ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.

ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.
Casi sin pensarlo nos fuimos sentando, uno tras otro, en torno a la chasca que encendió el Cipri, y asi pasamos la noche, escuchando las historias que alguien, no se quien, cualquiera que fuese, narraba despacito, creando un entorno de magia y misterio del que no queríamos salir.

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO
LO IMPOSIBLE SOLO EXISTE EN TU VIDA

viernes, 8 de mayo de 2026

NORMAS, ALGUNAS

Norma de ayer encontrada

sobre mi noche presente;

resplandor adolescente

que se opone a la nevada.

No quieren darte posada

mis dos niñas de sigilo,

morenas de luna en vilo

con el corazón abierto;

pero mi amor busca el huerto

donde no muere tu estilo.

Norma de seno y cadera

bajo la rama tendida;

antigua y recién nacida

virtud de la primavera.

Ya mi desnudo quisiera

ser dalia de tu destino,

abeja. Rumor o vino

de tu número y locura;

pero mi amor busca pura

locura de brisa y trino.

(Poema de mi amigo Federico García Lorca)






Hay unas normas básicas en el Mono Rojo, como por ejemplo, si te quedas sin trabajo, en el paro, puedes comer y cenar sin pagar nada en la Taberna. Todo se apunta en la Libreta Negra, de manera que, cuando empiezas de nuevo a trabajar, vas pagando, poco a poco, tú cuenta y la del siguiente que se queda sin trabajo. Entre todos nos ayudamos, como cuando se pide el plato del día que siempre se repite a diario y que es completamente gratuito, pagando solo el vaso duralex lleno de vino tinto.  Se llama "el estofado del día después" y lleva lo que sobró el día anterior, aderezado con especias y alguna patatiña que Teresa le echa junto a un buen trozo de tocino entreverado.

Otra norma no escrita es que, cuando Vega ve que alguien no tiene un buen día, se sienta al piano tocando melodías varias que dependen del tipo de baja moral o enfado que tenga el parroquiano afectado.

En esos momentos en los que Vega interpreta su música al piano, todo el mundo guarda silencio pues si habla alguno, los ojos de la figura del Mono Rojo se le quedan mirando, brillantes y amenazadores. Nadie ha resistido esa mirada.

Son muy esperadas las grandes bandejas de torreznos recién fritos que saca Teresa de la cocina y que pasea por la barra y entre las mesas para que los parroquianos degusten esa delicatesen de la meseta que Teresa hace como nadie.

Dicen que en las noches en las que el cielo está encapotado, descienden a media noche espíritus de antiguos parroquianos a degustar los torreznos de Teresa y se vuelven a ver vestidos y trajes de otras épocas y se escucha un castellano antiguo con bastantes latinajos, que diría un castizo.

Es normal ver esas apariciones de  antiguos asiduos al Mono Rojo, incluso hay una pareja de abuelos, que suelen sentarse en una mesa los domingos, en la que él hace tiempo ya que marchó aunque regresa a la Taberna siguiendo la costumbre dominical que tenía en vida, y nadie se extraña.

Es el mundo mágico y sobrenatural de la Taberna del Mono Rojo, en la que todo el mundo es bienvenido si trae alguna historia que contar.

Y ya guardo silencio, que las notas de The Thrill Is Gone empiezan a sonar desde la guitarra de Vega y todo el mundo escucha mientras mueve rítmicamente la cabeza y uno de los pies.

Hasta luego, compañeros.

jueves, 7 de mayo de 2026

LA MESA NUMERO 7

Entre el rumor de las campanas,

bella gitana, amante y mía,

nos amamos perdidamente

y nadie, nadie, nos veía.

Olvidamos que las campanas,

asomadas al campanario,

nos vieron, ay, y noche y día

se lo cuentan al vecindario.

Mañana Pedro y Catalina,

el panadero y su mujer,

Juan y María Golondrina,

mi amiga Luz, mi prima Ester,

sonreirán, de cierta manera…

Yo no sabré dónde meterme…

Tú estarás lejos… Lloraré…

Y hasta es posible que me muera…

(Poema de mi amigo Guillaume Apollinaire)



En la mesa número siete de la Taberna del Mono Rojo no se sienta mucha gente.

En esa mesa hay un tintero lleno siempre de tinta azul, una pluma de las antiguas a la que se le cambia regularmente el plumín y unos folios en blanco.

En la pared, justo encima de la mesa, una campana clavada espera que algún cliente escriba una verdad para dar tres campanadas.

Hace unos días entró en el Mono Rojo Moira, una chica joven, vecina del barrio y que no entraba siempre a la Taberna pero si dos o tres días a la semana, y tomó asiento en la mesa número siete.

Después de un rato dando vueltas con la mano a un refresco azucarado que le había servido Adiolinda, cogiendo la pluma, la metió en el tintero y comenzó a escribir sobre uno de los folios en blanco:

"Nunca tuve nada que yo quisiera, ni trabajo, ni casa, ni marido, ni nada, todo fue por que quisieron otros y yo no tuve fuerza para oponerme y decir lo contrario"

En ese momento, y mientras Moira apretaba y retorcía con las manos un pañuelito de papel, la campana clavada en la pared dió tres agudas y resonantes campanadas haciendo que tanto Teresa cómo la Maruxaina se dirigieran a la mesa número siete sentándose con la muchacha.

Hablaron mucho Teresa y la sirena sobre renuncias y sobre hasta aquíes, sabían por experiencia demasiado sobre eso, la pena de la aceptación de la incapacidad para decidir por si misma y las consecuencias de ello. El dolor ante la ruptura de lo pasado y vivido hasta un momento dado. El sacrificio del comienzo partiendo de cero y la soledad frente a ese abismo en el que de golpe se convirtió su vida.

Hablaron mucho Teresa y la Maruxaina contándole sus experiencias, Teresa agarrando las manos de Moira y la sirena apretando el hombro de Teresa cuando ésta se emocionaba recordando.

Hablaron mucho hasta que, con un abrazo fuerte de las tres, dejaron a Moira sola en la mesa número siete.

