ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.

ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.
Casi sin pensarlo nos fuimos sentando, uno tras otro, en torno a la chasca que encendió el Cipri, y asi pasamos la noche, escuchando las historias que alguien, no se quien, cualquiera que fuese, narraba despacito, creando un entorno de magia y misterio del que no queríamos salir.

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO
LO IMPOSIBLE SOLO EXISTE EN TU VIDA

lunes, 1 de junio de 2026

NUDO MARINERO (PARTE UNO)

Es mediodía. Un parque.

Invierno. Blancas sendas;

simétricos montículos

y ramas esqueléticas.

Bajo el invernadero,

naranjos en maceta,

y en su tonel, pintado

de verde, la palmera.

Un viejecillo dice,

para su capa vieja:

«¡El sol, esta hermosura

de sol!…» Los niños juegan.

El agua de la fuente

resbala, corre y sueña

lamiendo, casi muda,

la verdinosa piedra.

(Poema de mi amigo Antonio Machado)



Mojilinsky, el viejo anticuario peregrino, empujó las puertas de la Taberna cuando los pasos de Forastero Quizás igual se escuchaban todavía  calle abajo.

El Mono Rojo quedó en silencio. Adiolinda y el resto de parroquianos reconocieron los pantalones vaqueros a media pierna, el chaleco sobre la camisa negra y la gorra marinera con la que siempre cubría su cabeza el anticuario.

Dando un golpe con el bastón de madera negra al suelo, preguntó, ¿Una silla que no haga demasiadas preguntas y un tazón de caldo habrá para este viejo y cansado peregrino? dejando un billete sobre la barra, que enseguida recogió y guardó Adiolinda para empujar después un humeante tazón de caldo espeso hecho esa mañana por Teresa.

El anticuario comió en silencio en la mesa donde antes había estado Forastero, mirando fijamente su silla, donde encontró, dentro de una de las estacas que la adornaban un antiguo anillo de madera labrada, que cogió guardándoselo en un bolsillo del chaleco, dejando a su vez un nudo marinero hecho en un trozo pequeño de cuerda que simbolizaba una promesa rota y no cumplida en el argot internacional de los puertos de mar.

Salió Mojilinsky del Mono Rojo pero no marchó lejos, se sentó en unos escalones de piedra que bordean una pequeña placita enfrente de la legendaria Taberna, donde se puso a mirar el anillo de madera que encontró en la silla donde Forastero habitualmente se sentaba cuando iba al Mono Rojo.

Al poco salió a la calle Adiolinda, la tabernera, que dirigiéndose con una vieja llave de hierro a donde se sentaba Mojilinsky, tendiéndosela y diciendo,  "Forastero me dijo que si venías es que ya sabrías y que te diera está llave. Abre la puerta de hierro del sótano oculto a la espalda de la Taberna. Tú sabrás que hacer, dijo Forastero".

Guardándose la llave, Mojilinsky la preguntó, ¿Forastero, fue hacia el norte o hacia el sur?

- No lo sé, pero Forastero siempre apuntaba al sur.

El anticuario, levantándose se puso la gorra sobre la cabeza y guardando el anillo y la llave, comenzó a caminar hacia la parte trasera del edificio de la Taberna, hacia la vieja y oxidada cancela de hierro de la parte oculta del sótano.

¡¡¡Teresa!!!  ¡¡¡Deja de cotillear, coño, hay gente esperando para comer!!!

- ¡¡¡Voy, Adiolinda, voy. Ni descansar puede una, jolines!!!




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