ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.

ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.
Casi sin pensarlo nos fuimos sentando, uno tras otro, en torno a la chasca que encendió el Cipri, y asi pasamos la noche, escuchando las historias que alguien, no se quien, cualquiera que fuese, narraba despacito, creando un entorno de magia y misterio del que no queríamos salir.

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO
LO IMPOSIBLE SOLO EXISTE EN TU VIDA

domingo, 17 de mayo de 2026

AMARRA, BURRO

Mal oficio es mentir, pero abrigado:

eso tiene de sastre la mentira,

que viste al que la dice; y aun si aspira

a puesto el mentiroso, es bien premiado.

Pues la verdad amarga, tal bocado

mi boca espuma con enojo y ira;

y ayuno, el verdadero, que suspira,

envidie mi pellejo bien curado.

Yo trocaré mentiras a dineros,

que las mentiras ya quebrantan peñas;

y pidiendo andaré en los mentideros,

prestadas las mentiras a las dueñas:

que me las den a censo caballeros,

que me las vendan Lamias halagüeñas.

(Poema de mi amigo Francisco de Quevedo)



Una tarde grisácea, amenazadora de lluvia, entró en la Taberna, bajo una chaqueta de pana ocre y un pantalón marrón con buen calzado un vendedor de enciclopedias, biblias y algún otro libro de cocina.

En la barra estaba Teresa, que enseguida, al escuchar que vendía biblias entabló conversación con el agradable joven, de mucha labia, simpático, atento y que rápido encandiló a la cocinera con sus buenas palabras. Que si familia, que si el matrimonio, que sus hijos, todo era primordial y por delante de todo. Él nunca fallaría a esos que consideraba sus más importantes compromisos, sus prioritarias responsabilidades.

La Maruxaina estaba sentada con el Cipri y con Vega, con la que hablaba señalando al vendedor y preguntando a Vega si le daba un escarmiento por su hipocresía.

-Vega, coge la guitarra, por favor, y toca mi canción favorita, la que atrae a quien la escucha, dijo la Maruxaina soltándose el pelo largo que la caía sobre el pecho y rejuveneciendo por momentos.

Vega comenzó con el sereno rasgueo de las cuerdas al tiempo que una voz hechizante, cálida, cercana. Una voz que te libera del frío de los huesos y se te mete hasta las entrañas con su sugerente tono de marcado acento, unida a una belleza enmarcada en el moreno de su largo cabello vertiendo sensualidad sobre las curvas sugerentes de su cuerpo.

El vendedor de biblias se olvidó de Teresa, de su familia, de su mujer y sus hijos, teniendo nada más que miradas de deseo hacia la Maruxaina, a la que se acercó aproximando su rostro al de la sirena sin poder evitar la pasión que en él provocaba la sensual criatura.

Cuando el joven acercaba sus labios a la boca de la Maruxaina, una voz cascada y rota gritó "Amarra, burro, que viene el diablo", provocando que el vendedor abriera los ojos, encontrándose frente a él a una anciana arrugada, con el pelo blanco, despeinada, curtida de sal que no dejaba de gritar "¿Y tus hijos? ¿Que pasa con tu mujer? ¿Eso es lo que te importa tú familia? ¿Que pretendes? para volver a dar un espeluznante grito repitiendo "Amarra, burro, que viene el Diablo"

Con el miedo en su alma, el joven echó a correr olvidando la cartera con los muestrarios, saliendo a la calle cerrando de golpe la puerta de salida.

A los dos minutos regresó, temeroso, y acercándose a la barra pidió su maletín a Teresa, que riéndose le dijo que se sentara, que tomara una cerveza ya que nadie le haría daño y que se tranquilizara.

-Mira, joven, esa chica y esa vieja que has visto son la misma persona, es la Maruxaina, y no es mala, no hace daño a nadie si se comporta con normalidad y respeto. A veces la gusta jugar, como ha hecho contigo, pero no es mala. La Maruxaina es como la mar, que no te odia pero que tampoco te debe nada. A quien va con respeto, le avisa, que amarre, que vuelva a puerto, pero a quien va con soberbia, lo atrae, lo llama, lo seduce y lo destruye haciendo que naufrague.

Pregúntate tú, vendedor de biblias, como viniste a hablar conmigo, si con respeto o soberbio con lo de tu mujer, tus hijos, tú familia. Tú sabrás cómo llegaste, y entenderás a la Maruxaina.

Ahora, vete, le dijo Teresa mientras se volvía hacia la mesa donde Vega y la Maruxaina tenían un ataque de risa que se le contagió a toda la Taberna.

sábado, 16 de mayo de 2026

CUMPLEAÑOS DE TERESA

Aunque hoy cumplas

trescientos treinta y seis meses

la matusalénica edad no se te nota cuando

en el instante que vencen los crueles

entrás a averiguar la alegría del mundo

y mucho menos todavía se te nota

cuando volás gaviotamente sobre las fobias

o desarbolás los nudosos rencores.

buena edad para cambiar estatutos y horóscopos

para que tu manantial mane amor sin miseria

para que te enfrentes al espejo que exige

y pienses que estás linda

casi no vale la pena desearte júbilos

ya que te van a rodear como ángeles o veleros.

es obvio y comprensible

que las manzanas y los jazmines

y los cuidadores de autos y ciclistas

y las hijas de los villeros

y los cachorros extraviados

y los bichitos de san antonio

y las cajas de fósforos

te consideren una de los suyos

de modo que desearte un feliz cumpleaños

podría ser injusto con tus felices

cumpledías

acordáte de esta ley de tu vida

si hace algún tiempo fuiste desgraciada

eso también ayuda a que hoy se afirme

tu bienaventuranza

de todos modos para vos no es novedad

que el mundo

y yo

te queremos de veras

pero yo siempre un poquito más que el mundo.

(Poema de mi amigo Mario Benedetti)



Mañana, bueno, a estas horas ya hoy, queremos dar a Teresa una sorpresa por ser su cumpleaños, y nos hemos comprometido todos los parroquianos habituales a participar activamente en un menú típico del Mono Rojo que Adiolinda ya está cocinando para que cuando llegué la hora, todo esté preparado y las mesas, corridas y esperando a los comensales invitados.

El menú se compone de varios platos acompañados de una especial bebida. El menú para el cumpleaños de Teresa se denomina en general,  "Suspiro de Luna en Cama de Roble" y es una especie de sopa que solo se sirve en los grandes y señalados momentos, presentado en un cuenco de barro negro, humeando pese a no estar caliente.

Sus ingredientes son, generalmente, "Suspiros de luna" un merengue secado al aire nocturno, tan ligero que se deshace antes de tocar la lengua. Sabe a leche tibia, sal marina y nostalgia.

"Susurros de roble": Virutas de la madera de roble ahumada en una hoguera de ramas del mismo árbol infusionadas en miel de encina, que le da un crujido amaderado y con sabor a bosque después de la lluvia, casi un petricor salvaje.

Todo ello acompañado de el "secreto del Mono Rojo", compuesto por unas gotas de sidra fermentada bajo la luz de las estrellas, hecho por Vega a la luz de la Estrella Polar.

Todo el conjunto se come con una cuchara de plata y necesario no pensar, abandonándose a la experiencia. La primera cucharada sabe a anhelo, la segunda a recuerdo de un lugar donde nunca estuviste, quedando al final algo parecido a un retrogusto a madera vieja y risa nerviosa como la de la Maruxaina.

Todo esté menú debe ir acompañado exclusivamente, de la siguiente bebida, llamada "Eco de Estrella Quebrada", también preparado por Vega en una copa de vidrio, fría al tacto pero sin hielo, y con el brebaje cambiando de color según lo que se escuche en la Taberna, cuando nadie habla, azul profundo como la mar adentro, siendo de plata pálida cuando alguien ríe en el local.

Se compone de "Lágrimas de meteorito", que es agua de lluvia recogida por Vega la noche que cae una estrella. Sabe a mineral limpio y a aire alto, acompañado de "silencio fermentado" en el interior de un barril de roble que nunca fue curado a fuego. Le da ese toque seco, como madera vieja y calma, mucha calma, bautizado al final por una pizca de flor de saúco y unas piezas de canela que nunca se disuelven del todo, dando ese sabor exótico de una noche de tormenta bajo los rayos poderosos.

Este cóctel hay que tomarlo sin revolverlo y en tres sorbos, de los cuales, el primero sabe a noche despejada, profunda y limpia de luces. 

El segundo trago te transmite una fuerza poderosa traducida en un cosquilleo en los dientes, como si hubieras mordido un rayo de luz de una estrella fugaz, mientras que con el tercer sorbo conectas tu entendimiento con el cinturón cósmico, viendo, en unos minutos, toda tu vida hasta el día de hoy.

Al final, cuando se sirva la tarta de la eterna juventud, hecha con porciones de los mejores postres de la antigua monja, Vega tocará al piano el cumpleaños feliz mientras la Maruxaina y Adiolinda la entregan un pequeño espejo que hicieron con lo que sobró del meteorito con el que hicieron el espejo grande.

A este espejito, tipo bolsillo, Teresa le  puede formular cualquier pregunta sobre su pasado, exclusivamente desde su niñez hasta la salida del convento, y podrá disfrutar de imágenes de sus familiares ya muertos, de sus correrías con el muchacho que la gustaba, su entrada al convento, etc.

