¡Qué dulces, las miradas, en silencio, al pasado!
Vagabundear como como en sueños, pensar en los viejos tiempos, y
revivirlos: los amores, las alegrías, las personas, los viajes.
(Poema de mi amigo Walt Whitman)
El Mono Rojo olía a ron barato, a promesas incumplidas y a historias increíbles, como siempre, y como siempre, Forastero Quizás llegó tarde.
Adiolinda, ponme, por favor, una jarra de cerveza aunque no tenga dinero con el que pagar, dijo quitándose el sombrero azul de todos los días, al tiempo que sacó una vieja pluma y cogió una servilleta de la barra.
Miró la jarra y escribió, si hoy me marcho, no quiero que nadie me despida. Mi equipaje, lo pendiente en esta Taberna y mi corazón agradecido. Os dejo los versos que escuchasteis de mi boca y mi nombre grabado en una mesa. Los versos son ahora ecos de todos los que llegaron sin ser nadie y ahora son leyendas de la Taberna, desheredados del mundo pero herederos de la tradición e historia del Mono Rojo.
Doblando la servilleta y metiéndola debajo de la jarra vacía, se encaminó hacia la puerta y se fue sin decir nada y sin mirar atrás.
Un silencio atroz invandió la Taberna, mientras Adiolinda dejó que las lágrimas recorrieran su rostro.
¡¡¡Adiós, Forastero, hasta que quieras!!!
Dicen los buhoneros que, en las tabernas de la ruta, hay un tipo con sombrero azul, que entra en los locales diciendo, una jarra de cerveza aunque no tenga con que pagarla. Se sienta y escribe en servilletas para después proseguir su camino.
Forastero Quizás no ha vuelto al Mono Rojo, donde escribió su última poesía.
Lo escrito en otras tabernas son historias inventadas de seres que fueron y ya no son fuera de esas tabernas, pero poesía nunca más volvió a escribir.
Dicen que debajo del sombrero guarda una fotografía de Adiolinda, Vega, la Maruxaina y Teresa junto a él, sentado en una mesa del Mono Rojo ante una jarra de cerveza, y una pua de guitarra de Vega, pero nadie que se sepa, lo ha visto, aunque cuentan que, de vez en cuando, en tormentas de tristeza, el Forastero se descubre y mirando el gorro, sonríe tristemente.
Quizás, como su apellido, un día...

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