de medio pelo, y otras gentes nada deseables al lado de una monja. Pero te respetan, no se ríen cuando rezas el rosario mientras haces un estofado, ni por rezar siete padrenuestros antes de sacar los huevos, ya duros del agua.

Te espero, Teresa, querida Hermana, y no te olvides ese estofado. Le daré la receta a san Pedro cuando llegue mi hora.

Llegó al hospital con una olla térmica en las manos envuelta en unos paños de cocina. La habitación olía a desinfectante y a muerte, y Magdalena, en la cama, muy delgada, con unos ojos grandísimos, y unos dedos descarnados, largos, muy delgados, que estiró para probar el estofado.

Sigues poniendo chocolate, hereje, dijo riendo y haciendo reír a Teresa.

Hablaron mucho esa tarde, la última. No hablaron de Dios, ni de perdones. Tampoco del convento ni de la maldita enfermedad. Hablaron como dos viejas amigas que hacía años que no se veían.

Ninguna dijo adiós, ni hasta siempre. Ambas sabían que no volverían a verse, al menos aquí, en esta vida, pero sonreían mientras se abrazaban.

Al final, Magdalena le dijo, Teresa, recuerda esto, no te fuiste por huir, te fuiste porque tú altar era una cocina y los necesitados, tus hermanos. Recuérdalo siempre.

Después de eso, Magdalena cerró los ojos y entró en coma. Ya nunca volvió a despertar.

Desde entonces, cada jueves que cae en doce, Teresa le dice a Adiolinda sobre las seis de la tarde, vuelvo luego, y no regresa hasta las once de la noche con los ojos llorosos. Va a ver a su amiga en una pequeña capilla en el monte, y allí, reza por su alma. Luego regresa a la Taberna, se pone a cocinar para quien quiere cenar tan tarde y esa noche, el estofado con la cucharada de chocolate, lo paga ella. Adiolinda, respeta y la deja.


jueves, 28 de mayo de 2026

LA MASA DE PAN

Yo canto el fado para mí

Ábreme las puertas que dan

Del corazón hacia fuera

Y mi dolor, sin tener fin

Que está en esa prisión

Sal de la cárcel, se va fuera

Oh mi dolor, sin lo amargo de tu llanto

No cantaría como canto

En mi canto amargado

Oh mi amor, eres el dolor que sufro y lloro

Al final, oh dolor que adoro

Es por ti que canto fado

(Fado da Saudade, Amalia Rodrigues)




Llegaron tarde de la consulta del Cipri.

La Maruxaina y Adiolinda lo acompañaron a esa revisión a la que fue sin enterarse de nada. El médico era nuevo, el antiguo ya se jubiló y no se despidió de nadie. Un día, recogió su mesa metiendo todo en una caja de cartón, la llevó a su coche y se marchó. El nuevo médico parecía no fiarse del diagnóstico del antiguo. Examinó al Cipri, preguntó y al no responder él respondían la sirena y la tabernera, y después de un buen rato, el médico dijo, se olvida de todo, no recuerda ya nada cuando cae en ese estado y no sale. De lo único que no se olvidará es de lo que tenga entre las manos.

Al llegar al Mono Rojo, la Maruxaina le pidió agua, harina, sal y levadura, con las que hizo una masa muy primaria, y poniéndola sobre la mesa llena de harina esparcida, cogió las manos agarrotadas del Cipri y las puso sobre la masa mientras Adiolinda miraba intrigada.

Toda la Taberna callaba y miraban atentos al Cipri, que en principio no hizo nada. Dejó las manos apoyadas en la incipiente masa, tal y como la Maruxaina las había dejado y no hacía nada.

Después de un rato, el Cipri comenzó a mover una mano sobre la masa, para al poco, con la otra empezar a dar vueltas y golpes a la masa. Estuvo dos horas amasando lo que luego, Teresa, convirtió en barras de pan al meterlo en el horno.

El Cipri, de nuevo quieto, sin hablar, sin moverse, con los ojos cerrados, aspiraba el olor a pan horneado y sonreía.

