ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.

ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.
Casi sin pensarlo nos fuimos sentando, uno tras otro, en torno a la chasca que encendió el Cipri, y asi pasamos la noche, escuchando las historias que alguien, no se quien, cualquiera que fuese, narraba despacito, creando un entorno de magia y misterio del que no queríamos salir.

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO
LO IMPOSIBLE SOLO EXISTE EN TU VIDA

martes, 30 de diciembre de 2025

DENSA OSCURIDAD

Tuve un sueño, que no era del todo un sueño.
El brillante sol se apagaba, y los astros
Vagaban apagándose por el espacio eterno,
Sin rayos, sin rutas, y la helada tierra
Oscilaba ciega y oscureciéndose en el aire sin luna;
La mañana llegó, y se fue, y llegó, y no trajo consigo el día,
Y los hombres olvidaron sus pasiones ante el terror
De esta desolación; y todos los corazones
Se congelaron en una plegaria egoísta por luz;
Y vivieron junto a hogueras - y los tronos,
Los palacios de los reyes coronados - las chozas,
Las viviendas de todas las cosas que habitaban,
Fueron quemadas en los fogones; las ciudades se consumieron,
Y los hombres se reunieron en torno a sus ardientes casas
Para verse de nuevo las caras unos a otros;
Felices eran aquellos que vivían dentro del ojo
De los volcanes, y su antorcha montañosa:
Una temerosa esperanza era todo lo que el mundo contenía;

(Fragmento del poema Oscuridad, de mi amigo Lord Byron)

Ni entiendo donde estoy ni se como he llegado hasta aquí, pero me encuentro inmerso en un espacio oscuro, negro, denso, y debo llevar bastante, porque he perdido sentidos que no necesito en este desconocido espacio.
No se usa la vista, debido a que esta densidad oscura no deja paso ni a un rayo de luz, aunque posiblemente no exista en este plano algo capaz de emitir algo de claridad.
Tampoco se utiliza el oído, ya que en está tupida y compacta oscuridad es imposible escuchar el grito más agudo que exista.
Todo es intuición, y gracias a ella se que no estoy solo, que al menos otra persona se mueve por este universo negro.
He dicho persona, y desconozco si aún somos personas como éramos anteriormente. Desconozco si tenemos cuerpo o somos solo una idea, un alma pedaleando en la zona oscura, producto de una muerte no enterada ni programada.
No siento miedo, al contrario, necesito contactar con quien comparto zona, y así lo pienso, ya que tampoco se habla si no es con la mente, ya he dicho que inmersos en este éter nada se escucha, concentrado en las sombras más oscuras.
Pienso en eso y de nuevo siento que alguien me contesta e inmediatamente notó como se estrecha el espacio entre ambos.
¿Estaremos muertos sin saberlo? Debe ser una experiencia parecida si no lo estamos, porque salvo la paz y tranquilidad que aquí se siente, nada permite alterar la situación.
Algo me sacude los hombros y ya escucho claramente mi nombre:
"Forastero, te haces viejo, ya te duermes en cualquier sitio - me decía entre risas Adiolinda, la camarera de la taberna, mientras yo, sin todavía entender nada, con esa cara de bobo recién despertado y sin espabilar aún, me encontraba perdido y sobresaltado.
No entiendo nada, salvo que todo fuera un extraño sueño.

lunes, 29 de diciembre de 2025

CUANDO EL MACUTO PESA

Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
Caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace el camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante no hay camino
sino estelas en la mar.

(Poema de mi amigo Antonio Machado)



Termina otro año, uno más para el morral, ya lleno de primaveras y experiencias. La mochila con las costuras estiradas, a punto de reventar del peso soportado.
Miro hacia atrás y pierdo la vista del camino. Lejos la salida si volviendo la cabeza observo la cercanía de ese letrero que anuncia la llegada, la meta al final del mismo.
Ya no importan las nieves en la barba, ni las cenizas en el pelo, ni la creciente extensión de la ausencia de cabellos, caídos igual que los días, los meses, los años. Como queráis denominarlas.
Ya no es consuelo que el tipo raro del espejo me jure y perjure que soy yo, el chaval que se comería al mundo pendiente de descubrir a base de aventuras y vivencias con el único propósito de cumplir con lo que en sus sueños se prometía.
Veo en la longitud de la vereda recorrida cada tramo en el que descansé de los pesos recogidos, cada cruz que porté voluntariamente y que fueron doblegando las fuerzas iniciales mientras en mi interior me revolvía contra la realidad que dura, golpeaba sin cesar el alma de este trovador de su propia vida, juglar en la taberna donde actualmente escribe en la soledad acompañada de una jarra de cerveza en la quietud de una mesa antigua de madera labrada a punta de navajas con fechas e iniciales y algún corazón dividido por dos letras en mayúsculas.
Cansado, recorriendo lo que queda de sendero con las piernas agonizantes, encharcadas de sangre amontonada, coloreadas como media de cardenal, moradas de penitencia.
Queda poco, pero se hace largo, como si la distancia no tuviera que ver con el tiempo, que verdad debe de ser al notar que la vida transcurrió más deprisa que las zancadas de Ulises camino de Ítaca, para llegar a este punto, de reflexión en paz, tranquilo, pero exhausto, penoso, quizás harto, pero nunca rendido. Se lo debo al joven que en algún momento fuí y que permanece oculto en los edificios de mi mente, saliendo como entonces, solo en sueños.

BORRACHERA DE RECUERDOS

Y así pasó: Mi frente adormecida
volvióse luego roja;
y trocóse el albor de mi alegría,
flor que, seca, se arroja

Calló la voz de melodía tanta
y la dicha durmió;
y al nuevo resplandor que se levanta
lo pasado murió.

Hoy sólo el llanto a mis dolores queda,
sueños de amor de corazón, dormid:
¡Dicha sin fin que a mi existir se niegan
gloria y placer y venturanza huid!

(Fragmento del poema Un Recuerdo, de mi amiga Rosalía de Castro).





En ocasiones, caminando borracho de recuerdos por el sendero de lo vivido, y cuando sobrepasado por la embriaguez intensa de los mismos me refugio en el telar en el que en mi mente laboro trenzando ropajes de sonetos y poesías con los que cubriros de retales de prosa poética surgidos directamente de sentimientos perdidos en la lejanía de los años y que amontono en el almacén de mi memoria, cada vez más reducido por el paso de los tiempos, con los que os visto acorde a vuestra belleza y encanto por magias heterogéneas procedentes de principios humanos de cavernas, me quedo luego agotado por resacas varias que me retienen sin dejarme abandonar para volver al presente.
Depende mucho de la cosecha de la evocación que la vehemencia y apasionamiento me enturbie los sentidos de manera tal que más parece haber rejuvenecido en traslados al pretérito en los que hasta los olores y sabores parecen reales en vez de reminiscentes toques de historia personal vivida.
El caso es que la marea producida por esas vivencias nunca olvidadas pero ya vividas y perdidas salvo para mí evocación del ayer, deja como resultado la alteración del corazón junto a la conciencia actual, intoxicada por exceso de consumo de andanzas fuera de calendarios del presente.
Pero me gusta ese estado modificado y trastocado porque luego sueño dormido y si hay alguien cercano, me cuenta que incluso hablo y sonrío.

domingo, 28 de diciembre de 2025

LA MESA DE LA AMISTAD

...Pero callad.

Quiero deciros algo.

Sólo quiero deciros que estamos todos juntos.

A veces, al hablar, alguno olvida

su brazo sobre el mío,

y yo aunque esté callado doy las gracias,

porque hay paz en los cuerpos y en nosotros.

