ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.

ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.
Casi sin pensarlo nos fuimos sentando, uno tras otro, en torno a la chasca que encendió el Cipri, y asi pasamos la noche, escuchando las historias que alguien, no se quien, cualquiera que fuese, narraba despacito, creando un entorno de magia y misterio del que no queríamos salir.

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO
LO IMPOSIBLE SOLO EXISTE EN TU VIDA

sábado, 21 de febrero de 2026

CRUCE DE CAMINOS

En la esquina del barrio, donde el sol se demora,
hay una puerta de roble, desgastada por la hora.
No tiene letrero de lujo, solo un aroma a vino,
que invita a detenerse al cansado peregrino.
Es la taberna de siempre, la casa de los recuerdos,
donde se olvidan penas y se sueldan los acuerdos.
Sus paredes de adobe han escuchado mil cuentos,
lamentos de amor viejo y alegres juramentos.
Sobre la barra de estaño, testigo de mil batallas,
se apoyan los codos curtidos, se cuentan las canallas.
El vino tinto ríe en el vaso de cristal,
mientras afuera el mundo sigue su paso fatal.
Aquí se hizo la tertulia, entre el humo y el mosto,
el chaval aprendió a ser hombre, sin pagar alto costo.
El tabernero es sabio, calla y sirve la copa,
conoce las historias de cada tipo y cada ropa.
Un viejo torero, un poeta, un obrero sin prisa,
comparten la misma mesa, el mismo vaso, la misma risa.
La taberna es refugio cuando el invierno aprieta,
la luz cálida que busca la sombra del poeta.
Aunque los tiempos cambien y el barrio se modernice,
esa esquina guarda el alma de lo que el pueblo dice.
Es historia de taberna, con su aroma a vino y a gente,
la esquina del tiempo, siempre joven, siempre paciente.

(Poema de mi amigo Antonio Díaz Cañabate)


Hoy, sentado en la mesa frente al hogaríl en el que una buena chasca calentaba toda la taberna, ante la mirada espectante del resto de parroquianos y Teresa, apoyada en la barra escuchando, empecé a hablar, contando a los nuevos parroquianos, esos muchachos que quedaban en la tasca escuchando su música, hablando ruidosamente y siempre gastándose bromas, pero con los que parece habíamos llegado a una entente cordiale de respeto mutuo, la historia y el concepto del Mono Rojo, fundado hacía ya varios siglos y que desde el principio fue lugar de encuentro entre viajeros y locales, que pronto llenaron el local de historias y leyendas que han ido acumulándose con el paso del tiempo convirtiendo a la taberna en algo mágico y como símbolo de buena suerte por la que han pasado aventureros, marinos, vagabundos, poetas, mineros, pescadores, músicos, pintores, y toda clase de buscadores que han dejado un poquito de cada uno en el espíritu del Mono Rojo, con las paredes repletas de recuerdos, notas y poesías escritas sobre las mesas, corazones grabados a navaja y un ambiente, por lo general, cargado de historias para contar que hace que la taberna tenga un alma propia del que cuidan los parroquianos habituales y que incluso, a veces, parecen dirigidos y cuidados por unas extraordinarias guardianas de ese portal abierto al tiempo y al espacio en el que la luz y el calor brillan siempre por muy adelantada y oscura que sea la noche del exterior.
La taberna del Mono Rojo es como un cruce de caminos en el que se encuentran diferentes personas, historias y destinos. Es como un telar en el que cada parroquiano suma su hilo, que una vez enhebrado en el telar, entrelaza su destino con el de la taberna, quedando para siempre unidos aunque el parroquiano marche a otros lugares y no regrese en forma física.
Hay parroquianos que juran que, en el silencio que alguna vez domina la taberna, si prestas atención, puedes escuchar los susurros y comentarios de aquellos que llegaron mucho antes que nosotros al Mono Rojo.
Ustedes, jóvenes, son nuestro relevo, el futuro de la taberna, los que contribuirán con sus historias a qué la leyenda del Mono Rojo continúe presente y creciendo para nuevas generaciones que vendrán después de ustedes, son los nuevos parroquianos y levanto mi jarra por su presencia y por esta vieja taberna.
Los muchachos, serios, se miraron entre ellos, y de golpe, como algo ensayado comenzaron de nuevo con sus voces, sus risas y sus músicas, y yo, como un bobo, de pie y con la jarra levantada.
Vega, alterada y despeinada golpeaba fuerte y rítmicamente una mesa mientras Adiolinda ponía a todo volumen un reggaeton. 
Teresa perseguía a Crisis con un boquerón en la boca y la Maruxaina aullaba acompañando a Vega.
Joder ¿que pasó con el telar?




