ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.

ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.
Casi sin pensarlo nos fuimos sentando, uno tras otro, en torno a la chasca que encendió el Cipri, y asi pasamos la noche, escuchando las historias que alguien, no se quien, cualquiera que fuese, narraba despacito, creando un entorno de magia y misterio del que no queríamos salir.

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO

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LO IMPOSIBLE SOLO EXISTE EN TU VIDA

martes, 23 de junio de 2026

SARDINADA POR SAN JUAN

El poniente impecable en esplendores

quebró a filo de espada las distancias.

Suave como un sauzal está la noche.

Rojos chisporrotean

los remolinos de las bruscas hogueras;

leña sacrificada

que se desangra en altas llamaradas,

bandera viva y ciega travesura.

La sombra es apacible como una lejanía;

hoy las calles recuerdan

que fueron campo un día.

Toda la santa noche la soledad rezando

su rosario de estrellas desparramadas.


(Poema de mi amigo Jorge Luis Borges)



Adiolinda llevaba toda la semana con cara de preocupación. No encontraba nada con lo que celebrar la cena de la noche de san Juan, noche grande en la Taberna, en que la tradición mandaba hacer algo especial.

No terminaba de creerse esa frase que la Maruxaina le repetía continuamente riendo, "Dios proveerá", y el caso es que ya era día veintitrés y a las doce de la noche empezaba san Juan.

Entonces lo vió, mejor dicho, al que vió fue a Manolo, un pescadero de la lonja, muy enfadado y mirando alrededor con desesperación. Ya era tarde y un barco había retrasado la llegada a puerto y tenía una caja de sesenta kgs. de sardina, fresquísima, pero que tan tarde nadie quería.

¿Cuanto por la caja, por los sesenta kgs.? Preguntó Adiolinda, por ser pa tí, a cinco euros el kg. contestó el pescadero. Te doy 20 euros por todas, replicó Adiolinda que había aprendido el arte del regateo de su padre, el Cipri, del que decía su mujer que era el mejor "regatista' de la lonja.

Manolo miró su reloj y asintiendo con la cabeza, exclamó, vale por ser tú y la hora que es. Veinte euros y una invitación está noche a cenar en la Taberna. Hecho, dijo Adiolinda estrechándolo la mano, y mandó llevarán la caja al Mono Rojo.

Al llegar a la Taberna, Adiolinda dispuso de tres barriles hechos barbacoa en la acera de la calle, y a media tarde el humo de las hogueras en ellos se veía por todo el pueblo. Puso un letrero grande, "HOY SARDINADA POR SAN JUAN A UN EURO POR CABEZA" y sacando pan candeal redondo, del que llaman de pueblo, hizo rebanadas impregnadas en ajo.

Mandó a la Maruxaina, que se encargaba de la huerta y los vegetales por esas cosas de la conversación, al huerto, e hizo que volviera con cinco barreños llenos de tomates, cebollas y pimientos verdes, con los que hizo unas ensaladas con un poquito de guindillas para darlas emoción.

La gente del pueblo empezó a bajar a las nueve de la noche. Los parroquianos ya llevaban tiempo en el local echando una mano a la tabernera, y Teresa ya empezaba a colocar sardinas en los braseros.

Pronto todos estuvieron comiendo, sardinas en el pan con ajo, trozos de tomate y cebolla entre medias y vuelta a por otra sardina.

Las jarras de cervezas iban y venían, los grifos no paraban de sacar cerveza fría y el ambiente festivo se fue adueñando de toda la taberna.

Se acabaron las sardinas, el pan, las ensaladas, y empezó la música a cargo de Vega que tocó sin parar para todos con el teclado que sacó a la calle, y entre baile y baile, empezaron a saltar la hoguera justo cuando las doce de la noche anunció el cambio de fecha. Era san Juan.

Adiolinda y las otras tres mosqueteras, Vega, Maruxaina y Teresa, estaban contentas. Gracias a la fiesta, todos se encontraron parte integrante de la Taberna del Mono Rojo y fueron felices durante esos momentos de san Juan.

En el centro, Lidia y Pepefel continuaban bailando.



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