Quiero deciros cómo trajimos

nuestras vidas aquí, para contarlas.

Largamente, los unos con los otros

en el rincón hablamos, tantos meses!

que nos sabemos bien, y en el recuerdo

el júbilo es igual a la tristeza.

Para nosotros el dolor es tierno.

Ay el tiempo! Ya todo se comprende...

(Fragmento de un poema de mi amigo Jaime Gil de Viedma)



Se le ocurrió al excomisario un día de esos, de frío intenso, en el que vió sentado a una mesa al poeta incomprendido con una chaquetita de pana amarilla y un jersey de cuello vuelto morado, moqueando y tomando carajillos para entrar en calor.
Fué a su casa y cuando volvió lo hizo con un abrigo, usado pero en buenas condiciones todavía, que colgó de uno de los brazos del árbol con una nota que decía, "abrigo en buenas condiciones, gratis para el que lo necesite. Que lo coja y en paz".
Adiolinda, que vió la acción y leyó la nota, sin decirle quien fue el donante le dijo al poeta lo del abrigo, y a los pocos segundos, el infeliz juglar se protegía del frío con la prenda que cogió del árbol.
A los dos días, del mismo brazo colgaba una percha con unos vaqueros y una nota que decía, " ya no me entran. Para el que le valga, gratis, que lo use".
Al poco, los tejanos habían desaparecido.
Antes de acabar la semana, aparecieron colgadas dos perchas, una con dos camisas de manga larga y otra con una gabardina. Las dos con notita explicativa. Y desaparecieron también.
Otro día colgaba sujeto con una pinza un paquete de pan de sándwich familiar con una nota, " vendían una oferta de dos paquetes y yo solo necesito uno"
La misma tarde del pan, una explicación pegada con celo anunciaba que la afeitadora la había cambiado por otra, pero que está funcionaba muy bien, para quien la necesitara.
Un bote grande de Colacao les acompañaba por si hacía el apaño a alguien.
Todo desapareció cogido por parroquianos del Mono Rojo, y uno de ellos dejó la nota vuelta del revés con un GRACIAS, LO NECESITABA, grande y con letra temblorosa.
Viendo lo que ocurría, la camarera venezolana corrió el árbol a un rincón del fondo y pegada a él empujó una mesa contra la pared con un folio que dejaba leer, mesa de la amistadñ. Si necesitas algo, lo coges y en paz.
Al poco, sobre la mesa, una caja de bolígrafos Bic, de esos que llamaban de cristal y de tinta negra. Un paquete de pilas medianas, una bolsa de magdalenas, tres pares de calcetines, un paquete de compresas, unos rollos de papel higiénico, un bote de detergente y una guitarra vieja pero como nueva.
Del brazo del árbol colgaba una chaqueta a cuadros y un jersey.
Los necesitados cogían lo que precisaban, y el que podía, dejaba algo que otro podría aprovechar.
La mesa del amigo, la llamaban.
Nunca faltaron cosas y objetos sobre la mesa, y curioso, el trato entre nosotros se suavizó, las discusiones sin sentido y las peleas, desaparecieron y la sonrisa en la cara se convirtió en normalidad en la Taberna del Mono Rojo.
Los lazos se iban estrechando.
Por cierto, bonita bufanda llevo, ¿Verdad? No siempre fué mía.

miércoles, 17 de diciembre de 2025

DE INQUISIDORES

Pero tú, sacra encina del celta,
y tú, roble de ramas añosas,
sois más bellos con vuestro follaje
que si mayo las cumbres festona
salpicadas de fresco rocío
donde quiebra sus rayos la aurora,
y convierte los sotos profundos
en mansión de gloria.

Más tarde, en otoño,
cuando caen marchitas tus hojas,
¡oh roble!, y con ellas
generoso los musgos alfombras,
¡qué hermoso está el campo;
la selva, qué hermosa!

(Fragmento del poema Los Robles, de mi amiga Rosalía de Castro)



En estos días fríos de diciembre, cuando según llegábamos a la taberna nos sentábamos juntos algunos habituales, cerca de la chasca que siempre permanecía encendida en este tiempo, era raro el que nadie hablara a los demás, que guardaban silencio y escuchaban lo que algún parroquiano explicara.

Yo quise hoy contarles algo de la magia del lugar y de donde viene. Para ello no me importó encerrarme durante horas en el registro municipal en busca de algún dato o alguna historia con la que distraer a los colegas del Mono Rojo, y comencé poniéndoles en situación:
Hace más de trescientos años, hacía 1690, la primera Taberna del Mono Rojo era apenas una posada de madera enclavada en la loma que dominaba al grupo de viviendas, chabolas muchas de ellas, que formaban la pequeña comunidad vecinal.
 Cuando la Inquisición llegó a la región, enviada por varias denuncias de brujería contra unas mujeres asustadas y presas desde entonces, la taberna se convirtió en el escenario de un auto de fé improvisado: bajo la luz temblorosa de las velas y las luminarias, los inquisidores juzgaron a tres mujeres acusadas de brujería. El veredicto fue rápido, apoyado por declaraciones falsas forzadas por la dura tortura que rompía la resistencia de las investigadas, que eran capaces de acusarse de hechos nunca pensados por ellas y mucho menos llevados a cabo por su mano, pero antes de que la sentencia se ejecutara, el mono rojo, un pequeño cachorro de mono traído en algunos de los viajes que con América España mantenía, que vivía en el techo, saltó al altar, robó la cruz de hierro y la lanzó al fuego, provocando una chispa que, prendiendo en la celulosa, hizo que el pergamino de la sentencia se incendiara. 
Los presentes  en el acto de fé, entre el humo y la confusión, interpretaron el acto como el de  una señal divina, y las condenadas como brujas fueron liberadas, quedando para siempre la taberna señalada como el lugar donde el Mono Rojo salvó la vida a tres inocentes mujeres, injustamente denunciadas por la envidia y el egoísmo de algunos.
Hay ocasiones que, en el aniversario de esos hechos ya contados, una pequeña lluvia de hojas de roble, presente del pasado, cae en el interior de la taberna, despertando la amplitud de pensamiento a todo aquel que recoge una hoja del carballo o roble.

martes, 16 de diciembre de 2025

PEPEFEL



Y el mar fue y le dio un nombre
y un apellido el viento
y las nubes un cuerpo
y un alma el fuego.

La tierra, nada.

Ese reino movible,
colgado de las águilas,
no la conoce.

Nunca escribió su sombra
la figura de un hombre.

(Poema de mi amigo, Rafael Alberti)