viernes, 20 de febrero de 2026

CRISIS, MODELO DE EXPOSICIÓN

La gata
se lame una pata y
se recuesta
en el hueco de la biblioteca
yace allí
largas horas
imperturbable como una esfinge
luego gira su cabeza
hacia mí
se incorpora
estira su cuerpo
me da la espalda
nuevamente lame su pata
como si el tiempo real
no hubiera pasado
Y no lo ha hecho
y ella es una esfinge
que posee los tiempos del mundo
en el desierto de su tiempo
Ella
sabe dónde mueren las moscas
puede ver fantasmas
en las partículas del aire
percibir sombras
en un rayo de sol
Ella oye
la música de las esferas
los sonidos que transmiten
los cables
en las casas
y también el zumbido
del universo
en el espacio interestelar
pero siempre
prefiere los rincones hogareños
y el ronroneo de la estufa.

(Poema de mi amigo Lawrence Ferlinghetti)


Cuando Alguien, un Fantasma del Pasado venía a la taberna, fuera la hora que fuera, Crisis, la gata con Alzheimer que le robaba los boquerones de la cocina a Teresa, se levantaba de al lado del Cipri, donde casi siempre se tumbaba y llegando hasta donde el Fantasma del Pasado se hubiera sentado, de un salto se subía a sus rodillas y el parroquiano comenzaba a acariciarla mientras la gata ronroneaba melosa y le daba golpecitos con su felina cabeza.
Nunca supimos que había descubierto Crisis en el parroquiano ni que es lo que le gustaba de él, pero Crisis no perdía ocasión de subirse encima suyo.
Hasta que en una ocasión entró en la taberna una fotógrafa, Patricia, que buscaba inspiración para preparar una exposición de fotografías tiradas en lugares especiales como en el que nos encontramos.
Crisis se acercó a ella y empezó a restregarse contra su pierna.
Patricia, divertida y curiosa, capturó ese momento con su cámara, y resultó que la fotografía esa fué la pieza central de todas las demás fotografías que Patricia capturó en el Mono Rojo con Crisis de protagonista.
Adiolinda autorizó a Patricia para montar la exposición en la taberna, y desde que salió publicado en las noticias de la Tele local el trabajo en el Mono Rojo de la fotógrafa, atraídos por la fotografía de la gata restregándose en los tobillos de Patricia, la gente no dejaba de pasar por el local para conocer la obra de Patricia y Crisis como protagonista.
Unos decían que la gata era mágica, otros juraban haber visto moverse en la fotografía a Crisis, y la mayoría comentaba en las redes sociales la extraordinaria y valiosa exposición montada en el Mono Rojo, demostrando que la magia se esconde en los lugares más insospechados y con una gran historia detrás, como pasaba con nuestra taberna, a la que cada vez venía más gente y que estuvo así, completo el aforo durante los seis meses de la exposición.
Durante todos esos días, Crisis volvió a las rodillas del Fantasma del Pasado, ajena a su fama y popularidad,  y desde esa atalaya, sentada, observaba la sala y el montón de amantes de la cultura que se daban cita allí, mientras, de vez en cuando, una raspa de boquerón, completamente limpia, aparecía en el suelo, cerca de donde Alguien, Fantasma del Pasado, se encontraba sentado.
Raspa que el parroquiano, cómplice de la gata,  intentaba esconder acercándola a la pata de la mesa con la punta del zapato, ocultándosela a Teresa.

miércoles, 18 de febrero de 2026

EL ESPEJO


Yo, de niño, temía que el espejo
me mostrara otra cara o una ciega
máscara impersonal que ocultaría
algo sin duda atroz. Temí asimismo
que el silencioso tiempo del espejo
se desviara del curso cotidiano
de las horas del hombre y hospedara
en su vago confín imaginario
seres y formas y colores nuevos.
(A nadie se lo dije; el niño es tímido.)
Yo temo ahora que el espejo encierre
el verdadero rostro de mi alma,
lastimada de sombras y de culpas,
el que Dios ve y acaso ven los hombres.