Nadie sabrá nunca lo que la chica escribió en un folio nuevo, porque al volver a sonar las tres campanadas, Moira ya no estaba en la mesa. Tan solo vieron las puertas del Mono Rojo cerrándose tras su salida apresurada llevando con ella el nuevo folio escrito.

Pasó una semana y un día, al poco de abrir la taberna, entró un joven, con bigotito fino y recortado, pelo engominado y con un pulóver blanco y pantalón azul, que con aires poderosos y un poco chulescos preguntó si Moira, su mujer, dijo, había estado últimamente por ahí.

¿Moira? ¿Y quien es Moira? dijo Teresa, no conozco a ninguna Moira, y mirando la fotografía de la muchacha que el tipo les enseñó, Teresa se reafirmó en que no sabía quién era y que nunca la había visto por la Taberna.

El chico comenzó a gritar a la cocinera, mentirosa la llamaba mientras gritaba que Moira era suya y la encontraría, con su ayuda o sin su ayuda de falsa y mentirosa.

La Maruxaina llegó hasta el chico que gritaba, y agarrándolo de un brazo lo giró y acercando su cara a la otra, con su dentadura en sierra, dejó salir como en un silbido las palabras de "vete de aquí, presuntuoso abusador, vete antes de que haga la justicia que mereces y que Moira no supo darte. Veteeee y no vuelvas"

El creído muchacho se hizo pequeñito y tembloroso ante el silbido que al hablar exclamó la sirena, y con las marcas de la mano de la Maruxaina en su brazo, abandonó corriendo el Mono Rojo y nunca más se supo de él. Hay quien dice que hasta mudó de barrio.

Hace poco llegó una carta a la Taberna, "ya estoy bien, por fin mi vida es mía. Gracias, M"

Teresa y la Maruxaina se miraron, sonrieron y volvieron al trabajo, mientras una campana tañía tres veces sobre la mesa número siete.

miércoles, 6 de mayo de 2026

LOS MUSICOS AMBULANTES

Músico llanto en lágrimas sonoras

llora monte doblado en cueva fría,

y destilando líquida armonía,

hace las peñas cítaras canoras.

Ameno y escondido a todas horas,

en mucha sombra alberga poco día:

no admite su silencio compañía,

sólo a ti, solitario, cuando lloras.

Son tu nombre, color, y voz doliente,

señas más que de pájaro, de amante:

puede aprender dolor de ti un ausente.

Estudia en tu lamento y tu semblante

gemidos este monte y esta frente:

y tienes mi dolor por estudiante.

(Poema de mi amigo, don Francisco de Quevedo)




Me contó Adiolinda el otro día que, estando Vega y ella solas en la Taberna, este invierno pasado, al lado de la chasca bien encendida por el frío de esa noche en la que había caído la primera nevada, cuando ya la conversación entre ambas había menguado y se encontraban, mirando fijamente el lamido de las llamas alrededor de los troncos en el hogaril, tras figuras nebulosas se fueron materializando delante de ellas, abrigados con viejas chaquetas de telas ásperas y gruesas, sus gargantas protegidas por bufandas de lana descolorida y algún roto en los zapatos, pero con una faz amigable inspirando confianza.

Buenas noches, somos músicos ambulantes y traemos con nosotros la historia de lo que nos sucedió una noche como ésta, en la que la nieve nos hizo buscar refugio, camino a nuestro pueblo, y tú padre, el Cipri, que estaba cerrando el local, lo volvió a abrir para nosotros, encendiendo el hogaril de nuevo, preparándonos algo de cena y dándonos de beber hasta que se hizo de día y sin cobrarnos nada al ver nuestras apariencias.

Desde entonces, siempre que se produce la primera nevada, venimos al Mono Rojo en la fría madrugada y tocamos nuestros instrumentos hasta el primer rayo de luz del sol.

Adiolinda, mirando a Vega, se levantó y preguntándoles que cenaríais comenzó a ir hacia la cocina.

No, no, dijo el violinista, los espíritus no cenamos, no podemos. Queremos solo tocar nuestros instrumentos para vosotras como cada año en la primera nevada.

Tú, muchacha, continuó el violinista dirigiéndose a Vega, parece que también tocas, ¿Quieres tocar esta noche con nosotros?

Vega, afirmando con la cabeza y aún algo sorprendida, cogió su guitarra y "cuando queráis", dijo a los músicos.

Toda la noche estuvieron tocando melodías, y en alguna, la voz de Adiolinda dejó que se la escuchará entre risas de todos por lo que desafinaba.

Fue una bonita y divertida noche que acabó cuando el sol empezó a asomar por el horizonte anunciando un nuevo día. Entonces, el trío musical comenzó a desaparecer mientras decían adiós con sus manos.

¿Vega, no lo habremos soñado? preguntó Adiolinda, para callar acto seguido al ver que Vega recogía una vieja bufanda descolorida caída en el suelo mientras una sonrisa dibujaba su semblante y una lágrima recorría su mejilla.

martes, 5 de mayo de 2026

EL BARRIL

Bailada ya la vid, se anilla y moja

sucesiones de círculos con aros,

vientres que ordeña el puño en cubos claros

por un sexo sencillo que se afloja.

Y la inseguridad por dentro roja,

traducción apagada de los faros,

con interpretaciones serpentinas,

equivocando pies, consulta esquinas.


(Poema de mi amigo Miguel Hernández).





En el centro de la Taberna estaba firmemente anclado al suelo un viejo barril de madera que llegó, nadie sabe cómo ni cuando, desde la lejana Jerez. Posiblemente en algún naufragio contra el roqueo del litoral en alguna noche de tempestad en la que las olas golpeaban con fuerza y empujaban cualquier objeto flotante contra las agudas y pétreas rocas. 

Seguramente alguien, en días posteriores, descubriéndolo en la costa lo llevó al Mono Rojo, y ahí sigue, sirviendo de apoyo a los pocos clientes que se atreven a utilizarlo, aunque hay una norma que siempre se cumple por lo que implica las consecuencias de saltársela, nunca, bajo ningún concepto, puede apoyarse en la tapa del barril ningún vaso o recipiente con líquido, sea el que sea, alcohol, agua, lo que sea, nada puede apoyarse en el barril, por el peligro de que se derrame, ya que la barrica no puede mojarse nunca.