Llevaba todo el día lloviendo. El olor a serrín húmedo invadía la taberna que se encontraba en aforo más que completo, y los parroquianos de siempre, los habituales, nos apretábamos en un par de mesas juntas cerca de la chasca con los maderos de encina ardiendo.
Todos sabíamos que era cuestión de tiempo el que alguno empezará a hablar contando alguna historia, inventada o no, pero propia de quien la narrara.
Para sorpresa nuestra comenzó a hablar Pepefel, un tipo que llevaba tres o cuatro meses por la taberna y que a base de no faltar ningún día se había hecho habitual.
Yo era un guaje, comenzó diciendo, de un pequeño concello gallego, en el que la naturaleza, caprichosa en esa tierra, me dotó, unos decían que con un don y otros que con el diablo. Era un sitio donde los extremos se dan mucho, por ejemplo, allí se podían dar unos pequeños pimientos, rabiosos como el fuego desatado en el bosque y otros, dulces y melosos como besos de abuela.
Yo, para unos un don, para otros el diablo, ya lo dije antes.
Tengo que deciros que el cura, el señor párroco, no me dejaba entrar siempre en la iglesia, y cuando lo hacía tenía mucho cuidado con el púlpito, que era donde yo me subía siempre al ser mi lugar favorito desde el que imitar al irritado sacerdote.
Ese día lo volví a hacer, y mi padre discutió con el curilla, que era así como lo llamaba, por culpa mía. Estaba yo algo nervioso por las broncas, y mi padre, al notarlo, me sacó de allí y llevóme al lado del mar para ver si así me tranquilizaba.
Al llegar a la playa, nos extrañó mucho el que el mar era como un espejo, ni una ola, ni un movimiento de algas, ni una gaviota, nada, todo quieto.
Mi padre, entrando en un pequeño bareto de tablas y uralita preguntando que pasaba atrajo la atención de una vieja vestida completamente de negro, con velo y faldas hasta el suelo que nos dijo, el Viento del Norte se ha quedado enganchado durante una tormenta, arriba, en la montaña.
Escuchar yo eso y salir corriendo hacia la cumbre, continuó diciendo Pepefel, fue todo uno y subí, gateé, trepé, me caí y me levanté mil veces hasta que lo ví, atrapada su poderosa cola en una grieta de la montaña.
Con la ayuda de una rama fuí haciendo hueco y finalmente, entre mis mañas y su fuerza, en cuanto quedó libre salió disparado llevándose consigo una gran nube de hojas y llegando a la playa, levantó olas de seis metros.
Desde entonces, cada vez que el viento levanta la arena y crea murallas de agua marina mientras los árboles bajan la cabeza doblando el tronco, la gente de allí, persignándose, exclama, es el viento de Pepefel que viene buscándole.
Fuera, en la calle, seguía lloviendo.

lunes, 15 de diciembre de 2025

INSOMNIO

   Si por un instante Dios se olvidara de que soy una marioneta de trapo y me regalara un trozo de vida, posiblemente no diría todo lo que pienso, pero en definitiva pensaría todo lo que digo.

     Daría valor a las cosas, no por lo que valen, sino por lo que significan. Dormiría poco, soñaría más, entiendo que por cada minuto que cerramos los ojos, perdemos sesenta segundos de luz.

     Andaría cuando los demás se detienen, Despertaría cuando los demás duermen. Escucharía cuando los demás hablan, y cómo disfrutaría de un buen helado de chocolate.

(Fragmento del poema La Marioneta, de Johnny Welch, aunque atribuido, falsamente, a García Marquez)



El reloj marca las cuatro y cuarto de la madrugada. No puedo dormir. Otra noche más en la que la mente no descansa y me obliga a levantarme, cansado de estar tumbado y doloridas las piernas por la incómoda postura a la que me obliga la forma grotesca de mi cuerpo.
Me visto y salgo a la calle. Sin darme cuenta llegó a la puerta de la Taberna del Mono Rojo. Cerrada, como no podía ser de otro modo a estas horas, pero recordé el secreto del Cipri para los insomnes, un poyete de hormigón cubierto en la parte superior por unas baldosas y que permitía sentarse a descansar un poco si, como ahora, el parroquiano se encontraba cerrada la tasca.
Al lado dormía una argolla, una anilla grande, para encadenar bicicletas, y el Cipri me confió que girando la argolla en el sentido contrario a las agujas del reloj, permitía que la baldosa donde reposaba la anilla, se pudiera extraer y en el pequeño hueco interior construido en la la pared, siempre había dos latas de cerveza para aliviar el tiempo que el visitante permaneciera sentado en el poyete, a la entrada de la taberna.
En verano no se dejaban las cervezas, por cuestiones de temperatura, pero en invierno, con la bajada de las mismas, estaba asegurada la perfecta para poder tomar una cerveza fría, casi helada, y eso hice, abriendo una de las dos latas.
No pasaba nadie por la calle, y pensé en mi soledad y las vueltas que se tuvieron que dar para terminar así. 
Quizás fue el karma, como me dice mi amigo Pepefel, o quizás no, quizás fuera ese guionista que desde lo alto maneja nuestros presentes jugando con los personajes que nos rodean, en un entretenido rol en el que aparecen y desaparecen por un tiempo de nuestras vidas y en el que todo está conectado, o lo parece.
Pero es triste el saber que personas que te importan, o al menos te importaron, y a las que tú también provocas un interés y aún significas algo, en este momento de desvelo intenso y solitario ellas están seguramente, dormidas en sus respectivas camas y ajenas a la situación en la que me muevo.
También he pensado a veces si mi papel en la taberna no es otro, al escribir los hechos ocurridos en la misma, que la de ese personaje desconocido, el guionista del universo, y los parroquianos se mueven y viven de acuerdo a como yo les detallo y escribo.
Si ésto fuera así, creo que posiblemente mis personajes, porque en ese momento pasarían a ser mis personajes, se rebelarían contra mi, déspota fabulador de encrucijadas y situaciones complicadas en las que se ven involucrados por mi pluma al escribir.
¿Seré un solitario castigado por el karma, o seré un ser de fuera, etéreo y en un estatus incomprensible para la mente humana, dedicado a crear mundos irreales en los que las personas son elementos de la narración en la que mi propia existencia no es más que una licencia de escritor para evitar sospecha de mi presencia casi mágica y sobrenatural desde la que me convierto en regidor de vidas e ilusiones?
Pobres parroquianos, esclavos de mis pensamientos y elucubraciones, de las ideas que para ellos crea mi mente sin dejarles tan siquiera la opción de negarse enfrentándose conmigo al desconocer mi existencia fuera de mi papel del Forastero Quizás.
Y si eso fuera así, terrible castigo el mío del que solo podría liberarme asesinando a todos mis personajes ideando alguna epidemia, accidente o atentado, cosas que no puedo fácilmente hacer al haber construido con la mayoría una amistad cercana a algo familiar que me une a ellos.


Espero que ande equivocado y no sea así la realidad de lo que sería una taberna literaria en la que no podría vivir sabiendo eso.
Me he tomado ya las dos latas vuelvo a cerrar la argolla dejando de nuevo las cervezas en su interior, pero está vez vacías, y levantándo mi cuerpo del poyete y de la chaqueta el cuello, con las manos en los bolsillos emprendo el camino de vuelta a casa pensando en lo que os he comentado.
Espero poder dormir algo

domingo, 14 de diciembre de 2025

EL MATEMÁTICO

Cuéntame tú qué te han hecho
el nueve, el cinco y el cuatro
para que los quieras tanto;
anda pronto, cuéntame.
Dime ese tres que parece
los senos de cualquier foca;
dime, ¿de quién se enamora
ese tonto que es el tres?
Ese pato que es el dos,
está navegando siempre;
pero a mí me gusta el siete,
porque es un roto en la vida,
y como estoy descosida,
le digo a lo triste: Vete.
Cuéntame el cuento y muy lenta,
que aunque aborrezco el guarismo,
espero gozar lo mismo
si eres tú quien me lo cuenta.