(Poema de mi amigo Jorge Luis Borges).



En la taberna, desde hacía mucho tiempo, colgado de una pared, un espejo ayudaba a las personas que en él se miraban, a que vieran el reflejo de cómo realmente eran.
Había parroquianos que nunca se acercaban al espejo, y aún pasando por delante, jamás miraban lo que en el mismo se reflejaba.
Otros si, otros no dudaban en situarse frente al cristal y ver lo que el espejo les mostraba.
Un día corriente entró al Mono Rojo un hombre de unos cincuenta años, con un aire huraño en el rostro y nada más acercarse a la barra preguntó por el espejo de la verdad.
Adiolinda le señaló la pared donde se exhibía el espejo, y el visitante, una vez frente a él, gritó enfadado "no es posible" ante la imagen de su alma desnuda reflejada por el espejo.
No es posible, repitió gritando más fuerte. Esto está trucado por ustedes, estafadores, yo no soy así, gritó lleno y poseido por la furia de su gran vanidad.
Teresa estaba siguiendo todo desde la puerta de la cocina, y al ver al cliente gritar de esa manera e insultándoles, agarrando una sartén de la estantería de los cacharros, fue hasta el espejo y dándole un fuerte golpe, saltó en mil pedazos reflejando cada uno un matiz de la personalidad del hombre iracundo.
Ahí tienes todo lo que eres realmente. En cada pedazo verás un detalle de tu carácter, ése que te hace odioso para mucha gente, el que te mantiene permanentemente enfadado, el que te muestra la envidia que sientes, otro el rencor, otro la soberbia, la avaricia y así todos y cada uno de los pedazos. En tí está, ahora que los conoces, ir arreglando tu yo interior y convertirte en otra persona, o continuar igual y no cambiar, le dijo muy despacito pero muy seria la cocinera.
El hombre se vió, de esta manera, obligado a aceptar su forma de ser, enfrentándose a cada faceta de su imágen interna y acudiendo cada día a la taberna, conversando con los parroquianos y escuchando sus historias, fue cambiando, llegando un día en el que, de haber existido el espejo, la imagen devuelta hubiera sido completamente distinta.
Al cabo de varios años, en los que la amistad con Teresa era ya una realidad, el hombre preguntó a la cocinera, ¿Y por qué rompiste el espejo? ¿Era necesario?
Escucha, contestó Teresa, no querías aceptar lo que el espejo te mostraba, estabas como esclavizado por tu viciado carácter, por tu forma de ser, por tu vanidad. Al romper el espejo y que cada trozo te mostrara como eras, conseguiste liberarte. 
No lo olvides, amigo, la verdad es un reflejo que nos hace libres.

MARTÍN PRECIADO

Caminas por el campo de Castilla
Y casi no lo ves. Un intrincado
Versículo de Juan es tu cuidado
Y apenas reparaste en la amarilla
Puesta del sol. La vaga luz delira
Y en el confín del Este se dilata
Esa luna de escarnio y de escarlata
Que es acaso el espejo de la ira.
Alzas los ojos y la miras. Una
Memoria de algo que fue tuyo empieza
Y se apaga. La pálida cabeza
Bajas y sigues caminando triste,
Sin recordar el verso que escribiste:
Y su epitafio la sangrienta luna.

(Poema de mi amigo Jorge Luis Borges).


