Jesús, el dulce, viene…
Las noches huelen a romero…
¡Oh, qué pureza tiene
la luna en el sendero!
Jesús, el dulce, viene…
Las noches huelen a romero…
¡Oh, qué pureza tiene
la luna en el sendero!
Palacios, catedrales,
tienden la luz de sus cristales
insomnes en la sombra dura y fría…
Mas la celeste melodía
suena fuera…
Celeste primavera
que la nieve, al pasar, blanda, deshace,
y deja atrás eterna calma…
¡Señor del cielo, nace
esta vez en mi alma!
(Poema de mi amigo, Juan Ramón Jiménez)
Lo publicó una pequeña revista semanal de barrio, "LA MESA DEL SOLITARIO ESPERA EN NOCHEBUENA", sacó en portada el semanario añadiendo "una idea de Adiolinda, la camarera inmigrante".
Ni ella había pensado que el comentario al que el Cipri ni contestó, inmerso en su pozo del no ser, sería portada de la revista del Barrio, y ahí estaba, con la fotografía de la pizarra donde había dibujado el rectángulo de una mesa con dos sillas y dos nombres, Cipri y Adiolinda, mientras en la parte superior exhibía el letrero de la mesa del solitario.
La taberna abriría por primera vez en Nochebuena, y todo el que quisiera y se encontrara solo podía acercarse a ella y, llevando su comida, cenar en compañía de ella y del Cipri, y si no tenía nada que llevar de alimentos, el Cipri y ella compartirían la cena entre todos.
Nadie pensó la velocidad que cogería la idea.
Primero fue Rosa, la vieja prostituta, quien pondría una silla más en la pizarra poniendo su nombre.
Después, José, el niño de la guerra el que hizo lo mismo.
El poeta de los cafés a continuación.
Después se inscribió Raul, el vagabundo que se bebía los culillos de las copas, apurandolas antes de que Adiolinda las retirará.
Así, uno a uno se fueron sumando la mayoría de los parroquianos, las abuelas del cinquillo, Manuela, Marepi, el Fantasma del Pasado, todos, o casi todos fueron pasando por la pizarra que ya tenía cerca de treinta sillas y treinta nombres.
Para entonces, un diario de tirada nacional había visto la noticia del semanario local y desplazando a un reportero y a un fotógrafo, publicó una entrevista con Adiolinda, Rosa y José en su edición matutina.
A partir de ahí, el tornado se acentuó. Llamaba o se pasaba gente de toda la ciudad, y todos agregaban su silla y su nombre.
Un grupo de monjas francesas de un afamado colegio cercano dijeron que ellas servirían la comida y se harían cargo de las cocinas para calentar las diferentes viandas.
Una tuna de ingenieros, todos con los cuarenta ya cumplidos, se ofrecieron a amenizar la noche con sus canciones y un grupo de mariachis mexicanos, mecánicos durante el día, hicieron lo mismo.
Una importante empresa de catering prometió la cena, ellos se encargaban de todos los alimentos, nadie tenía que llevar nada, todo lo ponían ellos de manera gratuita.
Finalmente, el Padre Ángel prometió su asistencia a cenar con todos, y el alcalde de la ciudad, por no perder la oportunidad, dijo que a cenar no, pero tomarse una copa y brindar con los solitarios estaba hecho.
Protección Civil desplazaría voluntarios a la taberna, por si hacían falta y el cuerpo de bomberos mandó tres cajas de cava y su felicitación.
Cerca de trescientas personas ocuparían toda la sala del Mono Rojo en una gran mesa realizada con todas las mesas juntas y agrupadas en el espacio central, y el Cipri, serio, callado, ensimismado Dios sabe en qué mundos creados por el alzheimer, sin enterarse de nada, o eso pensamos.
- La que has liado, bonita, le dije a Adiolinda soltando una carcajada, tú no conocías la magia de este lugar.
Medio llorosa me contestó que ella, sola en España, solo buscaba cenar con el Cipri y con algún parroquiano que también cenara solo.
Juraría que desde esa noche, días antes de Nochebuena, en lo alto del firmamento, una estrella grande y brillante se mantenía fija señalando el sitio que ocupaba la Taberna del Mono Rojo.
Yo ya puse mi nombre y la silla sobre el dibujo de la mesa.