(Poema de mi amiga Gloria Fuertes)



Allí estaba, en la última mesa, siempre con su libreta llena de números, hasta en las tapas.
Así se pasaba el día, observando y anotando todo, las jarras que ponía Adiolinda, las que cobraba y a las que invitaba. Las que se caían y las que se perdían por la espuma en exceso al terminarse el barril, así como las que se escapaban por el sumidero del grifo al empezarlo de nuevo.
Apuntaba las veces que se abría la puerta y el número de parroquianos que se encontraban en un momento dado en el interior de la taberna.
Tomaba nota de quien iba al servicio, del tiempo que tardaba y si salía con las manos mojadas o secándose con una toallita de papel.
Calculaba, sabiendo la fecha de mi cumpleaños, lo que me quedaba por vivir usando unas tablas de probabilidades que solo conocía él y que calculaba mientras en sus ojos calzaba una gruesas gafas de concha desde las que, levantando la vista, observaba todo lo que le interesara por encima de la ancha y oscura montura.
De esa manera nos enteramos de que la taberna perdía dinero vendiendo cerveza, sumando los gastos del sueldo de Adiolinda, la paguita que recibía el Guaje, el Niño de la Guerra, el dispendio en servilletas, detergente para el lavavajillas y el agua, la luz y la calefacción, nunca parada por el termostato al abrirse cada dos por tres la puerta, así como el exagerado gasto en serrín.
Así mismo nos enteramos, gracias a sus números y cuentas de que yo, no es que ya hubiera tenido que estar muerto, sino que según esa ciencia exacta de sus matemáticas, no había llegado a nacer, mientras busca soluciones en fórmulas complicadas algebraicas para explicar mi presencia en la taberna.
Según sus operaciones, el embalse del Atazar no era suficiente para abastecer el gasto desproporcionado del precioso líquido en la Taberna dada la continua utilización de los servicios por parte de los parroquianos.
Y así pasaba sus días, calculando todo, operando con sus números sobre su libreta, utilizando a veces servilletas si está ya estaba llena. Servilletas de las que llevaba la cuenta para luego ver a qué precio debería el Cipri vender sus jarras de cerveza.
Un mes de diciembre nos llegó a decir que el día 25 de diciembre que venía como tal en los calendarios, no era él veinticinco, sino el veintisiete, por unos cálculos que había hecho sumando y controlando unos segundos convertidos en minutos durante todo el año.
Era un espectáculo verle sumar, restar, dividir, multiplicar sobre todo, y no se le podía hablar, su concentración era casi vital pues un simple y sencillo error podía dar lugar a que realmente la luna se colocara a una distancia de más del triple del que se sabía.
En ocasiones no saludaba, solo te explicaba una fórmula que tú nunca utilizarías, pero te lo explicaba para luego razonarte la cantidad de tiempo perdido que acumulabas al año por conversaciones sin sentido.
Aún así, era agradable y a mí me apetecía invitarlo a una jarra de vez en cuando, jarra que apuntaba raudo en "las hojas de cervezas tomadas y no pagadas por mi".
Entrañable parroquiano matemático, de los de todos los días, apuntados en la libreta, claro.

sábado, 13 de diciembre de 2025

VINO DEL PASADO, FINAL

Al beber, gota a gota, los pétalos flotantes
me rozarán los labios, como labios de amante;
y, en su llama o su nieve de idéntico destino,
serán como fantasmas de besos en el vino.

(Poema de mi amigo, José Ángel Buesa)


Esa noche que ocurrió lo de la extraña botella de vino de 1893 que nos dejó sobre el mostrador ese misterioso personaje antes de desaparecer en la profundidad de la noche, al llegar a casa algo irresistible me impulsó a volver a la taberna y hacía allí me encaminé sin saber muy bien por qué regresaba.
Al llegar a la calle donde se sitúa el Mono Rojo, me sorprendió no ver coches aparcados, ni farolas eléctricas en las aceras, y en su lugar unas pequeñas luminarias de gas a cada lado de la puerta de la taberna y a ésta completamente cubierta de hiedra que moldeaba el contorno de puertas y ventanas mientras un letrero, colgado de una barra de hierro, con el nombre de la taberna pintado en la chapa ondeaba al viento que suavemente le golpeaba.
Era la taberna cuando empezó a funcionar como tal, hacía ya más de trescientos años.
Para mayor estupefacción me vinieron a saludar el resto de parroquianos que habíamos degustado el vino anteriormente y que habían experimentado el mismo impulso de volver a la taberna, que en ese momento abrió sus puertas como invitándonos a pasar.
Dentro ya descubrimos unos personajes, muy parecidos a nosotros, a Rosa, a Santiaguillo, al comisario, a todos nosotros, como copias vestidas de otros tiempos pasados en los que el ambiente del Mono Rojo debía ser igual al de este presente nuestro.
Muy asombrados comprobamos como los personajes actuaban como si nosotros no estuviéramos, con sus conversaciones, sus risas, sus canciones, sus pintas de cerveza, sus licores y vinos y todo a la luz amarillenta alimentada por gas.
En ese momento, uno de los personajes, yo juraría que era el misterioso ser que apareció en la taberna y si no era él era muy parecido, abriendo las puertas de salida e invitándonos a salir nos dijo: "Cada cien años la botella de hoy aparece y se trae a la taberna, pero solo los que permanecen con el corazón abierto al resto de parroquianos y entienden la manera de estar y comportarse con la tradición del Mono Rojo, pueden beber de ese vino y se les mostrará que son continuidad de una herencia arraigada en la historia.
Vosotros sois la taberna.

VINO DEL PASADO


Brindo por los aparecidos 
y los desaparecidos 
brindo por el amor que se desnuda 
por el invierno y sus bufandas 
por las remotas infancias de los viejos 
y las futuras vejeces de los niños 
brindo por los peñascos de la angustia 
y el archipiélago de la alegría 
brindo por los jóvenes poetas 
que cuentan las monedas y las sílabas 
y finalmente brindo por el brindis 
y el vino que nos brindan.

(Poema de mi amigo, Mario Benedetti)


Era ya tarde y en la taberna quedábamos solo los parroquianos habituales. Los chavales jóvenes que mantenían sus quedadas en la tasca ya hacía rato que, entre risas y bromas, se habían marchado hacia sus casas, cuando un fuerte aire abrió violentamente las puertas dejando pasar a un extraño personaje, vestido con casaca hasta las rodillas, de color marrón oscuro, muy sucia, y un sombrero de ala ancha, igual de sucio que la casaca y en la cara una pequeña perilla puntiaguda negra que acentuaba su cara dándole un aspecto aguileño.
Rápidamente un olor a montaña, a tierra húmeda, impregnó el ambiente enrarecido de la taberna y una de las lámparas tintineó parpadeando hasta que la bombilla se apagaba para encenderse poco después en un juego de luz y oscuridad en el rincón opuesto a la entrada, donde normalmente se sentaba Alguien, el Fantasma del Pasado.
Ninguno tuvimos oportunidad para decir nada, salvo el excomisario de policía que, soltando un sonoro ¡¡¡coñoooo!!! se acercó al grotesco personaje aunque no lo suficientemente rápido, pues dando un giro de ciento ochenta grados, la extravagante figura encaró las puertas del local y desapareció en la noche oscura.
En su lugar quedó, sobre la barra, una botella de aceitunado vidrio verde con una muy deteriorada etiqueta en la que malamente se vislumbraba "Germany 1893, Mosela".
Adiolinda no sabía que hacer, pero la presión de la mayoría de los parroquianos la forzó a descorchar el vino, y un intenso olor a cerezas y especias, unido a un tono de hojas de roble secas nos sedujo desde el momento en el que el corcho abandonó la boca del vidrio y fue escanciado en pequeños vasos de chato para que hubiera para todos.
Jurariamos la taberna entera que, al tiempo de llevar los vasos a la boca para padalear el previsiblemente estupendo brebaje, un susurro lento y candencioso de voz grave nos invitaba a "beber, beber, el tiempo apremia", mientras el gran reloj de la pared central de la taberna detenía su segundero produciendo un tac, tac, tac, rítmico al no poder avanzar en el tiempo, volviendo a ponerse en marcha cuando el último vaso vacío encontró la madera como soporte.
La bombilla amarilla de la lámpara del rincón opuesto reanudó su labor de alumbrar de nuevo en cuanto el segundero dió la orden de salida.

viernes, 12 de diciembre de 2025

QUIZÁS FUÉ UN SUEÑO


La muerte
entra y sale
de la taberna.