Entró en la taberna mirando todo a su alrededor, deteniéndose en algunos objetos colgados de la pared hasta llegar a la barra donde Adiolinda observaba sus cansados andares, su largo y grisáceo pelo sobre los hombros, calada una boina visera a cuadros en la cabeza y una larga barba blanca que acompañaba a un frondoso y bien peinado bigote, completando el retrato unas gafas de metal plateado que le caían sobre la nariz.
Buenos días, dijo para acto seguido preguntar si estaba el Cipri o si le había ocurrido algo durante los años que estuvo fuera, según comentó.
Se aproximó a la mesa que le indicó la camarera y viendo al Cipri los ojos se le inundaron y alguna lágrima resbaló por una de sus mejillas.
La Maruxaina, que estaba sentada, como siempre, al lado del Cipri, levantándose le preguntó con voz dulce que ocurría y quien era.
Mi nombre es Martín, y soy poeta. Hace muchos años, en esta misma taberna, a la que yo solía venir a escribir mis poemas y mis ideas, el Cipri, entonces mucho más joven pero mayor que yo, y con el que entablé una bonita amistad , me animó a viajar por el mundo escribiendo poemas de mis vivencias por esos desconocidos caminos.
Trabajé en mil cosas, incluso vendí poemas en tabernas parecidas a ésta pero sin su magia, y según conocía mundo, mis poemas fueron fluyendo hasta tener escritos diez libros de poesía y obtener un reconocimiento dentro del mundo literario y cultural.
Todo gracias a este amigo que ahora parece que duerme perdido en una gran cantidad de años y experiencias vividas en el Mono Rojo.
- ¿Y por qué volviste? Preguntó Vega que se había acercado al escuchar hablar al anciano poeta.
Volví para cerrar el círculo, agradecer a mi amigo su gran consejo y acabar aquí, donde empezó, mi carrera literaria. Por eso estoy aquí, porque además, con todas las experiencias vividas, he llegado a la conclusión que gran parte de la magia de esta vieja taberna reside en la palabra, en lo que aquí, desde siempre, los parroquianos confiesan mientras los demás escuchan sin interrumpir. Eso solo lo viví aquí, y yo era parte de ello. Quiero volver a serlo.
Desde esa presentación, Martín volvió cada día a la taberna. Ya casi no escribía, pero se sentaba en la mesa con otros veteranos parroquianos y nos contaba historias que le ocurrieron en la India, en la misteriosa 
China, en la América profunda mientras recorría la ruta 66 en compañía de una banda de moteros, en los mil sitios y lugares que visitó y en los que vivió buscándose la vida, como le había dicho el Cipri.
Un día, Martín no vino, y aunque alguno preguntó por él, no le dimos mayor importancia hasta que al día siguiente alguien, no recuerdo quién, trajo un periódico donde a media página se podía leer, el gran poeta español, Martín Preciado, premio nacional de literatura y autor de más de diez libros y ganador de varios premios internacionales de poesía, falleció ayer repentinamente en la pensión en la que residía desde que regresó a la patria después de más de cuarenta  años en el extranjero.

Una fotografía suya, antigua, donde posa con el Cipri, jóvenes ambos, en una taberna del Mono Rojo no tan distinta de la de ahora, celebra su paso por la tasca desde una de las paredes del salón.
Debajo, un letrero, "gran parte de la magia del Mono Rojo reside en la palabra, (frase de Martín Preciado, parroquiano de esta Taberna.)" que Vega se empeñó en resaltar como homenaje a tan leal amigo.

martes, 17 de febrero de 2026

UNAS CROQUETAS EN EL NO SER

Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
Caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace el camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante no hay camino
sino estelas en la mar.

(Fragmento de un poema de mi amigo Antonio Machado)