Una vez, un cliente borracho derramó su jarra de cerveza sobre la madera del barril. Inmediatamente la Maruxaina empezó a cantar con esos lamentos agudos con los que buscaba alejar a los barcos de su trayectoria.

Pese a la fuerza de sus quejíos, y al llanto de la Maruxaina que provocaba el conocimiento de lo que iba a pasar, no pudo evitarlo. Esa madrugada, dos pesqueros no regresaron a puerto, y en la espera, rompiendo el silencio de la Taberna, dos sombras grandes, chorreando agua y dejando las huellas mojadas de las botas en el suelo del Mono Rojo entraron y acercándose al borracho, dormido sobre el barril, lo agarraron entre los dos y se lo llevaron sin decir nada mientras se juntaban los gritos del cliente bebido y los lamentos de la Maruxaina.

Al amanecer encontraron en la playa los cuerpos de los dos capitanes de los pesqueros y entre ellos el cadáver, ahogado del borracho.

domingo, 3 de mayo de 2026

EL MOROSO

Palabras para ti. No las pronuncies.

Cierra

Como cierras el puño, abriendo el aire.

No quiero

palabras. Espuma

contra el cantil radiante

de la realidad.

Tú.

El cabello luminoso.

Roja bandera herida por el alba.

Cuando

me miras, no hay palabras.

El mundo

tiembla en un instante.

Y sé que es bello combatir unidos.

(Poema de mi amigo Blas de Otero)




Se veía que era un ejecutivo, aunque debía de trabajar en ello desde hacía poco, porque se le veía muy joven 

Bien vestido, con esa uniformidad de los ejecutivos de traje de marca nuevo, camisa y corbata, zapatos muy brillantes y esa extraña manera de hablar que parece de academia.

Pidió un vermut y al terminarlo quiso pagarlo con una tarjeta de banco.

- Aquí no aceptamos tarjetas, de ninguna clase, no nos gusta el plástico, ni aceptamos bizum ni transferencias. Si no tienes efectivo, aceptamos historias. Cuéntanos una historia y estaremos en paz, dijo Adiolinda .

¿Y si no tengo ninguna historia que contar? ¿Si creo que un vermut no se merece una historia mía? ¿Como lo hacemos entonces?

Mira, contestó la tabernera, todas esas notas en la pared son deudas de clientes que no contaron su historia, no acabaron un chiste o no quisieron pagar con lo que nosotros cobramos.

Tú nombre pasará a una nota que dirá que eres un moroso de historias, que no contastes ninguna, pese a que tomaste un vermut.

¿Y eso es todo? contestó el joven, me da igual, barato vermut entonces me he tomado. Me voy y no te contaré ninguna historia.

Tú sabrás, dijo Adiolinda, ya veremos si regresas a pagar o no.

El ejecutivo se marchó, tenía una importante comida con unos clientes para cerrar un trato, pero se estropeó la operación, los clientes no podían tratar con alguien a quien al ir a pagar con la tarjeta el datáfono la rechazó por una deuda en la Taberna del Mono Rojo.

El joven, muy enfadado quiso denunciar a la Taberna, pero al pasar el policía el carnet del denunciante para leer el chip, en el ordenador salió deudor en la Taberna del Mono Rojo de la que se fué sin pagar.

Muy enfadado, el joven ejecutivo fue a por su coche, y al meter la tarjeta que hacía de llave, no arrancó, escribiendo en el ordenador central, moroso de la Taberna del Mono Rojo.

Lleno de ira anduvo hasta la taberna. Tardó como dos horas en llegar y al entrar, gritando, contó: después de irme de aquí sin contar una historia para pagar el vermut, fuí a una comida de empresa y se anuló el trato porque mi tarjeta decía que tenía una deuda con vosotros. No sé cómo lo hicisteis, pero perdí miles de euros.

Fuí luego a comisaría a denunciaros y no pude porque el único dato de mi carnet era que me había marchado sin pagar de vuestro local.

Al coger mi coche e intentar arrancarlo, no funcionaba, solo salía una nota en el ordenador diciendo que era moroso vuestro.

Y aquí estoy, a ver cómo arreglamos esto y me dejáis ya en paz.

Adiolinda se dió la vuelta, y cogiendo la nota del joven se la entregó diciendo, he escuchado historias mejores, pero para ser la primera vez que cuentas una, no está mal. Tú deuda está pagada.

Fue decir la tabernera eso, y el ejecutivo despertó sobresaltado en una de las mesas.

¿Que pasó? La comida, la comisaría, mi coche, mi enfado...¿Cuando me quedé dormido en la mesa? ¿Todo fue un sueño?

No sé de que me hablas, dijo Adiolinda, tomaste un vermut, pagaste con una historia y no damos cambio, pero tampoco perjudicamos nunca a nadie.

En ese momento sonó el teléfono del joven, un mensaje, le estaban ya esperando los clientes para comer y cerrar un trato. Prefirió correr para llegar a tiempo y no preguntar nada.

La Maruxaina, Vega y Teresa se unieron riendo a carcajadas con Adiolinda que tiraba a la basura la nota que sacó de la pared. 

Cosas del Mono Rojo

jueves, 30 de abril de 2026

EL BAILE DE LAS SOMBRAS

Lámparas de cristal

y espejos verdes.

>Sobre el tablado oscuro,

la Parrala sostiene

una conversación

con la muerte.

La llama

no viene,

y la vuelve a llamar

Las gentes

aspiran los sollozos.

Y en los espejos verdes,

largas colas de seda

se mueven.

(Poema de mi amigo Federico García Lorca)


Entra sin que nadie nos demos cuenta. Se comenta que no abre las puertas, pero que atravesándolas, con su vestido verde ajustado y con un maquillaje perfecto se va hacia el centro del local donde las mesas y las sillas se apartan solas.

Se queda mirando fijamente a la clientela y, sonriendo, comienza a cantar mientras la música suena nadie sabe de dónde.

Son tres canciones, solo tres canciones que mientras suenan se llevan a las sombras de los clientes que en ese momento se encuentran en el Mono Rojo, y bailan. Nosotros lo llamamos el baile de las sombras.

