ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.

ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.
Casi sin pensarlo nos fuimos sentando, uno tras otro, en torno a la chasca que encendió el Cipri, y asi pasamos la noche, escuchando las historias que alguien, no se quien, cualquiera que fuese, narraba despacito, creando un entorno de magia y misterio del que no queríamos salir.

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO
LO IMPOSIBLE SOLO EXISTE EN TU VIDA

viernes, 29 de mayo de 2026

COSAS DE VEGA

Se despertó una mañana.

Soy la yerba,

llena de agua.

Me llamo yerba. Si crezco,

puedo llamarme cabello.

me llamo yerba. Si salto,

puedo ser rumor de árbol.

Si grito, puedo ser pájaro.

Si vuelo...

(Hubo temblores de yerba

aquella noche en el cielo)

(Poema de mi amigo Rafael Albertí)



Son las historias de Vega. 

Un día, al poco de llegar a la Taberna, Vega se fue directa a una mesa, abrió la funda de la guitarra y mirando fijamente tres estrellas que se veían a través del cristal, cantó " nací donde no hay mapa, donde los faroles son constelaciones rotas, donde yo aprendí a flotar entre nubes y notas."

Si voz parecía venir de otras galaxias y la Taberna fuera una especie de nave en la que un borracho lloraba, Adiolinda se olvidaba de cobrar, las copas guardaron silencio y todo pareció llorar cuando se escuchó a Vega cantar, mañana si me buscan no miren al suelo, búsquenme por las alturas, donde haya olor a cielo.

Otra tarde, Vega apareció en el Mono Rojo diciendo que hoy no cantaba, que hoy devolvía, sacando un frasco negro que puso sobre la barra destapado.

De su interior salió un atroz y espeso silencio, de esos que envuelven en el local a todo lo que en en su interior se encuentra, el silencio de la primera vez que un propietario de la Taberna murió hacía siglos, el silencio de una carta sin enviar, el silencio de pedir una mano y dejarla abandonada en el altar ante todos los invitados, el silencio de un te quiero que te tragaste antes de decirlo, el SILENCIO, en grande.

Hubo un rato en el Mono Rojo que nadie mintió, que nadie habló, que solo se escuchaba ese silencio aplastante, y cuando se vació el fresquito, Vega lo cerró diciendo, ya he pagado mi deuda.

Esa noche nadie pidió música, pero todos salieron tatareando una canción que nunca aprendieron, que ni tan siquiera conocían.

Cuando quieras, dijo Adiolinda, te vuelves a robar más ruido, mi estrella.

Otro día, Vega se aburría en la Taberna. Solo tres o cuatro parroquianos, medio dormidos. La Maruxaina había salido, Teresa, con ayuda de Adiolinda, en la cocina metidas, un planazo de tarde.

Vega sacó una pequeña armónica, hecha de hueso de pescado y luz de luna, y dió una nota larga, seguida de otra corta y un crujido avisó de una silla moviendo una pata, luego otra, y otra, y otra. Así todas las sillas, bailando entre ellas, con las mesas, saludándose con inclinaciones, bailando vals, pasodobles, hasta que Vega guardó la armónica.

No hay clientes, que cada silla baile su historia, dijo Vega, y haga algo por su existencia.

Otro día Vega se presentó en la Taberna con un cartel que ponía, se compran suspiros a cambio de recuerdos.

Adiolinda la dijo, Vega, eso no se compra, niña. Y Vega respondió, todo lo que existe puede comprarse.

El primero en vendérselo fue un carretero que suspiró por la muerte de una mula. Su pago fue el recuerdo del primer potro que recibió siendo un chaval. Se fue sonriendo y feliz.

La segunda fue una modistilla que suspiró por un amor perdido. El pago fue el recuerdo de la risa franca de su madre, cuando era ella casi una niña.

Y ssí, uno por uno fue llenando la barra de frasquitos con suspiros, de tal manera que todo lo ocupaban. Cantidad de frasquitos brillando con un suspiro dentro.

Nadie peleó, ni discutió, ni riñó esa noche en la Taberna, y al final de la noche, Vega le dió a Adiolinda un frasquito con un suspiro de ella dentro.

Al destaparlo, Adiolinda recordó su primer día en la Taberna, con el Cipri, su padre, y sonrió feliz.

Vega terminó sacando todos los frascos a la calle y, destapándolos, todos los suspiros volaron hacia arriba, hacia las estrellas, parecía Nochebuena.

Son las pequeñas historias de Vega, que a veces se aburre e inventa.






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