Ir y quedarse, y con quedar partirse,
partir sin alma, y ir con alma ajena,
oír la dulce voz de una sirena
y no poder del árbol desasirse;
arder como la vela y consumirse,
haciendo torres sobre tierna arena;
caer de un cielo, y ser demonio en pena,
y de serlo jamás arrepentirse;
hablar entre las mudas soledades,
pedir prestada sobre fe paciencia,
y lo que es temporal llamar eterno;
creer sospechas y negar verdades,
es lo que llaman en el mundo ausencia,
fuego en el alma, y en la vida infierno.
(Poema de mi amigo Lope de Vega)
Está noche estoy solo en la Taberna. Adiolinda y Teresa haciendo inventario en el sótano, la Maruxaina se retiró a casa con el Cipri y Vega tocaba en un garito del Centro, mientras Pepefel salió a pescar al puerto. La Taberna cerrada y yo, frente al hogaril, con una hoja en blanco, la pluma preparada pero la inspiración no llegó hoy hasta el Mono Rojo.
Hace días soñé que la Maruxaina me borró todos los recuerdos, y no sé si es un sueño sin más o algo real que sucedió y yo ya no tengo en la memoria. Quizás eso explicaría el por qué, algunas veces, cuando es la sirena quién me sirve una jarra de cerveza porque Adiolinda está muy liada, la mano me tiembla y la pluma se detiene mientras ella deja la jarra.
Quizás sea que yo no recuerdo ese amor, pero ese amor si me recuerda a mí, y por eso ella, desde su mirada, aparentemente sin sentimiento, tarda unos segundos de más en retirarla. Quizás porque perder los recuerdos no borra la historia y la convierte en un poema que surge en solitario una y otra vez, sin poderlo evitar.
Igual la mente olvida pero el alma no pierde la costumbre de esos días de intenso silencio azul, la gravedad del agua sobre los hombros y la especial manera en la que la luz se reparte allí abajo.
A lo mejor, o a lo peor, soy un poeta sin memoria pero acompañado de la impronta de los cinco sentidos de manera que cuando el viento me acerca olores a salitre y madera húmeda, sea el eco de ella esperando donde mi mente y el ruido no llegan y sean mis palabras tan solo anclas para volver al fondo que no recuerdo, aunque sea un instante en cada noche y demuestre que al no morir la marea, regreso a la esquina de siempre, pluma en mano intentando descubrir el por qué el pecho duele ante la hoja de papel, en blanco como la mente.
Si no fue un sueño y fue real, explicaría por qué la razón de mi cuaderno es el silencio, el mismo del fondo marino que tan solo veo dormido.

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