Yo canto el fado para mí
Ábreme las puertas que dan
Del corazón hacia fuera
Y mi dolor, sin tener fin
Que está en esa prisión
Sal de la cárcel, se va fuera
Oh mi dolor, sin lo amargo de tu llanto
No cantaría como canto
En mi canto amargado
Oh mi amor, eres el dolor que sufro y lloro
Al final, oh dolor que adoro
Es por ti que canto fado
(Fado da Saudade, Amalia Rodrigues)
Llegaron tarde de la consulta del Cipri.
La Maruxaina y Adiolinda lo acompañaron a esa revisión a la que fue sin enterarse de nada. El médico era nuevo, el antiguo ya se jubiló y no se despidió de nadie. Un día, recogió su mesa metiendo todo en una caja de cartón, la llevó a su coche y se marchó. El nuevo médico parecía no fiarse del diagnóstico del antiguo. Examinó al Cipri, preguntó y al no responder él respondían la sirena y la tabernera, y después de un buen rato, el médico dijo, se olvida de todo, no recuerda ya nada cuando cae en ese estado y no sale. De lo único que no se olvidará es de lo que tenga entre las manos.
Al llegar al Mono Rojo, la Maruxaina le pidió agua, harina, sal y levadura, con las que hizo una masa muy primaria, y poniéndola sobre la mesa llena de harina esparcida, cogió las manos agarrotadas del Cipri y las puso sobre la masa mientras Adiolinda miraba intrigada.
Toda la Taberna callaba y miraban atentos al Cipri, que en principio no hizo nada. Dejó las manos apoyadas en la incipiente masa, tal y como la Maruxaina las había dejado y no hacía nada.
Después de un rato, el Cipri comenzó a mover una mano sobre la masa, para al poco, con la otra empezar a dar vueltas y golpes a la masa. Estuvo dos horas amasando lo que luego, Teresa, convirtió en barras de pan al meterlo en el horno.
El Cipri, de nuevo quieto, sin hablar, sin moverse, con los ojos cerrados, aspiraba el olor a pan horneado y sonreía.
Han pasado tres semanas de aquello. Cada día el Cipri amasa el pan que luego usarán en la Taberna, y hubo adelantos. Un día, al pasar un parroquiano viejo, el Cipri dijo, hola Diego. Otro día, al pasar por delante de él mientras amasaba, otro cliente, el Cipri le dijo, hola, hijo. Fueron dos buenos días, aunque en la mayoría de ellos, el Cipri nunca hablaba, solo amasaba hasta que la masa estaba en su punto. Luego olía el pan recién horneado, y siempre, siempre, sonreía.
Un día, mientras amasaba, su hija, Adiolinda, le preguntó ¿Sabes quién soy? Y el Cipri, con los ojos cerrados dijo, mi sangre. Para Adiolinda fué suficiente.
A quien le pregunta por el Cipri, Adiolinda contesta, tiene Alzheimer, que le robó todo menos el ritmo de las manos. Gracias a ello, cuando el Cipri nota la masa en sus dedos, empieza un juego de harinas y levaduras en el que la Taberna calla y observa, esperando que el Cipri tenga un buen día, como ese en el que al empezar a amasar, Vega comenzó a tocar con su guitarra las notas del fado de Amalia Rodrigues, Fado da Saudades y el Cipri comenzó a cantar en vos bajita:
Yo canto el fado para mí
Ábreme las puertas que dan
Del corazón hacia fuera
Y mi dolor, sin tener fin
Que está en esa prisión
Sal de la cárcel, se va fuera...
Ese día era bueno para el Cipri.