Pasan caballos negros
y gente siniestra
por los hondos caminos
de la guitarra.

Y hay un olor a sal
y a sangre de hembra,
en los nardos febriles
de la marina.

La muerte
entra y sale,
y sale y entra
la muerte
de la taberna

(Poema de mi amigo, Federico García Lorca).


Estaba cansado y tenía sueño. No quería marcharme a casa porque repetiría jugada, no podría dormir, como cada noche desde hacía una semana, y la cabeza dándome vueltas y más vueltas manteniéndome inquieto y nervioso, seguramente con la tensión por las nubes.
Me había tomado tres jarras de cerveza e iba por la cuarta cuando, apoyando la cabeza en una de las columnas de la taberna se me fueron cerrando los ojos.
De repente, una voz reconocible del pasado me sobresaltó. Hacia mucho que no la escuchaba, ¡¡¡años!!!, "no tocarme los cojones, mirad cómo tenéis la barra de pegajosa, se quedan pegadas hasta las moscas", gritaba un rejuvenecido Cipri, con su mandil a rayas negras y verdes y su eterna visera tipo inglés, según él, fregando el mostrador con una bayeta empapada de agua y salpicando a todo el que estaba apoyado en el tablero. 
La luz era más fuerte, el amarillo de las bombillas había crecido en intensidad pareciendo que la taberna resplandecía por no se que motivo, y el Cipri, ya lo he dicho, rejuvenecido, muy activo, atendiendo él solo a todos los parroquianos que en la taberna se encontraban a esas horas, que eran muchos.
Pero coño, pensé, si Pacita había fallecido hacía tiempo, ¿que hacía aquí?, y Roberto, el estafador del Amor, si fuí yo al entierro.
No entiendo nada.
Forastero, te pongo otra o vas a estar aquí sin tomar nada, coño - me dijo el Cipri entre risotadas de las suyas - que estás pasmao, hombre, espabila!!!!
La actividad en la taberna era frenética, conversaciones cruzándose unas con otras, risas de la gente y los de la mesa del final cantando a pleno pulmón mientras el Cipri no dejaba de ponerles bebidas.
Las abuelas del cinquillo, con un brillo especial en sus miradas, hoy jugaban al poker, y mientras una miraba fijamente a otra, con un cigarrillo encendido en la comisura de la boca, la otra doblaba apuesta, veo y doblo, dijo muy seria.
La taberna estaba como en sus mejores momentos, y cuando iba a pedir otra jarra, una mano me sacudió con fuerza los hombros mientras la voz de Adiolinda me decía, "Forastero, tengo que cerrar, te quedaste dormido hace dos horas, pero, lo siento, tengo que cerrar".
Juraría que al adelantar al Cipri de la mano de la Maruxaina, éste, levantando la cabeza de su permanente sopor, me guiñaba un ojo, pero que va, no, no podía ser...¿o sí?

jueves, 11 de diciembre de 2025

LA ELECCIÓN

Tengo la convicción de que no existes
y sin embargo te oigo cada noche
te invento a veces con mi vanidad
o mi desolación o mi modorra
del infinito mar viene su asombro
lo escucho como un salmo y pese a todo
tan convencido estoy de que no existes
que te aguardo en mi sueño para luego.

(Poema de mi amigo Mario Benedetti)

La dieron a elegir. Llevaba una buena vida en el agua, en las profundidades. Se alimentaba de algas, de líquenes, hongos y algún que otro talofito.
Respetaba a los peces, a los que muchas veces rescataba de las artes marineras de los humanos. Jugaba con las estrellas de mar y los hipocampos, también conocidos por su semejanza como caballitos de mar.
Sonaba las conchas marinas vacías que depositaba después con esmero en el fondo marino para que los pulpos recién emancipados consiguieran su primera casa y competía con los leones marinos en regates y contorsiones a la carrera en una especie de "tú la llevas'.
No tenía mala vida, no. Pero la dieron a elegir, mar o tierra, y ella, curiosa por naturaleza y aventurera sin miedos, escogió tierra.
La acompañaron hasta la playa llevándola una bolsa de ropa recogida en el mar, abandonada o perdida por gente sin escrúpulos que llenaba el océano de materiales extraños al mismo, y la dejaron cuando el agua le llegaba por la cintura.
Ahí se produjo una complicada transformación, su plateada y hermosa cola con su poderosa aleta caudal fue mutándose en dos piernas modeladas, con las que dió sus primeros pasos hasta la orilla.
De eso hace ya tres años, y su vida transcurrió entre penalidades y desgracias. Ni un solo momento de felicidad.
La engañaron de mil maneras, la explotaron en infames y sucios trabajos con los que iba ajàndose, arrugando y perdiendo esa frescura con la que emergió del mar.
¡¡¡Cuántas veces se acercó a la playa observando el horizonte marino mientras las lágrimas acudían raudas a sus pálidas y escuchimizadas mejillas y el corazón se aceleraba obligándola a sentarse en la húmeda arena bañada por el ir y venir del pequeño oleaje con el que el océano acariciaba a la tierra/!!!!!
Comía poco, y aunque se mantenía sin comer animal alguno, estos no jugaban con ella como lo hacían, antaño, sus compañeros marinos.
Los perros ladraban agresivos al acercarse. Los gatos bufaban y se erizaban a su paso. No jugaba nunca, no tenía con quien.
Conoció a humanos que dañaron aún más su corazón, volviéndose desconfiada e incluso por momentos irascible.
Era asidua de la taberna, en la que el Cipri fue el único que desde el primer día en el que entró, la saludó llamándola Maruxaina y se preocupó de que comiera algo, verdura y ensalada, que la muchacha agradeció.
No bebía alcohol nunca, y se sentaba, sola, en la mesa más apartada del resto y ahí permanecía hasta que el Cipri cerraba y marchaba con él a su casa.
A nadie se le ocurría decir nada de esa extraña relación, máxime desde que el Cipri, agarrándole del cuello de la chaqueta echó a la calle a un divertido y grosero  bancario que dijo algo sobre si el tabernero había encontrado concubina. Nunca más nadie dijo nada y vimos, con el paso del tiempo como se había convertido en el abuelo gruñón de Maruxaina y ella en la nieta atenta que solo con él hablaba.
En la actualidad, Adiolinda hace un gesto a Maruxaina y ella se levanta, da la mano al Cipri y lo lleva a casa a acostarlo. La taberna la cierra la camarera venezolana.
En una ocasión, el Cipri, entre sopores del no ser murmuró algo sobre una sirena en la taberna, pero enseguida volvió a guardar silencio.
Extraño mundo en el que se encuentra el Cipri que le produce raros sueños de leyenda.

martes, 9 de diciembre de 2025

LA MESA DEL SOLITARIO

Jesús, el dulce, viene…
Las noches huelen a romero…
¡Oh, qué pureza tiene
la luna en el sendero!


Jesús, el dulce, viene…
Las noches huelen a romero…
¡Oh, qué pureza tiene
la luna en el sendero!

Palacios, catedrales,
tienden la luz de sus cristales
insomnes en la sombra dura y fría…
Mas la celeste melodía
suena fuera…
Celeste primavera
que la nieve, al pasar, blanda, deshace,
y deja atrás eterna calma…

¡Señor del cielo, nace
esta vez en mi alma!

