Recuérdame cuando haya marchado lejos,
muy lejos, hacia la tierra silenciosa;
cuando mi mano ya no puedas sostener,
ni yo, dudando en partir, quiera todavía permanecer.
Recuérdame cuando no haya más lo cotidiano,
donde me revelabas nuestro futuro planeado:
solo recuérdame, bien lo sabes,
cuando sea tarde para los consuelos, las plegarias.
Y aunque debas olvidarme por un momento
para luego recordarme, no lo lamentes:
pues la oscuridad y la corrupción dejan
un vestigio de los pensamientos que tuve:
es mejor que me olvides y sonrías
a que debas recordarme en la tristeza.
(Poema de mi amiga Christina Rossetti)
Cada vez que alguien abría la puerta del Mono Rojo y el viento del norte empujaba olores a salitres y algas, la mirada de la Maruxaina se iba hacia la calle mientras la mente evocaba recuerdos de otros tiempos en el silencio del fondo. No un silencio vacío y desprovisto de vida, sino un silencio lleno con los cánticos de las ballenas en la lejanía, la fuerza de las corrientes marinas, el baile estático de las anémonas y el color de la luna dispersándose en el gran azul marino.
Echa de menos la presión de millones de litros de agua salada a su espalda, el no dar explicaciones sobre las escamas detrás de las orejas, el no tener que explicar quién era. Echa de menos al océano y sus profundidades. Su casa.
A veces, cuando deja al Cipri profundamente dormido en casa, baja hasta el puerto, desciende los escalones del muelle de pescadores y en el más cercano al agua se sienta metiendo los pies hasta que nota que se empieza a transformar. Entonces, puesta en pie regresa a la casa llorando su cobardía.
Una noche sin luna, con el cielo cubierto de nubes, bajó los escalones del malecón y metió los pies hasta los tobillos. Al poco, se dejó resbalar introduciéndo las piernas completamente, para después dejarse caer y sumergirse toda.
Las piernas la empezaron a doler según se iban juntando, y al tiempo, las escamas y aletas de detrás de las orejas volvieron a resurgir entre dolores, porque duele volver a ser quien eras.
Nadó hasta la salida del puerto, por la bocana, y allí bajó hasta el fondo, disfrutando de la soledad del inmenso azul, dejando abrazarse por el silencio de las corrientes y la visión de un banco de peces que salían también del puerto.
Cuando regresó al muelle y comenzó a subir los escalones, tenía los ojos llenos de agua salada. No sabía si del mar o de ella misma, pero esperó a que de nuevo las piernas se separaran y al hacerlo, calzó de nuevo los zapatos y regresó a casa.
Esa noche entendió que la nostalgia es una forma de vivir, que no tendría que elegir entre tierra y mar, que podría ser de los dos mundos y nadie saberlo.
Bueno, nadie no. Algunas noches, cuando el ánimo caía se sinceraba con Vega, a la que contaba sus inquietudes y ansiedades. Ésta, con su guitarra, tocaba canciones melódicas para que la sirena cantara la letra que compuso Vega diciendo que la nostalgia no es una cuerda para retenerla, sino para que no se pierda y pueda, de vez en cuando, volver por unas horas al otro lado.
Amigas las dos, conjunción de aire y agua, cómplices en el secreto.






