Contrabando y miseria.
Rancho, prostitutas,
sudor y polvareda.
Niños de ojos tristes
y vientres abultados.
Calvario de «paseras».
Frontera.
Hambre, negociados.
Raquíticos soldados
y gordos generales.
Sargentos, capataces
de látigo y caña,
baraja y tiroteos.
Frontera.
Allí la tierra herida
por sus cuatro costados.
El pueblo en carne viva.
Contrabando y miseria.
¡Toda la patria frontera!
(Poema de mi amiga Carmen Soler)
Entraron una noche en la Taberna. Eran tres, el Chepa, el Castañas y un chico nuevo que no dejaba de sudar copiosamente pese al frío de la noche.
Traían con ellos tres cajas grandes de cartones de tabaco.
El Chepa, dirigiéndose a Adiolinda dijo, "guardamos los paquetes dos semanas" mientras empujaba un fajo de billetes de 500 euros, hay controles por todos los lados.
Adiolinda miró los billetes sin tocarlos y les dijo, esto es una taberna, no un almacén, y tampoco una guardería de contrabandistas.
El chico que tanto sudaba gritó, "idiota, si nos cogen nos llevan presos".
La Maruxaina se levantó, y cogiendo por el hombro al muchacho, le dijo, sal por detrás, cruza la plaza y corre. Aquí solo hay tres idiotas, y están desde que entrasteis vosotros en la Taberna. No quieras problemas, muchacho, sal por detrás y corre.
Teresa ya salía persignándose con la derecha y con una sartén de hierro en la mano izquierda, mientras Vega, con el pie, acercó los tres paquetones al Chepa.
Salieron por la puerta de atrás, y echando el cerrojo, Adiolinda continuó sirviendo ron diciendo, ya está, cada una a lo suyo.
Esa tarde, los de aduanas registraron la Taberna sin encontrar nada, aunque el ladrido de los perros policías indicaban que allí hubo tabaco.
Días después, al barrer, Adiolinda encontró un anillo de plata vieja justo donde había estado el Castañas. Lo guardó en el bote para los que se fueron, y se olvidó de él.
Dos semanas después, los de aduanas volvieron. Registraron toda la Taberna y no encontraron nada. Adiolinda les dijo, chicos, podéis venir cuanto queráis, pero si no venís a beber, perdéis el tiempo y me lo hacéis perder a mí, aquí nunca se guardó nada y nosotras seguimos la tradición.
No volvieron nunca más.
Quién si volvió fue el Castañas, sin paquetes y sin el Chepa ni el muchacho sudoroso, y aunque la Maruxaina, nada más entrar el Castañas,se sentó a su lado produciendo esos silbidos que Maruxaina hace cuando está nerviosa y enfadada, a una seña de Adiolinda, volvió a su mesa, gruñendo por lo bajo y sin perder de vista al contrabandista.
Adiolinda empujó el anillo frente al Castañas en la barra, y éste, cogiéndolo, la dió las gracias emocionado, ""era de mi padre, dijo, creí haberlo perdido ".
El Castañas nunca volvió a la Taberna, pero desde entonces, la primera noche de luna llena, un cartón de tabaco rubio americano aparecía de madrugada en el escalón de la puerta de entrada al Mono Rojo. Cartón que Adiolinda empujaba con la punta de su bota hasta el centro de la calle, cerrando la puerta después.
La Taberna del Mono Rojo continuó siendo taberna, no almacén, al menos de tabaco, el ron es otra cosa.

No hay comentarios:
Publicar un comentario