(Poema de mi amigo, Juan Ramón Jiménez)


Lo publicó una pequeña revista semanal de barrio, "LA MESA DEL SOLITARIO ESPERA EN NOCHEBUENA", sacó en portada el semanario añadiendo "una idea de Adiolinda, la camarera inmigrante".
Ni ella había pensado que el comentario al que el Cipri ni contestó, inmerso en su pozo del no ser, sería portada de la revista del Barrio, y ahí estaba, con la fotografía de la pizarra donde había dibujado el rectángulo de una mesa con dos sillas y dos nombres, Cipri y Adiolinda, mientras en la parte superior exhibía el letrero de la mesa del solitario.
La taberna abriría por primera vez en Nochebuena, y todo el que quisiera y se encontrara solo podía acercarse a ella y, llevando su comida, cenar en compañía de ella y del Cipri, y si no tenía nada que llevar de alimentos, el Cipri y ella compartirían la cena entre todos.
Nadie pensó la velocidad que cogería la idea.
Primero fue Rosa, la vieja prostituta, quien pondría una silla más en la pizarra poniendo su nombre.
Después, José, el niño de la guerra el que hizo lo mismo.
El poeta de los cafés a continuación.
Después se inscribió Raul, el vagabundo que se bebía los culillos de las copas, apurandolas antes de que Adiolinda las retirará.
Así, uno a uno se fueron sumando la mayoría de los parroquianos, las abuelas del cinquillo, Manuela, Marepi, el Fantasma del Pasado, todos, o casi todos fueron pasando por la pizarra que ya tenía cerca de treinta sillas y treinta nombres.
Para entonces, un diario de tirada nacional había visto la noticia del semanario local y desplazando a un reportero y a un fotógrafo, publicó una entrevista con Adiolinda, Rosa y José en su edición matutina.
A partir de ahí, el tornado se acentuó. Llamaba o se pasaba gente de toda la ciudad, y todos agregaban su silla y su nombre.
Un grupo de monjas francesas de un afamado colegio cercano dijeron que ellas servirían la comida y se harían cargo de las cocinas para calentar las diferentes viandas.
Una tuna de ingenieros, todos con los cuarenta ya cumplidos, se ofrecieron a amenizar la noche con sus canciones y un grupo de mariachis mexicanos, mecánicos durante el día, hicieron lo mismo.
Una importante empresa de catering prometió la cena, ellos se encargaban de todos los alimentos, nadie tenía que llevar nada, todo lo ponían ellos de manera gratuita.
Finalmente, el Padre Ángel prometió su asistencia a cenar con todos, y el alcalde de la ciudad, por no perder la oportunidad, dijo que a cenar no, pero tomarse una copa y brindar con los solitarios estaba hecho.
Protección Civil desplazaría voluntarios a la taberna, por si hacían falta y el cuerpo de bomberos mandó tres cajas de cava y su felicitación.
Cerca de trescientas personas ocuparían toda la sala del Mono Rojo en una gran mesa realizada con todas las mesas juntas y agrupadas en el espacio central, y el Cipri, serio, callado, ensimismado Dios sabe en qué mundos creados por el alzheimer, sin enterarse de nada, o eso pensamos.
- La que has liado, bonita, le dije a Adiolinda soltando una carcajada, tú no conocías la magia de este lugar.
Medio llorosa me contestó que ella, sola en España, solo buscaba cenar con el Cipri y con algún parroquiano que también cenara solo.
Juraría que desde esa noche, días antes de Nochebuena, en lo alto del firmamento, una estrella grande y brillante se mantenía fija señalando el sitio que ocupaba la Taberna del Mono Rojo.
Yo ya puse mi nombre y la silla sobre el dibujo de la mesa.

viernes, 5 de diciembre de 2025

OSCURIDAD

No sé por qué, si la luz entra,
Los hombres andan bien dormidos,
Recogiendo la vida su apariencia
Joven de nuevo, bella entre sonrisas,

No sé por qué he de cantar
o verter de mis labios vagamente palabras;
Palabras de mis ojos,
Palabras de mis sueños perdidos en la nieve.

De mis sueños copiando los colores de nubes,
De mis sueños copiando nubes sobre la pampa.

(Poema de mi amigo Luis Cernuda)



Las lámparas parpadean y, de golpe, se apagan todas, y la taberna se sumerge en una oscuridad que huele a madera húmeda, serrín y a cientos de vivencias impregnadas en la piedra y madera de las paredes. Los parroquianos, callados,  conteniendo el aliento y moviéndose, inquietos en sus asientos, de manera que el único sonido es el crujido de las sillas y el tamborilero repique de unos dedos nerviosos, sobre una mesa, con ansiedad poco contenida.

De pronto escuchamos movimiento de donde el Cipri estaba sentado,  y un resplandor alumbró la zona. Cipri se había levantado muy lentamente y prendiendo una cerilla se encaminó hacia la barra, en donde sacó media vela, encendiéndola, y mientras la llama titilaba, mostrándonos el rostro del anciano tabernero,  repleto de arrugas cuya sombra acentuaba aún más su vejez, muy serio y con voz alta y firme se dirigió a nosotros mientras servía una ronda de vinos diciendo, - Hay ocasiones en las que la luz se retira para que podamos ver lo que realmente importa y nos rodea. 
Cada chato de vino reflejaba la luz  trémula de la vela, pareciendo latir con la potencia de la existencia de la taberna y la fuerza de lo vivido entre sus paredes.
Acto seguido, volviendo a su silla con la vela en una mano y el vaso de vino en la otra, el Cipri regresó al pozo oscuro del no ser.

EL ULTIMO TRAGO

Este adiós que te guardo
está madurando con los días
Exprimo nuestra vivencia
y no la dejo quedarse
en el pasado

No puedo avanzar contigo
por que te deseo a cada instante
y desear lo que no se puede tener
es como escribir
sin que nadie te lea
Eso seguro que lo entiendes
Te quiero pero no deseo luchar
contra el destino
Disfrutaré de vez en cuando
de tu recuerdo
que seguirá alterándome»

 (Poema de mi amigo, Mario Benedetti)




Todos pensamos que eran pareja, aunque nunca lo decían, y quizás lo eran, o lo fueron durante un tiempo y quedó una amistad y un respeto por encima de todo. Ya nunca lo sabremos, porque ella nunca dirá nada.
Era curioso ver cómo se comunicaban con miradas, con palabras sueltas o medias frases que ninguno comprendíamos, pero que debía ser su lenguaje particular con el que los dos se entendían frente a la incomprensión de quienes les observábamos.
Hoy llegó ella, sola, como siempre. Él vendría después, también solo, y se sentarían con nosotros entre risas y conversaciones de las que he detallado antes y que ninguno entendíamos.
Pero no, hoy solo llegó ella y sentándose en su sitio, gritó a Adiolinda, llamándola y  pidiéndola unas botellas y unos vasos de chupito.
Nos miró fijamente, con esa mirada suya, dura, reservada, pensativa y nos explicó que los chupitos eran una invitación de él, que ya no vendría más y ella  se lo había prometido ante su insistencia, y se encargaría de que se cumpliera su voluntad.
-Muchacha, le dijo a la camarera cuando llegó con la bandeja de bebidas y los vasos de chupitos, hoy solo chupitos a los habituales y la única música en la taberna, los fados de Amalia Rodrígues y la canción, ahora, con la primera ronda, de "el último trago", cantada por Chavela Vargas o por Buika, eso me da igual, pero hoy no quiero ni bachatas ni mierdas de esas.
Ahhh, y tráete al Cipri a esta mesa.
No entendíamos nada, y ella comenzó a narrarnos como sucedieron los hechos y como acabaron.
Estaba dormida, profundamente, y sonó su teléfono. Optó por no cogerlo y seguir durmiendo, pero el aparato no dejaba de sonar y terminó cogiéndolo.
Dime, estaba dormida coño, qué ocurre, pasa algo?
- Mira, déjame hablarte, me tengo que ir.
- ¿Ahora, a las tres de la madrugada? ¿No podías esperar a mañana para decírmelo?
- No, mañana no sé si podré. Llamo para despedirme y darte las gracias, por todo, solo eso.
Ahora me voy. Un beso.
Ella dejó el móvil en la mesilla y cabreada se volteó para continuar durmiendo, cuando en algún nivel de pensamiento algo no cuadraba.
Volvió a coger el teléfono y marcó su número. Nadie lo cogía. Una y otra vez llamando y nadie lo cogía. Se asustó, algo pasaba y no sabía que hacer.
Vistiéndose cogió el coche y se dirigió a su casa. Había luz y se escuchaba el televisor, pero nadie abría, nadie respondía.
Llamó a sus hijos y mientras estos llegaban telefoneó al 112.
Lo encontraron acostado, con una sonrisa en su cara, y efectivamente, se había marchado, ya no estaba él.
Más tarde, el forense nos dijo que había fallecido cerca de las diez de la noche. Un infarto fulminante.
Él me llamó a las tres de la madrugada, nos dijo, porque no sabía cuando podría hacerlo después.
Mientras, en la sala de la taberna la voz de Chavela cantaba "Tómate esta botella conmigo y en el último trago me besas.
Esperamos que no haya testigosPor si acaso te diera vergüenza..."