Sobre la barra de la Taberna, un gran letrero de tela con el texto de "muchas felicidades, Teresa" y la ilusión de los parroquianos esperando sorprender a la cocinera de la magia. 

Feliz cumpleaños, Teresa.

viernes, 15 de mayo de 2026

LA INUNDACIÓN

Naranjas que caían

al corral de mi casa

de una casa vecina,

rodando por las tapias...

Encendidas naranjas

que trae, en su canasta,

una niña que viene

cantando desde el alba

“Naranjitas de China

¿no me compra naranjas?...”

¡Ay, cómo me recuerdan

el solar de mi casa

con el color alegre

de sus hojas amargas!

¡Cuántas cosas me dice

de mi vida lejana,

esa niña que viene

vendiendo unas naranjas.

(Poema de mi amigo Jaime Torres Bodet)




Fue culpa de las tormentas, que vaciaron el cielo vertiendo agua a raudales, de tal manera y forma que el almacén subterráneo de la Taberna se inundó completamente, con barriles y botellas flotando en el agua sucia que alcanzó los dos metros y algo dentro del almacén. Por vez primera, el Mono Rojo se quedó sin alcohol.

Teresa propuso no abrir, pero la Maruxaina le dijo a Adiolinda que la gente venía no solo por el alcohol. No podía cerrar, y Adiolinda abrió las puertas. 

Fue raro, nadie bebía, pero venían los parroquianos y se quedaban contando sus historias.

Uno de ellos vino con un saco de naranjas amargas, cogidas en la Calle Grande de la ciudad, donde los naranjos adornaban la calle plantados cada dos metros. Viendo eso Adiolinda, decidió pelar las naranjas, poniendo las cáscaras a cocer con un poco de miel que tenía en la cocina y sacando de la bolsa de las hierbas el susurro del condenado, una hierba que había que recoger de noche, antes de que sobre ella reposara el rocío del amanecer que la quemaba.

El mejunje que resultó de la coción no tenía alcohol, pero hizo hablar a una joven viuda que no lo hacía desde que murió el marido, y lo primero que dijo es que la vida no la odiaba, pero que se olvidó de ella y por eso no hablaba.

Un muchacho de unos veinte años, Toni, que siempre andaba sujetando una pesa en la cabeza debajo del gorro y tapando con la ropa las vendas con las que aprisionaba su cuerpo, confesó su miedo a crecer.

Otro parroquiano contó el amor por la hija que nunca tuvo pero que en las noches de navegación le hacía compañía en el castillo de proa, y así, cada parroquiano fue contando historias propias con las que pagar el caldito que Adiolinda había cocido para sustituir al alcohol.

La misma Adiolinda contó como desde Venezuela ella regresaba a la Taberna que nunca había conocido anteriormente pero que la atraía sin prudencia alguna.

Y Teresa, la cocinera, después de beber una taza del brebaje, nos contó sobre un amor que tuvo casi en la niñez con un chico del pueblito de Burgos en el que nació, poniéndose muy colorada según lo iba contando mientras en el espejo del asteroide la imagen de un muchacho corriendo por las calles de un pueblo persiguiendo a una muchacha que reía a carcajadas.

Noche rara, que al terminar dejó sobre la barra tres hojas secas de roble que Vega echó al tarro de cristal de las limosnas para los que ya nunca están.

miércoles, 13 de mayo de 2026

EL EMIGRANTE

(…) Tu juventud llamaba a las ciudades del mundo,

a los vientos que soplan contra viejas murallas,

a la gente que vive en las oscuras minas,

a marinos que yacen bajo cruces del mar. 

Tú, el viajero, el insomne, el descontento,

el que levantaba las manos hacia los relámpagos,

el que veía pasar las bahías

como la orilla serena y brumosa de la tristeza.

Sabías soportar las lejanías, siempre tan del corazón. 

Sabías llegar.

Y eras ahí el anónimo, el oscuro, el devorado,

tendido en las noches calientes,

como los sacos, como los barriles,

a la orilla de los grandes navíos (…)

(Fragmento de un poema del poeta venezolano Vicente Gerbassi)





Genaro tenía 18 años cuando con una maleta de cartón y una fotografía de su madre marchó hacia Buenos Aires en un viejo mercante transoceánico.

Trabajó allí de mozo de almacén, en una imprenta, de camarero en un bar, de ayudante de calderas en los ferrocarriles y terminó abriendo una posada que llamó como lo último que había visto al partir de España, El Mono Rojo Argentino.

Pasó 48 años fuera, en Argentina. Había vivido más en Buenos Aires que en su país natal, y ahora, con 66 años, y víctima de una incurable enfermedad, regresaba a sus orígenes.

Abrió las puertas del Mono Rojo y olores familiares a ron, a vino, a fritanga, a humanidad, le vinieron a saludar. La Taberna estaba tal y como la recordaba, algo más vieja, pero como la tenía almacenada en sus recuerdos.

¿Tú quién eres? Preguntó Adiolinda, nunca te vi por aquí.

- Soy aquel que marchó y al que se le olvidó volver durante años. 

Adiolinda no preguntó más, sabía lo que necesitaba, lo había visto en otros casos y poniéndole un vino y un plato de aceitunas si le indicó que si quería podría dormir durante unos días en un pequeño cuarto que tenía la Taberna por no dejar dormir a quien lo necesitará en la calle.

Genaro rechazó la invitación y se sentó en la misma mesa donde la noche antes de su partida tuvo una gran discusión con su padre porque el progenitor no quería que emigrara rogándole que se quedara.

Estuvo unas horas, escuchando historias de parroquianos, y oyendo las conversaciones de los jóvenes que acudían cada tarde a la Taberna, pero de esas conversaciones de los muchachos entendió poco, o nada.

Más tarde, al marcharse, quiso despedirse de Adiolinda, que le dijo, te vas pero no te olvides de volver.

En el autobús, Genaro pensó que esta vez no huía de la miseria, del paro, del no tener, que marchaba pero en cualquier momento podría volver, la Taberna, sus historias, sus olores, sus mesas, definitivamente sintió en su interior haber vuelto a casa.

Ha pasado un mes. Adiolinda clava en la pared una nota recibida de Genaro: me fuí y no he olvidado volver, pero regresé tarde, quizás en otro plano nos vemos.

La nota estaba escrita en una hoja con membrete del Hospital General.

Esa noche las cuatro mosqueteras brindaron por el que se fue regresando.

EL PIANO DE COLA

Kyrie eleison

Kyrie eleison

Christe eleison

Christe eleison




Nadie supo quién lo llevó hasta la puerta del Mono Rojo, pero ahí estaba una mañana en la que Adiolinda llegó hasta la Taberna para abrir sus puertas. Era un viejo piano de cola, negro aunque el polvo que acumulaba le hacía parecer gris y con un teclado amarillento, de ese color que solo el marfil auténtico adoptaba con el tiempo.

Adiolinda tuvo que esperar a que llegara algún parroquiano al local para que la ayudaran a meter el enorme instrumento musical dentro de la Taberna.

A eso del mediodía llegó Vega, que asombrada por el presente limpió primero el piano para luego sentarse frente a él y empezar a tocar una composición aprendida hacía tiempo.

Las notas invadieron la sala emocionando a casi todos. Diego lloraba de emoción abrazado a la figura del Mono Rojo, mientras Pedro disimulaba pasándose la mano como peinando un flequillo casi inexistente.

Las velas que había sobre las mesas se encendieron solas mientras las lámparas apagaron sus bombillas, dejando al Mono Rojo a media luz. (Luego nos enteramos que las luces las apagó la Maruxaina al ver cómo las velas se prendieron sin ayuda de nadie).

El ambiente del local era íntimo, muy íntimo, cuando de golpe una voz casi de niña empezó a entonar el "Missa de Angelis, Kirie" que ya abrió los lagrimales de todos los que en la Taberna se encontraban, mientras el tono de Teresa, que era la dueña de esa especial voz, aprendida la melodía en su tiempo en el convento que se adueñaba de los corazones trasladándolos a esa tierra normanda donde se creó la canción, en el siglo XV antes de que el rito romano la adoptara con el nombre que tanto Teresa cómo Vega la conocían. La emoción que embargó a todos no respetó ni al Cipri, que comenzó a mover las manos y balancearse suavemente de lado a lado con los ojos cerrados por los que se escapaban pequeñas lágrimas.

Teresa había llegado hasta el piano, y la cocinera, la antigua hermana de clausura, no pudo reprimir el impulso de abrazarse a la espalda de Vega mientras ésta tocaba y sin dejar de cantar darla unas silenciosas gracias por haber escogido precisamente esta melodía que sabía que Teresa iba a reconocer cómo para ella.

Pepefel permanecía sentado en su silla, con las manos cogidas en el pecho, como si rezará y manteniendo la cabeza baja, sin abrir los ojos, aunque algún puchero de su boca delatara que lloraba 

Mientras, Adiolinda limpiaba la barra con una bayeta naranja disimulando que los ojos la sudaban y la Maruxaina acariciaba suavemente la espalda a un Cipri poseído por la música y la voz de Teresa.

Vega, sonreía.

martes, 12 de mayo de 2026

LA RONDA DE RON

Pero si ya pagamos nuestros pasajes en este mundo
por qué, por qué no nos dejan sentarnos y comer?
Queremos mirar las nubes, queremos tomar el sol y oler la sal,
francamente no se trata de molestar a nadie,
es tan sencillo: somos pasajeros.

Todos vamos pasando y el tiempo con nosotros:
pasa el mar, se despide la rosa,
pasa la tierra por la sombra y por la luz,
y ustedes y nosotros pasamos, pasajeros.

Entonces, qué les pasa?
Por qué andan tan furiosos?
A quién andan buscando con revólver?

Nosotros no sabíamos
que todo lo tenían ocupado,
las copas, los asientos,
las camas, los espejos,
el mar, el vino, el cielo.

Ahora resulta
que no tenemos mesa.
No puede ser, pensamos.
No pueden convencernos.
Estaba oscuro cuando llegamos al barco.
Estábamos desnudos.

Todos llegábamos del mismo sitio.
Todos veníamos de mujer y de hombre.
Todos tuvimos hambre y pronto dientes.
A todos nos crecieron las manos y los ojos
para trabajar y desear lo que existe.

Y ahora nos salen con que no podemos,
que no hay sitio en el barco,
no quieren saludarnos,
no quieren jugar con nosotros.

Por qué tantas ventajas para ustedes?
Quién les dio la cuchara cuando no habían nacido?

Aquí no están contentos,
así no andan las cosas.

No me gusta en el viaje
hallar, en los rincones, la tristeza,
los ojos sin amor o la boca con hambre.

No hay ropa para este creciente otoño
y menos, menos, menos para el próximo invierno.
Y sin zapatos cómo vamos a dar la vuelta
al mundo, a tanta piedra en los caminos?

Sin mesa dónde vamos a comer,
dónde nos sentaremos si no tenemos silla?
Si es una broma triste, decídanse, señores,
a terminarla pronto,
a hablar en serio ahora.

Después el mar es duro.

Y llueve sangre.

(Poema de Pablo Neruda)




 Se ha vuelto a repetir. Una noche, hace muchos años, en el Mono Rojo, un Cipri más joven colocó sobre la barra, en fila, diez vasos de ron, dejando la botella medio llena frente a los vasos.

Aunque el Cipri no contestó a ninguna de las preguntas que le hicieron los parroquianos, intrigados, nadie se atrevió a tocar ni uno solo de los vasos, que aparecieron al día siguiente completamente vacíos, así como la botella, apurada hasta sus últimas gotas.


Hace poco volvió a pasar. Un Cipri muy delgado, sin hablar, regresó de los mundos del no ser y dirigiéndose al interior de la barra volvió a colocar diez vasos llenos de ron y a dejar una botella de lo mismo frente a ellos, para acto seguido volver a la silla donde estaba sentado junto a la Maruxaina que como siempre atendía a sus necesidades y cuidados.

Pero está vez, se comenta en la Taberna que, Vega y Adiolinda se quedaron escondidas en el almacén con la puerta entreabierta, desde donde observaban directamente a la zona donde los vasos esperaban llenos de ron que alguien se los tomara.

A eso de las tres de la madrugada, Adiolinda despertó a Vega que se había quedado traspuesta, y la señaló a la barra llevándose un dedo a los labios indicándola que guardara silencio.

Un grupo de marinos apareció junto a la barra, entre risotadas y abrazos. Se los veía mojados aunque en nada de lo que tocaban o pisaban dejaban huellas de agua.

De golpe, uno de ellos, con gorra de capitán, hizo una seña y todos, levantando un brazo con un vaso en la mano, gritaron, por el Lancaster, que se hundió en la mar impidiendo que llegáramos a la Taberna donde tendríamos que haber entregado un importante cargamento a su dueño, el Cipri, que desde entonces espera su llegada.

Vaciaron sus vasos, volviendo a llenarlos, y repitiendo la ceremonia, volvieron a alzar los vasos y el capitán gritó, por nuestra nueva singladura al fondo del mar donde reposamos hasta que alguien nos encuentre e intente que reposamos en tierra santa.

¡¡¡Por ello!!! gritaron todos apurando los vasos y dejándolos con un fuerte golpe en el mostrador de madera, para acto seguido diluirse en el aire y desaparecer.

Sobre la barra, un dibujo, unas coordenadas y unas cuantas monedas de oro.

Hoy estamos los parroquianos en el funeral de los marineros del Lancaster. Vega y Adiolinda fueron con el mapa y las coordenadas a la autoridad marítima, mientras la Maruxaina buscaba en el mismo lugar restos del Lancaster en el fondo marino.

Entre las tres consiguieron que la marina buscara y rescatará lo poco que quedaba del naufragió, sin encontrar restos humanos aunque si ropas rotas y casi podridas que podrían haber llevado los tripulantes, dándoles oficialmente por fallecidos y celebrando este funeral por su alma hasta ahora errante.

En la puerta de la Taberna, pero por dentro, una campana de bronce cuelga de uno de los lados de las jambas. En su Centro, un nombre, Lancaster y la fecha de su botadura.

El Cipri, hundido en el mundo del no ser, guarda en su mano una de las monedas de oro del capitán, y en su cara, con los ojos cerrados, una leve sonrisa y un semblante de paz interior.

lunes, 11 de mayo de 2026

LA CARTA CLAVADA

Tarjetas postales, sueños,

fragmentos de la ternura,

proyectados en el cielo,

lanzados de sangre a sangre

y de deseo a deseo.

Aunque bajo la tierra

mi amante cuerpo esté,

escríbeme a la tierra

que yo te escribiré.

(Fragmento de un poema de mi amigo Miguel Hernández)



A Pepefel nunca se le dió bien escribir, pero aún así, un día escribió una carta sin dirección ni destinatario, y se la dió al Cipri que la clavó en la viga central, de madera, con un clavo largo de hierro una vez que la selló con una cera amarilla que caía de la combustión de una vela.

Pepefel escribió la carta a su pareja, que se embarcó rumbo a América para atender a su padre en sus últimos días. Volveré junto a tí, de lo contrario es que el barco naufragó y me ahogué, le prometió.

Nunca regresó, pero Pepefel nunca creyó que se hubiera ahogado, aunque el barco si naufragó y se hundió, según dijeron en la Taberna unos marineros. Entonces el escribió la carta que permanece desde entonces clavada en la viga, y hace ya casi treinta y dos años.

Nadie la ha leído, nadie sabe que dice, salvo su autor, que no habla sobre ello, aunque todos los días, al entrar al Mono Rojo, dirige una fugaz mirada a la viga comprobando que la carta continúa allí.

Un día de frío entró en la Taberna una chica joven, que dirigiéndose a Vega la preguntó si era esa la Taberna del Cipri, y antes de que la Niña de las Estrellas pudiera responderla, el Cipri, que llevaba cerca de un año inmerso en el mundo del no ser y sin hablar con nadie, se levantó y acercándose a la joven miró su cara, y le dijo a Vega, tiene los ojos de Pepefel.

El Cipri agarró el clavo que sujetaba la carta contra la viga de madera y tirando fuerte de él liberó a la misiva que entregó a la muchacha tirándola frente a ella en la barra. En ese momento la cera que la sellaba se desprendió y el Cipri la dijo, toma, es para tí, y volvió a su mesa, junto a la Maruxaina regresando a los mundos del no ser permaneciendo ya sin moverse, ni hablar y quizás ni oír.

A la tarde llegó al Mono Rojo Pepefel, que como siempre, miró hacia la viga poniéndose inmediatamente colorado como nunca lo habíamos visto, los ojos abiertos como planetas, la mueca contraída y con la boca cerrada con fuerza, desparramando la vista por toda la Taberna.

¿Y la carta? ¿ Quién cogió la carta? No está en la viga y ella tampoco está aquí, gritaba fuerte el parroquiano. 

Vega y Adiolinda fueron hacia él y sentándolo en una silla, le pidieron primeramente tranquilidad, la carta no desapareció, llegó a su destinatario, le dijeron. ¿A Irene? No la veo, ¿donde está Irene?

Aquí, yo soy Irene, dijo la muchacha a la que el Cipri entregó la carta, y he venido a encontrarte y conocerte.

No, tú no eres Irene, exclamó Pepefel, te das un aire pero eres muy joven, mi Irene tiene mi edad, tú no eres Irene.

Si, me llamo Irene, como mi madre, que partió desde aquí para ayudar en los últimos días de mi abuelo en América, y pese a la promesa que te hizo, no pudo regresar pues perdió todo en el naufragio de su barco y tuvo que trabajar duro para sacarme a mi adelante, como hizo y consiguió que a mí no me faltara nada más que una cosa, mi padre, que ahora espero recuperar al poder venir con la poca herencia de mi madre, que falleció haciéndome jurar que cumpliría por ella su promesa, y aquí estoy, papá, soy tu hija.

¿Pero como, tú madre marchó y nunca más la vi, como iba yo a ser tú padre? Preguntó alterado Pepefel.

Mi madre marchó a América embarazada, no te lo dijo porque nunca habrías permitido que fuera, pero toma, una carta de tu Irene, mi madre, donde te cuenta todo.

Por cierto, tú carta, papá, le pedía a mi madre que regresará, como fuera, viva, muerta, como fuera, pero que regresara, y ha regresado en mi, que soy su hija. Promesa cumplida.

Esa noche, en el espejo de asteroides, la cara de la Irene madre se asomaba sonriente mirando a Pepefel y a su hija, sentados a una mesa hablando con las manos cogidas.

Hay quien dice que el Mono Rojo sonreía también, y el Cipri murmuró unas palabras que nadie, salvo la Maruxaina entendió, "Las promesas en la Taberna se quedan para cumplir en la Taberna".

LA DEUDA

Tiempo presente y tiempo pasado

se hallan quizá presentes en el tiempo futuro

y el tiempo futuro dentro del tiempo pasado.

Si todo tiempo es eternamente presente

todo tiempo es irredimible.

Lo que pudo haber sido es mera abstracción

quedando como eterna posibilidad

solamente en el mundo de la especulación.

Lo que pudo haber sido y lo que fue

apuntan a un solo fin, que está siempre presente.

(Poema de mi amigo T. S. Eliot)




Recuerdo un día en el que la Taberna estaba cerrada por inventario.

Fue extraño, porque la Taberna era raro que cerrará, y menos por inventario. Arriesgándome un poco a que Adiolinda me echara a gritos del local, entré con la llave que siempre estaba debajo de una maceta grande a la entrada por si algún parroquiano se quedaba sin lugar donde dormir y encontré a la hija del Cipri con una libreta que ponía "todo esto debo".

Me explicó que eran las rondas, los guisados y menús, las raciones que había servido a clientes sin dinero a cambio de sus historias.

Resulta que, para no cerrar, cada invitación la pagaba Adiolinda de su dinero, pero la cuenta iba en aumento y la era imposible ponerse al día.

Yo la dije, dos soluciones tienes, la primera, no invitar más, la segunda, intentar cobrar algo de la deuda a los invitados, explicándoles el problema y pidiendo a los parroquianos que cuando pidan una cerveza o un vino, paguen dos 

Imposible, me contestó Adiolinda, si no invito a esa clientela sin dinero, los cimientos de la Taberna se revolverían cayendo sus muros, el Mono Rojo dejaría de existir y mi razón de ser desaparecería.

Y no puedo pedir dinero a quien ya me pagó con su historia. El cemento, la ligazón de la Taberna son las historias de sus clientes, sin ellas también caerían las paredes y la Taberna desaparecería.

Y tampoco puedo pedir a un poeta con esfuerzos para pagar su vino que me pague dos, terminaría contándome una historia para pagarme y la deuda crecería más.

En ese momento entró la Maruxaina con Vega y Teresa, y detrás de ellas avanzaron decenas de clientes del pasado, de esos que después de las tres de la madrugada aparecían en la Taberna y celebraban sus reencuentros en esta vida viniendo desde la otra.

Fueron pasando unos por uno por la barra donde estaba Adiolinda con la libreta, y uno ponía un escudo de oro, otro tres maravedís de plata, otro una moneda de cien pesetas, y así fue pasando el desfile del más allá, cada cual con monedas de su época y el montón de piezas de oro y plata continuó subiendo hasta que pasó el último, vestido con chaleco y camiseta a rallas, un sombrero de tres picos y un parche en el ojo, era un corsario que dejando un collar de perlas sobre las monedas dijo, nos ha convocado la Maruxaina, conocida nuestra de siempre, y nos ha contado lo que ocurría. Todos nosotros hemos contribuido con nuestra vida y nuestras historias a qué el Mono Rojo estuviera presente hasta ahora, en el que solo somos sombras, pero la Taberna continúa siendo nuestro hogar y es un hogar al que debemos mucho. Ha llegado el momento de pagar. Vende este tesoro y liquida esa libreta de lo que debes.

Un momento, gritó la Maruxaina, éste es mi refugio, donde me abrazaron y recogieron cuando abandoné esos fondos y a mí gente del mar. Nunca me pidieron nada, yo también soy parte de esta Taberna y por eso, - cogiendo y rompiendo la libreta - deuda pagada, a partir de ahora, las invitaciones a los que menos tienen las paga la Taberna, y la Taberna somos todos, tú ya no debes nada, cada cerveza, cada vino, cada menú, cada ración invitada saldrá de la esencia misma del Mono Rojo, de nuestras vidas y muertes, de nuestras historias, de nuestras presencias, pues esos invitados son también parte de estas paredes, la Taberna ayuda a la Taberna. ¡¡¡¡¡Deuda pagada!!!!!

Mientras, Vega y Teresa abrazaban, en la barra, a una emocionada Adiolinda.

domingo, 10 de mayo de 2026

EL VIAJERO DEL FUTURO

El viento se ha llevado las nubes de tristeza;

el verdor del jardín es un fresco tesoro:

los pájaros han vuelto detrás de la belleza

y del ocaso gris surge un vergel de oro.

¡Inflámame, poniente: hazme perfume y llama;

¡que mi corazón sea igual que tú, poniente!

descubre en mí lo eterno, lo que arde, lo que ama,

1…y el viento del olvido se lleve lo doliente!

(Poema de mi amigo Juan Ramón Jiménez)




El día amaneció lloviendo. No mucho, ese calabobos que te empapa cuando parece que no te mojas mucho, y el cielo completamente encapotado, gris.

Se abrieron las puertas de la Taberna, y entró un hombre vestido con una especie de uniforme de color marfil y con muchas insignias. Se acercó a la barra preguntando que se podía beber en este año de 2026.

Adiolinda se extrañó y le dijo que lo mismo que en 2025 y seguramente lo mismo que en 2027, ¿Y a tí, que te pasa, de donde vienes que nunca te he visto por aquí?

El del uniforme con insignias, bajando la voz dijo, yo vengo del año 2056, de un futuro de 30 años por delante, para ver cómo era el que ahora es mi barrio.

Increíble, dijo Adiolinda, eres un viajero del futuro, ya vino otro anteriormente, hace algunos meses.

Dime, ¿Que cambios habrá en la Taberna dentro de treinta años? ¿Seguiré yo regentándola o ya me habré ido, o muerto, vaya usted a saber?

No, tú sigues regentando la taberna, contigo siguen la Maruxaina y Vega, los que ya no están son el Cipri y Teresa.

El Cipri murió en el 2029, de viejo y sin conocer ya a nadie. Lo sé porque se habla de él a veces en la Taberna, ya que yo no llegué a conocerlo 

A Teresa si, a Teresa la conocí en las cocinas, como supongo que ahora, y vivió 20 años más. Murió en una epidemia que hubo en el 2045, permaneciendo en el hospital casi un año más, donde los parroquianos íbamos a verla a través de los cristales.

A su incineración fue todo el barrio, era muy querida, y vinieron monjas de su antiguo convento, incluso un cardenal, pese a que entre la Maruxaina y Vega no lo dejaron pasar obligándole a volver a montarse en el coche y marcharse. Teresa debió reírse mucho viendo la escena desde donde quiera que estuviera.

Sigue habiendo parroquianos, de el Forastero no se sabe nada, si se marchó, si murió y nadie nos avisó, pero hace años que no va por el Mono Rojo, aunque en cada mesa hay una poesía suya grabada con la navaja y de vez en cuando alguien recuerda alguna de las historias que contaba.

Vega continúa cantando y tocando ahora la guitarra, luego el teclado y más tarde una extraña música por el ordenador que tiene que nos acerca al espacio y al universo. A veces hasta las estrellas continúan asomándose por el espejo del meteorito para oírla cantar. Vega tiene 52 años en la actualidad de la taberna de mi época.

La Maruxaina no ha envejecido nada, y seguimos sin saber su edad. Cuando la preguntas se ríe y hace ese ruidito agudo de cuando algo la hace gracia.

El que sigue devorando almejas es Pepefel, con más de ochenta años, muy arrugadillo pero metiéndose buenos cachopos con media botella de vino, aunque ya no baja a la playa. Quizás por eso aguanta, por el cachopo, las almejas y la media botella de vino que se mete entre pecho y espalda.

Y tú, Adiolinda, que continúas llevando la Taberna auxiliada por tus mosqueteras, como os llaman a las tres una vez que Teresa marchó a su convento celestial, y a la que nunca reemplazaste, encargándote tú de la cocina al tiempo que de la barra, utilizando las recetas que dejó escritas la antigua monja.

Quiero que me pongas una jarra de esas que Pepefel me cuenta que bebía el Forastero, ya que ahora, en la Taberna del 2056 están prohibidas por la ley y no se pueden servir cervezas más grandes que esos vasos que tienes ahora y que continúas teniendo en mi época.

Tampoco se puede servir ese tocino frito que cuentan hacía Teresa y lo repartía entre todos los clientes, pero que tú te empeñas en seguir haciendo y repartiendo, saltándote la ley contra la obesidad. Todo el barrio te guarda el secreto. No me acuerdo del nombre del tocino.

Torreznos, dijo Adiolinda, torreznos con sal, buenísimos como los hace Teresa. Espera y te pongo un plato.

Así pasaron el día, Cristian, que así se llamaba el viajero del futuro y Adiolinda junto a la Maruxaina, a Vega y a Teresa, un poquito mustia al saber de su muerte, aunque muerta de risa imaginándose a la Sirena y a la Niña de las Estrellas empujando al cardenal sujetándose el bonete morado, como lo contó Cristian para montarse en el coche. Repasaron la lista de parroquianos, quien murió antes, quien seguía bebiendo en el Mono Rojo, quien marchó y no volvió, etc. Comentaron de la actual carta de tapas y comidas de la Taberna y compararon con la de 30 años más adelante. Cristian explicó la normativa y los cambios con la de ahora y así, minuto a minuto, pasaron rápidamente las horas.

Al terminar el día, el viajero del futuro regresó a su tiempo, y entonces, Adiolinda sacó una infusión con unas algas que la dió la Maruxaina y avisó, "no parece bueno conocer el futuro con antelación. En vuestras manos está el olvidar lo que nos han contado, incluso olvidar a Cristian, tomando está infusión que nos borrará todo lo aprendido hoy".

Todos, menos la Maruxaina, tomaron la bebida, y fue como si nunca nadie hubiera vuelto del futuro, aunque la mano de la Sirena guardaba una pequeña moneda con fecha de 2056 que dejó encima de la barra Cristian, el viajero del futuro.

sábado, 9 de mayo de 2026

LA BORRASCA

Podrá nublarse el sol eternamente;

Podrá secarse en un instante el mar;

Podrá romperse el eje de la tierra

Como un débil cristal.

¡todo sucederá! Podrá la muerte

Cubrirme con su fúnebre crespón;

Pero jamás en mí podrá apagarse

La llama de tu amor.

(Poema de mi amigo Gustavo Adolfo Bécquer)





A Vega no le gustaba tocar My way, no porque no le gustará la canción, que le parecía preciosa, sino por lo que ocurría cada vez que por sus dedos la guitarra entonaba A mí manera.

De primeras, la Maruxaina se sentaba al lado de Vega, escuchando y llorando a lágrima viva, porque al sonar la canción, dentro de la Taberna empezaba a caer agua salada, que entrando por el techo, golpeaba contra la barra, las mesas, las sillas, empapando a los clientes, y parecía que el local se movía de lado a lado.

Algún parroquiano salió a la calle y abriendo las puertas vió un sol radiante brillando en un limpio y azul cielo, sin nubes que provocaran el agua que invadía la Taberna.

Una vez, Simón, un marinero superviviente del Santa Cruz, un pesquero que se hundió antes de llegar a puerto con él como el único tripulante que salvó la vida, al llegar a la Taberna en una ocasión en la que la tormenta arreciaba en el interior, les dijo que era una copia exacta del naufragió del navío, en el que sonaba por la radio de la cabina la canción de My Way cuando una tromba de agua les abordó hundiendo el barco.

La Maruxaina explicó entonces, entre lágrimas, que ella cantó esa noche para alejar al pesquero de la zona, pero que entre el viento y la canción su voz no fue escuchada por los marineros del barco, con el resultado que todos conocemos y que desde entonces, cada vez que escucha tocar a Vega esa canción, le vienen los tristes recuerdos de esa fatídica noche causándola una insoportable pena y congoja.

Lo que no sabíamos es que en la zona de los servicios, en una grieta de la pared, se escondía una nota del contramaestre a su novia y un anillo enrollando al papel, que encontró la Maruxaina siguiendo el rastro del dolor causado por el hundimiento del Santa Cruz. Desde entonces trata de encontrar a la mujer para entregarla la misiva y el anillo prometido.

En la nota había escrito un "pase lo que pase volveré y te daré el anillo"

Hay quien piensa que si, que cuando encuentren a la novia del contramaestre, a la que están buscando, y la den su anillo dejará de reproducirse la tormenta cada vez que Vega intérprete con su guitarra las notas de "My Way", ya que puede ser el espíritu del contramaestre el que provoque esos extraños y molestos efectos paranormales que asustan a tantos parroquianos del local.

Pero nada se sabe a ciencia cierta, son las cosas del Mono Rojo y su legendaria magia.

viernes, 8 de mayo de 2026

NORMAS, ALGUNAS

Norma de ayer encontrada

sobre mi noche presente;

resplandor adolescente

que se opone a la nevada.

No quieren darte posada

mis dos niñas de sigilo,

morenas de luna en vilo

con el corazón abierto;

pero mi amor busca el huerto

donde no muere tu estilo.

Norma de seno y cadera

bajo la rama tendida;

antigua y recién nacida

virtud de la primavera.

Ya mi desnudo quisiera

ser dalia de tu destino,

abeja. Rumor o vino

de tu número y locura;

pero mi amor busca pura

locura de brisa y trino.

(Poema de mi amigo Federico García Lorca)






Hay unas normas básicas en el Mono Rojo, como por ejemplo, si te quedas sin trabajo, en el paro, puedes comer y cenar sin pagar nada en la Taberna. Todo se apunta en la Libreta Negra, de manera que, cuando empiezas de nuevo a trabajar, vas pagando, poco a poco, tú cuenta y la del siguiente que se queda sin trabajo. Entre todos nos ayudamos, como cuando se pide el plato del día que siempre se repite a diario y que es completamente gratuito, pagando solo el vaso duralex lleno de vino tinto.  Se llama "el estofado del día después" y lleva lo que sobró el día anterior, aderezado con especias y alguna patatiña que Teresa le echa junto a un buen trozo de tocino entreverado.

Otra norma no escrita es que, cuando Vega ve que alguien no tiene un buen día, se sienta al piano tocando melodías varias que dependen del tipo de baja moral o enfado que tenga el parroquiano afectado.

En esos momentos en los que Vega interpreta su música al piano, todo el mundo guarda silencio pues si habla alguno, los ojos de la figura del Mono Rojo se le quedan mirando, brillantes y amenazadores. Nadie ha resistido esa mirada.

Son muy esperadas las grandes bandejas de torreznos recién fritos que saca Teresa de la cocina y que pasea por la barra y entre las mesas para que los parroquianos degusten esa delicatesen de la meseta que Teresa hace como nadie.

Dicen que en las noches en las que el cielo está encapotado, descienden a media noche espíritus de antiguos parroquianos a degustar los torreznos de Teresa y se vuelven a ver vestidos y trajes de otras épocas y se escucha un castellano antiguo con bastantes latinajos, que diría un castizo.

Es normal ver esas apariciones de  antiguos asiduos al Mono Rojo, incluso hay una pareja de abuelos, que suelen sentarse en una mesa los domingos, en la que él hace tiempo ya que marchó aunque regresa a la Taberna siguiendo la costumbre dominical que tenía en vida, y nadie se extraña.

Es el mundo mágico y sobrenatural de la Taberna del Mono Rojo, en la que todo el mundo es bienvenido si trae alguna historia que contar.

Y ya guardo silencio, que las notas de The Thrill Is Gone empiezan a sonar desde la guitarra de Vega y todo el mundo escucha mientras mueve rítmicamente la cabeza y uno de los pies.

Hasta luego, compañeros.

jueves, 7 de mayo de 2026

LA MESA NUMERO 7

Entre el rumor de las campanas,

bella gitana, amante y mía,

nos amamos perdidamente

y nadie, nadie, nos veía.

Olvidamos que las campanas,

asomadas al campanario,

nos vieron, ay, y noche y día

se lo cuentan al vecindario.

Mañana Pedro y Catalina,

el panadero y su mujer,

Juan y María Golondrina,

mi amiga Luz, mi prima Ester,

sonreirán, de cierta manera…

Yo no sabré dónde meterme…

Tú estarás lejos… Lloraré…

Y hasta es posible que me muera…

(Poema de mi amigo Guillaume Apollinaire)



En la mesa número siete de la Taberna del Mono Rojo no se sienta mucha gente.

En esa mesa hay un tintero lleno siempre de tinta azul, una pluma de las antiguas a la que se le cambia regularmente el plumín y unos folios en blanco.

En la pared, justo encima de la mesa, una campana clavada espera que algún cliente escriba una verdad para dar tres campanadas.

Hace unos días entró en el Mono Rojo Moira, una chica joven, vecina del barrio y que no entraba siempre a la Taberna pero si dos o tres días a la semana, y tomó asiento en la mesa número siete.

Después de un rato dando vueltas con la mano a un refresco azucarado que le había servido Adiolinda, cogiendo la pluma, la metió en el tintero y comenzó a escribir sobre uno de los folios en blanco:

"Nunca tuve nada que yo quisiera, ni trabajo, ni casa, ni marido, ni nada, todo fue por que quisieron otros y yo no tuve fuerza para oponerme y decir lo contrario"

En ese momento, y mientras Moira apretaba y retorcía con las manos un pañuelito de papel, la campana clavada en la pared dió tres agudas y resonantes campanadas haciendo que tanto Teresa cómo la Maruxaina se dirigieran a la mesa número siete sentándose con la muchacha.

Hablaron mucho Teresa y la sirena sobre renuncias y sobre hasta aquíes, sabían por experiencia demasiado sobre eso, la pena de la aceptación de la incapacidad para decidir por si misma y las consecuencias de ello. El dolor ante la ruptura de lo pasado y vivido hasta un momento dado. El sacrificio del comienzo partiendo de cero y la soledad frente a ese abismo en el que de golpe se convirtió su vida.

Hablaron mucho Teresa y la Maruxaina contándole sus experiencias, Teresa agarrando las manos de Moira y la sirena apretando el hombro de Teresa cuando ésta se emocionaba recordando.

Hablaron mucho hasta que, con un abrazo fuerte de las tres, dejaron a Moira sola en la mesa número siete.

Nadie sabrá nunca lo que la chica escribió en un folio nuevo, porque al volver a sonar las tres campanadas, Moira ya no estaba en la mesa. Tan solo vieron las puertas del Mono Rojo cerrándose tras su salida apresurada llevando con ella el nuevo folio escrito.

Pasó una semana y un día, al poco de abrir la taberna, entró un joven, con bigotito fino y recortado, pelo engominado y con un pulóver blanco y pantalón azul, que con aires poderosos y un poco chulescos preguntó si Moira, su mujer, dijo, había estado últimamente por ahí.

¿Moira? ¿Y quien es Moira? dijo Teresa, no conozco a ninguna Moira, y mirando la fotografía de la muchacha que el tipo les enseñó, Teresa se reafirmó en que no sabía quién era y que nunca la había visto por la Taberna.

El chico comenzó a gritar a la cocinera, mentirosa la llamaba mientras gritaba que Moira era suya y la encontraría, con su ayuda o sin su ayuda de falsa y mentirosa.

La Maruxaina llegó hasta el chico que gritaba, y agarrándolo de un brazo lo giró y acercando su cara a la otra, con su dentadura en sierra, dejó salir como en un silbido las palabras de "vete de aquí, presuntuoso abusador, vete antes de que haga la justicia que mereces y que Moira no supo darte. Veteeee y no vuelvas"

El creído muchacho se hizo pequeñito y tembloroso ante el silbido que al hablar exclamó la sirena, y con las marcas de la mano de la Maruxaina en su brazo, abandonó corriendo el Mono Rojo y nunca más se supo de él. Hay quien dice que hasta mudó de barrio.

Hace poco llegó una carta a la Taberna, "ya estoy bien, por fin mi vida es mía. Gracias, M"

Teresa y la Maruxaina se miraron, sonrieron y volvieron al trabajo, mientras una campana tañía tres veces sobre la mesa número siete.

miércoles, 6 de mayo de 2026

LOS MUSICOS AMBULANTES

Músico llanto en lágrimas sonoras

llora monte doblado en cueva fría,

y destilando líquida armonía,

hace las peñas cítaras canoras.

Ameno y escondido a todas horas,

en mucha sombra alberga poco día:

no admite su silencio compañía,

sólo a ti, solitario, cuando lloras.

Son tu nombre, color, y voz doliente,

señas más que de pájaro, de amante:

puede aprender dolor de ti un ausente.

Estudia en tu lamento y tu semblante

gemidos este monte y esta frente:

y tienes mi dolor por estudiante.

(Poema de mi amigo, don Francisco de Quevedo)




Me contó Adiolinda el otro día que, estando Vega y ella solas en la Taberna, este invierno pasado, al lado de la chasca bien encendida por el frío de esa noche en la que había caído la primera nevada, cuando ya la conversación entre ambas había menguado y se encontraban, mirando fijamente el lamido de las llamas alrededor de los troncos en el hogaril, tras figuras nebulosas se fueron materializando delante de ellas, abrigados con viejas chaquetas de telas ásperas y gruesas, sus gargantas protegidas por bufandas de lana descolorida y algún roto en los zapatos, pero con una faz amigable inspirando confianza.

Buenas noches, somos músicos ambulantes y traemos con nosotros la historia de lo que nos sucedió una noche como ésta, en la que la nieve nos hizo buscar refugio, camino a nuestro pueblo, y tú padre, el Cipri, que estaba cerrando el local, lo volvió a abrir para nosotros, encendiendo el hogaril de nuevo, preparándonos algo de cena y dándonos de beber hasta que se hizo de día y sin cobrarnos nada al ver nuestras apariencias.

Desde entonces, siempre que se produce la primera nevada, venimos al Mono Rojo en la fría madrugada y tocamos nuestros instrumentos hasta el primer rayo de luz del sol.

Adiolinda, mirando a Vega, se levantó y preguntándoles que cenaríais comenzó a ir hacia la cocina.

No, no, dijo el violinista, los espíritus no cenamos, no podemos. Queremos solo tocar nuestros instrumentos para vosotras como cada año en la primera nevada.

Tú, muchacha, continuó el violinista dirigiéndose a Vega, parece que también tocas, ¿Quieres tocar esta noche con nosotros?

Vega, afirmando con la cabeza y aún algo sorprendida, cogió su guitarra y "cuando queráis", dijo a los músicos.

Toda la noche estuvieron tocando melodías, y en alguna, la voz de Adiolinda dejó que se la escuchará entre risas de todos por lo que desafinaba.

Fue una bonita y divertida noche que acabó cuando el sol empezó a asomar por el horizonte anunciando un nuevo día. Entonces, el trío musical comenzó a desaparecer mientras decían adiós con sus manos.

¿Vega, no lo habremos soñado? preguntó Adiolinda, para callar acto seguido al ver que Vega recogía una vieja bufanda descolorida caída en el suelo mientras una sonrisa dibujaba su semblante y una lágrima recorría su mejilla.

martes, 5 de mayo de 2026

EL BARRIL

Bailada ya la vid, se anilla y moja

sucesiones de círculos con aros,

vientres que ordeña el puño en cubos claros

por un sexo sencillo que se afloja.

Y la inseguridad por dentro roja,

traducción apagada de los faros,

con interpretaciones serpentinas,

equivocando pies, consulta esquinas.


(Poema de mi amigo Miguel Hernández).





En el centro de la Taberna estaba firmemente anclado al suelo un viejo barril de madera que llegó, nadie sabe cómo ni cuando, desde la lejana Jerez. Posiblemente en algún naufragio contra el roqueo del litoral en alguna noche de tempestad en la que las olas golpeaban con fuerza y empujaban cualquier objeto flotante contra las agudas y pétreas rocas. 

Seguramente alguien, en días posteriores, descubriéndolo en la costa lo llevó al Mono Rojo, y ahí sigue, sirviendo de apoyo a los pocos clientes que se atreven a utilizarlo, aunque hay una norma que siempre se cumple por lo que implica las consecuencias de saltársela, nunca, bajo ningún concepto, puede apoyarse en la tapa del barril ningún vaso o recipiente con líquido, sea el que sea, alcohol, agua, lo que sea, nada puede apoyarse en el barril, por el peligro de que se derrame, ya que la barrica no puede mojarse nunca.

Una vez, un cliente borracho derramó su jarra de cerveza sobre la madera del barril. Inmediatamente la Maruxaina empezó a cantar con esos lamentos agudos con los que buscaba alejar a los barcos de su trayectoria.

Pese a la fuerza de sus quejíos, y al llanto de la Maruxaina que provocaba el conocimiento de lo que iba a pasar, no pudo evitarlo. Esa madrugada, dos pesqueros no regresaron a puerto, y en la espera, rompiendo el silencio de la Taberna, dos sombras grandes, chorreando agua y dejando las huellas mojadas de las botas en el suelo del Mono Rojo entraron y acercándose al borracho, dormido sobre el barril, lo agarraron entre los dos y se lo llevaron sin decir nada mientras se juntaban los gritos del cliente bebido y los lamentos de la Maruxaina.

Al amanecer encontraron en la playa los cuerpos de los dos capitanes de los pesqueros y entre ellos el cadáver, ahogado del borracho.

domingo, 3 de mayo de 2026

EL MOROSO

Palabras para ti. No las pronuncies.

Cierra

Como cierras el puño, abriendo el aire.

No quiero

palabras. Espuma

contra el cantil radiante

de la realidad.

Tú.

El cabello luminoso.

Roja bandera herida por el alba.

Cuando

me miras, no hay palabras.

El mundo

tiembla en un instante.

Y sé que es bello combatir unidos.

(Poema de mi amigo Blas de Otero)




Se veía que era un ejecutivo, aunque debía de trabajar en ello desde hacía poco, porque se le veía muy joven 

Bien vestido, con esa uniformidad de los ejecutivos de traje de marca nuevo, camisa y corbata, zapatos muy brillantes y esa extraña manera de hablar que parece de academia.

Pidió un vermut y al terminarlo quiso pagarlo con una tarjeta de banco.

- Aquí no aceptamos tarjetas, de ninguna clase, no nos gusta el plástico, ni aceptamos bizum ni transferencias. Si no tienes efectivo, aceptamos historias. Cuéntanos una historia y estaremos en paz, dijo Adiolinda .

¿Y si no tengo ninguna historia que contar? ¿Si creo que un vermut no se merece una historia mía? ¿Como lo hacemos entonces?

Mira, contestó la tabernera, todas esas notas en la pared son deudas de clientes que no contaron su historia, no acabaron un chiste o no quisieron pagar con lo que nosotros cobramos.

Tú nombre pasará a una nota que dirá que eres un moroso de historias, que no contastes ninguna, pese a que tomaste un vermut.

¿Y eso es todo? contestó el joven, me da igual, barato vermut entonces me he tomado. Me voy y no te contaré ninguna historia.

Tú sabrás, dijo Adiolinda, ya veremos si regresas a pagar o no.

El ejecutivo se marchó, tenía una importante comida con unos clientes para cerrar un trato, pero se estropeó la operación, los clientes no podían tratar con alguien a quien al ir a pagar con la tarjeta el datáfono la rechazó por una deuda en la Taberna del Mono Rojo.

El joven, muy enfadado quiso denunciar a la Taberna, pero al pasar el policía el carnet del denunciante para leer el chip, en el ordenador salió deudor en la Taberna del Mono Rojo de la que se fué sin pagar.

Muy enfadado, el joven ejecutivo fue a por su coche, y al meter la tarjeta que hacía de llave, no arrancó, escribiendo en el ordenador central, moroso de la Taberna del Mono Rojo.

Lleno de ira anduvo hasta la taberna. Tardó como dos horas en llegar y al entrar, gritando, contó: después de irme de aquí sin contar una historia para pagar el vermut, fuí a una comida de empresa y se anuló el trato porque mi tarjeta decía que tenía una deuda con vosotros. No sé cómo lo hicisteis, pero perdí miles de euros.

Fuí luego a comisaría a denunciaros y no pude porque el único dato de mi carnet era que me había marchado sin pagar de vuestro local.

Al coger mi coche e intentar arrancarlo, no funcionaba, solo salía una nota en el ordenador diciendo que era moroso vuestro.

Y aquí estoy, a ver cómo arreglamos esto y me dejáis ya en paz.

Adiolinda se dió la vuelta, y cogiendo la nota del joven se la entregó diciendo, he escuchado historias mejores, pero para ser la primera vez que cuentas una, no está mal. Tú deuda está pagada.

Fue decir la tabernera eso, y el ejecutivo despertó sobresaltado en una de las mesas.

¿Que pasó? La comida, la comisaría, mi coche, mi enfado...¿Cuando me quedé dormido en la mesa? ¿Todo fue un sueño?

No sé de que me hablas, dijo Adiolinda, tomaste un vermut, pagaste con una historia y no damos cambio, pero tampoco perjudicamos nunca a nadie.

En ese momento sonó el teléfono del joven, un mensaje, le estaban ya esperando los clientes para comer y cerrar un trato. Prefirió correr para llegar a tiempo y no preguntar nada.

La Maruxaina, Vega y Teresa se unieron riendo a carcajadas con Adiolinda que tiraba a la basura la nota que sacó de la pared. 

Cosas del Mono Rojo

jueves, 30 de abril de 2026

EL BAILE DE LAS SOMBRAS

Lámparas de cristal

y espejos verdes.

>Sobre el tablado oscuro,

la Parrala sostiene

una conversación

con la muerte.

La llama

no viene,

y la vuelve a llamar

Las gentes

aspiran los sollozos.

Y en los espejos verdes,

largas colas de seda

se mueven.

(Poema de mi amigo Federico García Lorca)


Entra sin que nadie nos demos cuenta. Se comenta que no abre las puertas, pero que atravesándolas, con su vestido verde ajustado y con un maquillaje perfecto se va hacia el centro del local donde las mesas y las sillas se apartan solas.

Se queda mirando fijamente a la clientela y, sonriendo, comienza a cantar mientras la música suena nadie sabe de dónde.

Son tres canciones, solo tres canciones que mientras suenan se llevan a las sombras de los clientes que en ese momento se encuentran en el Mono Rojo, y bailan. Nosotros lo llamamos el baile de las sombras.

Terminada la tercera canción, las sombras vuelven al suelo junto a su dueño, todas menos una, la del elegido, que beberá pernod con ella hasta que empiece el amanecer a dar sus primeros colores. Entonces, ella desaparece y el elegido queda con dos copas vacías y una vieja moneda de oro, pero sin recordar nada de la noche pasada.

Dicen que la mujer murió en diciembre de 1936, mientras esperaba en la Taberna la llegada de su hombre, contrabandista en la frontera, que nunca llegó.

La Taberna la ofreció refugio durante esa larga noche, sin cobrarla nada de lo consumido, hasta que la mujer se marchó del Mono Rojo para encontrarse con la muerte en un bombardeo de la ciudad durante ese periodo de guerra.

Desde entonces, las noches de tormenta que coinciden en la madrugada del jueves, la cantante regresa a la Taberna y canta sus tres canciones, quizás como pago agradecido al establecimiento por la ayuda prestada, quizás por buscar entre las sombras al contrabandista esperado.

Nunca lo sabremos, pero su llegada siempre es recibida con una mezcla de respeto, admiración y temor.

Hoy es madrugada del jueves, y anuncian tormenta...

lunes, 27 de abril de 2026

TRANSICIÓN


¡Qué costumbre tan salvaje esta de enterrar a los muertos!, ¡de matarlos, de aniquilarlos, de borrarlos de la tierra! Es tratarlos alevosamente, es negarles la posibilidad de revivir.

Yo siempre estoy esperando a que los muertos se levanten, que rompan el ataúd y digan alegremente: ¿por qué lloras?

Por eso me sobrecoge el entierro. Aseguran las tapas de la caja, la introducen, le ponen lajas encima, y luego tierra, tras, tras, tras, paletada tras paletada, terrones, polvo, piedras, apisonando, amacizando, ahí te quedas, de aquí ya no sales.

Me dan risa, luego, las coronas, las flores, el llanto, los besos derramados. Es una burla: ¿para qué lo enterraron?, ¿por qué no lo dejaron fuera hasta secarse, hasta que nos hablaran sus huesos de su muerte? ¿O por qué no quemarlo, o darlo a los animales, o tirarlo a un río?

Habría que tener una casa de reposo para los muertos, ventilada, limpia, con música y con agua corriente. Lo menos dos o tres, cada día, se levantarían a vivir.

(Poema de mi amigo y amigo de "Un Fantasma Cualquiera", Jaime Sabines)



¿ Que pasó, Teresa, cómo está todo tirado y la comida en el suelo?

Teresa estaba muy asustada, no vió a nadie, pero una fuerza desatada comenzó a golpear las ollas, que estaban al fuego, tirándolas al piso derramando todo el contenido.

Los paquetes de harina, sal, azúcar, reventados y mezclado si contenido en el suelo con las judías y las patatas que se estaban guisando 

Platos y vasos rotos, bolsa de basura rasgada y su contenido acompañando a la harina y la sal.

La cocina hecha un asco y no había nadie, tan solo todo saltó por los aires destrozando su trabajo y la habitación.

La Maruxaina, saliendo de la cocina y entrando en la sala general de la taberna, enseguida lo vió, muy enfadado, dando golpes a una mesa de la que se habían levantado horrorizados los clientes que en ella consumían.

Cogiéndole de un brazo fuertemente, pese a los intentos de soltarse del individuo, la Maruxaina le preguntó con su voz dura pero sin levantarla, ¿Que haces?¿Que crees que estás haciendo si no te hemos hecho nada nosotros?

- Tú me ves, dijo el personaje, nadie me ve, nadie me hace caso, y eso me irrita, me enfada y me hace atacarlos. No quiero estar solo, siempre lo estuve y no quiero ahora.

La Maruxaina se sentó a la mesa con él y estuvieron hablando casi una hora, en la que el extraño la fue contando, llorando ahora, gritando después, aunque la voz de la Maruxaina lo fue tranquilizando hasta que llegado un momento dijo, vámonos a verte, Mateo, que así se llamaba el hombrecillo, levántate que nos vamos.

Un momento, dijo Vega con una de sus guitarras en la mano, yo también voy, le veo y le escucho como tú, Maruxaina. Yo os acompaño, voy con vosotros

En la habitación del hospital, entre tubos y aparatos estaba Mateo entre las sábanas de una cama articulada. Con el respirador en la boca y completamente monitoreado.

La Maruxaina, cogiéndole de una mano comenzó a cantar bajito, casi un susurro, mientras Vega rasgaba en la guitarra una lenta y triste canción tipo blues.

Al poco, el ritmo del monitor, después de acelerarse un poco, comenzó a espaciar los latidos, y la mano de Mateo se aferró, increíblemente, a la de la Maruxaina, y suavemente la máquina terminó dando un pitido largo y continuado. Mateo se había marchado, no solo, sino acompañado por la Princesa renegada de las sirenas y por Vega, la niña de las estrellas.

Al llegar al Mono Rojo, el espejo labrado de la piedra de un meteorito por Vega y Maruxaina mostraba la cara de un Mateo sonriente y un mensaje, ETERNAMENTE GRACIAS.

jueves, 23 de abril de 2026

LLOVÍAN...

Mi beso era una granada 

profunda y abierta;

tu boca era rosa de papel.

El fondo un campo de nieve.

Mis manos eran hierros 

para los yunques;

tu cuerpo era el ocaso

de una campanada.

El fondo un campo de nieve.

En la agujereada

calavera azul

hicieron estalactitas

mas te quiero.

El fondo un campo de nieve.

Llenáronse de moho

mis sueños infantiles,

mi dolor salomónico.

El fondo un campo de nieve.

Ahora maestro grave

a la alta escuela,

y mi amor y mis sueños

(caballito sin ojos).

Y el fondo es un campo de nieve.

(Poema de mi amigo Federico García Lorca)



Era ya madrugada y regresaba a casa después de varias horas tomando cerveza en el Mono Rojo, nuestra taberna.

En el cerrado cielo, nubes negras, a modo de telón de escenario, se fueron abriendo dejando que danzarinas luces bailaran entre los nubarrones como neblina fluorescente de cierto color rojizo.

El espectáculo era único, pero cuando me estaba diciendo que tendría que beber menos para evitar estas alucinaciones, empezó a llover. Me puse sobre la cabeza la parte trasera de la trenka subiéndola hasta ella, para cubrirme del fuerte aguacero que amenazaba con caer, aunque no se escuchaba el plof de las gotas al caer al suelo en suicido colectivo, y no, no me mojaba.

Saqué la mano fuera del refugio de la trenka y si me calleron...BESOS, ESTABAN LLOVIENDO BESOS que caían en todos los lados, en los bancos y columpios del parque, en las cabezas de los pocos y asombrados viandantes que a esas horas ya marchaban de retirada, en los coches de policía aparcados frente a la comisaría, en las puertas de las iglesias necesitadas de amores, en las... En todos los lugares caía esa lluvia de besos.

Descubrí la cabeza y, poniéndome bien la trenka, dejé que los besos me inundarán de esos besos que mi yo, carente de ellos en mucha ocasiones, aceptaba sin rechistar, cuando uno de esos besos aterrizó justo en mi boca mientras una conocida risa amable sonaba en mi cabeza.

Esa noche, decían los periódicos del día siguiente, llovieron, sorpresivamente, besos en la localidad. Se busca intensamente quien es el que ha liberado y tirado al aire tantos besos, que al caer en la iglesia, la hizo más humana, los bancos y los columpios repletos de parejas abrazadas y compartiendo esos besos, la gente en la calle se volvía a saludar, y los policías sacaban a los detenidos sin apenas empujarlos y, decía la prensa, se busca a aquel o aquellos que esparciendo besos a convertido la ciudad en una provincia más del Reino del Amor y la Humanidad.

Guardé en una cajita siete y ocho besos, para cuando me hicieran falta por no tenerlos.

Mientras, en el aíre la cancion

miércoles, 22 de abril de 2026

BAILE NOCTURNO (2)

La luna se puede tomar a cucharadas 

o como una cápsula cada dos horas. 

Es buena como hipnótico y sedante 

y también alivia 

a los que se han intoxicado de filosofía. 


Un pedazo de luna en el bolsillo 

es mejor amuleto que la pata de conejo: 

sirve para encontrar a quien se ama, 

para ser rico sin que lo sepa nadie 

y para alejar a los médicos y las clínicas. 


Se puede dar de postre a los niños 

cuando no se han dormido, 

y unas gotas de luna en los ojos de los ancianos 

ayudan a bien morir. 


Pon una hoja tierna de la luna 

debajo de tu almohada 

y mirarás lo que quieras ver. 

Lleva siempre un frasquito del aire de la luna 

para cuando te ahogues, 

y dale la llave de la luna 

a los presos y a los desencantados. 


Para los condenados a muerte 

y para los condenados a vida 

no hay mejor estimulante que la luna 

en dosis precisas y controladas.

(Poema de mi amigo Jaime Sabines)



Forastero Quizás, toma tu jarra, siéntate y empieza a contar desde donde lo dejaste ayer, nos tienes a todas en ascuas, dijo Adiolinda mientras Teresa, Vega y la Maruxaina me miraban desde los lados de la mesa que ocupaban.

Bien, después de esa noche estuve volviendo a la playa casi todos los días, y no emergían las figuras de blanco, pese a que pasé noches de luna intensa, no volvían a la arena. Estaba yo totalmente hundido y pensando solamente en la propietaria del pañuelo de encajes con el que me había dejado, de tal manera que una madrugada que no pensaba con mucha claridad, me levanté de la arena y entré vestido en el agua hasta donde me cubría un poco más de la cintura, y esperé a ver qué ocurría.

Soplaba algo de levante, quizás lo necesario para desplazar algunas nubes que cubrían solícitas a la luna, blanca, hermosa y llena, que en ese momento lanzó sus intensos rayos de luz hacia la Tierra iluminando la zona de mar en la que me encontraba sumergido.

 Me asusté, algo grande subía hacia la superficie a varios metros de mi y pensé en tiburones y otras especies que me atacaban. Nada más equivocado, a un metro mío surgió del agua una figura vestida con gasas muy blancas, de falda larga y encajes en el pecho, y lentamente se me fue aproximando juntando mi cara con la suya. Era ella, mi acompañante vaporosa de la primera playa con ellos, que riendo me invitaba a salir hacia la arena.

Al instante, otras parejas y personas de blanco fueron saliendo del mar mientras la música de violines y clavichémbalo volvió a adueñarse de la noche.

Esto mismo pasó durante varias noches más en estos casi dos meses en los que he estado fuera, y solo regresé, dejando de ir a las playas, cuando gracias a mi compañera entendí todo.

Desde pequeño, en mi casa, a través de una pequeña ventana, por las noches, un rayo de luna venía a visitarme liberándome del miedo a la oscuridad que tenía.

Durante toda mi vida, viviera donde viviera, un rayo de luna me alumbraba cada noche abrazándome con su calorcito amoroso, justo hasta hace un par de años en los que desde donde duermo la luna no se ve.

Ella, compañera de años, amiga, amante, guardiana, quiso demostrarme que no estaba solo, que ella, pese a no poder vernos durante las noches, nunca dejó de mandarme su apoyo, y aprovechando que un día, al salir de la taberna fuí hasta la costa, creó con sus rayos luminosos las figuras que yo vi salir del agua, esmerándose en una de ellas que la representaba, justo la joven que bailaba conmigo y que me dejó este pañuelo que, desde entonces, llevo siempre encima. Mi compañera de luz era la Luna, mi vieja amiga, y con la que bailo sobre la arena cada vez que aparece en el cielo hermosa, grande y llena.

La Maruxaina se puso de pié y con una sonrisa me dijo, supe siempre donde estabas, Vega, la niña de las estrellas me lo dijo, que se lo había contado Selene durante un cuarto creciente, pero no podíamos romper el embrujo, por eso callamos cuando mis hermanas del fondo del mar, las sirenas, me contaron unas extrañas escenas que ocurrían en la playa entre un humano y la Luna. La música la ponían ellas.

martes, 21 de abril de 2026

BAILE NOCTURNO

En las noches claras,

resuelvo el problema de la soledad del ser.

Invito a la luna y con mi sombra somos tres.

(Poema de mi amiga Gloria Fuertes)



Entro de nuevo en La Taberna del Mono Rojo. Enseguida se me acercaron Vega y Teresa a saludarme, contentas de verme después de tantos días.

Al poco se acercó Adiolinda, la hija del Cipri que, con ese lenguaje y acentos suyos, enseguida preguntó ¿Y tú dónde andabas sin decir nada a nadie?

La expliqué que una noche, después de salir de la Taberna cogí el coche y marché a la playa. Era una noche de luna llena, mágica, y algo me hizo irme hasta la orilla y observar con algo de inquietud que no entendía el motivo.

En ese momento de mi relato, Vega llamó a la Maruxaina, como experta en mares y playas, que tomó asiento en la mesa mientras yo continuaba hablando.

De golpe, sobre las dos de la madrugada, una figura de mujer comenzó a salir del agua, muy blanco, vaporoso y brillante su vestido. En ese momento no me chocó el que estuviera seco, ahuecado, como si no emergiera del mar, y continué mirando como la bella figura caminaba hacia la arena mientras otras personas también comenzaron a emerger, también vestidas de un blanco brillante, andando con exquisita elegancia.

Pronto la playa se llenó de risas, de voces templadas, de una música nunca escuchada de clavichémbalos y violines, mientras algunas parejas bailaban.

Sin esperarlo, y mientras observaba asombrado la escena, una dama, joven, con vestido como de gasa, blanco deslumbrante, acercándose a la arena en el lugar donde yo estaba sentado, riendo alargó la mano ofreciéndomela.

Entendí que quería bailar, y aunque yo nunca fuí ni siquiera un mediano bailarín, pensé, ¿Por qué no? y alargando la mía intenté coger su pequeña y larga mano.

Mis dedos penetraron entre su muñeca, sin agarrar nada, como si solo hubiera aire, como si no hubiera nada, mientras una suave y simpática risa brotó de su garganta.

No sentí miedo, solo curiosidad, y levantándome, al ver que ella levantó un brazo en curva y con el otro me atravesó la cintura apareciendo por mi espalda, sobrepuse mi mano derecha sobre la suya, sin apretar y sin intentar cogerla, cosa imposible, y con mi otra mano en su espalda comenzamos a girar entra las otras blancas parejas, que nos miraban sonriendo unas, riendo abiertamente otras.

Una gran paz me invadió y me dejé llevar, hasta que una negra nube se interpuso entre nosotros y la luna y todo desapareció, quedando yo solo en la playa, de pié y bailando como un tonto conmigo mismo.

Me volví a sentar en la arena esperando que volvieran todos, pero solo el ruido de las olas extendiendo sus aguas en la orilla y el susurro al hacerlo era lo único que me acompañaba.

Pasó un rato hasta darme cuenta que, en mi mano derecha, esa que había estado sobrepuesta sobre la suya, tenía agarrado firmemente un blanco pañuelo de encajes que, al acercármelo a la cara, olía exactamente al perfume dulce de la bella dama.

Ahora estoy muy cansado, pero os prometo continuar contando por qué he estado fuera tantos días y os seguiré narrando mi aventura de esa noche que intenté continuara.

Adiolinda, por favor, ponme una jarra de cerveza y dejarme con mis pensamientos, que mañana os contaré más. Ahora necesito soledad, dije mientras las cuatro mujeres se retiraban no sin antes darme un apretón en un hombro la Maruxaina, que parecía saber ya más de lo que quizás yo supiera.