¿Qué decía, Ulises, el canto de las sirenas que tu pobre astucia
no se atrevió a escuchar?¿Qué fue de la armoniosa perfección
que tus naves esquivaron?
¿De qué sirvieron tus viajes, para qué las arenas de Troya,
la victoria a traición,
la embriaguez de Polifemo?
¿Para qué la gloria de los siglos, insensato,
si, hombre al fin, tuviste el milagro al alcance
de tu mano
--más importante que la gloria
más efímero que la fama, y por eso
sólo por eso, eterno--
y te negaste, cobarde, a descifrarlo?
Pero las sirenas, Ulises, son eternas.
Otros son los que escuchan ahora nuestros cantos.
Hacía mucho tiempo que, según narran los rumores, las puertas de la Taberna se abrieron de par en par provocando una corriente de aire que apagó tres o cuatro velas encendidas encima de unos manteles a cuadros rojos y blancos que cubrían unas mesas para el turno de cena.
En ese momento, la Maruxaina, fingiendo secar el pelo con una servilleta de tela del mismo tejido con el que estaban hechos los manteles, lanzó una interesada mirada al ser que bajo una capa húmeda y un sombrero de ala ancha azul, respondía al nombre de Forastero Quizás y que acababa de acceder al local.
Dicen las leyendas que, cuando una sirena se ve atraída por un humano, el mar se pone celoso, y actúa.
Pero sin adelantarnos a los acontecimientos, Forastero, dándose cuenta de la muchacha esa, la pasó por debajo de la mesa un chato de aguardiente como el que se estaba tomando él.
La Maruxaina lo cogió con esos dedos finos y delgados que la goteaban agua marina allí por donde pasara y llevándoselo a la boca lo fue tragando de poquitos a poquitos.
La Maruxaina y el Forastero lo hicieron sin casi pensarlo, chocando los vasos de chupito mientras el mar avanzó en forma de un hilillo frío de mar profundo, que subió por las piernas del Forastero.
El Cipri, moviendo la cabeza dijo, el trato ya está hecho, subiros a algo que os aguante.
Forastero, dejando el vaso vacío, acercando su cara a la de la sirena, la robó un beso frío y salado, que goteaba por cada poro de la Maruxaina .
Las tablas del sótano se abrieron. Debajo de ellos solo había mar, al que les quiso tirar, ya que el Forastero nunca opuso resistencia estando enganchado a la sirena.
Él se dejó, de la mano de ella aguantó cuando el agua les llegó primero a la cintura, después cuando les llegó al pecho y más tarde cuando ella tiró de su mano sumergiéndose ambos en el celoso mar que les reclamaba.
En ese momento, la Maruxaina le dijo, por fin eres mío y yo soy de alguien.
El mar no le mató, convirtió su nombre terreno en un nombre de espuma de olas, permitiéndole respirar, aunque al Forastero el agua le sabía a vino salado, y cuando la sirena unió su pecho al suyo, allí en la profundidad oscura del océano, sintió que estaba atado.
Forastero ya no envejece, aunque cada vez más se acuerda de arriba, de tierra, de la Taberna, y la Maruxaina llora porque sabe que lo pierde.
Un día, hizo el intento. Subió hasta la superficie. Las olas se pararon al detenerse el viento, todo quedó quieto, nada tenía movimiento salvo la sirena, que le dijo, me pierdes, volverás a tierra, pero sin memoria de ésto, sin recuerdos, sin sentir. Me verás en la Taberna y será como si vieras a otra persona, no podrás revivir los momentos pasados conmigo.
Forastero asintió, la besó por última vez y empezó a sentirse pesado, a hundirse, a no poder respirar, y nadó, nadó fuerte, hasta la orilla, seguido por las lágrimas de la Maruxaina convertidas en perlas blancas, y llegó a tierra.
No se volvió, ya que en ese instante perdió todos los recuerdos y no sabía que ella estaba detrás.
¡¡¡Forastero, viniste aquí a dormir nada más!!! Le gritó una Maruxaina con una jarra en la mano, ¡¡¡bebe hombre, y despierta!!! dijo la sirena aguantando una lágrima rebelde mientras él la explicaba que no sabía lo que había pasado.
El Cipri, en silencio, acarició el dorso de una mano de la Maruxaina y la dijo, sigue siendo amigo, quédate con eso.
Forastero mientras, bebía, no recordaba nada.

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