ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.

ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.
Casi sin pensarlo nos fuimos sentando, uno tras otro, en torno a la chasca que encendió el Cipri, y asi pasamos la noche, escuchando las historias que alguien, no se quien, cualquiera que fuese, narraba despacito, creando un entorno de magia y misterio del que no queríamos salir.

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO
LO IMPOSIBLE SOLO EXISTE EN TU VIDA

martes, 2 de diciembre de 2025

RECUERDOS DE UN GOCHO

El mar, el mar y tú, plural espejo,
el mar de torso perezoso y lento
nadando por el mar, del mar sediento:
el mar que muere y nace en un reflejo.

El mar y tú, su mar, el mar espejo:
roca que escala el mar con paso lento,
pilar de sal que abate el mar sediento,
sed y vaivén y apenas un reflejo.

De la suma de instantes en que creces,
del círculo de imágenes del año,
retengo un mes de espumas y de peces,

y bajo cielos líquidos de estaño
tu cuerpo que en la luz abre bahías
al oscuro oleaje de los días.

(Poema de mi amigo Octavio Paz)





Estaba ensimismado, dando vueltas a un pasado lejano en el que la felicidad era muy constante en numerosos momentos en el que la risa me hacía encontrarme tan bien que no me pude dar cuenta que no era una felicidad compartida, y pasó lo que pasó.
Eso fue mucho más tarde, y hoy, sentado en mi lugar habitual de la taberna y pensando en eso, un grito fuerte de ¡¡¡Puta gata!!! me hizo dirigir la vista hacia la puerta de la cocina por la que salía una apresurada Crisis con algo en la boca y trás ella, armada con el cepillo de barrer, Adiolinda, persiguiéndola sin éxito, ya que el animal encontró hueco entre mis pies apoyando en el zapato el cadáver por el que era perseguida, un pequeño y viscerado boquerón crudo, que protegía mirando fijamente a Adiolinda y con una especie de carraspeo que moría en su nariz y que alarmó a la empleada.
Ver a Crisis comerse el pescado fue todo un descubrimiento,  primero un lomo para a continuación girar el cuerpo de lo que ya nunca sería una anchoa asalmuerada y empezar con el otro.
Dejó mondo y lirondo al bicho, respetando el esqueleto, es decir, la espina desde la cola a la cabeza y la propia testa pescatera que en ningún caso tocaría, y ese pequeño, casi insignificante detalle, me traslado a la playa de Las Acacias, en una  Málaga todavía no saturada y en la que sentados en un chiringuito se podía degustar sin mucha demora un exquisito y obligado espeto, asado al fuego de leña mientras un cuarto de caña hacía de soporte para las sardinas.
Ella las comía con cuidado de no mancharse más de dos dedos. Acercaba los dientes, chiquitos, preciosos, delicados, a la carne lateral del espetón y separándola de la espina central, la introducía en su boca tragándola antes de que te dieras cuenta.
Casi igual que la gata, mientras que yo, los diez dedos pringados de grasa, con la boca saturada de aceites y manchurrones negros, pringaba el vaso que, sin usar la servilleta antes, levantaba y apuraba de un trago para seguir comiendo.
Me gustaba verla tan fina, tan señorita, tan cuidadosa, mientras llamaba mi atención por el polo blanco lleno de restos aceitosos de sardina.
Yo muy gocho, muy cerdo, pero feliz al verla a ella con el paisaje del mar detrás de su cabellera y orgulloso, muy orgulloso de poder estar con esta estupenda e inmejorable compañía.
Hacia ya años que nos conocíamos, vivíamos juntos y solo me quedaba casarme con ella, algo que, meses más tarde, hicimos realidad casándonos en noviembre.
Aliados hoy el viento del sur y Crisis, empeñados en traerme recuerdos que, aún siendo bonitos, duelen luego. Cómplices ellos, sin saberlo, de unas vivencias que dejaron de ser.
Fantasmas del pasado de nuevo, y no es Halloween.



No hay comentarios: