Siempre recién peinados
y tosiendo
hacen su entrada
cada mañana increíblemente
en punto, y se atrincheran
al fondo de la barra, en su rincón
donde los dardos
no llegan ni borrachos.
Echan una mirada. Piden. Le vacilan
al camarero igual que ayer
y entre tembleques
llevan el venenoso vino
hasta los labios
como una maldición.
luego pagan. Adiós. Que no
te pille un coche. Y se encaminan
hacia la próxima farmacia.
(Poema de Karmelo Iribarren)
Todo empezó cuando al entrar en la Taberna por casualidad, para ir al servicio, una reportera de un periódico de tirada nacional, mientras se tomaba una Cocacola sin azúcar, escuchó como un parroquiano contaba una historia mientras los demás, en silencio, escuchaban.
Luego vinieron las bandejas de torreznos recién fritos por Teresa y que pasaban de mesa en mesa cogiendo cada cliente uno o dos trozos, las pintas de cerveza fría y espumante, los platos de guiso de cochino jabalí con crema de nabos y castañas con un toque de trufa del norte, las canciones de Vega, la intensidad de la mirada y la risa penetrante de la Maruxaina y la paciencia tabernera de Adiolinda hasta que descubriéndo a la periodista la dijo que ya estaba bien de preguntas.
Aún así, la joven reportera salió con el cuaderno lleno de apuntes y con un dibujo del Mono Rojo hecho en una servilleta.
Todo el mundo en la Taberna olvidó el suceso de la reportera, hasta que al domingo siguiente, a nivel nacional, salió un reportaje diciendo, "El Mono Rojo, donde el tiempo se detiene y la palabra encadenada a una historia es moneda. El wifi no existe, existen las historias de los parroquianos, inventadas o no pero que todos escuchan en respetuoso silencio, no hay menú degustación, hay lo que haya, es decir, lo que Teresa, una antigua monja retirada, guisa en su cocina, y Adiolinda, la tabernera, que te mira y escucha como si te conociera de siempre".
El mundo se volvió loco. Adiolinda abrió como siempre, a las seis de la mañana. A las seis y cinco, cuatro vehículos de Madrid esperaban, aparcados en la puerta.
A las once ya no se podía pedir en la barra, completamente colapsada por una multitud de personas que pedían torreznos, morcilla, jabalí, etc. y cerveza fría, mucha cerveza fría.
A las seis de la tarde, Adiolinda se había quedado sin pan, sin torreznos, sin morcillas, sin estofado, sin patatas ni salsa de bravas, casi sin cerveza, y estaba muy cansada de contestar a las preguntas, las mismas, que cada visitante de fuera hacía.
Vega, cansada de tocar y cantar para todos, miraba a una Maruxaina erizada, a punto de saltar contra la multitud que la tocaba, la asediaba y preguntaba mientras un niño estaba empeñado en quitarle la parpusa al Cipri.
Ante todo eso, Adiolinda tuvo que cerrar a las ocho, aunque abrió en secreto la barra del sótano para los parroquianos habituales, como cuando la pandemia, aunque en esta ocasión solo podía servirles bebida que no les cobraba al no tener nada de comida.
La gente, fuera del local, en la calle, continuaba haciéndose fotos y selfies en la puerta, bajo el letrero del Mono Rojo, y así durante meses, de tal manera que mientras los visitantes estaban en el local principal de la Taberna, los habituales entraban a la barra del sótano, atendidos por Vega y la Maruxaina, para continuar su tradicional modo de estar en el Mono Rojo.
Pasó la moda y ya no había tantas avalanchas de personajes necesitados de descubrimientos, pero aún así, bastante gente continuó visitando la Taberna y rompiendo la paz y tradición que la leyenda contaba a quien quería escuchar de la magia del local.
Aún ahora, hay domingos, después del artículo nacional del periódico, que sería necesaria la reserva de mesas, si eso fuera posible en el Mono Rojo, que no lo es.
Los habituales se alegraban del crecimiento de la Taberna, pero luchaban porque la tradición perdurará pese a los turistas, tradición de siglos a la que ninguno estaba dispuesto a renunciar. La primera, Adiolinda.

No hay comentarios:
Publicar un comentario