Han pasado tres semanas de aquello. Cada día el Cipri amasa el pan que luego usarán en la Taberna, y hubo adelantos. Un día, al pasar un parroquiano viejo, el Cipri dijo, hola Diego. Otro día, al pasar por delante de él mientras amasaba, otro cliente, el Cipri le dijo, hola, hijo. Fueron dos buenos días, aunque en la mayoría de ellos, el Cipri nunca hablaba, solo amasaba hasta que la masa estaba en su punto. Luego olía el pan recién horneado, y siempre, siempre, sonreía.

Un día, mientras amasaba, su hija, Adiolinda, le preguntó ¿Sabes quién soy? Y el Cipri, con los ojos cerrados dijo, mi sangre. Para Adiolinda fué suficiente.

A quien le pregunta por el Cipri, Adiolinda contesta, tiene Alzheimer, que le robó todo menos el ritmo de las manos. Gracias a ello, cuando el Cipri nota la masa en sus dedos, empieza un juego de harinas y levaduras en el que la Taberna calla y observa, esperando que el Cipri tenga un buen día, como ese en el que al empezar a amasar, Vega comenzó a tocar con su guitarra las notas del fado de Amalia Rodrigues, Fado da Saudades y el Cipri comenzó a cantar en vos bajita:

Yo canto el fado para mí

Ábreme las puertas que dan

Del corazón hacia fuera

Y mi dolor, sin tener fin

Que está en esa prisión

Sal de la cárcel, se va fuera...


Ese día era bueno para el Cipri.

martes, 26 de mayo de 2026

XOAN

Es una lástima que no estés conmigo

cuando miro el reloj y son las cuatro

y acabo la planilla y pienso diez minutos

y estiro las piernas como todas las tardes

y hago así con los hombros para aflojar la espalda

y me doblo los dedos y les saco mentiras.

Es una lástima que no estés conmigo

cuando miro el reloj y son las cinco

y soy una manija que calcula intereses

o dos manos que saltan sobre cuarenta teclas

o un oído que escucha como ladra el teléfono

o un tipo que hace números y les saca verdades.

Es una lástima que no estés conmigo

cuando miro el reloj y son las seis.

Podrías acercarte de sorpresa

y decirme "¿Qué tal?" y quedaríamos

yo con la mancha roja de tus labios

tú con el tizne azul de mi carbónico.

(Poema de mi amigo Mario Benedetti)



Había luna nueva, y en el ambiente flotaba olor a mar profundo y a romero quemado. Presentía Vega que algo no iba bien viendo el nerviosismo de la Maruxaina, inquieta, como barruntando noticias, molesta.

De golpe un silbido, agudo, penetrante, desafinado como solo Xoan sabía hacerlo, pensó la sirena contestando con otro silbido de tono muy alto, tan alto que hizo vibrar las copas de cristal en las estanterías del Mono Rojo, haciendo que los parroquianos se taparan los oídos, doloridos de tan agudo silbo.

Apareció Xoan en la Taberna, translúcido, se veía la barra a través suyo y el aire no se movía cuando respiraba. Mojado, arrastrando alguna fibra de algas adheridas a su cuerpo.

Nunca llegas tarde, dijo él, aunque para nosotros ya lo sea. Te marchaste de los fondos y allí quedé yo, errante entre los océanos, huyendo de tu recuerdo.

Estás muerto, dijo la Maruxaina. Tienes esa herida en el costado por donde se te marchó la vida de un arponazo de un pescador asustado que desde entonces no habla, no piensa, no es.

Se contaron lo que les faltaba por decirse. Hablaron de cómo el plástico invadía ese fondo donde ellos retozaron tiempo atrás, en imposibles cabriolas jugando con los traviesos y juguetones delfines.

Se pusieron al día sin necesitarlo, hablaron sin escucharse la voz, ya que el lenguaje de un corazón, aunque frío como solo lo puede tener una sirena, no tiene resonancia más allá del pecho del otro.