Terminada la tercera canción, las sombras vuelven al suelo junto a su dueño, todas menos una, la del elegido, que beberá pernod con ella hasta que empiece el amanecer a dar sus primeros colores. Entonces, ella desaparece y el elegido queda con dos copas vacías y una vieja moneda de oro, pero sin recordar nada de la noche pasada.

Dicen que la mujer murió en diciembre de 1936, mientras esperaba en la Taberna la llegada de su hombre, contrabandista en la frontera, que nunca llegó.

La Taberna la ofreció refugio durante esa larga noche, sin cobrarla nada de lo consumido, hasta que la mujer se marchó del Mono Rojo para encontrarse con la muerte en un bombardeo de la ciudad durante ese periodo de guerra.

Desde entonces, las noches de tormenta que coinciden en la madrugada del jueves, la cantante regresa a la Taberna y canta sus tres canciones, quizás como pago agradecido al establecimiento por la ayuda prestada, quizás por buscar entre las sombras al contrabandista esperado.

Nunca lo sabremos, pero su llegada siempre es recibida con una mezcla de respeto, admiración y temor.

Hoy es madrugada del jueves, y anuncian tormenta...

lunes, 27 de abril de 2026

TRANSICIÓN


¡Qué costumbre tan salvaje esta de enterrar a los muertos!, ¡de matarlos, de aniquilarlos, de borrarlos de la tierra! Es tratarlos alevosamente, es negarles la posibilidad de revivir.

Yo siempre estoy esperando a que los muertos se levanten, que rompan el ataúd y digan alegremente: ¿por qué lloras?

Por eso me sobrecoge el entierro. Aseguran las tapas de la caja, la introducen, le ponen lajas encima, y luego tierra, tras, tras, tras, paletada tras paletada, terrones, polvo, piedras, apisonando, amacizando, ahí te quedas, de aquí ya no sales.

Me dan risa, luego, las coronas, las flores, el llanto, los besos derramados. Es una burla: ¿para qué lo enterraron?, ¿por qué no lo dejaron fuera hasta secarse, hasta que nos hablaran sus huesos de su muerte? ¿O por qué no quemarlo, o darlo a los animales, o tirarlo a un río?

Habría que tener una casa de reposo para los muertos, ventilada, limpia, con música y con agua corriente. Lo menos dos o tres, cada día, se levantarían a vivir.

(Poema de mi amigo y amigo de "Un Fantasma Cualquiera", Jaime Sabines)



¿ Que pasó, Teresa, cómo está todo tirado y la comida en el suelo?

Teresa estaba muy asustada, no vió a nadie, pero una fuerza desatada comenzó a golpear las ollas, que estaban al fuego, tirándolas al piso derramando todo el contenido.

Los paquetes de harina, sal, azúcar, reventados y mezclado si contenido en el suelo con las judías y las patatas que se estaban guisando 

Platos y vasos rotos, bolsa de basura rasgada y su contenido acompañando a la harina y la sal.

La cocina hecha un asco y no había nadie, tan solo todo saltó por los aires destrozando su trabajo y la habitación.

La Maruxaina, saliendo de la cocina y entrando en la sala general de la taberna, enseguida lo vió, muy enfadado, dando golpes a una mesa de la que se habían levantado horrorizados los clientes que en ella consumían.

Cogiéndole de un brazo fuertemente, pese a los intentos de soltarse del individuo, la Maruxaina le preguntó con su voz dura pero sin levantarla, ¿Que haces?¿Que crees que estás haciendo si no te hemos hecho nada nosotros?

- Tú me ves, dijo el personaje, nadie me ve, nadie me hace caso, y eso me irrita, me enfada y me hace atacarlos. No quiero estar solo, siempre lo estuve y no quiero ahora.

La Maruxaina se sentó a la mesa con él y estuvieron hablando casi una hora, en la que el extraño la fue contando, llorando ahora, gritando después, aunque la voz de la Maruxaina lo fue tranquilizando hasta que llegado un momento dijo, vámonos a verte, Mateo, que así se llamaba el hombrecillo, levántate que nos vamos.

Un momento, dijo Vega con una de sus guitarras en la mano, yo también voy, le veo y le escucho como tú, Maruxaina. Yo os acompaño, voy con vosotros

En la habitación del hospital, entre tubos y aparatos estaba Mateo entre las sábanas de una cama articulada. Con el respirador en la boca y completamente monitoreado.

La Maruxaina, cogiéndole de una mano comenzó a cantar bajito, casi un susurro, mientras Vega rasgaba en la guitarra una lenta y triste canción tipo blues.

Al poco, el ritmo del monitor, después de acelerarse un poco, comenzó a espaciar los latidos, y la mano de Mateo se aferró, increíblemente, a la de la Maruxaina, y suavemente la máquina terminó dando un pitido largo y continuado. Mateo se había marchado, no solo, sino acompañado por la Princesa renegada de las sirenas y por Vega, la niña de las estrellas.

Al llegar al Mono Rojo, el espejo labrado de la piedra de un meteorito por Vega y Maruxaina mostraba la cara de un Mateo sonriente y un mensaje, ETERNAMENTE GRACIAS.

jueves, 23 de abril de 2026

LLOVÍAN...

Mi beso era una granada 

profunda y abierta;

tu boca era rosa de papel.

El fondo un campo de nieve.

Mis manos eran hierros 

para los yunques;

tu cuerpo era el ocaso

de una campanada.

El fondo un campo de nieve.

En la agujereada

calavera azul

hicieron estalactitas

mas te quiero.

El fondo un campo de nieve.

Llenáronse de moho

mis sueños infantiles,

mi dolor salomónico.

El fondo un campo de nieve.

Ahora maestro grave

a la alta escuela,

y mi amor y mis sueños

(caballito sin ojos).

Y el fondo es un campo de nieve.

(Poema de mi amigo Federico García Lorca)



Era ya madrugada y regresaba a casa después de varias horas tomando cerveza en el Mono Rojo, nuestra taberna.

En el cerrado cielo, nubes negras, a modo de telón de escenario, se fueron abriendo dejando que danzarinas luces bailaran entre los nubarrones como neblina fluorescente de cierto color rojizo.