Hoy, en la taberna, ha sido uno de los días en los que he visto regresar del no ser al Cipri durante un corto espacio de tiempo.
Vega estaba en la mesa del Cipri, que permanecía con los ojos cerrados y hundida la barbilla al pecho y Maruxaina, atenta al anciano tabernero como siempre, cuando Vega, sacando su guitarra empezó a cantar bajito una melódica canción.
De repente, el Cipri, abriendo los ojos empezó a tatarear la canción que Vega interpretaba. Al tiempo, al ver un platito de croquetas que Teresa había puesto a la muchacha con el refresco que siempre pedía, el Cipri estiró, primero la mano y luego los huesudos dedos para agarrar una croqueta y, llevándosela a la boca, comenzar a comerla.
Rápidamente la Maruxaina, diciendo a Vega, no dejes de cantar, se levantó hacia la barra volviendo con una copa de vino blanco fresco que depositó frente al Cipri, que sin pensarlo, cogiéndola, dió un pequeño trago volviendo a dejarla sobre la mesa para continuar canturreando lo que Vega, en ese momento, cantaba.
Incluso hubo un momento en el que mirándome, el Cipri me saludó levantando lentamente su mano.
Toda la taberna estaba pendiente de lo que ocurría en esa mesa, asombrados por ver al amigo susurrando la canción y bebiendo un vino mientras comía las croquetas de Teresa, que acudía con otro plato, con más croquetas, para el Cipri pero que Maruxaina, con un gesto de la mano, la indicó que no, que se lo llevará.
La voz de Vega y el sonido del rasgueo de su guitarra parecía acunar al tiempo en la taberna, como si hubiera retrocedido haciendo que todos nos sintiéramos llenos de una paz que hacía mucho no se vivía en el Mono Rojo con los jóvenes y nuevos parroquianos que, en esta ocasión, permanecían en silencio bajo el embrujo de las notas de Vega.
No se el tiempo que pasó desde que el Cipri abrió los párpados hasta que tranquila y reposadamente volvió a cerrarlos, pero al terminar Vega de cantar, poco a poco volvieron las conversaciones y el ambiente del Mono Rojo en un día normal.
Mientras la Maruxaina guiñaba un ojo a Vega, Teresa, acercándose para quitar el plato vacío y la copa de vino apurada, levantó, enseñando a la ondina con una gran sonrisa, tres o cuatro hojas secas de roble que estaban sobre la mesa.
La magia había vuelto a estar presente en la taberna.
Desde la barra, Adiolinda sonreía.

lunes, 16 de febrero de 2026

LAS NOCHES DE VEGA

partir sin alma e ir con alma ajena,

oír la dulce voz de una sirena

y no poder del árbol desasirse,

 

arder como la vela y consumirse,

haciendo torres sobre tierna arena;

caer de un cielo y ser demonio en pena,

y de serlo jamás arrepentirse;

 

hablar entre las mudas soledades,

pedir prestada sobre fe paciencia,

y lo que es temporal llamar eterno;

 

creer sospechas y negar verdades,

es lo que llaman en el mundo ausencia,

fuego en el alma y en la vida infierno

(Poema de mi amigo Lope de Vega)


Vega venía por las tardes, no todas, con su guitarra a la espalda, cantaba unas cuantas canciones, hablaba con la Maruxaina, con Teresa y con Adiolinda y se marchaba.
Eso ocurría casi todas las tardes, menos los días de luna llena.
En esos días, Vega acudía por las noches a la Taberna del Mono Rojo, elegántemente vestida, con su pelo largo brillando como el firmamento nocturno limpio de nubes, y sus ojos con el fuego del sol reflejado en su mirada, y seria, siempre muy seria, subía al pequeño escenario de tarimas de madera del fondo de la sala y desde allí comenzaba una rara canción que nos transportaba a todos a una especie de viaje astral mientras nos mantenía en trance, en la taberna, durante el cual se la podía pedir cualquier deseo siempre que fuera sincero y honesto.
Si cumplía esas condiciones, se otorgaba, regresando, completamente relajado, de ese presunto viaje por el espacio el interesado en el deseo.
Pero cuidado con el que quisiera engañarla pidiendo el deseo con fines deshonestos o intentando mentirla. Esos, caían al suelo sin despertar y al llamar a emergencias hablaban de estado comatoso. Ya había ocurrido cuatro o cinco veces en el tiempo en el que Vega, utilizando sus místicos y enigmáticos dones al ser Hija de las Estrellas, ayudaba a los parroquianos del Mono Rojo.
Ninguno había despertado.
Mira, Forastero, me explicó la Maruxaina, todos los que vienen a ella con un corazón impuro, intentando engañarla para sacar provecho de sus mentiras, Vega los convierte en pequeñas estrellas fugaces que vagan eternamente por el espacio, sin regresar nunca, permaneciendo sus cuerpos en la tierra sin la esencia del ser, sin alma, vacíos espiritualmente y caídos en coma hasta que mueren o los desenchufan.
Vega es un misterio venido del cosmos que adelanta sentencias del Universo al intentar engañarlo y ejecuta sin piedad al corazón mentiroso con intenciones impuras.
Con Vega, la magia y el misterio conviven en la taberna con la buena voluntad y con los sentimientos puros y sinceros 

