ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.

ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.
Casi sin pensarlo nos fuimos sentando, uno tras otro, en torno a la chasca que encendió el Cipri, y asi pasamos la noche, escuchando las historias que alguien, no se quien, cualquiera que fuese, narraba despacito, creando un entorno de magia y misterio del que no queríamos salir.

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO
LO IMPOSIBLE SOLO EXISTE EN TU VIDA

viernes, 19 de junio de 2026

LIDIA, LA DE LA CANCHANCHARA

Ay, negra,

si tú supiera!

Anoche te bi pasá

y no quise que me biera.

A é tú le hará como a mí,

que cuando no tube plata

te corrite de bachata,

sin acoddadte de mí.

Sóngoro cosongo, songo bé;

sóngoro cosongo, de mamey;

sóngoro, la negra baila bien;

sóngoro de uno

sóngoro de tre.

Aé,

bengan a be;

aé,

bamo pa be;

bengan, sóngoro cosongo,

sóngoro cosongo de mamey!»

(Poema de Nicolás Guillén)



Las puertas de la Taberna del Mono Rojo se abrieron, dando paso a una sonriente joven, negra, con una jarra grande de barro y un olor a ron, caña, miel y limón que la precedía.

Luego nos enteramos que era cubana, del mismo Santiago, y con su acento meloso casi gritó en la barra frente a Adiolinda, "canchanchara pa remover las almas", depositando la gran jarra de barro cocido en el mostrador.

Todo el mundo calló, pendiente de cómo la cubana llenaba un vaso que Adiolinda le había dejado con esa mezcla de ron, miel y limón al que acompañaron unos hielos cantarines al caer al vidrio.

Ésto no es bebida, dijo Adiolinda, ésto es dos hombres matándose en el interior del vaso.

Inmediatamente todos en la Taberna quisieron probar la canchanchara de la muchacha, que según ella inventaron y tomaban los mambises en el monte y que hizo el milagro, en el Mono Rojo, de que hasta los más reacios a contar sus historias, hablarán en esta ocasión.

Una semana después, las puertas del Mono Rojo volvieron a abrirse, dando paso de nuevo a Lidia, que así se llamaba la santiaguera cubana.

Me han dicho, dijo muy seria, que uno de ustedes, el otro día, uso mi canchanchara para ligar. ¿Quien fue el atrevido, que salga y de la cara?

Lentamente, muy colorado, Pepefel se levantó exclamando, fuí yo, pero no para ligar, sino para conocerte a ti un poco más.

La carcajada de la cubana retumbó por el local diciendo, conocerme más a través de una canchanchara hecha siguiendo la receta de mi abuela allí en Santiago. ¿Y tú, cómo que te llamas tú?

Pepefel, para servirte, morena, en lo que surja y quieras.

De nuevo la carcajada rompió defensas entre ambos y acercándose a Pepefel le dijo, "Ay, pero usted es atrevido, mi amol, muy atrevido, pero bueno, por valiente le enseñaré como hago la bebida, a cambio usted me ayuda"

Y así acabó la noche, Pepefel partiendo limones, los dos bebiendo buenos tragos de canchanchara y al final, Adiolinda cerrando la Taberna con ellos dentro, durmiendo uno apoyado en la otra y viceversa, pringados de miel y limón pero con unas caras sonrientes y felices. Pepefel roncaba.

Así entró, al día siguiente, Lidia a trabajar en el Mono Rojo. Adiolinda la dió un delantal azul, un pañuelo de cabeza rojo para sujetar el intenso pelo de la cubana, y una esquina de la Taberna donde un letrero anunciaba que allí se vendía canchanchara y guarapo para quien no bebiera alcohol.

Desde entonces, si buscabas a Pepefel, lo tenías sentado en un taburete, en la esquina de Lidia la santiaguera, hablando animadamente con ella, saliendo siempre juntos del local cuando éste cerraba puertas, pero eso, eso es otra historia.



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