Pero está noche de junio, Adiolinda se dió cuenta, la risa, las risas, rebotaban en las paredes, en el techo, en el suelo, pero nunca, o muy pocas veces, llegaban a su pecho.
A veces le parecía que iría a encontrarse con su padre, el Cipri, a esos mundos del no ser, ya que la hablaban y ella respondía como ausente, escanciaba sidra y se perdía en el chorro que caía de la botella, la Maruxaina imitaba ruidos para hacerla reír y solo conseguía una triste sonrisa. Teresa inventaba nombres a los parroquianos, algo que siempre divirtió a Adiolinda, pero ahora no le hacía gracia, y Vega intentaba probarla pendientes y anillos que ya no le gustaban. Ella estaba ahí, contestaba, pero sus ganas de vivir habían quedado encerrados entre losas pesadas de cristal que evitaban que nadie entrará y ella pudiera salir. Se sentía sola aún rodeada de gente, de amigos, que no llegaban a ver el agujero porque la mayoría la veía bien.
Curiosamente, su padre, desde el alzheimer, en un momento lúcido, fue el primero en darse cuenta, cuando, poniéndola una mano sobre la suya la dijo, "Princesa, estar solo no es estar sin gente, es estar sin tí. Eso necesita tiempo, se cura despacito".
Todo se desató una noche en la que había estado más de diez minutos limpiando con una balleta el mismo sitio de la barra, hasta que sin darse cuenta, al girarse, con la otra mano tumbó un vaso que rodando cayó al suelo sin romperse.
Chicas, dijo a la Maruxaina, a Vega y a Teresa, no es que no note que ustedes están ahí, las noto y lo sé, es que yo estoy como dentro del vaso este, encerrada por su grueso cristal, y las veo, me río con ustedes, pero enseguida la risa abandona mi pecho. Las oigo hablar, cantar, contar chistes, pero sus palabras me llegan muy bajito, casi no las oigo. Las quiero, pero me supera el grueso cristal.
Vega no dijo nada, tan solo se levantó y se sentó en el suelo apoyando la cabeza en las piernas de Adiolinda mientras con su brazo libre abrazaba sus extremidades inferiores.
Teresa se sentó frente a la tabernera, en una silla frente a ellos, y dándola la mano, dijo, el cristal es frío, muy frío, como el hielo en el parabrisas del coche en invierno.
La Maruxaina, mirando fijamente a Adiolinda, dijo, vale, tú estás encerrada en el vaso. Nosotras no vamos a entrar, el vaso es para tí hasta que quieras romperlo, pero no te dejaremos. Nosotras estamos al otro lado, hablándote, cantándote, y si no te llegan nuestras canciones, te llegarán nuestros intentos.
Adiolinda lloró sorprendida de que la entendieran, que no tuviera que dar más explicaciones. Lloró de alivio, solo tuvo que decir estoy como dentro de este vaso, y las mosqueteras lo entendieron, sin juicios, sin intentar convencerla de nada, ella estaba allí y fuera, al otro lado del cristal, sus amigas, sin preguntas, sin comentarios, solo estaban.
Pasaron meses, y un día, de mañana, entró un abuelo pidiendo un vino como el que le ponía su mujer, que ya no estaba. Adiolinda se lo sirvió y el anciano la dijo, sabe a ella, gracias muchacha.
Algo saltó dentro de ella, un impulso, una chispa, yo que se..., pero algo saltó en su interior...fue quizás el calor sincero de la frase del abuelo, "sabe a ella, gracias, muchacha".
El calor de esas palabras la llegó al pecho antes de que el cristal lo enfriara, y mirando como el anciano se iba por la puerta, ella se sorprendió repitiendo, sabe a ella, gracias muchacha.abs
Teresa lo oyó sin decir nada, pero al pasar por su lado, la dió en el hombro con la esquina de la bandeja.
Ese golpe rajó el cristal que la secuestraba, sin saberlo.
Hará unos días entró en la Taberna una chica muy joven, que solo dijo, no quiero tomar nada, solo un sitio donde no molestar.
Adiolinda lo reconoció. El terrible y grueso cristal que condena a la soledad, y sin decir nada, sentó a la chica cerca de la chasca y la puso una manta al lado, mientras ella se retiraba unos metros y empezó a barrer despacito, para no molestar. La chica lloró un buen rato, sin hacer ruido. Luego dijo, gracias...por no preguntar!!!
Adiolinda la contestó, no tienes que explicar nada, aquí solo se pide si se quiere hablar. Si no también tienes sitio.
Esa noche, la joven durmió en la Taberna y por la mañana se puso a barrer con Adiolinda, sin hablar, y al tercer día, sin dejar de barrer, dijo muy bajito a Adiolinda, vivo como en un cristal encerrada...
Adiolinda la miró fijamente y dijo, lo sé, yo tambien viví ahí. Se llama soledad, aunque estés rodeada de gente. Se cura despacito.
Hoy, en la Taberna hay un letrero:
AQUÍ NADIE TIENE QUE ESTAR BIEN PARA MERECER UNA SILLA

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