miércoles, 3 de diciembre de 2025

LA DESBANDÁ

Ya hay un español que quiere
vivir y a vivir empieza,
entre una España que muere
y otra España que bosteza.

Españolito que vienes
al mundo te guarde Dios.
una de las dos Españas
ha de helarte el corazón.

(Poema de mi amigo, Antonio Machado)


Noventa y seis años tenía cuando ocurrieron los hechos que hoy os narro, noventa y seis años y en silencio las lágrimas se le escapaban desbordando esas viejas cataratas que sufría desde hacía tiempo.
Ismael, después de empezar a escuchar el viaje de unos muchachos, habituales ya de la taberna, por la carretera de Málaga a Almería, se levantó con esa lentitud del cuerpo agotado y encaminándose a la mesa más lejana, mientras con un sucio pañuelo intentaba contener el aguacero que de sus ojos salía, con la otra mano buscaba nervioso en el bolsillo interior de la gabardina para acabar sacando una ajada cartera de cuero a la que una goma elástica mantenía cerrada.
Le observamos desde la distancia, y vimos como sacaba unos papeles muy deteriorados y una especie de fotografías antiguas, entre un blanco y negro y un color sepia que daban fe de su antigüedad.
El llanto, ya más pausado, se transformó en una lágrima cada poco, pero su rostro mostró un gran y agudo dolor, una profunda tristeza del alma reflejada en esa tez surcada por el paso del tiempo.
Nos enteramos más tarde, que cuando era un niño de pocos años, por esa carretera hacia Almería, su padre, el Aquilino, decidió que la familia huiría de una Málaga conquistada por el ejército sublevado y en la que se estaban produciendo horrorosas e inmensas matanzas como los del cementerio de San Miguel en el que los fusilamientos se repetían varias veces al día.
Se dice que unas ciento cincuenta mil personas abandonaron la ciudad por esa carretera, desde entonces maldita, que pasando por Torre del Mar, Torrox, Adra, etc. llegaba hasta Almería.
Carretera maldita porque la caravana de huidos era tiroteada y bombardeada desde aviones y barcos mal llamados "nacionales", con una agresividad tal que en ninguno de los pueblos se prestó ayuda a los refugiados por miedo a futuras consecuencias por ayudar a "los rojos", aunque estos fueran en gran parte niños con sus padres y madres.
El Aquilino jugaba con los niños, su hijo Ismael y Macu, la niña, cada vez que los aviones masacraban la columna de civiles, haciendo que se escondieran en la cuneta, se hicieran los muertos entre risas y no se levantaran del suelo mientras duraba el ataque.
En uno de estos juegos contra la muerte, el Aquilino ya no se levantó, y por mucho que Macu e Ismael le tiraban del pelo riendo y gritando levántate padre que ya se fueron los aviones, el Aquilino no se movía.
La metralla le había alcanzado dejándolo ya para siempre en esa carretera de Almería.
Continuaron camino, ya sin risas, con su madre, hasta que pasando la curva anterior a la llegada a Torrox, los tanques golpistas atacaron aplastando a la mujer con una de sus orugas.
Esa fue la última vez que Ismael,  siete de febrero de mil novecientos treinta y siete, vió a sus padres y a su hermana.
Movidos por familias como la suya, que querían ayudar, la Macu se fué con una y al pequeño Ismael se lo llevó otra.

Han pasado tres años de estos hechos en el Mono Rojo, y está noche las puertas de la taberna se abrieron violentamente, dando paso a una señora muy mayor, con un pelo grisáceo, sueltas las canas y muy nerviosa, dirigiéndose a la barra y preguntando por Ismael, gritando su nombre en un lamento largo y profundo que llegaba al alma, partiéndola con su dolor.
La Macu había encontrado a Ismael, su hermano, pero eso, eso ya es otra historia.

martes, 2 de diciembre de 2025

RECUERDOS DE UN GOCHO

El mar, el mar y tú, plural espejo,
el mar de torso perezoso y lento
nadando por el mar, del mar sediento:
el mar que muere y nace en un reflejo.

El mar y tú, su mar, el mar espejo:
roca que escala el mar con paso lento,
pilar de sal que abate el mar sediento,
sed y vaivén y apenas un reflejo.

De la suma de instantes en que creces,
del círculo de imágenes del año,
retengo un mes de espumas y de peces,

y bajo cielos líquidos de estaño
tu cuerpo que en la luz abre bahías
al oscuro oleaje de los días.

(Poema de mi amigo Octavio Paz)





Estaba ensimismado, dando vueltas a un pasado lejano en el que la felicidad era muy constante en numerosos momentos en el que la risa me hacía encontrarme tan bien que no me pude dar cuenta que no era una felicidad compartida, y pasó lo que pasó.
Eso fue mucho más tarde, y hoy, sentado en mi lugar habitual de la taberna y pensando en eso, un grito fuerte de ¡¡¡Puta gata!!! me hizo dirigir la vista hacia la puerta de la cocina por la que salía una apresurada Crisis con algo en la boca y trás ella, armada con el cepillo de barrer, Adiolinda, persiguiéndola sin éxito, ya que el animal encontró hueco entre mis pies apoyando en el zapato el cadáver por el que era perseguida, un pequeño y viscerado boquerón crudo, que protegía mirando fijamente a Adiolinda y con una especie de carraspeo que moría en su nariz y que alarmó a la empleada.
Ver a Crisis comerse el pescado fue todo un descubrimiento,  primero un lomo para a continuación girar el cuerpo de lo que ya nunca sería una anchoa asalmuerada y empezar con el otro.
Dejó mondo y lirondo al bicho, respetando el esqueleto, es decir, la espina desde la cola a la cabeza y la propia testa pescatera que en ningún caso tocaría, y ese pequeño, casi insignificante detalle, me traslado a la playa de Las Acacias, en una  Málaga todavía no saturada y en la que sentados en un chiringuito se podía degustar sin mucha demora un exquisito y obligado espeto, asado al fuego de leña mientras un cuarto de caña hacía de soporte para las sardinas.
Ella las comía con cuidado de no mancharse más de dos dedos. Acercaba los dientes, chiquitos, preciosos, delicados, a la carne lateral del espetón y separándola de la espina central, la introducía en su boca tragándola antes de que te dieras cuenta.
Casi igual que la gata, mientras que yo, los diez dedos pringados de grasa, con la boca saturada de aceites y manchurrones negros, pringaba el vaso que, sin usar la servilleta antes, levantaba y apuraba de un trago para seguir comiendo.
Me gustaba verla tan fina, tan señorita, tan cuidadosa, mientras llamaba mi atención por el polo blanco lleno de restos aceitosos de sardina.
Yo muy gocho, muy cerdo, pero feliz al verla a ella con el paisaje del mar detrás de su cabellera y orgulloso, muy orgulloso de poder estar con esta estupenda e inmejorable compañía.
Hacia ya años que nos conocíamos, vivíamos juntos y solo me quedaba casarme con ella, algo que, meses más tarde, hicimos realidad casándonos en noviembre.
Aliados hoy el viento del sur y Crisis, empeñados en traerme recuerdos que, aún siendo bonitos, duelen luego. Cómplices ellos, sin saberlo, de unas vivencias que dejaron de ser.
Fantasmas del pasado de nuevo, y no es Halloween.



