Tengo la convicción de que no existes
y sin embargo te oigo cada noche
te invento a veces con mi vanidad
o mi desolación o mi modorra
del infinito mar viene su asombro
lo escucho como un salmo y pese a todo
tan convencido estoy de que no existes
que te aguardo en mi sueño para luego.
(Poema de mi amigo Mario Benedetti )
Era casi la hora de cerrar. Teresa estaba terminando de limpiar la cocina. Vega guardaba en sus fundas los diversos instrumentos que había tocado esa noche. Adiolinda hacía caja y la Maruxaina se preparaba para llevar al Cipri a casa.
Entonces se abrieron las puertas violentamente. Entraron tres individuos, vestidos con capas negras, sombreros del mismo color y de ala ancha portando arpones afilados con dibujos de runas celtas.
Tiraron con desdén un fajo de billetes a la barra, y el que se suponía el jefe, avisó, venimos en busca de la Maruxaina, que al parecer para por aquí muy a menudo.
Los pocos parroquianos que quedaban, apurando sus consumiciones para marcharse, callaron inmediatamente, aunque ninguno miró hacia donde la sirena debiera estar con el Cipri. La Maruxaina no era una más, era una de las mosqueteras y en numerosas ocasiones había salido en defensa de los habituales de la Taberna y de sus compañeras. Nadie la descubriría mirando hacia ella, es más, la mayoría miraron a la puerta de entrada como diciendo, ya se fué.
Adiolinda dejó de hacer caja y acercándose a los tres cazadores de sirenas les distrajo lo suficiente para que, la Maruxaina cambiara su aspecto presentándose como una mujer alta, de pelo canoso, largo, de uñas cuidadas, bien vestida y tacones.
Bajó así la escalera a la que nadie la había visto subir, y dirigiéndose a los cazadores, les espetó un ¿Que pasa, muchachos, a quien buscan?
Al verla, los cazadores se armaron con los arpones pero inmediatamente la luz se apagó completamente en el local, quedando todo a oscuras y siendo imposible ver nada ni a nadie. Si hubiera sido posible, se hubiera visto a Vega junto a los automáticos de la red eléctrica bajando el interruptor general, pero nadie pensó en eso.
Acto seguido, con todo a oscuras, un alarido agudo, unas notas muy altas, resonaron en un Mono Rojo donde los parroquianos sabían, se apaga la luz completamente, tápate enseguida los oídos.
Al volver la luz, la Maruxaina y el Cipri ya no estaban, y los tres cazadores de capas negras dejaron de oír cualquier ruido, cualquier palabra, estaban sordos, o como dijo después una Teresa aliviada, sordos pero vivos.
En la barra, escrito con sal, volveré a la próxima luna llena.
Como pudieron, sin oír nada, los tres cazadores de sirenas abandonaron la Taberna prometiendo volver a la siguiente luna llena, promesa que cumplieron, aunque ya sin arpones, aunque si con una jaula, labrada sus hierros con una serie de nudos de sirena que no dejaría escapar a quien desgraciadamente entrara en dicha jaula.
Venimos a por Maruxaina, no para llevárnosla, sino para hacer un trato. Ella nos devuelve el sonido y nosotros nos vamos.
De nuevo, la alta sirena de cabellos canosos llegó hasta ellos, y tocando a uno, todos, los tres, volvieron a escuchar el ruido de las olas, el murmullo de la Taberna y la intención de los cazadores de que, a la primera oportunidad, cogerían a la Maruxaina y ya no la soltarían.
La sirena sospechaba eso, y les dijo muy cerquita del oído del Jefe, si no os vais, el regreso del sonido se marchará, volviendo vosotros a la sordera total, así que, en marcha, fuera.
Se despidieron de ella, de Adiolinda y de Teresa mirando luego mucho a Vega, aunque ella, cerrando las fundas de las guitarras se hacía la inocente chavala que no se entera de nada, aunque en voz muy baja dijo, las deudas a una sirena siempre se pagan con un alto interés, y efectivamente, al llegar a sus casas los cazadores, el hechizo de la Maruxaina, caducó, dejando a los cazadores sin oído para siempre.
Ahora, los tres piden limosnas para subsistir y recuerdan el día que quisieron engañar a la Princesa de todas las sirenas. Dita sea!!!

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