VEGA, LA EMBAJADORA


Madre, en aquel pozo negro
y hondo y frio de la huerta, 
que junto al muro se abre, 
se cayeron las estrellas…

Yo las estuve mirando, 
fijamente, desde afuera, 
y, con un temblor de lágrimas 
también me miraban ellas...

Entre las grandes hay unas chirriquititas, que apenas 
abren sus ojos azules, 
redondos como cuentas...

Madre: la culpa de todo 
la tiene la molinera;
dejó sin tapar el pozo 
cuando se paró la rueda; 

y atraidos por el mágico 
hechizo del agua quieta, 
fueron cayendo, una a una, 
las estrellitas viajeras…

Madre: con el cubo grande 
con que regamos la huerto, 
me voy a pasar la noche 
sacando estrellas. 

—No, hijo, en el pozo negro 
deja en paz las aguas quietas, 
si las mueves con el cubo, 
ya no verás las estrellas.
¡Las estrellas no se tocan: 
sólo se ven… y se sueñan!

(Poema de Rubén C. Navarro)



Vestida con prendas de color negro salvo por los vaqueros, con una mochila colgada de un hombro y a la espalda una guitarra con su funda, abriendo las puertas de doble hoja, accedió una mujer joven al Mono Rojo, con paso decisivo y mirando a su alrededor hasta que encontró una mesa vacía cercana a la que ocupaba el Cipri, medio dormido, con la Maruxaina, que después de observar a la joven con detenimiento, se levantó y acudió a hablar con ella mientras Adiolinda la traía el refresco que había pedido.
Si no hubiera sido por la acción de la Maruxaina no me hubiera fijado más en detalle de la persona que había entrado en la taberna, pero el caso es que, después de más de media hora hablando con la veterana parroquiana, la joven sacó la guitarra de su funda y después de un momento de ojos cerrados, empezó a tocar una melódica canción acompañando a su voz que entonaba una letra que nunca había yo escuchado.
Toda la taberna guardó silencio mientras la canción seguía sonando, incluso el grupo de las jugadoras de cartas, no tanto por la música que sonaba y si mucho por el gruñido de la sirena que amenazante hizo que las ancianas callaran, con lo difícil que era lograr eso.
Se sucedieron tres o cuatro canciones más antes de que la muchacha guardara de nuevo en la funda su guitarra, y continuó hablando con la Maruxaina y con Teresa, que en cuanto escuchó los primeros acordes salió, quitándose el delantal, de la cocina dirigiéndose con paso rápido y la sonrisa en la cara a presentarse a la joven mujer.
Tenía el pelo largo, sonreía poco y en su mirada se notaba cierta melancolía o tristeza, lo que no acompañaba a la decisión de sus movimientos y a la seguridad de su voz y su música.
Cuando pregunté en voz baja a la Maruxaina en un momento en el que pasó por mi mesa, me dijo que se llamaba Vega, que buscaba un lugar distinto donde estar tranquila y poder meditar en paz, ya que, me confesó la ondina, al verla supo enseguida que era un ser especial proveniente del firmamento iluminado, ya que era la Hija de las Estrellas, invocada por su padre, como después supo, en una noche estrellada desde una playa próxima al fin del mundo y al que el cosmos respondió enviando a la bella e inteligente embajadora que ahora teníamos en el Mono Rojo.
Ni que decir tiene que el grupo formado por Adiolinda, la hija del Cipri, Teresa, la cocinera y la Maruxaina enseguida la integraron con ellas, con lo que la paz buscada por Vega estaba asegurada, y aunque podría contar a los demás lo que quisiera, en esas noches de mesa compartida y conversación confesada al resto, nadie rompería esos momentos de meditación frente a la chasca en los que los ojos tristes de Vega se convertían en intensos luceros en busca de respuestas.