ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.

ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.
Casi sin pensarlo nos fuimos sentando, uno tras otro, en torno a la chasca que encendió el Cipri, y asi pasamos la noche, escuchando las historias que alguien, no se quien, cualquiera que fuese, narraba despacito, creando un entorno de magia y misterio del que no queríamos salir.

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO
LO IMPOSIBLE SOLO EXISTE EN TU VIDA

domingo, 31 de mayo de 2026

QUEJIOS MARINOS Y MUSICA DEL COSMOS

El aire se serena

y viste de hermosura y luz no usada,

Salinas, cuando suena

la música extremada,

por vuestra sabia mano gobernada.

A cuyo son divino

el alma, que en olvido está sumida,

torna a cobrar el tino

y memoria perdida

de su origen primera esclarecida.

Y como se conoce,

en suerte y pensamientos se mejora;

el oro desconoce,

que el vulgo vil adora,

la belleza caduca, engañadora.

Traspasa el aire todo

hasta llegar a la más alta esfera,

y oye allí otro modo

de no perecedera

música, que es la fuente y la primera.

Ve cómo el gran maestro,

aquesta inmensa cítara

con movimiento diestro

produce el son sagrado,

con que este eterno templo es sustentado.

Y como está compuesta

de números concordes, luego envía

consonante respuesta;

y entrambas a porfía

se mezcla una dulcísima armonía.

Aquí la alma navega

por un mar de dulzura, y finalmente

en él ansí se anega

que ningún accidente

estraño y peregrino oye o siente.

¡Oh, desmayo dichoso!

¡Oh, muerte que das vida! ¡Oh, dulce olvido!

¡Durase en tu reposo,

sin ser restituido

jamás a aqueste bajo y vil sentido!

A este bien os llamo,

gloria del apolíneo sacro coro

amigos a quien amo

sobre todo tesoro;

que todo lo visible es triste lloro.

¡Oh, suene de contino,

Salinas, vuestro son en mis oídos,

por quien al bien divino

despiertan los sentidos

quedando a lo demás amortecidos!

(Poema de mi amigo Fray Luis de León)



Afuera, la lluvia amainó. En la Taberna solo se escuchaba el goteo sobre el tejado y de fondo el rasgueo suave de una guitarra, bajito, como si temiera despertar sentimientos.

Era Vega, que comenzó a tocar una dulce melodía que sonaba a noche sin luna, a hogar lejano, a mamá cantando bajito para dormir al niño, a promesa rota, a ilusión por recomponer.

La Maruxaina acompañó con su garganta aguda, lamentos guturales que elevaban las notas de la guitarra hasta coloridas auroras boreales cruzando el espacio hechizado de la Taberna. Quejíos marinos que brotaban de su ser empujados por los dedos de Vega rasgueando las cuerdas de la guitarra.

El marinero de la mesa 7, que no lloraba desde el naufragio de su barco, dejó el vaso medio lleno de ron sobre la mesa mientras las manos apartaban lágrimas delatoras de su curtido rostro.

El poeta dejó de escribir sus rimas maldiciendo entra lágrimas saladas el no poder alcanzar con su pluma el sentimiento imperante en el local por la hermosa melodía, y mientras, Teresa, con las manos enharinadas, apareció en la puerta de la cocina con la cara llena de churretes blancos de tanto secarse el llanto.

Nadie hablaba, todos escuchaban el dúo musical de la guitarra de Vega y el canto de la sirena cuando la melodía llegó al final.

El silencio ocupó al Mono Rojo, un silencio grande, pesado, que hizo que toda la Taberna rompiera a llorar. Hombres y mujeres curtidas, con cicatrices y tatuajes, con grandes mochilas de vida, llorando como niños, porque la melodía no les trajo tristeza, que va, ninguno sintió tristeza. Les trajo recuerdos vividos y guardados en el fondo del saco de la mente, recuerdos de que alguna vez fueron felices, por eso lloraban mientras Vega y la Maruxaina se fundían en un abrazo uniendo dos elementos, el aire, el cosmos, y el agua, el océano profundo.

Adiolinda esa noche puso chupitos para todos, pagaba la casa.

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