ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.

ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.
Casi sin pensarlo nos fuimos sentando, uno tras otro, en torno a la chasca que encendió el Cipri, y asi pasamos la noche, escuchando las historias que alguien, no se quien, cualquiera que fuese, narraba despacito, creando un entorno de magia y misterio del que no queríamos salir.

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO
LO IMPOSIBLE SOLO EXISTE EN TU VIDA

sábado, 30 de mayo de 2026

UNA GATA, UN PULPO, UN ALCALDE

El gato duerme en la cocina
mientras la lluvia corre afuera.
Cien y mil años de penumbra.
La tarde solo un soplo afuera. 
El gato duerme desde cuándo,
la lluvia es otra y otra, afuera.
El gato en paz, en paz el sueño,
y el agua hacia la mar afuera. 
(Poema de Eliseo Diego)



En la Taberna no era el Cipri el único en tener alzheimer, había también un ser de cuatro patas que se tiraba todo el día maullando al lado del Cipri, era Crisis, la gata de dieciocho años que equivaldría a unos cien en humano.

La gata maullaba porque no se acordaba de que había comido, el Cipri la daba chuches porque no se acordaba de que ya la había dado. Eran la pareja ideal.

Solo había un momento en el que Crisis dejaba de estar al lado del Cipri, y era cuando algo interior la decía que Teresa había terminado o estaba a punto de terminar un guisado. Entonces Crisis no entendía de otra cosa que la de ir a la cocina y allí, maullar y maullar hasta que Teresa, harta, la daba algo para comer del estofado preparado.

Eso también funcionaba bien, a la manera de la gata, pero funcionaba, hasta que una noche, se esperaba en la Taberna al señor Alcalde para degustar uno de los platos estrella de Teresa, su famoso estofado de pulpo.

Teresa estaba a punto de terminar el cocinado. El Alcalde había ido a saludarla a la cocina, Crisis saltó entonces a la encimera, volcando el tarro de azafrán y el del colorante al fuego, a la olla donde llevaba horas cociéndose el estofado.

Nube naranja en la cocina, Teresa tosiendo, el Alcalde tosiendo, Crisis tosiendo y bufando, Adiolinda con las manos a la cabeza diciendo Dios mío, Dios mío, y Vega y la Maruxaina riéndose a carcajadas de la escena. Teresa se medio recompone y pasa una gamuza húmeda por el traje, antes azul marino del Alcalde, ahora anaranjado. El Alcalde dando manotazos quitando a Teresa de sus restregones, Teresa insistiendo y las risas desenfrenadas de la Maruxaina y de Vega, no ayudaban, no.

Por fin sale el Alcalde de la cocina, tosiendo todavía y en la cara y pelo un tono azufrado que lo acompañó toda la comida, porque el Alcalde no se fué, se sentó en una mesa y quería comer, que es para lo que había ido.

Teresa quitó lo quemado de la olla, echó un vaso de vino blanco al estofado y otro que se bebió ella para tranquilizar los nervios, y siguió cocinando el estofado.

Al rato le puso un buen plato al Alcalde, diciéndole, es para valientes, lo llamaré estofado de pulpo al desastre felino.

El Alcalde rebañó el plato y pidió otro.

Desde entonces, en la carta del Mono Rojo figura un plato de pulpo al desastre felino, de los más solicitados.

Dicen que ahora, antes de cocinar, Teresa le dice muy bajito a la oreja a la gata, hoy sin Crisis, vale?

Crisis maulla y se va con el Cipri, hasta que algo, dentro de ella, la dice que ya es la hora, y se encamina lentamente a la cocina.

viernes, 29 de mayo de 2026

UNA NEVADA, UNA PIERNA ROTA Y UNA PUERTA

Poco sé de la noche,

pero la noche parece saber de mí,

y más aún, me asiste como si me quisiera,

cubre de las estrellas

la parte que me duele de mi cuerpo.

Todo mi ser es como un llanto

que se pierde en la niebla.

(Poema de Alejandra Pizarnik)



Fué una noche de invierno. Toda la localidad quedó sin luz. La nieve aisló barrios, calles enteras. Ni la policía ni los bomberos podían ayudar a todo el mundo.

En el barrio de la Taberna no hubo ayuda alguna, cuando avisaron de un joven que había caído rompiéndose una pierna. Estaba tirado en la calle, sobre la nieve y nadie podía llegar hasta donde él yacía sin que les pasara lo mismo.

Adiolinda, Vega y la Maruxaina cargaron una puerta que sacaron de sus bisagras, y comenzaron la búsqueda del joven.

Lo encontraron desvanecido y lo subieron a la puerta y pusieron rumbo a la casa de un médico que vivía cerca. Cuatro calles resbaladizas, nevando, mojadas, agobiadas por el peso, pero las tres mujeres consiguieron llegar a casa del galeno, donde dejaron bajo su cuidado al joven herido con la pierna rota.

Pese a la invitación del médico para que pasaran allí la noche al refugio de su hogar, no querían dejar a Teresa sola y comenzaron el regreso.

Al llegar, Teresa había preparado una consistente sopa, y Adiolinda decidió que todo el que llegara hasta la Taberna buscando refugio, sopa y vino gratis para entonarse del frío reinante.

Estuvieron así tres días, dando de comer y beber a todo el que lo necesitara, y cuando llegaron las ayudas municipales se encontraron todo un barrio atendido por las cuatro mujeres del Mono Rojo.

Desde entonces, nadie se atreve a meterse con la Taberna ni con sus cuatro mosqueteras, e incluso durante un tiempo, la caja notó el agradecimiento de los parroquianos y vecinos, máxime cuando renunciaron a una medalla por rescatar y salvar al joven de la pierna rota.

El chaval nos debe una historia, no una medalla, y queremos cobrar, dijo Adiolinda muy seria, mientras rechazaba la condecoración.

La puerta que usaron está de nuevo en su marco, pero con un letrero que dice, camilla de socorro en caso de necesidad.

COSAS DE VEGA

Se despertó una mañana.

Soy la yerba,

llena de agua.

Me llamo yerba. Si crezco,

puedo llamarme cabello.

me llamo yerba. Si salto,

puedo ser rumor de árbol.

Si grito, puedo ser pájaro.

Si vuelo...

(Hubo temblores de yerba

aquella noche en el cielo)

(Poema de mi amigo Rafael Albertí)



Son las historias de Vega. 

Un día, al poco de llegar a la Taberna, Vega se fue directa a una mesa, abrió la funda de la guitarra y mirando fijamente tres estrellas que se veían a través del cristal, cantó " nací donde no hay mapa, donde los faroles son constelaciones rotas, donde yo aprendí a flotar entre nubes y notas."

Si voz parecía venir de otras galaxias y la Taberna fuera una especie de nave en la que un borracho lloraba, Adiolinda se olvidaba de cobrar, las copas guardaron silencio y todo pareció llorar cuando se escuchó a Vega cantar, mañana si me buscan no miren al suelo, búsquenme por las alturas, donde haya olor a cielo.

Otra tarde, Vega apareció en el Mono Rojo diciendo que hoy no cantaba, que hoy devolvía, sacando un frasco negro que puso sobre la barra destapado.

De su interior salió un atroz y espeso silencio, de esos que envuelven en el local a todo lo que en en su interior se encuentra, el silencio de la primera vez que un propietario de la Taberna murió hacía siglos, el silencio de una carta sin enviar, el silencio de pedir una mano y dejarla abandonada en el altar ante todos los invitados, el silencio de un te quiero que te tragaste antes de decirlo, el SILENCIO, en grande.

Hubo un rato en el Mono Rojo que nadie mintió, que nadie habló, que solo se escuchaba ese silencio aplastante, y cuando se vació el fresquito, Vega lo cerró diciendo, ya he pagado mi deuda.