El espectáculo era único, pero cuando me estaba diciendo que tendría que beber menos para evitar estas alucinaciones, empezó a llover. Me puse sobre la cabeza la parte trasera de la trenka subiéndola hasta ella, para cubrirme del fuerte aguacero que amenazaba con caer, aunque no se escuchaba el plof de las gotas al caer al suelo en suicido colectivo, y no, no me mojaba.

Saqué la mano fuera del refugio de la trenka y si me calleron...BESOS, ESTABAN LLOVIENDO BESOS que caían en todos los lados, en los bancos y columpios del parque, en las cabezas de los pocos y asombrados viandantes que a esas horas ya marchaban de retirada, en los coches de policía aparcados frente a la comisaría, en las puertas de las iglesias necesitadas de amores, en las... En todos los lugares caía esa lluvia de besos.

Descubrí la cabeza y, poniéndome bien la trenka, dejé que los besos me inundarán de esos besos que mi yo, carente de ellos en mucha ocasiones, aceptaba sin rechistar, cuando uno de esos besos aterrizó justo en mi boca mientras una conocida risa amable sonaba en mi cabeza.

Esa noche, decían los periódicos del día siguiente, llovieron, sorpresivamente, besos en la localidad. Se busca intensamente quien es el que ha liberado y tirado al aire tantos besos, que al caer en la iglesia, la hizo más humana, los bancos y los columpios repletos de parejas abrazadas y compartiendo esos besos, la gente en la calle se volvía a saludar, y los policías sacaban a los detenidos sin apenas empujarlos y, decía la prensa, se busca a aquel o aquellos que esparciendo besos a convertido la ciudad en una provincia más del Reino del Amor y la Humanidad.

Guardé en una cajita siete y ocho besos, para cuando me hicieran falta por no tenerlos.

Mientras, en el aíre la cancion

miércoles, 22 de abril de 2026

BAILE NOCTURNO (2)

La luna se puede tomar a cucharadas 

o como una cápsula cada dos horas. 

Es buena como hipnótico y sedante 

y también alivia 

a los que se han intoxicado de filosofía. 


Un pedazo de luna en el bolsillo 

es mejor amuleto que la pata de conejo: 

sirve para encontrar a quien se ama, 

para ser rico sin que lo sepa nadie 

y para alejar a los médicos y las clínicas. 


Se puede dar de postre a los niños 

cuando no se han dormido, 

y unas gotas de luna en los ojos de los ancianos 

ayudan a bien morir. 


Pon una hoja tierna de la luna 

debajo de tu almohada 

y mirarás lo que quieras ver. 

Lleva siempre un frasquito del aire de la luna 

para cuando te ahogues, 

y dale la llave de la luna 

a los presos y a los desencantados. 


Para los condenados a muerte 

y para los condenados a vida 

no hay mejor estimulante que la luna 

en dosis precisas y controladas.

(Poema de mi amigo Jaime Sabines)



Forastero Quizás, toma tu jarra, siéntate y empieza a contar desde donde lo dejaste ayer, nos tienes a todas en ascuas, dijo Adiolinda mientras Teresa, Vega y la Maruxaina me miraban desde los lados de la mesa que ocupaban.

Bien, después de esa noche estuve volviendo a la playa casi todos los días, y no emergían las figuras de blanco, pese a que pasé noches de luna intensa, no volvían a la arena. Estaba yo totalmente hundido y pensando solamente en la propietaria del pañuelo de encajes con el que me había dejado, de tal manera que una madrugada que no pensaba con mucha claridad, me levanté de la arena y entré vestido en el agua hasta donde me cubría un poco más de la cintura, y esperé a ver qué ocurría.

Soplaba algo de levante, quizás lo necesario para desplazar algunas nubes que cubrían solícitas a la luna, blanca, hermosa y llena, que en ese momento lanzó sus intensos rayos de luz hacia la Tierra iluminando la zona de mar en la que me encontraba sumergido.

 Me asusté, algo grande subía hacia la superficie a varios metros de mi y pensé en tiburones y otras especies que me atacaban. Nada más equivocado, a un metro mío surgió del agua una figura vestida con gasas muy blancas, de falda larga y encajes en el pecho, y lentamente se me fue aproximando juntando mi cara con la suya. Era ella, mi acompañante vaporosa de la primera playa con ellos, que riendo me invitaba a salir hacia la arena.

Al instante, otras parejas y personas de blanco fueron saliendo del mar mientras la música de violines y clavichémbalo volvió a adueñarse de la noche.

Esto mismo pasó durante varias noches más en estos casi dos meses en los que he estado fuera, y solo regresé, dejando de ir a las playas, cuando gracias a mi compañera entendí todo.

Desde pequeño, en mi casa, a través de una pequeña ventana, por las noches, un rayo de luna venía a visitarme liberándome del miedo a la oscuridad que tenía.

Durante toda mi vida, viviera donde viviera, un rayo de luna me alumbraba cada noche abrazándome con su calorcito amoroso, justo hasta hace un par de años en los que desde donde duermo la luna no se ve.

Ella, compañera de años, amiga, amante, guardiana, quiso demostrarme que no estaba solo, que ella, pese a no poder vernos durante las noches, nunca dejó de mandarme su apoyo, y aprovechando que un día, al salir de la taberna fuí hasta la costa, creó con sus rayos luminosos las figuras que yo vi salir del agua, esmerándose en una de ellas que la representaba, justo la joven que bailaba conmigo y que me dejó este pañuelo que, desde entonces, llevo siempre encima. Mi compañera de luz era la Luna, mi vieja amiga, y con la que bailo sobre la arena cada vez que aparece en el cielo hermosa, grande y llena.

La Maruxaina se puso de pié y con una sonrisa me dijo, supe siempre donde estabas, Vega, la niña de las estrellas me lo dijo, que se lo había contado Selene durante un cuarto creciente, pero no podíamos romper el embrujo, por eso callamos cuando mis hermanas del fondo del mar, las sirenas, me contaron unas extrañas escenas que ocurrían en la playa entre un humano y la Luna. La música la ponían ellas.

martes, 21 de abril de 2026

BAILE NOCTURNO

En las noches claras,

resuelvo el problema de la soledad del ser.

Invito a la luna y con mi sombra somos tres.

(Poema de mi amiga Gloria Fuertes)



Entro de nuevo en La Taberna del Mono Rojo. Enseguida se me acercaron Vega y Teresa a saludarme, contentas de verme después de tantos días.

Al poco se acercó Adiolinda, la hija del Cipri que, con ese lenguaje y acentos suyos, enseguida preguntó ¿Y tú dónde andabas sin decir nada a nadie?

La expliqué que una noche, después de salir de la Taberna cogí el coche y marché a la playa. Era una noche de luna llena, mágica, y algo me hizo irme hasta la orilla y observar con algo de inquietud que no entendía el motivo.

En ese momento de mi relato, Vega llamó a la Maruxaina, como experta en mares y playas, que tomó asiento en la mesa mientras yo continuaba hablando.

De golpe, sobre las dos de la madrugada, una figura de mujer comenzó a salir del agua, muy blanco, vaporoso y brillante su vestido. En ese momento no me chocó el que estuviera seco, ahuecado, como si no emergiera del mar, y continué mirando como la bella figura caminaba hacia la arena mientras otras personas también comenzaron a emerger, también vestidas de un blanco brillante, andando con exquisita elegancia.

Pronto la playa se llenó de risas, de voces templadas, de una música nunca escuchada de clavichémbalos y violines, mientras algunas parejas bailaban.

Sin esperarlo, y mientras observaba asombrado la escena, una dama, joven, con vestido como de gasa, blanco deslumbrante, acercándose a la arena en el lugar donde yo estaba sentado, riendo alargó la mano ofreciéndomela.

Entendí que quería bailar, y aunque yo nunca fuí ni siquiera un mediano bailarín, pensé, ¿Por qué no? y alargando la mía intenté coger su pequeña y larga mano.

Mis dedos penetraron entre su muñeca, sin agarrar nada, como si solo hubiera aire, como si no hubiera nada, mientras una suave y simpática risa brotó de su garganta.

No sentí miedo, solo curiosidad, y levantándome, al ver que ella levantó un brazo en curva y con el otro me atravesó la cintura apareciendo por mi espalda, sobrepuse mi mano derecha sobre la suya, sin apretar y sin intentar cogerla, cosa imposible, y con mi otra mano en su espalda comenzamos a girar entra las otras blancas parejas, que nos miraban sonriendo unas, riendo abiertamente otras.

Una gran paz me invadió y me dejé llevar, hasta que una negra nube se interpuso entre nosotros y la luna y todo desapareció, quedando yo solo en la playa, de pié y bailando como un tonto conmigo mismo.

Me volví a sentar en la arena esperando que volvieran todos, pero solo el ruido de las olas extendiendo sus aguas en la orilla y el susurro al hacerlo era lo único que me acompañaba.

Pasó un rato hasta darme cuenta que, en mi mano derecha, esa que había estado sobrepuesta sobre la suya, tenía agarrado firmemente un blanco pañuelo de encajes que, al acercármelo a la cara, olía exactamente al perfume dulce de la bella dama.

Ahora estoy muy cansado, pero os prometo continuar contando por qué he estado fuera tantos días y os seguiré narrando mi aventura de esa noche que intenté continuara.

Adiolinda, por favor, ponme una jarra de cerveza y dejarme con mis pensamientos, que mañana os contaré más. Ahora necesito soledad, dije mientras las cuatro mujeres se retiraban no sin antes darme un apretón en un hombro la Maruxaina, que parecía saber ya más de lo que quizás yo supiera.

lunes, 2 de marzo de 2026

RECUERDO HISTORICO

Vientos del pueblo me llevan,
vientos del pueblo me arrastran,
me esparcen el corazón
y me aventan la garganta.

Los bueyes doblan la frente,
impotentemente mansa,
delante de los castigos:
los leones la levantan
y al mismo tiempo castigan
con su clamorosa zarpa.

No soy un de pueblo de bueyes,
que soy de un pueblo que embargan
yacimientos de leones,
desfiladeros de águilas
y cordilleras de toros
con el orgullo en el asta.
Nunca medraron los bueyes
en los páramos de España.

¿Quién habló de echar un yugo
sobre el cuello de esta raza?
¿Quién ha puesto al huracán
jamás ni yugos ni trabas,
ni quién al rayo detuvo
prisionero en una jaula?

Asturianos de braveza,
vascos de piedra blindada,
valencianos de alegría
y castellanos de alma,
labrados como la tierra
y airosos como las alas;
andaluces de relámpagos,
nacidos entre guitarras
y forjados en los yunques
torrenciales de las lágrimas;
extremeños de centeno,
gallegos de lluvia y calma,
catalanes de firmeza,
aragoneses de casta,
murcianos de dinamita
frutalmente propagada,
leoneses, navarros, dueños
del hambre, el sudor y el hacha,
reyes de la minería,
señores de la labranza,
hombres que entre las raíces,
como raíces gallardas,
vais de la vida a la muerte,
vais de la nada a la nada:
yugos os quieren poner
gentes de la hierba mala,
yugos que habéis de dejar
rotos sobre sus espaldas.

Crepúsculo de los bueyes
está despuntando el alba.

Los bueyes mueren vestidos
de humildad y olor de cuadra;
las águilas, los leones
y los toros de arrogancia,
y detrás de ellos, el cielo
ni se enturbia ni se acaba.
La agonía de los bueyes
tiene pequeña la cara,
la del animal varón
toda la creación agranda.

Si me muero, que me muera
con la cabeza muy alta.
Muerto y veinte veces muerto,
la boca contra la grama,
tendré apretados los dientes
y decidida la barba.

Cantando espero a la muerte,
que hay ruiseñores que cantan
encima de los fusiles
y en medio de las batallas.


(Poema de mi amigo Miguel Hernández)



Corría el año 1941, la guerra había terminado hacía casi dos años y en el frío febrero, en una taberna, la del Mono Rojo, en el almacén entre bebidas y otros productos del estraperlo, se ocultaban trece personas, once hombres y dos mujeres, que habían militado y luchado en el bando perdedor.
El dueño de la Taberna, Eutimio, junto a su hijo de once años, el Cipri, se preocupaban de alimentarlos y mantenerlos escondidos mientras esperaban vinieran a por ellos para sacarlos del país, ya que estaban buscados y la represión estaba siendo bestial, condenando a muerte tan solo por haber luchado en el bando contrario.
Una tarde, cuando la noche estaba anunciándose en el firmamento con sus oscuras nubes, unos coches grandes junto con un camión aparcaron frente a la taberna, y bajándose de los vehículos entraron violentamente en el Mono Rojo, dando patadas a las puertas y derribando alguna mesa y unas sillas.
Unos hombres, con trajes oscuros y sombrero, empezaron a preguntar por el dueño, mientras jóvenes con camisas negras, empujando a los clientes que allí se encontraban los fueron concentrando frente al mostrador donde requirieron sus cédulas de identidad.
Uno de los, al parecer funcionarios, con traje, pasó frente a ellos mirándolos fijamente examinando sus documentos.
Al poco se dirigió a Eutimio y dándole un bofetón le preguntó donde escondía a los perseguidos.
Eutimio contestó que no sabía nada de perseguidos ni de nadie, lo que le valió un puñetazo en el estómago que le hizo, doblándose, caer de rodillas.
¡¡¡Al almacén, mirad en el almacén!!! gritó el jefe de los sicarios del régimen ganador, y pegando un fuerte golpe a las puertas, entraron en el almacén donde solo un niño, sentado entre las cajas de vino, miraba asustado. 
¿Y tú quién eres, chaval?
Soy el Cipri, el hijo de Eutimio. Mi padre es el dueño de la taberna.
Sacándole de la habitación, frente al dolorido Eutimio, le preguntaron por los desaparecidos. - No se, señor, yo estaba solo, colocando el almacén como me había mandado mi padre y no he visto a nadie ni nada.
De un bofetón apartó al muchacho, y entrando de nuevo en el almacén comenzó a tirar cajas y mandó registrarán todo el local.
Aquí, señor, aquí hay una trampilla, dijo uno de los camisas negras, abriéndola.
-Bajad, y si hay alguno lo sacáis y si se resiste le metéis dos tiros y pa fuera, dijo el esbirro que mandaba al grupo.
-No hay nadie, señor, la cueva está vacía.
Se reunieron de nuevo frente a la barra y el jefazo dijo, "nos vamos, aquí no hay nadie, pero ten cuidado, bastardo, volveremos y vete pensando en cambiar el color del nombre del Mono, hijo de puta", mientras le daba otro golpe más antes de salir, montarse en sus vehículos y marcharse.
Marzo de 2026. Un grupo de personas del movimiento Recuerdo Histórico entró en la taberna preguntando por el hijo de Eutimio, el Cipri.
Adiolinda, mientras la Maruxaina observaba vigilante y en tensión, les acercó a la mesa donde dormitaba, sentado, el Cipri, perdido en sus mundos del no ser.
Éste es el Cipri, mi padre, dijo Adiolinda, tiene alzheimer y no habla y no conoce a nadie. Está siempre así. ¿Que queréis de él?
- Hola, soy Marçel, nieto de un refugiado de la guerra que pudo huir a Francia, donde rehizo su vida. En mi familia todos sabemos lo que hizo tu abuelo y lo que hizo tu padre. Aguantaron los golpes, los insultos, y no denunciaron ni dijeron donde estaban escondidos los refugiados.
Mientras Eutimio, tu abuelo, sufría la paliza entreteniendo a los comisarios, tu padre, en el almacén, los hizo pasar por una trampilla a una cueva que llegaba hasta debajo de la barra, poniendo luego una pared de madera ya preparada para esconder artículos del estraperlo, de manera que cuando los sicarios del régimen descubrieron la cueva, pensaron que acababa allí, en esa falsa pared de madera, con lo que todos siguieron lo sucedido a través de las rendijas del suelo debajo de la barra.
Entre tu padre y tu abuelo salvaron a todos de una casi segura muerte y venía a conocerlo y a darle las gracias en nombre de mi familia y de las otras familias que ahora viven por ellos. Yo estoy en este mundo por Eutimio y por el Cipri, porque de no haber salvado a mi padre, yo no habría nacido, y así las 58 personas que componen las trece familias de las trece personas que encontraron refugio en el Mono Rojo cuando nadie lo hubiera hecho.
Mientras, bajo el mostrador, un vacío espacio, olvidado desde la posguerra,  pareció llenarse de luz y en el espejo de la verdad colgado de la pared, en su zona iluminada se vió durante unos minutos la imagen de un padre y su hijo de once años en un antiguo Mono Rojo que brillaba pese a todo.

sábado, 28 de febrero de 2026

LA ENTRADA TRIUNFAL, (parte 2)

¡Mi soledad sin descanso!
Ojos chicos de mi cuerpo
y grandes de mi caballo,
no se cierran por la noche
ni miran al otro lado
donde se aleja tranquilo
un sueño de trece barcos.

Sino que limpios y duros
escuderos desvelados,
mis ojos miran un norte
de metales y peñascos
donde mi cuerpo sin venas
consulta naipes helados.

   Los densos bueyes del agua
embisten a los muchachos
que se bañan en las lunas
de sus cuernos ondulados.
Y los martillos cantaban
sobre los yunques sonámbulos,
el insomnio del jinete
y el insomnio del caballo.

   El veinticinco de junio
Le dijeron a el Amargo:
Ya puedes cortar si gustas
las adelfas de tu patio.
Pinta una cruz en la puerta
y pon tu nombre debajo,
porque cicutas y ortigas
nacerán en tu costado,
y agujas de cal mojada
te morderán los zapatos.

Será de noche, en lo oscuro,
por los montes imantados,
donde los bueyes del agua
beben los juncos soñando.
Pide luces y campanas.
Aprende a cruzar las manos,
y gusta los aires fríos
de metales y peñascos.
Porque dentro de dos meses
yacerás amortajado.
 
