ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.

ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.
Casi sin pensarlo nos fuimos sentando, uno tras otro, en torno a la chasca que encendió el Cipri, y asi pasamos la noche, escuchando las historias que alguien, no se quien, cualquiera que fuese, narraba despacito, creando un entorno de magia y misterio del que no queríamos salir.

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO

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LO IMPOSIBLE SOLO EXISTE EN TU VIDA

domingo, 7 de junio de 2026

EL ENFADO DE TERESA, (PARTE UNO)

"Pues ¡ea, hijas mías!, no haya desconsuelo cuando la obediencia os trajere empleadas en cosas exteriores; entended que, si es en la cocina, entre los pucheros anda el Señor ayudándoos en lo interior y exterior."

(frases de Fundaciones, 5, 8. De mi amiga Santa Teresa de Jesús)



Teresa llevaba casi ocho años al frente de la cocina de la Taberna del Mono Rojo. Cerca de nueve que había abandonado el convento.

Revolucionó los platos del legendario local. Nadie como ella para sacar partido a un cochino jabalí haciendo un estofado con fama más allá de la comarca. Era la reina de los fogones, y eso no dejaba que nadie lo discutiera, por eso, cuando Adiolinda quiso cambiar los platos del menú, Teresa montó en cólera, dijo que eso bajo su mano, no se haría y amenazó, quitándose el delantal, con marcharse para no volver.

Adiolinda, muy enfadada, la recordó que la Taberna era suya y podría cambiar lo que quisiera, y si no respetaba, ¡¡¡¡a la calle, que aquí sobras!!!!

Teresa dobló despacito su delantal, dejándolo sobre la esquina de una mesa, y comenzó a recoger sus cosas personales. Se marchaba, y le daba igual si la mitad de los clientes también se fueran con ella, que abrió la puerta muy despacio, oliendo los vapores de su guiso de cochino que terminaba de hacerse al fuego lento de la cocina.

Terminó de abrir la puerta, fuera llovía fuerte, pero salió al exterior. Todavía esperó un momento, para ver si Adiolinda reaccionaba, pero Adiolinda, cruzada de brazos, quieta fuera del mostrador, la miraba fijamente sin decir nada, sin hacer nada.

Finalmente, Teresa, con lágrimas en los ojos, que hubiera dicho que eran gotas de la lluvia que caía, comenzó a andar pisando el barrizal en que el camino se había convertido. "No hay marcha atrás", pensó Teresa, siguiendo hacia delante, un paso tras otro.

Teresa se había marchado del Mono Rojo.

Caminó tres días, en los que durmió en graneros solitarios, comió pan duro que quitó a unas gallinas y alguna vez cocinó para algún cortijo a cambió del techo de una noche. Pero nada como el Mono Rojo.

La tercera noche, en una taberna de la ruta le pusieron un plato de estofado. Le falta un poco de tiempo y le falta también Amor, mucho Amor, dijo Teresa recogiendo su mesa, para más tarde meter las pocas cosas que había sacado en su bolsa de viaje, aunque esta vez para realizar el camino de vuelta.

Teresa llegó al Mono Rojo, empujando sus puertas. Adiolinda limpiando el mostrador. La gata, Crisis,  solitaria y dormida en su sitio, fuera de la cocina.

"El caldo se estropeó", dijo Adiolinda, señalando la cocina con el fuego apagado.

Teresa, sin decir nada, encendió de nuevo el fogón, empezando de nuevo a cocinar ese caldo que tanta fama la dió.

Crisis se restregaba por una de las piernas de Teresa, asegurándose que era real, para después volverse de un dalto al sitio donde  dormía casi durante todo el día.

Empecemos pues, dijo Teresa, poniéndose de nuevo el delantal.

Al poco, entró en la cocina Adiolinda, que diciendo...


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