¿Te arrepientes? Preguntó él

De no haberte seguido, si, de haberme dejado ir, yo no.

Adiolinda se acercó con una botella de ron con extrañas hierbas dentro. Cuando los muertos hablan con los vivos, la Taberna empieza a quedarse fría. Tomen y beban de este brebaje y recuperemos calor, dijo la tabernera acercándoles la botella, que al destaparse, a la Maruxaina le trajo olores a hogar, quizás por las algas maceradas en el alcohol, y Xoan lo supo.

Ya no puedo quedarme, la marea me llama de nuevo, la dijo Xoan acercando su etérea figura hasta sus labios, rozándolos.

La Maruxaina, con los ojos cerrados, asintió llorando para adentro. Las sirenas no pueden llorar hacia fuera, se deshacen, de desvanecen, por eso su llanto es profundo e interior. Te vas, ahora tú, te vas.

En el lugar donde había estado la figura de Xoan ahora había una pequeña concha, blanca, nacarada, con un diminuto agujero en el centro. La misma concha con la que jugaron la Maruxaina y Xoan en la profundidad del océano, 

Desde entonces, las noches de luna nueva, si estás atento, puedes escuchar el silbido agudo, penetrante y algo desafinado de Xoan, mientras unos dedos largos juguetean con una pequeña concha nacarada con los ojos cerrados y unos brazos rodean a la Maruxaina rescatándola con el calor de la amistad. Vega siempre pendiente.


lunes, 25 de mayo de 2026

EL SOTANO OSCURO

Es una necedad que vivo triste

Y que el recuerdo me corroe.

Visito a la memoria pocas veces

Y siempre me confunde.

Cuando al sótano voy con la linterna,

De nuevo creo oír el sordo alud

Que retumba por la escalera estrecha.

Humea la linterna, no puedo regresar,

Y sé que voy directa al enemigo.

Y pido gracia… Pero allí

Todo está oscuro y en silencio. ¡Mi fiesta ha terminado!

Treinta años hace ya que despidieron a las damas,

El calavera aquél murió de viejo…

Pues he llegado tarde. ¡Qué más da!

No puedo aparecer en parte alguna.

Mas toco la pintura de los muros

Y me caliento junto al fuego. ¡Qué milagro!

A través de este moho, tufo y putrefacción

Han brillado dos verdes esmeraldas.

Y un gato ha maullado. ¡Vámonos a casa!

¿Mas dónde está mi casa y dónde mi razón?

(Poema de mi amiga Anna Ajmátova)


A veces, a quien lo pide, Adiolinda deja bajar al sótano oscuro cuya trampilla está detrás de la del sótano general.

Casi nadie pide bajar al sótano oscuro. Ninguno de los que regresaron contaron nada, pero por el color de su rostro, algo no muy bueno ocurría durante los diez minutos que se podía estar ahí, como máximo, menos no, más, tampoco.

Adiolinda te deja bajar, pero si al llegar al tercer escalón, el olor a humedad, a tierra mojada, a metal oxidado y a ron agrio, te agobian y quieres volver a subir, Adiolinda te lo permite. Si lo quieres hacer estando en el séptimo escalón, ya no puedes regresar, has de pasar los diez minutos en el sótano oscuro, salvo que quieras que le oscuridad del sótano te persiga eternamente.

El tiempo lo mide un viejo reloj de arena de madera, al final de la escalera y que gira solo.

Durante los dos primeros minutos de oscuridad, solo se escucha tu fuerte y asustada respiración. El olor ha cambiado y ahora huele a bodega de barco, a mar, a naufragio y la oscuridad total te mantiene alerta.

Del minuto tres al cinco vuelve lo que enterraste, el peso de esa vez que debiste decir no y no lo hiciste, el frío de la mano de una traición con la que abandonaste a quien te comprendió, el chasquido seco del cerrojo de una puerta que cerraste en vez de dejarla abierta. El ruido de las páginas de un libro que nunca escribiste y del que se conserva solo el título, y cosas así que enterraste sin morir porque dolía menos fingir que no existían.