lunes, 1 de diciembre de 2025

¿DONDE ESTÁ MI CHUCHE?

No son más silenciosos los espejos
Ni más furtiva el alba aventurera;
Eres, bajo la luna, esa pantera
Que ríos es dado divisar de lejos.
Por obra indescifrable de un decreto
Divino, te buscamos vanamente;
Más remoto que el Ganges y el poniente,
Tuya es la soledad, tuyo el secreto.
Tu lomo condesciende a la morosa
Caricia de mi mano. Has admitido,
Desde esa eternidad que ya es olvido,
El amor de la mano recelosa.
En otro tiempo estás. Eres el dueño
De un ámbito cerrado como un sueño.

(Poema de mi amigo Jorge Luis Borges)



Se pasea por la sala como una más, quizás la considera su casa, pues pocas veces salió de ella y fué a la calle para volver días después, sucia, desgreñada y con hambre, algo de lo que nunca se ocupó el Cipri. Nadie conoció jamás de que y como se alimentaba, pero estaba gordita y balanceaba su tripa y caderas como si de un desfile de ropa se tratara.
Nos conocía a los parroquianos como si siempre hubiéramos estado juntos y se restregaba contra nuestros tobillos cuando no saltaba a nuestras rodillas refregándose contra nuestro pecho, ronroneando como si cantara, para terminar recostada sobre nuestro regazo.
Hace mucho que casi no juega, quizás por la edad, pero recuerdo esas risas mientras la observábamos saltar en contorsionistas piruetas al par de correr un carrete de hilo o una pelota de lana que robaba de cualquier bolsa de labor de alguna de las señoras que venían a la taberna a jugar al cinquillo mientras tomaban sus copitas, una sola por persona, de aguardiente dulce de Chinchón.
Con el tiempo se quedó algo sorda, con lo que su eterna independencia se acentuó y ya no atendía ni a suissuissuis ni a michis michis. Ella iba donde y con quién quería cuando y como quería.
Coincidió con el Cipri en esa caída al pozo oscuro del no ser. Ni el Cipri recordaba nada del más cercano presente ni Crisis, que así bautizaron hace mucho a la gata, ubicaba nada que acabara de ocurrir, aunque si notamos como últimamente estaba más pendiente del Cipri que lo hubiera estado nunca, y maullando, eternamente maullando recordando y exigiendo la chuche que el Cipri la daba, la había dado ya y que la gata no recordaba, como tampoco recordaba el Cipri habérsela dado y volvía a premiarla una y otra vez hasta que, Adiolinda, la mezcla de otros mundos, rompía el encanto llevándose la bolsa de chuches al almacén.
Crisis y Cipri, Cipri y Crisis, diecisiete años de lealtad, de cariños y arrumacos, de chuches y de libertades que nunca reprimieron, aquí siguen, buscando una bolsa de chuches que desapareció y un pantalón impregnado de pelo corto al entrar en contacto dos seres que se quieren aunque no recuerdan por qué.

AAAAA, AAAAAA, AAAAACHIIISSSSSSS


Tengo un gran resfriado,
y todo mundo sabe cómo los grandes resfriados
alteran todo el sistema del universo,
nos enfadan con la vida,
y hacen que estornudemos hasta la metafísica.
He perdido el día entero sonándome.
Me duele ligeramente la cabeza.
¡Triste condición para un poeta menor!
Hoy soy verdaderamente un poeta menor.
El que fui otrora fue un deseo:se esfumó.
¡Adiós para siempre reina de las hadas!
Tus alas eran de sol, y yo por aquí sigo.
No estaré bien si no tumbándome en la cama.
Nunca estuve bien salvo tumbándome en el universo.
Con perdón, señor...¡ Qué gran resfriado físico!
Necesito verdad y aspirinas.

 (Poema de mi amigo Fernando Pessoa)


Hoy he llegado a la Taberna del Mono Rojo agotado de estar en casa, bajo una montaña de pañuelitos de papel que da la impresión que colecciono cuando la realidad es que ni ese pequeño Himalaya de celulosa puede parar la cascada de material líquido que expulso continuamente por la nariz unido a estornudos cientos que sacuden mi caja torácica de tal manera que si un petardo explotase en su interior no sería mayor el espasmo que me produce el molesto reflejo instintivo provocado por cierta desazón que nace en la profundidad de la laringe ascendiendo por esas especies de fosas marianas que son mis narices.
Si, estoy constipado, creo, resfriado que diría mi madre, jodido que exclamaría mi padre o enfermo, que diría mi doctora de familia antes de recetarme paracetamol, algo que sé sin haberme hecho esos cientos de años que se tiran estudiando los futuros médicos antes de poder ponerse esa blanca bata, con estetoscopio al cuello que les confirma como otros mal pagados dentro de la sanidad patria antes de marcharse a Escocia, Irlanda o Inglaterra dónde parece que valoran más a un doctor español si hablamos de lo económico.
Quedamos en que estoy jodido, con fiebre, con unas ganas de escuchar bachata o merengue solo comparables a las intenciones de los negreros y traficantes de esclavos en la primitiva Haiti.
-Adiolinda, por favor, apaga esa música antes de que corte la luz del local y me guarde los plomos, y de paso me traes un café con brandy y miel y un vaso de agua para tomarme el quinto Paracetamol de la tarde:
Necrología, sucesos: muerto por sobredosis de acetaminofeno bañado en litros de café y brandy.
Que alegría le daría al gallego ver qué su escritor favorito sale por fin en la prensa, y encima por muerte por sobredosis; ventas miles de su libro, se promete el conde Dedón, galiciano él aunque residente en Gijón.
Y está niñata que no apaga la musiquita de las pelotas, -coño, tía, quita esa mierda.
Me contesta con una peineta mientras me saca la lengua estrechando los ojos y convirtiéndose de golpe en la hermana fea de Carmen de Mairena.
Dolor de cabeza, fiebre, estornudos, mocos destrozándome la roja y escocida nariz y la hermana fea de Carmen de Mairena, la cosa se va complicando.
Al final a urgencias, que no me curaràn, pero al menos durante las siete y ocho horas que me tendrán esperando en la sala de espera, formaré y estornudaré junto al famoso coro invernal de negacionistas de la vacuna de la gripe, y eso da un caché terrible en mi historial médico.
Si sobrevivo, mandaré un SOS, de lo contrario, que encuentren mi cuerpo siguiendo el rastro de mocos que me acompaña.
Saaachis..ludos.