Espadón de nebulosa
mueve en el aire Santiago.
Grave silencio, de espalda,
manaba el cielo combado.
 El veinticinco de junio
abrió sus ojos Amiargo,
y el veinticinco de agosto
se tendió para cerrarlos.

Hombres bajaban la calle
para ver al emplazado,iill
que fijaba sobre el muro
su soledad con descanso.
Y la sábana impecable,
de duro acento romano,
daba equilibrio a la muerte
con las rectas de sus paños.

(Poema de Federico García Lorca)


No siempre se descansa durmiendo. Hay veces donde se mezclan recuerdos de lugares donde has vivido con verdaderas pesadillas de terror que hacen que te despiertes aterrorizado y sin saber si realmentevestás despierto o continúas en esa pesadilla en la que se mezclan los personajes más tenebrosos pero con apariencias de normalidad.
Hoy soñé con unos niños, dos, casi bebes, en silla de paseo empujados por un padre desde el fondo de un pasillo hasta el otro extremo, donde yo me encontraba.
Al verme, daba la vuelta y vilvía a su habitación, hasta que en otra ocasión, con la cara descompuesta por la rabia, empujaba la silla de paseo mandándome a los dos bebes contra mi. Los niños sonreían de una manera casi asesina.
No llegaron hasta donde yo estaba, quedándose en una habitación que existía a mitad del largo pasillo.
Al acercarme, la silla con los dos bebes estaba encima de una mesa de comedor grande y de un color oscuro.
Al regresar a mi zona de pasillo, había una cama desastrosa en el lugar donde terminaba el corredor, en forma de T, y en la que la cabecera de esa especie de lecho caía bajo una puerta con una gran ventana en la que se veía a alguien conocido para mí.
Me quejaba de dormir de esa manera, y la persona, mirándome con odio, cerraba la puerta permaneciendo tras el cristal donde yo veía como si odio estaba a punto de convertirse en ira.
En este punto, la sensación de peligro era inmensa, y cuando más terror sentía empecé a despertarme.
Ya sentado en mi cama, todavía no era consciente de que la pesadilla había terminado, arrastrándola hasta mi casa real.
Mientras iba al baño con una necesidad imperiosa de miccionar, aún daba vueltas en mi cabeza la espantosa pesadilla vivida en mi desolado sueño de pánico y pavor.
Creo recordar cual era la casa del pasillo grande y a la persona de la puerta con ventana, y eso me da más miedo aún.
Mientras en mi cabeza resuenan las palabras de Federico en el poema de " la leyenda del tiempo", mi interior, atrapado en el terror del suelo anterior comienza a liberarse ante la vista de una jarra de cerveza bien fría en la Taberna del Mono Rojo, donde, apoyado contra una pared sentado en una mesa de la tasca empecé a comprender que me había quedado dormido mientras Rosa hacía su entrada triunfal.

viernes, 27 de febrero de 2026

LA ENTRADA TRIUNFAL


El sueño va sobre el tiempo
flotando como un velero.
Nadie puede abrir semillas
en el corazón del sueño.

¡Ay, cómo canta el alba, cómo canta!
¡Qué témpanos de hielo azul levanta!

El tiempo va sobre el sueño
hundido hasta los cabellos.
Ayer y mañana comen
oscuras flores de duelo.

¡Ay, cómo canta la noche, cómo canta!
¡Qué espesura de anémonas levanta!

Sobre la misma columna,
abrazados sueño y tiempo,
cruza el gemido del niño,
la lengua rota del viejo.

¡Ay, cómo canta el alba, cómo canta!
¡Qué espesura de anémonas levanta!

Y si el sueño finge muros
en la llanura del tiempo,
el tiempo le hace creer
que nace en aquel momento.
¡Ay, cómo canta la noche, cómo canta!
¡Qué témpanos de hielo azul levanta!

(Poema de mi amigo Federico García Lorca).



Entró en la taberna con su abrigo de pieles y del cuello colgando un bello collar de tres vueltas grandes de perlas blancas cogidas en un gran broche de oro con brillantes rodeando a una preciosa esmeralda verde.

De una de sus muñecas, la derecha, un pequeño reloj de oro y una sencilla pulsera del mismo metal.

De la izquierda, cinco o seis pulseras, también de oro, y alguna con medallitas que colgaban unidas por cadenitas.

Maquillada profesionalmente y con el olor dulce y penetrante del perfume que llevaba, adelantó sus pasos hasta el mostrador recibiendo por el camino besos y abrazos de parroquianos admiradores de su esplendor y gloria.

Uno le acercó un taburete mientras otro la ofrecía un cigarrillo y un tercero mantenía levantado y encendido un mechero.

El Cipri ya había puesto sobre la barra su combinado favorito y la presentaba una caja de trufas de chocolate para que las degustara mientras consumía la bebida.

Un pesado insistía en hacerse una foto con ella, y otros dos, armados con dos bolígrafos la pedían un autógrafo.

Dejando el vaso, en el que destacaba la forma de su boca en el borde manchado del rojo salvaje del  pintalabios, en el mostrador, levantando el brazo correspondía con un saludo al grito unánime que atronaba la taberna con su nombre, Rosa, Rosa, Rosa...

Rosa, Rosa, Rosa. El brazo de Adiolinda sacudía de los hombros a la vieja prostituta del Mono Rojo. Rosa, Rosa, despierta mujer, que te harás daño. Rosa, Rosa, despierta y vete a casa mujer, que ya es tarde.

Abriendo un ojo Rosa vió en una mesa cercana al Cipri, hundida la cabeza y atendido por la Maruxaina. Su combinado no estaba en el mostrador, sino caído sobre la mesa, y no era un vaso ni era un combinado, era la copa de aguardiente que solía beber. De sus muñecas, en una, una pulsera de cuero con adornos grabados en el mismo, de la otra un reloj digital a pilas.

Entonces comprendió que nada de su entrada triunfal era real, que se había quedado dormida por el exceso de aguardiente, borracha sobre la mesa, y empezó a llorar limpiándose la nariz con la manga de su blusa antes de que Adiolinda pudiera pasarla un klinex.

Vega, acercándose, la abrazó y dándola un beso en la mejilla,  bajito, al oído, la susurró, "el sueño va sobre el tiempo flotando como un velero..."