Del minuto seis al ocho el frío es intenso, tanto que te hace sudar de miedo. La oscuridad ha engordado y metiéndose por tus poros te ha invadido y notas tristeza en el alma, tristeza y miedo al reconocerlo.

Quieres salir, golpeas la puerta fuera de tiempo, desesperado, pero nadie abre. Te sientas en un escalón y dejas, rendido, que tú parte oscura se funda con el sótano. Te ves malo y vacío de positividad, un ser oscuro que nunca volverá a ver algo de luz.

Te empiezas a tranquilizar y si te pudieras ver en ese momento verías la sonrisa torcida que cruza tu cara mientras tus ojos permanecen apagados, muertos.

De golpe, la oscuridad deja de empujarte. Estás tranquilo.

Del minuto nueve al diez, el peso de lo que cargabas disminuye. No tienes respuestas, el sótano oscuro no las da, pero si te sientes más liviano, tus muertos, aquellos que enterraste estando vivos pesan menos en la mochila, ya casi murieron, les queda el empujón final que tendrás que darlo tu en el mundo de fuera.

El reloj de arena ha parado, la puerta, en lo alto de la escalera se abre sola y tú asciendes. Nadie, ni Adiolinda, te espera. Ningún ritual, ninguna música apocalíptica, nada, solo el olor a fritanga y la luz de la Taberna. No te has vuelto loco ni has visto fantasmas. Estás incómodo porque saliste sabiendo lo que no conocías de tí. Aún no lo sabes, pero ese conocimiento será el que impida te sigas tropezando con tu propia sombra. Ya no puedes mentirte, ahora sabes, pero no es cierto que eso te haga libre. Más liviano, si, pero no libre, sigues esclavo de ti mismo, pero ahora, lo sabes.

domingo, 24 de mayo de 2026

LUIS EL MARINO

Cuando contemplo el mar desde mi arena

y llegan olas con el infinito

no tengo más remedio que quedarme perplejo


hablo conmigo mismo y con las cosas

me siento mínimo / insignificante

recurro a mi energía y no la encuentro

la habré dejado en casa


en el mar caben todos los enigmas 

cuando el viento lo peina

es una maravilla

los pájaros se acercan y lo besan

porque saben que el mar es universo


mirarlo es a veces suficiente

por eso lo contemplo hasta el cansancio

piélago a piélago y acantilados


aquí está el mar / allí está el mar

la historia universal nos lo regala

y yo me ahogo sólo de mirarlo

(Poema de mi amigo Mario Benedetti)



Entró en la Taberna del Mono Rojo sin dinero, casi sin razón, y al sentarse en la barra, Adiolinda le puso delante una jarra de cerveza y un platito de aceitunas.

Él dijo, dame agua, no tengo dinero para pagarte esta cerveza. La tabernera le explicó que agua o cerveza era igual, que si no había dinero tendría que pagar con una historia. Ley de la Taberna, le explicó.

Y el nuevo cliente, empezó su relato:

Me llamó Luis, aunque cuando estaba por esos mundos donde empieza mi historia, no me llamaba igual.

Trabajaba enrolado en el "Rayo del Sur", un carguero que hacía la travesía por los mares que el Indicó nutre, y no era de marinería mi trabajo. Yo era el encargado de la bodega invisible, aquella en la que se almacenaban los productos caídos de camiones durante las cargas y descargas de avituallamiento y donde viajaban silenciosas y ocultas las gentes con las que se nutrían los burdeles asiáticos de medio mundo.

Esa noche especial, bajé a la bodega porque me dijeron que había un encargo especial. No era un fardo, era una niña de ojos rasgados, con coletas, y unos ocho años de edad con una muñeca rota en su regazo y que, llorando, llamaba a su madre contínuamente.

En cuanto la vi supe que significaba problemas para mí, porque no podía dejarla en el barco. La travesía acababa en un puerto del mar de Bering, y de ahí, nadie vuelve, menos una niña.

Esperé a una parada del barco, varado y esperando en alta mar una mercancía que nos traían desde la cercana Birmania, y cogiendo a la niña, envolviéndola con mi chaqueta de pana azul, la metí en un bote que arrié hasta el agua y comenzando a bogar, después de dos horas llegué a la costa, donde, amarrando la pequeña barca, me dirigí a un convento de las Hijas de la Caridad, que conocía, dejando a la niña en manos de la Hermana María, que sin preguntas, me dijo: "gracias por devolverla a la vida".

Regresé al "Rayo del Sur", izando de nuevo el bote, en el que me acurruqué, haciéndome el dormido, para que el resto pensara que había dormido en cubierta.

Nadie se enteró de mi aventura, siguió el barco su trayecto, pero cuando estábamos cerca de atracar en un pequeño puerto, el capitán, dándome un sobre son doce mil euros, me dijo, bájate en el siguiente puerto, aquí ya no nos vales". Así, sin más 

Cuando acabé mi relato, toda la Taberna estaba en silencio, mirándome, escuchando.

Adiolinda dijo poniendo otra jarra de cerveza, no está mal, tiene especias, mar, sal, miedo, riesgo, valor. No está mal, tú deuda está pagada.

Una vieja prostituta que andaba por el local me preguntó, ¿Es real tú historia, es cierta?

Me encogí de hombros y la dije, es igual, es mi pago de hoy por las cervezas.

sábado, 23 de mayo de 2026

UNA BODA, UNA MADRE, UNA NOVIA, Y MUCHO MIEDO

Tus hijos no son tus hijos.

Son los hijos e hijas del anhelo de la vida por sí misma.

Vienen a través de ti pero no de ti,

Y aunque están contigo, no te pertenecen.

Puedes darles tu amor pero no tus pensamientos,

Porque tienen sus propios pensamientos.

Puedes hospedar sus cuerpos pero no sus almas,

Porque sus almas habitan en la casa del mañana, que no puedes visitar, ni siquiera en tus sueños.

Puedes esforzarte en ser como ellos,

pero no procures hacerles semejantes a ti,

no retrocede ni se detiene en el ayer.

Tú eres el arco del cual tus hijos,

como flechas vivas,

son lanzados.

El arquero ve el blanco en la senda del infinito

y él, con su poder, os tensará,

para que sus flechas puedan volar rápido y lejos.

Deja que la inclinación,

en tu mano de arquero

sea para la felicidad

Pues aunque él ama

la flecha que vuela,

ama de igual modo el arco que es estable.

(Poema de mi amigo Khalil Gibran)



En la página 57 del cuaderno negro, un cuaderno donde el Cipri escribía las mejores historias contadas por los clientes y parroquianos, costumbres que continúa su hija Adiolinda, se puede leer con la letra del Cipri:

Era un martes después del mediodía. En la Taberna entró una chica vestida de novia, vestido de encajes y velos blancos y de las rodillas para abajo, barro pegado del camino.

Su rostro, lloroso, con el maquillaje corrido, y pidiendo a gritos un vaso de ron.

Se tomó tres antes de ponerse a cantar desde la barra. Al principio, los parroquianos presentes no hicieron caso, pero según avanzaba la canción fueron callando y escuchando una letra, recién inventada que salía directamente del alma.

Así nos enteramos que Elena, que así se llamaba la chica, estando en el altar con el novio, se le quedó mirando con miedo en sus ojos. Rogelio, el novio, no contestó al sacerdote, que tosiendo le urgía la respuesta.

Pálido, con las manos sudorosas, la cara desencajada, miró a su madre, sentada en el sitio de la madrina, que miraba a su hijo y a Elena con cara de decir, ya lo decía yo, esa chica es poco para él.

No puedo, dijo Rogelio, mamá no puedo casarme. Ni tan siquiera faltó a la boda, lo que hubiera facilitado las cosas. Fue para decir que no podía. Era el miedo de toda su vida a la madre.

