ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.

ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.
Casi sin pensarlo nos fuimos sentando, uno tras otro, en torno a la chasca que encendió el Cipri, y asi pasamos la noche, escuchando las historias que alguien, no se quien, cualquiera que fuese, narraba despacito, creando un entorno de magia y misterio del que no queríamos salir.

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO
LO IMPOSIBLE SOLO EXISTE EN TU VIDA

lunes, 1 de diciembre de 2025

¿DONDE ESTÁ MI CHUCHE?

No son más silenciosos los espejos
Ni más furtiva el alba aventurera;
Eres, bajo la luna, esa pantera
Que ríos es dado divisar de lejos.
Por obra indescifrable de un decreto
Divino, te buscamos vanamente;
Más remoto que el Ganges y el poniente,
Tuya es la soledad, tuyo el secreto.
Tu lomo condesciende a la morosa
Caricia de mi mano. Has admitido,
Desde esa eternidad que ya es olvido,
El amor de la mano recelosa.
En otro tiempo estás. Eres el dueño
De un ámbito cerrado como un sueño.

(Poema de mi amigo Jorge Luis Borges)



Se pasea por la sala como una más, quizás la considera su casa, pues pocas veces salió de ella y fué a la calle para volver días después, sucia, desgreñada y con hambre, algo de lo que nunca se ocupó el Cipri. Nadie conoció jamás de que y como se alimentaba, pero estaba gordita y balanceaba su tripa y caderas como si de un desfile de ropa se tratara.
Nos conocía a los parroquianos como si siempre hubiéramos estado juntos y se restregaba contra nuestros tobillos cuando no saltaba a nuestras rodillas refregándose contra nuestro pecho, ronroneando como si cantara, para terminar recostada sobre nuestro regazo.
Hace mucho que casi no juega, quizás por la edad, pero recuerdo esas risas mientras la observábamos saltar en contorsionistas piruetas al par de correr un carrete de hilo o una pelota de lana que robaba de cualquier bolsa de labor de alguna de las señoras que venían a la taberna a jugar al cinquillo mientras tomaban sus copitas, una sola por persona, de aguardiente dulce de Chinchón.
Con el tiempo se quedó algo sorda, con lo que su eterna independencia se acentuó y ya no atendía ni a suissuissuis ni a michis michis. Ella iba donde y con quién quería cuando y como quería.
Coincidió con el Cipri en esa caída al pozo oscuro del no ser. Ni el Cipri recordaba nada del más cercano presente ni Crisis, que así bautizaron hace mucho a la gata, ubicaba nada que acabara de ocurrir, aunque si notamos como últimamente estaba más pendiente del Cipri que lo hubiera estado nunca, y maullando, eternamente maullando recordando y exigiendo la chuche que el Cipri la daba, la había dado ya y que la gata no recordaba, como tampoco recordaba el Cipri habérsela dado y volvía a premiarla una y otra vez hasta que, Adiolinda, la mezcla de otros mundos, rompía el encanto llevándose la bolsa de chuches al almacén.
Crisis y Cipri, Cipri y Crisis, diecisiete años de lealtad, de cariños y arrumacos, de chuches y de libertades que nunca reprimieron, aquí siguen, buscando una bolsa de chuches que desapareció y un pantalón impregnado de pelo corto al entrar en contacto dos seres que se quieren aunque no recuerdan por qué.

AAAAA, AAAAAA, AAAAACHIIISSSSSSS


Tengo un gran resfriado,
y todo mundo sabe cómo los grandes resfriados
alteran todo el sistema del universo,
nos enfadan con la vida,
y hacen que estornudemos hasta la metafísica.
He perdido el día entero sonándome.
Me duele ligeramente la cabeza.
¡Triste condición para un poeta menor!
Hoy soy verdaderamente un poeta menor.
El que fui otrora fue un deseo:se esfumó.
¡Adiós para siempre reina de las hadas!
Tus alas eran de sol, y yo por aquí sigo.
No estaré bien si no tumbándome en la cama.
Nunca estuve bien salvo tumbándome en el universo.
Con perdón, señor...¡ Qué gran resfriado físico!
Necesito verdad y aspirinas.

