No son más silenciosos los espejos
Ni más furtiva el alba aventurera;
Eres, bajo la luna, esa pantera
Que ríos es dado divisar de lejos.
Por obra indescifrable de un decreto
Divino, te buscamos vanamente;
Más remoto que el Ganges y el poniente,
Tuya es la soledad, tuyo el secreto.
Tu lomo condesciende a la morosa
Caricia de mi mano. Has admitido,
Desde esa eternidad que ya es olvido,
El amor de la mano recelosa.
En otro tiempo estás. Eres el dueño
De un ámbito cerrado como un sueño.
Ni más furtiva el alba aventurera;
Eres, bajo la luna, esa pantera
Que ríos es dado divisar de lejos.
Por obra indescifrable de un decreto
Divino, te buscamos vanamente;
Más remoto que el Ganges y el poniente,
Tuya es la soledad, tuyo el secreto.
Tu lomo condesciende a la morosa
Caricia de mi mano. Has admitido,
Desde esa eternidad que ya es olvido,
El amor de la mano recelosa.
En otro tiempo estás. Eres el dueño
De un ámbito cerrado como un sueño.
(Poema de mi amigo Jorge Luis Borges)
Nos conocía a los parroquianos como si siempre hubiéramos estado juntos y se restregaba contra nuestros tobillos cuando no saltaba a nuestras rodillas refregándose contra nuestro pecho, ronroneando como si cantara, para terminar recostada sobre nuestro regazo.
Hace mucho que casi no juega, quizás por la edad, pero recuerdo esas risas mientras la observábamos saltar en contorsionistas piruetas al par de correr un carrete de hilo o una pelota de lana que robaba de cualquier bolsa de labor de alguna de las señoras que venían a la taberna a jugar al cinquillo mientras tomaban sus copitas, una sola por persona, de aguardiente dulce de Chinchón.
Con el tiempo se quedó algo sorda, con lo que su eterna independencia se acentuó y ya no atendía ni a suissuissuis ni a michis michis. Ella iba donde y con quién quería cuando y como quería.
Coincidió con el Cipri en esa caída al pozo oscuro del no ser. Ni el Cipri recordaba nada del más cercano presente ni Crisis, que así bautizaron hace mucho a la gata, ubicaba nada que acabara de ocurrir, aunque si notamos como últimamente estaba más pendiente del Cipri que lo hubiera estado nunca, y maullando, eternamente maullando recordando y exigiendo la chuche que el Cipri la daba, la había dado ya y que la gata no recordaba, como tampoco recordaba el Cipri habérsela dado y volvía a premiarla una y otra vez hasta que, Adiolinda, la mezcla de otros mundos, rompía el encanto llevándose la bolsa de chuches al almacén.
Crisis y Cipri, Cipri y Crisis, diecisiete años de lealtad, de cariños y arrumacos, de chuches y de libertades que nunca reprimieron, aquí siguen, buscando una bolsa de chuches que desapareció y un pantalón impregnado de pelo corto al entrar en contacto dos seres que se quieren aunque no recuerdan por qué.
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