Elena, quitándose el velo de la cabeza, si decir nada a nadie, salió corriendo de la pequeña iglesia y llegó hasta la Taberna del Mono Rojo por casualidad.

El Cipri la vió y no dijo nada, tan solo limpió el mostrador con una bayeta y puso delante de la chica un vaso de ron que ésta apuró. Así hasta tres vasos, y al apurar el tercero, empezó a cantar. No era tanto una canción sino un desahogo del alma, un llanto musical que nacía de la vergüenza y el dolor sentido.

Al acabar, la Taberna estaba totalmente en silencio y todos los parroquianos mirando a la novia abandonada, pero ahora no eran miradas interrogatorias, y el silencio, diferente al de la iglesia, no era un silencio de vergüenza, era un silencio de reconocimiento.

El Cipri le acercó el cuaderno negro en el que todavía solo había escrito un título, "Me llamó Elena y nunca más voy a pedir permiso para irme"

El Cipri solo la dijo, aquí, en este cuaderno quedan las cosas que no cargas. Si vuelves alguna vez, no vengas más con ese vestido de novia.

Elena cerró el cuaderno devolviéndolo, se quitó los zapatos de tacones tirándolos a una papelera de las que había en el suelo, pegadas a la barra, y salió descalza al exterior.

Al mes, volvió a la Taberna, con una camisa verde y unos pantalones vaqueros rotos, riéndose mucho, como nunca antes se había reído.

El cuaderno funciona, Cipri, dijo entre carcajadas, aquí se quedó lo que no cargué.

Me he enterado que Rogelio va a casarse dentro de unos meses con otra, y me sentí feliz, sin poder dejar de reír. No me importa lo más mínimo. Ahora, Cipri, deja que yo te invite. Pon unos vasos y una botella de ron, y brindemos por el miedo de un cobarde que nunca será libre, mientras para mí, la vida sigue.

viernes, 22 de mayo de 2026

KIKO, MARTA Y UNA DANA

Por la memoria vagamos descalzos

seguimos el garabato de la lluvia

hasta la tristeza que es el hogar destino

la tristeza almacena los desastres del alma

o sea lo mejorcito de nosotros mismos

digamos esperanzas sacrificios amores.

A la tristeza no hay quien la despoje

es transparente como un rayo de luna

fiel a determinadas alegrías.

Nacemos tristes y morimos tristes

pero en el entretiempo amamos cuerpos

cuya triste belleza es un milagro.

Vamos descalzos en peregrinación

tu savia dulce nos acepta tristes.

El garabato de la lluvia nos conduce

hasta el hogar destino que siempre has sido

tristeza enamorada y clandestina

Y allí rodeada de tus de tus lágrimas secas / de tu siglo de sueños

nos abrazas como anticipo del placer.

(Poema de mi amigo Mario Benedetti)



Se llamaban Kiko y Marta. Se conocieron en el Mono Rojo porque los dos corretearon entre sus mesas, de críos, mientras sus padres compartían vino e historias en la Taberna, dejando a los chicos libertad entre parroquianos.. 

Kiko era mensajero. Llegaba siempre tarde a su cita en la Taberna, con la ropa, a veces, sucia de grasa seca de la vieja motocicleta, herencia de su padre,  con la que repartía, y una sonrisa que le duraba hasta que se acababa la cerveza.  

Marta era cajera de un supermercado. Tenía tatuajes en los antebrazos y la costumbre de esperar a Kiko tomando una cerveza.

Empezaron compartiendo mesa. Luego compartiendo historias. Luego compartiendo el banco de la esquina que no tiene corriente de aire pero que está lo suficientemente retirado para esas cosas de jóvenes enamorados.

Adiolinda dijo que durarían un invierno. Se equivocó. Duraron tres.

El problema fue una Dana en Valencia, a la que fue Kiko de voluntario, respondiendo a una petición del Concejo del Barrio de que necesitaban personas para ayudar allí donde el agua rompió casas, carreteras y familias enteras. 

"Vuelvo en un mes y nos vamos luego juntos", le dijo.  

Marta asintió y no discutió, pero no brindó con él esa noche. "Cuando vuelvas brindamos", dijo. "Por nuestra futura vida juntos".

Kiko se fue de madrugada, y pasó el mes, y pasó otro, y otro más. Kiko no cogía el teléfono, y por fin, con las lluvias de otoño llegaron los nombres de los que cayeron ayudando a los demás. El de Kiko venía en la lista.

En el Mono Rojo no se llora por alguien que marchó, y Marta no lo hizo, al contrario, muy seria se sentaba cada noche en el mismo banco donde se sentaba con Kiko y pedía dos vasos de cerveza, uno quedaba siempre intacto, sin tocar, que después, cuando Marta se iba se tomaba Dieguito, el Miserable, para que no se estropeara. 

"Es para cuando vuelva", decía Marta si alguien la preguntaba.

Pasó un año, y un día abrió las puertas de la Taberna Kiko, que regresaba. No estaba muerto, el río se lo llevó, pero lo encontraron un unos meandros río abajo y con la memoria perdida durante casi un año. Cuando la recuperó, volvió a la Taberna, muy delgado, con una cicatriz en la ceja, y al ver a Marta su cara se iluminó y andando hasta la mesa del banco, levantó el vaso de cerveza y dijo, brindemos, por algo que merezca la pena, como dijiste.

Marta, miró el vaso, luego a él, fría como el hielo, sin emociones en la cara, y muy seca, le dijo, no, no brindo, ya no merece la pena, y se fué sin decirle más, sin volverse a mirarlo.

Kiko se quedó sentado una hora, se bebió los dos vasos, los pagó y nunca más volvió al banco de la esquina, que desde entonces permanece vacío.

Ha pasado tiempo, casi dos años. Santiago era otro crío que corrió entre las mesas del Mono Rojo jugando con Marta y con Kiko, y aunque hacía años que no volvía a la Taberna, escuchó la historia de sus amigos de infancia y decidió regresar a ayudar, diciéndola a Adiolinda que podía hacer que esos dos, Kiko y Marta volvieran a brindar juntos. Adiolinda solo le dijo, no quiero broncas en el Mono Rojo, si es así, adelante, yo te ayudo, pero a la primera discusión fuera de tono, sales por la puerta.

Santiago le dijo a Kiko que había encontrado algo suyo en donde las inundaciones del río, algo que solo, aparte de él, Marta reconocería. Y a Marta la dijo que Kiko había dejado, antes de irse de voluntario, en la barra del Mono Rojo una carta que solo ella podría leer.

Ambos se presentaron en la Taberna, cada uno por su lado y sin saludarse.

Santiago les esperaba en el banco vacío, y puso dos vasos de cerveza, y les dijo, siéntense, son sus vasos. La única condición es que para beberlos deben brindar, si no, marchen a la barra y pidan allí lo que quieran sin brindar.

Kiko y Marta se miraron sin decir nada, y a los cuarenta y cinco minutos, Marta se levantó y fue hacia la barra donde pidió una cerveza.

Con ella en la mano se volvió a mirar a Kiko, que seguía sin moverse del banco, mirándola fijamente y recordando.

De golpe, Marta fue hacia él, cogió un vaso de cerveza del banco y se lo puso delante de la cara, - Brinda por algo que merezca la pena.

Kiko cogió el vaso y brindó con ella, sin abrazos, sin disculpas, sin un volvamos. Solo un brindis. 

Después Marta se marchó.

Adiolinda preguntó a Kiko, ¿Y ahora qué, de qué valió ese brindis?

Mirando fijamente a Adiolinda, Kiko dijo, a veces, arreglar algo no es volver a pegarlo. Es lograr que cuando te la encuentras y os miráis, dejé de doler.

Ni Marta ni Kiko volvieron nunca al Mono Rojo, pero si se ven por la calle, se saludan y sonríen.