 (Poema de mi amigo Fernando Pessoa)


Hoy he llegado a la Taberna del Mono Rojo agotado de estar en casa, bajo una montaña de pañuelitos de papel que da la impresión que colecciono cuando la realidad es que ni ese pequeño Himalaya de celulosa puede parar la cascada de material líquido que expulso continuamente por la nariz unido a estornudos cientos que sacuden mi caja torácica de tal manera que si un petardo explotase en su interior no sería mayor el espasmo que me produce el molesto reflejo instintivo provocado por cierta desazón que nace en la profundidad de la laringe ascendiendo por esas especies de fosas marianas que son mis narices.
Si, estoy constipado, creo, resfriado que diría mi madre, jodido que exclamaría mi padre o enfermo, que diría mi doctora de familia antes de recetarme paracetamol, algo que sé sin haberme hecho esos cientos de años que se tiran estudiando los futuros médicos antes de poder ponerse esa blanca bata, con estetoscopio al cuello que les confirma como otros mal pagados dentro de la sanidad patria antes de marcharse a Escocia, Irlanda o Inglaterra dónde parece que valoran más a un doctor español si hablamos de lo económico.
Quedamos en que estoy jodido, con fiebre, con unas ganas de escuchar bachata o merengue solo comparables a las intenciones de los negreros y traficantes de esclavos en la primitiva Haiti.
-Adiolinda, por favor, apaga esa música antes de que corte la luz del local y me guarde los plomos, y de paso me traes un café con brandy y miel y un vaso de agua para tomarme el quinto Paracetamol de la tarde:
Necrología, sucesos: muerto por sobredosis de acetaminofeno bañado en litros de café y brandy.
Que alegría le daría al gallego ver qué su escritor favorito sale por fin en la prensa, y encima por muerte por sobredosis; ventas miles de su libro, se promete el conde Dedón, galiciano él aunque residente en Gijón.
Y está niñata que no apaga la musiquita de las pelotas, -coño, tía, quita esa mierda.
Me contesta con una peineta mientras me saca la lengua estrechando los ojos y convirtiéndose de golpe en la hermana fea de Carmen de Mairena.
Dolor de cabeza, fiebre, estornudos, mocos destrozándome la roja y escocida nariz y la hermana fea de Carmen de Mairena, la cosa se va complicando.
Al final a urgencias, que no me curaràn, pero al menos durante las siete y ocho horas que me tendrán esperando en la sala de espera, formaré y estornudaré junto al famoso coro invernal de negacionistas de la vacuna de la gripe, y eso da un caché terrible en mi historial médico.
Si sobrevivo, mandaré un SOS, de lo contrario, que encuentren mi cuerpo siguiendo el rastro de mocos que me acompaña.
Saaachis..ludos.

sábado, 29 de noviembre de 2025

VOLTEADO POR EL VIENTO




Viento del Sur,
moreno, ardiente,
llegas sobre mi carne,
trayéndome semilla
de brillantes
miradas, empapado
de azahares.

Pones roja la luna
y sollozantes
los álamos cautivos, pero vienes
¡demasiado tarde!
¡Ya he enrollado la noche de mi cuento
en el estante!

Sin ningún viento,
¡hazme caso!,
gira, corazón;
gira, corazón.

Aire del Norte,
¡oso blanco del viento!
Llegas sobre mi carne
tembloroso de auroras
boreales,
con tu capa de espectros
capitanes,
y riyéndote a gritos
del Dante.
¡Oh pulidor de estrellas!
Pero vienes
demasiado tarde.
Mi almario está musgoso
y he perdido la llave.

Sin ningún viento,
¡hazme caso!,
gira, corazón;
gira, corazón.

Brisas, gnomos y vientos
de ninguna parte.
Mosquitos de la rosa
de pétalos pirámides.
Alisios destetados
entre los rudos árboles,
flautas en la tormenta,
¡dejadme!
Tiene recias cadenas
mi recuerdo,
y está cautiva el ave
que dibuja con trinos
la tarde.

