Mereces un amor que te quiera despeinada,
incluso con las razones que te levantan de prisa
y con todo y los demonios que no te dejan dormir.
Mereces un amor que te haga sentir segura,
que pueda comerse al mundo si camina de tu mano,
que sienta que tus abrazos van perfectos con su piel.
Mereces un amor que quiera bailar contigo,
que visite el paraíso cada vez que ve tus ojos
y que no se aburra nunca de leer tus expresiones.
Mereces un amor que te escuche cuando cantas,
que te apoye en tus ridículos,
que respete que eres libre,
que te acompañe en tu vuelo,
que no le asuste caer.
Mereces un amor que se lleve las mentiras,
que te traiga la ilusión,
y la poesía.
(Poema de mi amiga Frida Kahlo)
La Taberna estaba aquella mañana como siempre, olor a ron barato, a madera y a la ginebra con la que limpiaba la barra Adiolinda para desinfectarla y sacarla ese brillo que la madera tenía en el usado mostrador.
Las puertas de Mono Rojo se abrieron como dubitativas, sin decisión, como si el que entraba no supiera si hacerlo o no.
Entró un joven de unos cuarenta años, moreno de pelo y bien presentado. Vestido correctamente, zapatos brillantes y una indecisión en su mirada que hizo que Adiolinda dejara lo que estaba haciendo para dirigirse a él, aunque sin hacer caso de la tabernera, desparramó la vista por todo el local deteniéndola en la mesa donde Rosa, la vieja prostituta, estaba sentada esperando tomarse la primera jarra del día.
¿Eres Rosa?, preguntó el elegante visitante. Rosa le miró como con miedo, y pensó antes de contestar, cuarenta años vendiendo noches para poder pagar el pan de lejos que habrá comido y ahora viene ese pan hasta donde estoy preguntando por mi.
Quizás sea Rosa, contestó la mujer manteniendo una indiferencia que era solo fachada para ocultar la zozobra que por dentro sentía como la iba amenazando, o no lo sea, depende para lo que se la busque, aunque esos ojos y esos rictus en el rostro ya la dijeron a quien tenía delante
¿Vienes a juzgarme, a verme y a comer, o a qué vienes hasta aquí?
Quiero conocer a la mujer que me abandonó, que nunca fue a verme y a la que no conozco más que por unas fotografías que me enseñó hace tiempo la abuela, dijo sentándose enfrente de ella, a su mesa, desde donde pidió dos platos de estofado y un par de jarras de cerveza.
No hubo abrazos, ni un te quiero, nada, solo dos personas mirándose mientras comían y el resto de la Taberna haciendo como que no miraban.
Crecí sabiendo de tu existencia, dijo Tomás, que así se llamaba el visitante, y he venido a conocerte y preguntar si te dolió abandonarme y no verme nunca.
Dolió, y mucho, contestó Rosa, que agarrando su mano y apretándola, dijo, ahora que estás aquí, duele menos.
No fueron a ningún lado, siguieron sentados a la mesa hasta que el Mono Rojo cerró, y luego Tomás volvió al día siguiente, y al otro, y al otro.
La historia se fue tejiendo entre ambos. Tomás tardó cuarenta años en decidirse, y solo cuando abrió su bufete y estaba todo en orden le tocó el tiempo de ordenar también su vida y conocer a su madre, de quien la abuela dijo que había muerto en el parto, incluso la enterraron, en un ataúd vacío y una sepultura hueca, donde cada año la abuela le llevaba a poner flores aunque él sabía de su madre al haber encontrado la caja donde la Abu guardaba esas cartas mal escritas que cada cierto tiempo Rosa escribía, en la última, recibida ya hacía diez años, justo cuando murió la abuela, la vieja prostituta escribía: " si algún día decides venir, ven a un lugar único, donde la gente es leyenda y el ron barato y malo, pero sus parroquianos cuentan historias mientras los demás escuchan en silencio y cierran hombros acogiendo a los suyos. Pregunta por la Taberna del Mono Rojo".
No borraron ningún pasado, no lo necesitaban, solo decidieron que el futuro trataba de dos sillas entorno a una mesa, Tomás, el abogado y Rosa, su madre, la vieja prostituta.
Casi toda la localidad pasó por la Taberna, picados por la curiosidad de ver al hijo de la Rosa, y un día, un viejo buhonero jubilado le gritó al abogado, ¿ Y ahora que la conoces no te da vergüenza al ver de quién eres hijo?
Rosa fue a saltar, pero Tomás la sujetó suavemente de la mano mientras Vega y la Maruxaina ya se habían puesto de pié para actuar si hacía falta, pero no lo hizo. Tomás sacó unos billetes y dirigiéndose a Adiolinda la dijo, cóbrame todo, lo nuestro y lo que dijo ése de mi madre, yo pago lo que digan de ella.
Nadie más volvió nunca a dirigirse así a Tomás, ayudado encima porque Adiolinda echó de la Taberna al viejo liante.
Nunca más volvieron a decir "la vieja prostituta", todo el mundo decía ahora, la madre de don Tomás, que había dejado sobre la barra unas tarjetas de su bufete por si algún parroquiano necesitaba defensa gratuita.
En la tarjeta se podía leer:
Tomás De la Rosa
Abogado
(Algunos apellidos se eligen, no se heredan, y Tomás eligió)

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