Esa noche nadie pidió música, pero todos salieron tatareando una canción que nunca aprendieron, que ni tan siquiera conocían.

Cuando quieras, dijo Adiolinda, te vuelves a robar más ruido, mi estrella.

Otro día, Vega se aburría en la Taberna. Solo tres o cuatro parroquianos, medio dormidos. La Maruxaina había salido, Teresa, con ayuda de Adiolinda, en la cocina metidas, un planazo de tarde.

Vega sacó una pequeña armónica, hecha de hueso de pescado y luz de luna, y dió una nota larga, seguida de otra corta y un crujido avisó de una silla moviendo una pata, luego otra, y otra, y otra. Así todas las sillas, bailando entre ellas, con las mesas, saludándose con inclinaciones, bailando vals, pasodobles, hasta que Vega guardó la armónica.

No hay clientes, que cada silla baile su historia, dijo Vega, y haga algo por su existencia.

Otro día Vega se presentó en la Taberna con un cartel que ponía, se compran suspiros a cambio de recuerdos.

Adiolinda la dijo, Vega, eso no se compra, niña. Y Vega respondió, todo lo que existe puede comprarse.

El primero en vendérselo fue un carretero que suspiró por la muerte de una mula. Su pago fue el recuerdo del primer potro que recibió siendo un chaval. Se fue sonriendo y feliz.

La segunda fue una modistilla que suspiró por un amor perdido. El pago fue el recuerdo de la risa franca de su madre, cuando era ella casi una niña.

Y ssí, uno por uno fue llenando la barra de frasquitos con suspiros, de tal manera que todo lo ocupaban. Cantidad de frasquitos brillando con un suspiro dentro.

Nadie peleó, ni discutió, ni riñó esa noche en la Taberna, y al final de la noche, Vega le dió a Adiolinda un frasquito con un suspiro de ella dentro.

Al destaparlo, Adiolinda recordó su primer día en la Taberna, con el Cipri, su padre, y sonrió feliz.

Vega terminó sacando todos los frascos a la calle y, destapándolos, todos los suspiros volaron hacia arriba, hacia las estrellas, parecía Nochebuena.

Son las pequeñas historias de Vega, que a veces se aburre e inventa.






UNA HISTORIA DE MONJAS

A veces si me siento abandonado

me encuentro y desencuentro en el vacío

y allí la soledad es como un río

que me alcanza residuos del pasado

el abandono vive su pecado

que es de los otros y también es mío

tirita el alma porque tiene frío

y ya no se refugia en lo sagrado

algo ocurre de pronto en el presente

por fin abre su cofre la palabra

y el enigma se vuelve transparente

sin pensarlo dos veces me apasiono

la pasión pasa a ser mi abracadabra

y entonces no me importa el abandono.


(Poema de mi amigo Mario Benedetti)



Era un jueves de esos que hasta a los borrachos les costaba llegar al Mono Rojo de lo que llovía.

La puerta se abrió como a las siete de la tarde impregnando el local con un olor a lavanda que hacía años, Teresa, no olía.

Era la Hermana Inés, empapada de agua, ojeras y con cara de preocupación. Había sido novicia con Teresa, a la que veía levantarse, mientras todas dormían, para preparar un caldo a la Hermana Magdalena cuando recibía sesiones de quimio.

Está muy mal, dijo Inés alargando un sobre hacia Teresa. No dijo ni hola Teresa, solo está muy mal, en el San Cosme, la quedan días.

Dentro del sobre había una carta:

Si te llega esta carta es que Inés tenía razón, te fuiste pero no te borraste del todo.

El cáncer volvió. Según el médico es cuestión de días. Menos si me esfuerzo, y sabes que me esforzaré. Te escribo esta carta por dos razones, una es porque quiero probar tu estofado la última vez. Degustar el sabor que le das con la cucharada de chocolate negro.

Y la segunda es saber por ti misma que no te arrepentiste.

La gente, en Burgos, habla de que te marchaste por qué te cansaste, por que te enamoraste, o por mil cosas distintas. Todo rumores de paletos sin fundamento. Recuerdo haberte visto llorar apoyada en la cazuela cuando bajabas de madrugada a hacerme el caldo en mis noches malas de quimio. Llorabas porque pensabas que ni para rezar valías.

Y no, no te fuiste por ninguna de esas causas, te fuiste porque entendiste que hay altares sin mármol, y el tuyo huele a cebolla frita y torreznos, alimentando a gente que nunca hubieran entrado en el convento, prostitutas, contrabandistas, ladrones de medio pelo, y otras gentes nada deseables al lado de una monja. Pero te respetan, no se ríen cuando rezas el rosario mientras haces un estofado, ni por rezar siete padrenuestros antes de sacar los huevos, ya duros del agua.

Te espero, Teresa, querida Hermana, y no te olvides ese estofado. Le daré la receta a san Pedro cuando llegue mi hora.

Llegó al hospital con una olla térmica en las manos envuelta en unos paños de cocina. La habitación olía a desinfectante y a muerte, y Magdalena, en la cama, muy delgada, con unos ojos grandísimos, y unos dedos descarnados, largos, muy delgados, que estiró para probar el estofado.

Sigues poniendo chocolate, hereje, dijo riendo y haciendo reír a Teresa.

Hablaron mucho esa tarde, la última. No hablaron de Dios, ni de perdones. Tampoco del convento ni de la maldita enfermedad. Hablaron como dos viejas amigas que hacía años que no se veían.

Ninguna dijo adiós, ni hasta siempre. Ambas sabían que no volverían a verse, al menos aquí, en esta vida, pero sonreían mientras se abrazaban.

Al final, Magdalena le dijo, Teresa, recuerda esto, no te fuiste por huir, te fuiste porque tú altar era una cocina y los necesitados, tus hermanos. Recuérdalo siempre.

Después de eso, Magdalena cerró los ojos y entró en coma. Ya nunca volvió a despertar.

Desde entonces, cada jueves que cae en doce, Teresa le dice a Adiolinda sobre las seis de la tarde, vuelvo luego, y no regresa hasta las once de la noche con los ojos llorosos. Va a ver a su amiga en una pequeña capilla en el monte, y allí, reza por su alma. Luego regresa a la Taberna, se pone a cocinar para quien quiere cenar tan tarde y esa noche, el estofado con la cucharada de chocolate, lo paga ella. Adiolinda, respeta y la deja.


jueves, 28 de mayo de 2026

LA MASA DE PAN

Yo canto el fado para mí

Ábreme las puertas que dan

Del corazón hacia fuera

Y mi dolor, sin tener fin

Que está en esa prisión

Sal de la cárcel, se va fuera

Oh mi dolor, sin lo amargo de tu llanto

No cantaría como canto

En mi canto amargado

Oh mi amor, eres el dolor que sufro y lloro

Al final, oh dolor que adoro

Es por ti que canto fado

(Fado da Saudade, Amalia Rodrigues)




Llegaron tarde de la consulta del Cipri.

La Maruxaina y Adiolinda lo acompañaron a esa revisión a la que fue sin enterarse de nada. El médico era nuevo, el antiguo ya se jubiló y no se despidió de nadie. Un día, recogió su mesa metiendo todo en una caja de cartón, la llevó a su coche y se marchó. El nuevo médico parecía no fiarse del diagnóstico del antiguo. Examinó al Cipri, preguntó y al no responder él respondían la sirena y la tabernera, y después de un buen rato, el médico dijo, se olvida de todo, no recuerda ya nada cuando cae en ese estado y no sale. De lo único que no se olvidará es de lo que tenga entre las manos.

Al llegar al Mono Rojo, la Maruxaina le pidió agua, harina, sal y levadura, con las que hizo una masa muy primaria, y poniéndola sobre la mesa llena de harina esparcida, cogió las manos agarrotadas del Cipri y las puso sobre la masa mientras Adiolinda miraba intrigada.

Toda la Taberna callaba y miraban atentos al Cipri, que en principio no hizo nada. Dejó las manos apoyadas en la incipiente masa, tal y como la Maruxaina las había dejado y no hacía nada.

Después de un rato, el Cipri comenzó a mover una mano sobre la masa, para al poco, con la otra empezar a dar vueltas y golpes a la masa. Estuvo dos horas amasando lo que luego, Teresa, convirtió en barras de pan al meterlo en el horno.

El Cipri, de nuevo quieto, sin hablar, sin moverse, con los ojos cerrados, aspiraba el olor a pan horneado y sonreía.

Han pasado tres semanas de aquello. Cada día el Cipri amasa el pan que luego usarán en la Taberna, y hubo adelantos. Un día, al pasar un parroquiano viejo, el Cipri dijo, hola Diego. Otro día, al pasar por delante de él mientras amasaba, otro cliente, el Cipri le dijo, hola, hijo. Fueron dos buenos días, aunque en la mayoría de ellos, el Cipri nunca hablaba, solo amasaba hasta que la masa estaba en su punto. Luego olía el pan recién horneado, y siempre, siempre, sonreía.

Un día, mientras amasaba, su hija, Adiolinda, le preguntó ¿Sabes quién soy? Y el Cipri, con los ojos cerrados dijo, mi sangre. Para Adiolinda fué suficiente.

A quien le pregunta por el Cipri, Adiolinda contesta, tiene Alzheimer, que le robó todo menos el ritmo de las manos. Gracias a ello, cuando el Cipri nota la masa en sus dedos, empieza un juego de harinas y levaduras en el que la Taberna calla y observa, esperando que el Cipri tenga un buen día, como ese en el que al empezar a amasar, Vega comenzó a tocar con su guitarra las notas del fado de Amalia Rodrigues, Fado da Saudades y el Cipri comenzó a cantar en vos bajita:

Yo canto el fado para mí

Ábreme las puertas que dan

Del corazón hacia fuera

Y mi dolor, sin tener fin

Que está en esa prisión

Sal de la cárcel, se va fuera...


Ese día era bueno para el Cipri.

martes, 26 de mayo de 2026

XOAN

Es una lástima que no estés conmigo

cuando miro el reloj y son las cuatro

y acabo la planilla y pienso diez minutos

y estiro las piernas como todas las tardes

y hago así con los hombros para aflojar la espalda

y me doblo los dedos y les saco mentiras.

Es una lástima que no estés conmigo

cuando miro el reloj y son las cinco

y soy una manija que calcula intereses

o dos manos que saltan sobre cuarenta teclas

o un oído que escucha como ladra el teléfono

o un tipo que hace números y les saca verdades.

Es una lástima que no estés conmigo

cuando miro el reloj y son las seis.

Podrías acercarte de sorpresa

y decirme "¿Qué tal?" y quedaríamos

yo con la mancha roja de tus labios

tú con el tizne azul de mi carbónico.

(Poema de mi amigo Mario Benedetti)



Había luna nueva, y en el ambiente flotaba olor a mar profundo y a romero quemado. Presentía Vega que algo no iba bien viendo el nerviosismo de la Maruxaina, inquieta, como barruntando noticias, molesta.

De golpe un silbido, agudo, penetrante, desafinado como solo Xoan sabía hacerlo, pensó la sirena contestando con otro silbido de tono muy alto, tan alto que hizo vibrar las copas de cristal en las estanterías del Mono Rojo, haciendo que los parroquianos se taparan los oídos, doloridos de tan agudo silbo.

Apareció Xoan en la Taberna, translúcido, se veía la barra a través suyo y el aire no se movía cuando respiraba. Mojado, arrastrando alguna fibra de algas adheridas a su cuerpo.

Nunca llegas tarde, dijo él, aunque para nosotros ya lo sea. Te marchaste de los fondos y allí quedé yo, errante entre los océanos, huyendo de tu recuerdo.

Estás muerto, dijo la Maruxaina. Tienes esa herida en el costado por donde se te marchó la vida de un arponazo de un pescador asustado que desde entonces no habla, no piensa, no es.

Se contaron lo que les faltaba por decirse. Hablaron de cómo el plástico invadía ese fondo donde ellos retozaron tiempo atrás, en imposibles cabriolas jugando con los traviesos y juguetones delfines.

Se pusieron al día sin necesitarlo, hablaron sin escucharse la voz, ya que el lenguaje de un corazón, aunque frío como solo lo puede tener una sirena, no tiene resonancia más allá del pecho del otro.

¿Te arrepientes? Preguntó él

De no haberte seguido, si, de haberme dejado ir, yo no.

Adiolinda se acercó con una botella de ron con extrañas hierbas dentro. Cuando los muertos hablan con los vivos, la Taberna empieza a quedarse fría. Tomen y beban de este brebaje y recuperemos calor, dijo la tabernera acercándoles la botella, que al destaparse, a la Maruxaina le trajo olores a hogar, quizás por las algas maceradas en el alcohol, y Xoan lo supo.

Ya no puedo quedarme, la marea me llama de nuevo, la dijo Xoan acercando su etérea figura hasta sus labios, rozándolos.

La Maruxaina, con los ojos cerrados, asintió llorando para adentro. Las sirenas no pueden llorar hacia fuera, se deshacen, de desvanecen, por eso su llanto es profundo e interior. Te vas, ahora tú, te vas.

En el lugar donde había estado la figura de Xoan ahora había una pequeña concha, blanca, nacarada, con un diminuto agujero en el centro. La misma concha con la que jugaron la Maruxaina y Xoan en la profundidad del océano, 

Desde entonces, las noches de luna nueva, si estás atento, puedes escuchar el silbido agudo, penetrante y algo desafinado de Xoan, mientras unos dedos largos juguetean con una pequeña concha nacarada con los ojos cerrados y unos brazos rodean a la Maruxaina rescatándola con el calor de la amistad. Vega siempre pendiente.


lunes, 25 de mayo de 2026

EL SOTANO OSCURO

Es una necedad que vivo triste

Y que el recuerdo me corroe.

Visito a la memoria pocas veces

Y siempre me confunde.

Cuando al sótano voy con la linterna,

De nuevo creo oír el sordo alud

Que retumba por la escalera estrecha.

Humea la linterna, no puedo regresar,

Y sé que voy directa al enemigo.

Y pido gracia… Pero allí

Todo está oscuro y en silencio. ¡Mi fiesta ha terminado!

Treinta años hace ya que despidieron a las damas,

El calavera aquél murió de viejo…

Pues he llegado tarde. ¡Qué más da!

No puedo aparecer en parte alguna.

Mas toco la pintura de los muros

Y me caliento junto al fuego. ¡Qué milagro!

A través de este moho, tufo y putrefacción

Han brillado dos verdes esmeraldas.

Y un gato ha maullado. ¡Vámonos a casa!

¿Mas dónde está mi casa y dónde mi razón?

(Poema de mi amiga Anna Ajmátova)


A veces, a quien lo pide, Adiolinda deja bajar al sótano oscuro cuya trampilla está detrás de la del sótano general.

Casi nadie pide bajar al sótano oscuro. Ninguno de los que regresaron contaron nada, pero por el color de su rostro, algo no muy bueno ocurría durante los diez minutos que se podía estar ahí, como máximo, menos no, más, tampoco.

Adiolinda te deja bajar, pero si al llegar al tercer escalón, el olor a humedad, a tierra mojada, a metal oxidado y a ron agrio, te agobian y quieres volver a subir, Adiolinda te lo permite. Si lo quieres hacer estando en el séptimo escalón, ya no puedes regresar, has de pasar los diez minutos en el sótano oscuro, salvo que quieras que le oscuridad del sótano te persiga eternamente.

El tiempo lo mide un viejo reloj de arena de madera, al final de la escalera y que gira solo.

Durante los dos primeros minutos de oscuridad, solo se escucha tu fuerte y asustada respiración. El olor ha cambiado y ahora huele a bodega de barco, a mar, a naufragio y la oscuridad total te mantiene alerta.

Del minuto tres al cinco vuelve lo que enterraste, el peso de esa vez que debiste decir no y no lo hiciste, el frío de la mano de una traición con la que abandonaste a quien te comprendió, el chasquido seco del cerrojo de una puerta que cerraste en vez de dejarla abierta. El ruido de las páginas de un libro que nunca escribiste y del que se conserva solo el título, y cosas así que enterraste sin morir porque dolía menos fingir que no existían.

Del minuto seis al ocho el frío es intenso, tanto que te hace sudar de miedo. La oscuridad ha engordado y metiéndose por tus poros te ha invadido y notas tristeza en el alma, tristeza y miedo al reconocerlo.

Quieres salir, golpeas la puerta fuera de tiempo, desesperado, pero nadie abre. Te sientas en un escalón y dejas, rendido, que tú parte oscura se funda con el sótano. Te ves malo y vacío de positividad, un ser oscuro que nunca volverá a ver algo de luz.

Te empiezas a tranquilizar y si te pudieras ver en ese momento verías la sonrisa torcida que cruza tu cara mientras tus ojos permanecen apagados, muertos.

De golpe, la oscuridad deja de empujarte. Estás tranquilo.

Del minuto nueve al diez, el peso de lo que cargabas disminuye. No tienes respuestas, el sótano oscuro no las da, pero si te sientes más liviano, tus muertos, aquellos que enterraste estando vivos pesan menos en la mochila, ya casi murieron, les queda el empujón final que tendrás que darlo tu en el mundo de fuera.

El reloj de arena ha parado, la puerta, en lo alto de la escalera se abre sola y tú asciendes. Nadie, ni Adiolinda, te espera. Ningún ritual, ninguna música apocalíptica, nada, solo el olor a fritanga y la luz de la Taberna. No te has vuelto loco ni has visto fantasmas. Estás incómodo porque saliste sabiendo lo que no conocías de tí. Aún no lo sabes, pero ese conocimiento será el que impida te sigas tropezando con tu propia sombra. Ya no puedes mentirte, ahora sabes, pero no es cierto que eso te haga libre. Más liviano, si, pero no libre, sigues esclavo de ti mismo, pero ahora, lo sabes.

domingo, 24 de mayo de 2026

LUIS EL MARINO

Cuando contemplo el mar desde mi arena

y llegan olas con el infinito

no tengo más remedio que quedarme perplejo


hablo conmigo mismo y con las cosas

me siento mínimo / insignificante

recurro a mi energía y no la encuentro

la habré dejado en casa


en el mar caben todos los enigmas 

cuando el viento lo peina

es una maravilla

los pájaros se acercan y lo besan

porque saben que el mar es universo


mirarlo es a veces suficiente

por eso lo contemplo hasta el cansancio

piélago a piélago y acantilados


aquí está el mar / allí está el mar

la historia universal nos lo regala

y yo me ahogo sólo de mirarlo

(Poema de mi amigo Mario Benedetti)



Entró en la Taberna del Mono Rojo sin dinero, casi sin razón, y al sentarse en la barra, Adiolinda le puso delante una jarra de cerveza y un platito de aceitunas.

Él dijo, dame agua, no tengo dinero para pagarte esta cerveza. La tabernera le explicó que agua o cerveza era igual, que si no había dinero tendría que pagar con una historia. Ley de la Taberna, le explicó.

Y el nuevo cliente, empezó su relato:

Me llamó Luis, aunque cuando estaba por esos mundos donde empieza mi historia, no me llamaba igual.

Trabajaba enrolado en el "Rayo del Sur", un carguero que hacía la travesía por los mares que el Indicó nutre, y no era de marinería mi trabajo. Yo era el encargado de la bodega invisible, aquella en la que se almacenaban los productos caídos de camiones durante las cargas y descargas de avituallamiento y donde viajaban silenciosas y ocultas las gentes con las que se nutrían los burdeles asiáticos de medio mundo.

Esa noche especial, bajé a la bodega porque me dijeron que había un encargo especial. No era un fardo, era una niña de ojos rasgados, con coletas, y unos ocho años de edad con una muñeca rota en su regazo y que, llorando, llamaba a su madre contínuamente.

En cuanto la vi supe que significaba problemas para mí, porque no podía dejarla en el barco. La travesía acababa en un puerto del mar de Bering, y de ahí, nadie vuelve, menos una niña.

Esperé a una parada del barco, varado y esperando en alta mar una mercancía que nos traían desde la cercana Birmania, y cogiendo a la niña, envolviéndola con mi chaqueta de pana azul, la metí en un bote que arrié hasta el agua y comenzando a bogar, después de dos horas llegué a la costa, donde, amarrando la pequeña barca, me dirigí a un convento de las Hijas de la Caridad, que conocía, dejando a la niña en manos de la Hermana María, que sin preguntas, me dijo: "gracias por devolverla a la vida".

Regresé al "Rayo del Sur", izando de nuevo el bote, en el que me acurruqué, haciéndome el dormido, para que el resto pensara que había dormido en cubierta.

Nadie se enteró de mi aventura, siguió el barco su trayecto, pero cuando estábamos cerca de atracar en un pequeño puerto, el capitán, dándome un sobre son doce mil euros, me dijo, bájate en el siguiente puerto, aquí ya no nos vales". Así, sin más 

Cuando acabé mi relato, toda la Taberna estaba en silencio, mirándome, escuchando.

Adiolinda dijo poniendo otra jarra de cerveza, no está mal, tiene especias, mar, sal, miedo, riesgo, valor. No está mal, tú deuda está pagada.

Una vieja prostituta que andaba por el local me preguntó, ¿Es real tú historia, es cierta?

Me encogí de hombros y la dije, es igual, es mi pago de hoy por las cervezas.

sábado, 23 de mayo de 2026

UNA BODA, UNA MADRE, UNA NOVIA, Y MUCHO MIEDO

Tus hijos no son tus hijos.

Son los hijos e hijas del anhelo de la vida por sí misma.

Vienen a través de ti pero no de ti,

Y aunque están contigo, no te pertenecen.

Puedes darles tu amor pero no tus pensamientos,

Porque tienen sus propios pensamientos.

Puedes hospedar sus cuerpos pero no sus almas,

Porque sus almas habitan en la casa del mañana, que no puedes visitar, ni siquiera en tus sueños.

Puedes esforzarte en ser como ellos,

pero no procures hacerles semejantes a ti,

no retrocede ni se detiene en el ayer.

Tú eres el arco del cual tus hijos,

como flechas vivas,

son lanzados.

El arquero ve el blanco en la senda del infinito

y él, con su poder, os tensará,

para que sus flechas puedan volar rápido y lejos.

Deja que la inclinación,

en tu mano de arquero

sea para la felicidad

Pues aunque él ama

la flecha que vuela,

ama de igual modo el arco que es estable.

(Poema de mi amigo Khalil Gibran)



En la página 57 del cuaderno negro, un cuaderno donde el Cipri escribía las mejores historias contadas por los clientes y parroquianos, costumbres que continúa su hija Adiolinda, se puede leer con la letra del Cipri:

Era un martes después del mediodía. En la Taberna entró una chica vestida de novia, vestido de encajes y velos blancos y de las rodillas para abajo, barro pegado del camino.

Su rostro, lloroso, con el maquillaje corrido, y pidiendo a gritos un vaso de ron.

Se tomó tres antes de ponerse a cantar desde la barra. Al principio, los parroquianos presentes no hicieron caso, pero según avanzaba la canción fueron callando y escuchando una letra, recién inventada que salía directamente del alma.

Así nos enteramos que Elena, que así se llamaba la chica, estando en el altar con el novio, se le quedó mirando con miedo en sus ojos. Rogelio, el novio, no contestó al sacerdote, que tosiendo le urgía la respuesta.

Pálido, con las manos sudorosas, la cara desencajada, miró a su madre, sentada en el sitio de la madrina, que miraba a su hijo y a Elena con cara de decir, ya lo decía yo, esa chica es poco para él.

No puedo, dijo Rogelio, mamá no puedo casarme. Ni tan siquiera faltó a la boda, lo que hubiera facilitado las cosas. Fue para decir que no podía. Era el miedo de toda su vida a la madre.

Elena, quitándose el velo de la cabeza, si decir nada a nadie, salió corriendo de la pequeña iglesia y llegó hasta la Taberna del Mono Rojo por casualidad.

El Cipri la vió y no dijo nada, tan solo limpió el mostrador con una bayeta y puso delante de la chica un vaso de ron que ésta apuró. Así hasta tres vasos, y al apurar el tercero, empezó a cantar. No era tanto una canción sino un desahogo del alma, un llanto musical que nacía de la vergüenza y el dolor sentido.

Al acabar, la Taberna estaba totalmente en silencio y todos los parroquianos mirando a la novia abandonada, pero ahora no eran miradas interrogatorias, y el silencio, diferente al de la iglesia, no era un silencio de vergüenza, era un silencio de reconocimiento.

El Cipri le acercó el cuaderno negro en el que todavía solo había escrito un título, "Me llamó Elena y nunca más voy a pedir permiso para irme"

El Cipri solo la dijo, aquí, en este cuaderno quedan las cosas que no cargas. Si vuelves alguna vez, no vengas más con ese vestido de novia.

Elena cerró el cuaderno devolviéndolo, se quitó los zapatos de tacones tirándolos a una papelera de las que había en el suelo, pegadas a la barra, y salió descalza al exterior.

Al mes, volvió a la Taberna, con una camisa verde y unos pantalones vaqueros rotos, riéndose mucho, como nunca antes se había reído.

El cuaderno funciona, Cipri, dijo entre carcajadas, aquí se quedó lo que no cargué.

Me he enterado que Rogelio va a casarse dentro de unos meses con otra, y me sentí feliz, sin poder dejar de reír. No me importa lo más mínimo. Ahora, Cipri, deja que yo te invite. Pon unos vasos y una botella de ron, y brindemos por el miedo de un cobarde que nunca será libre, mientras para mí, la vida sigue.

viernes, 22 de mayo de 2026

KIKO, MARTA Y UNA DANA

Por la memoria vagamos descalzos

seguimos el garabato de la lluvia

hasta la tristeza que es el hogar destino

la tristeza almacena los desastres del alma

o sea lo mejorcito de nosotros mismos

digamos esperanzas sacrificios amores.

A la tristeza no hay quien la despoje

es transparente como un rayo de luna

fiel a determinadas alegrías.

Nacemos tristes y morimos tristes

pero en el entretiempo amamos cuerpos

cuya triste belleza es un milagro.

Vamos descalzos en peregrinación

tu savia dulce nos acepta tristes.

El garabato de la lluvia nos conduce

hasta el hogar destino que siempre has sido

tristeza enamorada y clandestina

Y allí rodeada de tus de tus lágrimas secas / de tu siglo de sueños

nos abrazas como anticipo del placer.

(Poema de mi amigo Mario Benedetti)



Se llamaban Kiko y Marta. Se conocieron en el Mono Rojo porque los dos corretearon entre sus mesas, de críos, mientras sus padres compartían vino e historias en la Taberna, dejando a los chicos libertad entre parroquianos.. 

Kiko era mensajero. Llegaba siempre tarde a su cita en la Taberna, con la ropa, a veces, sucia de grasa seca de la vieja motocicleta, herencia de su padre,  con la que repartía, y una sonrisa que le duraba hasta que se acababa la cerveza.  

Marta era cajera de un supermercado. Tenía tatuajes en los antebrazos y la costumbre de esperar a Kiko tomando una cerveza.

Empezaron compartiendo mesa. Luego compartiendo historias. Luego compartiendo el banco de la esquina que no tiene corriente de aire pero que está lo suficientemente retirado para esas cosas de jóvenes enamorados.

Adiolinda dijo que durarían un invierno. Se equivocó. Duraron tres.

El problema fue una Dana en Valencia, a la que fue Kiko de voluntario, respondiendo a una petición del Concejo del Barrio de que necesitaban personas para ayudar allí donde el agua rompió casas, carreteras y familias enteras. 

"Vuelvo en un mes y nos vamos luego juntos", le dijo.  

Marta asintió y no discutió, pero no brindó con él esa noche. "Cuando vuelvas brindamos", dijo. "Por nuestra futura vida juntos".

Kiko se fue de madrugada, y pasó el mes, y pasó otro, y otro más. Kiko no cogía el teléfono, y por fin, con las lluvias de otoño llegaron los nombres de los que cayeron ayudando a los demás. El de Kiko venía en la lista.

En el Mono Rojo no se llora por alguien que marchó, y Marta no lo hizo, al contrario, muy seria se sentaba cada noche en el mismo banco donde se sentaba con Kiko y pedía dos vasos de cerveza, uno quedaba siempre intacto, sin tocar, que después, cuando Marta se iba se tomaba Dieguito, el Miserable, para que no se estropeara. 

"Es para cuando vuelva", decía Marta si alguien la preguntaba.

Pasó un año, y un día abrió las puertas de la Taberna Kiko, que regresaba. No estaba muerto, el río se lo llevó, pero lo encontraron un unos meandros río abajo y con la memoria perdida durante casi un año. Cuando la recuperó, volvió a la Taberna, muy delgado, con una cicatriz en la ceja, y al ver a Marta su cara se iluminó y andando hasta la mesa del banco, levantó el vaso de cerveza y dijo, brindemos, por algo que merezca la pena, como dijiste.

Marta, miró el vaso, luego a él, fría como el hielo, sin emociones en la cara, y muy seca, le dijo, no, no brindo, ya no merece la pena, y se fué sin decirle más, sin volverse a mirarlo.

Kiko se quedó sentado una hora, se bebió los dos vasos, los pagó y nunca más volvió al banco de la esquina, que desde entonces permanece vacío.

Ha pasado tiempo, casi dos años. Santiago era otro crío que corrió entre las mesas del Mono Rojo jugando con Marta y con Kiko, y aunque hacía años que no volvía a la Taberna, escuchó la historia de sus amigos de infancia y decidió regresar a ayudar, diciéndola a Adiolinda que podía hacer que esos dos, Kiko y Marta volvieran a brindar juntos. Adiolinda solo le dijo, no quiero broncas en el Mono Rojo, si es así, adelante, yo te ayudo, pero a la primera discusión fuera de tono, sales por la puerta.

Santiago le dijo a Kiko que había encontrado algo suyo en donde las inundaciones del río, algo que solo, aparte de él, Marta reconocería. Y a Marta la dijo que Kiko había dejado, antes de irse de voluntario, en la barra del Mono Rojo una carta que solo ella podría leer.

Ambos se presentaron en la Taberna, cada uno por su lado y sin saludarse.

Santiago les esperaba en el banco vacío, y puso dos vasos de cerveza, y les dijo, siéntense, son sus vasos. La única condición es que para beberlos deben brindar, si no, marchen a la barra y pidan allí lo que quieran sin brindar.

Kiko y Marta se miraron sin decir nada, y a los cuarenta y cinco minutos, Marta se levantó y fue hacia la barra donde pidió una cerveza.

Con ella en la mano se volvió a mirar a Kiko, que seguía sin moverse del banco, mirándola fijamente y recordando.

De golpe, Marta fue hacia él, cogió un vaso de cerveza del banco y se lo puso delante de la cara, - Brinda por algo que merezca la pena.

Kiko cogió el vaso y brindó con ella, sin abrazos, sin disculpas, sin un volvamos. Solo un brindis. 

Después Marta se marchó.

Adiolinda preguntó a Kiko, ¿Y ahora qué, de qué valió ese brindis?

Mirando fijamente a Adiolinda, Kiko dijo, a veces, arreglar algo no es volver a pegarlo. Es lograr que cuando te la encuentras y os miráis, dejé de doler.

Ni Marta ni Kiko volvieron nunca al Mono Rojo, pero si se ven por la calle, se saludan y sonríen.

jueves, 21 de mayo de 2026

ROSA

Cuando esta virgen era prostituta

soñaba con casarse y zurcir calcetines

pero desde que quiso

ser simplemente virgen

y consiguió rutinas y marido

añora aquellas noches

lluviosas y sin clientes

en que tendida en el colchón de todos

soñaba con casarse y zurcir calcetines.

(Poema de mi amigo Mario Benedetti)



Rosa, la vieja meretriz que casi vivía en la Taberna dado el tiempo que pasaba en ella, estaba sentada siempre en una silla vieja que el Cipri la puso hace años y que todos respetábamos como suya.

Fue un martes de un noviembre ya antiguo, cuando Rosa se fue al cuarto que tenía alquilado en una fonda cercana con un joven de unos veinte años. Fué con él, lógicamente porque la pagó la tarifa que Rosa cobraba, aunque una vez en la habitación, el joven sacó un cuchillo y la amenazó.

Ella preguntó el por qué de esa acción y el chico respondió que le pagaron unos tipos por la muerte hacia meses de su hermano, muerte en la que Rosa no tuvo nada que ver pero que los hermanos creían que si al ser la vieja prostituta la última en estar junto a él en la calle mientras exhalaba el último suspiro.

Rosa hizo lo único que podía hacer, hablarle, contarle que un joven como él, que había enseñado a su hermana a leer con los carteles de la Taberna, que un joven que en cierta ocasión la llevó un pescado al no poder moverse ella por una lesión en la rodilla, no era del tipo matón como pretendía, y menos contra una mujer, prostituta, si, pero mujer.

El muchacho bajó el cuchillo, lo tiró al suelo y salió corriendo sin decir nada y sin hacer nada.

Estuvo seis meses desaparecido y cuando apareció por fin en el Mono Rojo, dejó un pan de centeno y un trozo de tocino en la barra, para que se lo dieran a Rosa.

La noche que ocurrió eso, en ese martes de un noviembre ya casi olvidado, Rosa le contó al Cipri lo ocurrido y le dijo, nunca más un cliente al cuarto, lo que me den tus parroquianos por escucharles y se acabó la profesión, ya no más.

El Cipri no la dijo nada, sacó una silla nueva que colocó en una mesa cerca del fuego y les dijo a los parroquianos y clientes de la Taberna, el que se pase de listo se las verá conmigo.

Ahora Rosa tiene setenta y seis años y sigue vistiendo como siempre, bebe aguardiente y anda camelando a los parroquianos para que la inviten o la den alguna moneda, pero nunca más volvió a llevar a nadie al cuarto. Los parroquianos la invitan y de vez en cuando la dan algún dinero, por cariño, ya que la atracción física la perdió hace tiempo,  y todos los días, todos, Teresa la pone algo para comer y cenar que pagan entre Vega y la Maruxaina.

Rosa, la vieja prostituta, habitual del Mono Rojo, a su manera, se siente feliz.


miércoles, 20 de mayo de 2026

EL JEQUE Y VEGA

En el lienzo de la noche oscura,
danzan notas de plata pura.
Cada estrella es una corchea,
que el viento canta y bambolea.
La luna dirige la orquesta infinita,
y el cosmos canta en su órbita.
Una melodía de luz y misterio,
que viaja a través del hemisferio.
Son arpegios de polvo brillante,
que suenan en el firmamento distante.
Si escuchas atento en el hondo silencio,
la música del cielo es el más bello aprecio.
(Poema de algún amigo anónimo)



Llegó una tarde rodeado de guardaespaldas. Entró en la Taberna y preguntó por Vega, que aún no había llegado al Mono Rojo, le dijo Adiolinda al árabe que con su séquito había tomado la Taberna.

Háblame de ella, como llegó aquí, de donde vino, quien es realmente Vega?

Adiolinda, un poco impresionada empezó a contarle al jeque que, un día, sin esperarlo, entró en la Taberna una joven que, al parecer, no venía de ningún sitio conocido, unos la llaman la hija de las estrellas, otros comentan que es una nota que se cansó de vivir en la constelación de Lira y bajó aquí, a conocer como suena el aire contaminado y con olor a ron.

Llegó pidiendo un agua con dos hielos, para que no se le secara la garganta, dijo, y me pidió esa vieja guitarra que entonces solo tenía una cuerda, la agarró, empezó a tocar esa cuerda, con los ojos cerrados y fue como un milagro. El humo de los cigarrillos y puros se fijó en el aire, formando unas espirales, mientras los borrachos callaron, embebidos por las notas que de la guitarra salían, y veían cosas, recuerdos, la novia que salió corriendo hacía diez años, el mar que nunca visitaron, unos, mientras otros el barco en el que navegaban antes de naufragar, los más, el sonido que hace una decisión antes de tomarla, etc.

Nos traía la música del cosmos, sin letra, solo podías tatarearla mientras sonaba, pues al acabar no la recordabas, era como esos sueños preciosos y vitales en los que te sumerges a veces al dormir y que al despertar no recuerdas pero sabes que algo bueno pasó y por eso te encuentras bien.

Desde entonces está con nosotros, cada día alguien la espera, un carpintero que de tanto ayudar a los demás y proclamar el amor mientras de sus virutas salen de vez en cuando panes y peces al ritmo de alguna nota de Vega, o esa joven perdida que empieza a tatarear una música que no sabe dónde escuchó o como se la metió en la cabeza. Siempre alguien recargando energía con las notas de Vega.

Una Vega que por ahí entra ahora, le dijo Adiolinda al Jeque señalando con la barbilla hacia la puerta.

Hola, Vega, soy un Jeque de la Arabia más profunda que escuché a viajeros hablando de tu música y he venido a por tí. Si me acompañas te cubriré de monedas de oro, vivirás en un palacio y nunca te faltará ningún deseo por cubrir, a cambio, tocarás siempre para mí y mis invitados cuando te lo indique.

- Te lo agradezco, Jeque, pero si quieres escuchar mis notas, vente aquí, a la Taberna del Mono Rojo. Dicen que mi música es la música de las estrellas, y éstas no tocan para una sola casa, lo hago aquí porque aquí llega hasta quien necesita escuchar que no está perdido.

Escucha, Jeque, las tabernas también son constelaciones, solo que de gente, de personas rotas que aún suenan bien juntas.

No, no acepto tu oferta, que agradezco, pero no puedo, si acepto me desharé en motas de luz que volverán a Lira, y aquí me necesitan y yo les necesito. No, no iré contigo.

A un gesto del Jeque, el ejército de escoltas rodeó a Vega, pero nadie se había dado cuenta de que mientras conversaban, la Maruxaina se había colocado detrás del Jeque, al que ahora tenía fuertemente agarrado mientras unas peligrosas garras rodeaban su garganta y un silbante gruñido sonaba amenazador.

Vega sacó su guitarra y comenzó a teñir las cuerdas, saliendo de sus manos unas notas que fueron relajando a los presentes, logrando que el Jeque recordara su niñez, con su madre, amorosa, acariciándole el rostro, peinándole, mientras su abuela cantaba y daba palmas rítmicas acompañadas de otras mujeres de su padre, y comprendió que cada cual está donde se le necesita.

El Jeque abandonó la Taberna, dejando un montón de billetes en la barra y la promesa de regresar a escuchar a Vega en el Mono Rojo, mientras la mirada vigilante y amenazadora de la Maruxaina le acompañó hasta la puerta.

Dicen, siempre dicen, que en las noches luminosas del desierto, en la soledad de sus dunas, el Jeque, mirando al cielo, escucha las notas de una guitarra enviándole lo que él necesita.

Nunca más regresó a la Taberna.

martes, 19 de mayo de 2026

DON ERNESTO

Señor inspector, dígame por que

cuando me hizo falta no le encontré

y ahora que me va, un poco mejor

me lo encuentro siempre alrededor.

Me sigue como espía contumaz

con una hucha para recaudar

me da buenos consejos y después

me vuelve los bolsillos del revés.

Apiádate de mi señor.

Apiádese inspector, por favor.

Le gusta jugar con su ordenador

al ratón y al gato, ya me pillo!

no sabe sumar o acaso entender

cuatro y dos que debes

son dieciséis.

Terror de faraonas y guardián,

del cofre del tesoro nacional

si lanza sus hechizos sobre ti

no le defraudes o te hará sufrir

su hacienda somos todos ya

contrólese, inspector, por favor.

El problema es adivinar,

donde va ese oro a parar

lo verás, no lo catarás

es cuestión de magia.

Es un truco especial

de habilidad del mago Merlín!

Sentimos una inmensa gratitud/p>

no queda ya motivos de inquietud

es un placer poder contribuir

a un próspero y glorioso porvenir

Y todo gracias al tesón

de su patrón, inspector, si señor

Ya funciona la sanidad

y está en calma la sociedad

y se encuentra al fin solución

contra el paro y la polución.

Ya funciona la educación

y está en calma la polución

y se encuentra la sanidad

solución a la sociedad

Ya funciona la polución

y está en calma la educación

y se encuentra la sociedad

contra el paro y la sanidad.

Ya no hay baches en los hospitales

solo camas en la carretera.

(Letra de canción de Barón Rojo)



Llevaba seis meses detrás de Adiolinda pidiéndola facturas, cajas, impuestos pagados, estadillos de bancos, etc.

Era don Ernesto, un inspector de hacienda de unos cincuenta años, serio, seco, inflexible aunque en el Mono Rojo tenía su talón de Aquilés, la Maruxaina.

Cada vez que llegaba a la Taberna se sentaba a la mesa en la que se sentaban el Cipri y la sirena, y aprovechando que el Cipri andaba por sus mundos del no ser, al oído la susurraba a la Maruxaina cosas que la marina rechazaba con gestos amenazadores.

Adiolinda, mañana vengo, dijo don Ernesto mientras daba un trago al vaso de vermouth que la tabernera le había servido junto a un plato de callos, con el acta. Tenme preparadas las servilletas esas donde apuntas las cajas diarias. Tienes un desfase de catorce mil ochocientos sesenta y tres euros que no justificas de ninguna manera.

Mañana, a las once de la mañana estoy aquí, te impongo una sanción de seis mil euros y te abro el acta, no puedo hacer otra cosa, Hacienda somos todos, dijo levantándose preparado para marchar sin pagar, como siempre, el vermouth y los callos, despidiéndose muy cariñoso de la Maruxaina que le respondió con un gruñido de los que hielan la sangre.

Adiolinda, cuando salió el inspector, cayó en la silla que él había utilizado, de golpe y llevándose las manos a la cara comenzó a llorar. Cierro, Maruxaina, tendré que cerrar. No puedo pagar eso, no lo tengo 

La Maruxaina la miró muy seria y la dijo, Dios proveerá, tranquila, Dios proveerá, dándose la media vuelta y llamando con el móvil de Cipri, que ya no utilizaba, escuchándola decir a alguien, mañana, a las once. No podemos desaprovechar la ocasión, viene a sancionar y firmar el acta, es el momento. No podemos fallar.

Eran las once menos cinco de la mañana del día siguiente, y don Ernesto entró en la Taberna marchando directamente a la mesa de la Maruxaina que hoy no estaba con el Cipri. Adiolinda, un café con leche y una barrita con aceite y tomate, gritó hacia la barra.

Comenzó, como siempre, a susurrarle piropos y deseos a la sirena, que en esta ocasión no gruñó e incluso aguantó la mano del inspector sobre su muslo y las caricias que la iba, suavemente, haciendo.

Teresa, desde la barra tiraba fotografías de la pareja con su móvil, retratando besitos en el cuello de la Maruxaina, una mano de don Ernesto en su pecho, y la cara del inspector, roja de excitación y babeando, cuando a las once y diez minutos entra por la puerta Vega con una señora mayor, muy bien vestida y que desde allí mismo gritó, !!!!!ERNESTO, QUE HACES!!!!!

Cuquita, dijo tartamudeando don Ernesto, pero tú, tú, tú vienes a esta Taberna?

-Si, vengo acompañando a mi amiga Vega, música, que va a tocar en la puesta de largo del club de campo y se ha empeñado hoy en venir aquí porque no se que tenía que firmar una amiga suya y necesitaba estar presente.

Teresa llamó al inspector, -¿Tiene usted un momento, señor inspector? Le quiero enseñar unos apuntes contables, poniéndole delante el móvil con las fotografías tomadas del abuso a la Maruxaina.

- ¿Cree usted que le gustarán a su señora? ¿Merece la pena que las vea por un acta más un acta menos?

Silencio, delincuente, contestó don Ernesto sacando unos impresos y rompiéndolos en pedazos. Adiolinda, hemos terminado la inspección, todo está correcto, cerraremos el acta sin sanción alguna, lo firmamos y ya nos veremos, dijo mientras Teresa alzó el móvil en dirección a "Cuquita", para tomar esos maravillosos callos que sirven ustedes, continuó hablando, para acto seguido coger del brazo a Cuquita y salir con ella por la puerta de la Taberna.

Adiolinda no entendía nada, y Vega la explicó, llevo dos meses ganándome la confianza de la esposa del inspector y tocaré en esa puesta de largo, pero todo fue una estratagema utilizando que el vicioso inspector se sentía atraído por la Maruxaina, que ayer me llamó diciéndome que hoy era el día en el que tenía que traer a Cuquita, a las once, dando tiempo a que Teresa tomara fotografías de cómo abusaba de la sirena. Ese ya no vuelve.

Tres meses después, en una calle secundaria de la ciudad, ¡¡¡¡¡Ehhhhh, guapo!!!!!, dijo una voz, y cuando don Ernesto, flamante inspector de hacienda, se volvió, una mano grande, con uñas afiladas, le pegó una tremenda bofetada que le hizo caer al suelo. 

Cuando se pudo levantar, un intenso olor a mar impregnaba el ambiente, y calle abajo, una Maruxaina muy estirada y digna bajaba caminando moviendo intencionadamente las caderas, y una fuerte carcajada seguida de una especie de aullido resonó en toda la calle.

lunes, 18 de mayo de 2026

PANDEMIA

La soledad es como la lluvia,

que sube del mar y avanza hacia la noche.

De llanuras lejanas y perdidas

sube hasta el cielo, que siempre la recoge.

Y sólo desde el cielo cae en la ciudad.

Es como una lluvia en horas indecisas

cuando todas las sendas apuntan hacia el día

y cuando los cuerpos, que no encontraron nada,

se apartan unos de otros, defraudados y tristes;

y cuando los seres que mutuamente se odian

deben dormir juntos en una misma cama.

Entonces la soledad se marcha con los ríos…

(Poema de mi amigo Rainer María Rilke, escrito en París, 21-9-1902)



Hoy os voy a contar el milagro que sucedió en la Taberna cuando la pandemia de ese traidor virus que sumió a la ciudad, al país, en la soledad más absoluta.

Cerró todo en la localidad, tan solo las tiendas de alimentación, supermercados, gasolineras y farmacias permanecieron abiertas, bueno, ellas y el Mono Rojo.

En la Taberna, cuando dieron la Orden de confinamiento, el Cipri cerró sus puertas...y abrió la trampilla del sótano que daba a la calle.

Doce escalones grandes y una pequeña rampa, separaba la realidad diaria de la ilusión y la magia del Mono Rojo.

Doce escalones de piedra para reencontrarte con el olor a madera vieja, a ron barato y al sonido continuo del motor de las neveras. Doce escalones para encontrarte en compañía, porque como decía el Cipri, si no podemos cuidar el aire de fuera, cuidaremos éste, invitando a todos, nada más entrar a un chupito de ron cubano que le traían los barcos del estraperlo y que dicen que mataba al virus.

En esos días, el Cipri no cobraba dinero, no quería por si en él estaba camuflado el traidor culpable de tanta gente enferma y tanta gente muriendo, el virus. Si no contabas una historia para compartir distrayendo al personal, te apuntaba las consumiciones en una libreta que pagarías después, cuando todo pasará, con el detalle de que si morías, el Cipri pagaba tú deuda, pues todo el mundo conoce que el Cipri nunca cobraría a un muerto.

En el Mono Rojo hubo siempre normas no escritas que con la pandemia aumentaron, por ejemplo, nunca se podía hablar de números, lo que los poetas y el Forastero Quizás aplaudieron a rabiar, ni de muertos, ni de casos, ni de estadísticas, ni de días qué llevaba el confinamiento. Nada de números, nunca.

Todos debían alguna vez traer alguna historia, como el parroquiano que no tenía ninguna y nos contaba chistes de la dictadura. O la señora Luisa, que nos contó como conoció a su marido, hace ahora cuarenta y ocho años, en el interior de un camión de mudanzas.

Hasta que una noche bajó los escalones una chica joven, temblorosa, indecisa, con guantes, mascarilla y unos ojos cansados con bolsas pronunciadas en los pápados inferiores, que dejándose caer en una silla nos dijo, soy enfermera en la residencia de al lado. Me he escapado un rato, no puedo hoy con mucho más, estoy muy cansada, arriba se mueren solos, al menos, aquí abajo, si morís, que no lo sé, lo haceis acompañados. Os he visto bajar durante varios días por la trampilla, y un vigilante me dijo que es la provisional entrada a la Taberna del Mono Rojo, que él entraba a veces y que yo lo hiciera, que en la Taberna sería bienvenida y aceptada.

Cipri no dijo nada, la sonrió y la puso delante el chupito de ron cubano.

Esa noche, catorce parroquianos escucharon la historia de un anciano, muy enfermo, que la pidió a la enfermera que le describiera el mar, que nunca lo había visto. La enfermera tampoco lo vió nunca, pero intentaba contarle como ella creía que era. Catorce voces, una tras otra, la contaron a Almudena, que así se llamaba la enfermera, cómo era el mar, sus experiencias entre sus marejadas y sus alegrías al llegar a puerto. Incluso Rosa, la vieja prostituta la dijo - cariño, y si quieres saber de los hombres de la mar, yo te pongo al día - provocando las risas de los catorce parroquianos.

Cuando se levantó el confinamiento, la Taberna volvió a abrir arriba, las puertas de siempre, y el Cipri cerró la trampilla. Nadie dijo nunca nada de la actividad a través del sótano, nunca se enteró la autoridad. Pagaron sus cuentas, dejando en la barra del sótano, unos una piedra, otros una medalla o una estampita, una fotografía, un botón, algo propio, y entre los objetos, trece marcas hechas con el filo de una pequeña navaja, trece marcas, una por cada día que la enfermera encontró como continuar su trabajo gracias al Mono Rojo y su gente.

Ninguno de los clandestinos parroquianos de la Taberna falleció durante la pandemia. Bendito sótano.

domingo, 17 de mayo de 2026

AMARRA, BURRO

Mal oficio es mentir, pero abrigado:

eso tiene de sastre la mentira,

que viste al que la dice; y aun si aspira

a puesto el mentiroso, es bien premiado.

Pues la verdad amarga, tal bocado

mi boca espuma con enojo y ira;

y ayuno, el verdadero, que suspira,

envidie mi pellejo bien curado.

Yo trocaré mentiras a dineros,

que las mentiras ya quebrantan peñas;

y pidiendo andaré en los mentideros,

prestadas las mentiras a las dueñas:

que me las den a censo caballeros,

que me las vendan Lamias halagüeñas.

(Poema de mi amigo Francisco de Quevedo)



Una tarde grisácea, amenazadora de lluvia, entró en la Taberna, bajo una chaqueta de pana ocre y un pantalón marrón con buen calzado un vendedor de enciclopedias, biblias y algún otro libro de cocina.

En la barra estaba Teresa, que enseguida, al escuchar que vendía biblias entabló conversación con el agradable joven, de mucha labia, simpático, atento y que rápido encandiló a la cocinera con sus buenas palabras. Que si familia, que si el matrimonio, que sus hijos, todo era primordial y por delante de todo. Él nunca fallaría a esos que consideraba sus más importantes compromisos, sus prioritarias responsabilidades.

La Maruxaina estaba sentada con el Cipri y con Vega, con la que hablaba señalando al vendedor y preguntando a Vega si le daba un escarmiento por su hipocresía.

-Vega, coge la guitarra, por favor, y toca mi canción favorita, la que atrae a quien la escucha, dijo la Maruxaina soltándose el pelo largo que la caía sobre el pecho y rejuveneciendo por momentos.

Vega comenzó con el sereno rasgueo de las cuerdas al tiempo que una voz hechizante, cálida, cercana. Una voz que te libera del frío de los huesos y se te mete hasta las entrañas con su sugerente tono de marcado acento, unida a una belleza enmarcada en el moreno de su largo cabello vertiendo sensualidad sobre las curvas sugerentes de su cuerpo.

El vendedor de biblias se olvidó de Teresa, de su familia, de su mujer y sus hijos, teniendo nada más que miradas de deseo hacia la Maruxaina, a la que se acercó aproximando su rostro al de la sirena sin poder evitar la pasión que en él provocaba la sensual criatura.

Cuando el joven acercaba sus labios a la boca de la Maruxaina, una voz cascada y rota gritó "Amarra, burro, que viene el diablo", provocando que el vendedor abriera los ojos, encontrándose frente a él a una anciana arrugada, con el pelo blanco, despeinada, curtida de sal que no dejaba de gritar "¿Y tus hijos? ¿Que pasa con tu mujer? ¿Eso es lo que te importa tú familia? ¿Que pretendes? para volver a dar un espeluznante grito repitiendo "Amarra, burro, que viene el Diablo"

Con el miedo en su alma, el joven echó a correr olvidando la cartera con los muestrarios, saliendo a la calle cerrando de golpe la puerta de salida.

A los dos minutos regresó, temeroso, y acercándose a la barra pidió su maletín a Teresa, que riéndose le dijo que se sentara, que tomara una cerveza ya que nadie le haría daño y que se tranquilizara.

-Mira, joven, esa chica y esa vieja que has visto son la misma persona, es la Maruxaina, y no es mala, no hace daño a nadie si se comporta con normalidad y respeto. A veces la gusta jugar, como ha hecho contigo, pero no es mala. La Maruxaina es como la mar, que no te odia pero que tampoco te debe nada. A quien va con respeto, le avisa, que amarre, que vuelva a puerto, pero a quien va con soberbia, lo atrae, lo llama, lo seduce y lo destruye haciendo que naufrague.

Pregúntate tú, vendedor de biblias, como viniste a hablar conmigo, si con respeto o soberbio con lo de tu mujer, tus hijos, tú familia. Tú sabrás cómo llegaste, y entenderás a la Maruxaina.

Ahora, vete, le dijo Teresa mientras se volvía hacia la mesa donde Vega y la Maruxaina tenían un ataque de risa que se le contagió a toda la Taberna.