mientras la lluvia corre afuera.
Cien y mil años de penumbra.
La tarde solo un soplo afuera.
la lluvia es otra y otra, afuera.
El gato en paz, en paz el sueño,
y el agua hacia la mar afuera.
En la Taberna no era el Cipri el único en tener alzheimer, había también un ser de cuatro patas que se tiraba todo el día maullando al lado del Cipri, era Crisis, la gata de dieciocho años que equivaldría a unos cien en humano.
La gata maullaba porque no se acordaba de que había comido, el Cipri la daba chuches porque no se acordaba de que ya la había dado. Eran la pareja ideal.
Solo había un momento en el que Crisis dejaba de estar al lado del Cipri, y era cuando algo interior la decía que Teresa había terminado o estaba a punto de terminar un guisado. Entonces Crisis no entendía de otra cosa que la de ir a la cocina y allí, maullar y maullar hasta que Teresa, harta, la daba algo para comer del estofado preparado.
Eso también funcionaba bien, a la manera de la gata, pero funcionaba, hasta que una noche, se esperaba en la Taberna al señor Alcalde para degustar uno de los platos estrella de Teresa, su famoso estofado de pulpo.
Teresa estaba a punto de terminar el cocinado. El Alcalde había ido a saludarla a la cocina, Crisis saltó entonces a la encimera, volcando el tarro de azafrán y el del colorante al fuego, a la olla donde llevaba horas cociéndose el estofado.
Nube naranja en la cocina, Teresa tosiendo, el Alcalde tosiendo, Crisis tosiendo y bufando, Adiolinda con las manos a la cabeza diciendo Dios mío, Dios mío, y Vega y la Maruxaina riéndose a carcajadas de la escena. Teresa se medio recompone y pasa una gamuza húmeda por el traje, antes azul marino del Alcalde, ahora anaranjado. El Alcalde dando manotazos quitando a Teresa de sus restregones, Teresa insistiendo y las risas desenfrenadas de la Maruxaina y de Vega, no ayudaban, no.
Por fin sale el Alcalde de la cocina, tosiendo todavía y en la cara y pelo un tono azufrado que lo acompañó toda la comida, porque el Alcalde no se fué, se sentó en una mesa y quería comer, que es para lo que había ido.
Teresa quitó lo quemado de la olla, echó un vaso de vino blanco al estofado y otro que se bebió ella para tranquilizar los nervios, y siguió cocinando el estofado.
Al rato le puso un buen plato al Alcalde, diciéndole, es para valientes, lo llamaré estofado de pulpo al desastre felino.
El Alcalde rebañó el plato y pidió otro.
Desde entonces, en la carta del Mono Rojo figura un plato de pulpo al desastre felino, de los más solicitados.
Dicen que ahora, antes de cocinar, Teresa le dice muy bajito a la oreja a la gata, hoy sin Crisis, vale?
Crisis maulla y se va con el Cipri, hasta que algo, dentro de ella, la dice que ya es la hora, y se encamina lentamente a la cocina.

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