Las cosas que se van no vuelven nunca,
todo el mundo lo sabe,
y entre el claro gentío de los vientos
es inútil quejarse.
¿Verdad, chopo, maestro de la brisa?
¡Es inútil quejarse!

Sin ningún viento.
¡hazme caso!
gira, corazón;
gira, corazón.

(Poema de mi amigo Federico García Lorca).




Hay que tener cuidado con el viento del sur, con sus arremetidas, con sus ofensivos arrebatos que sacuden el saco de recuerdos que la mente preserva en un intento de custodia para el presente actual de aguda lucidez.
Cuidado con sus airadas acometidas, que nos transportan a pasados donde las mariposas aún no habían desaparecido y revoloteaban por nuestro vientre acelerando los sentidos de la mente hacia personas que habíamos desterrado de nuestro sentir y vida.
Nunca, desde que ocurrió, una esquina había significado el paradigma del nerviosismo, de la desesperación del "igual no viene" y del sentirse como morir un poco estando, creo que, vivo.
Jamás me dejé llevar por la sensación de caída libre al abismo del mar de los defraudados sin causa salvo cuando un minuto me parecía unas dos horas de espera.
Por eso cabeceo y sacudo mi cuerpo en un intento de liberarme de esos grilletes y cadenas que mantiene presa la razón haciéndome sentir de nuevo el desvelo y la emoción por no volver a verla.
Adiolinda, tráete por favor otra jarra, que hoy tenemos que ahogar a todo un viento, el guerrillero viento del sur que desarbola mis defensas.
-Si, coño, si, otra jarra si es posible, guapa, ¡¡¡¡¡OTRA JARRA!!!!!

jueves, 27 de noviembre de 2025

ARIDO, FRÍO, SECO



El ciego sol se estrella
en las duras aristas de las armas,
llaga de luz los petos y espaldares
y flamea en las puntas de las lanzas.
El ciego sol, la sed y la fatiga.
Por la terrible estepa castellana,
al destierro, con doce de los suyos
-polvo, sudor y hierro- el Cid cabalga.

Cerrado está el mesón a piedra y lodo.
Nadie responde… Al pomo de la espada
y al cuento de las picas el postigo
va a ceder ¡Quema el sol, el aire abrasa!
A los terribles golpes
de eco ronco, una voz pura, de plata
y de cristal, responde… Hay una niña
muy débil y muy blanca
en el umbral. Es toda
ojos azules, y en los ojos, lágrimas.
Oro pálido nimba
su carita curiosa y asustada.

Buen Cid, pasad. El rey nos dará muerte,
arruinará la casa
y sembrará de sal el pobre campo
que mi padre trabaja…
Idos. El cielo os colme de venturas…
¡En nuestro mal, oh Cid, no ganáis nada!

Calla la niña y llora sin gemido…
Un sollozo infantil cruza la escuadra
de feroces guerreros,
y una voz inflexible grita: ¡En marcha!
El ciego sol, la sed y la fatiga…
Por la terrible estepa castellana,
al destierro, con doce de los suyos
-polvo, sudor y hierro- el Cid cabalga.

(Poema de mi amigo Manuel Machado).



Noche tabernaria introspectiva, mirando de donde mi carácter, mi fuerza interior, mi ser.
Soy duro y seco como la encina de la meseta, agarrada fuerte en la raíz y solidarias sus bellotas con los solitarios cochinos jabalíes, maestros en la supervivencia con sus largos colmillos navajeros.
Árido como ese frío seco que golpea los pulmones en el desértico altiplano castellano y duro como la madera de la chaparra anclada al sediento suelo del que sale el grano con el que se alimentó España entera y que hasta para conquistar un imperio dió, incluso allende los mares,  regado solamente con la transpiración sudorosa del esfuerzo y la fatiga de cansados cristianos viejos orgullosos de apellido.
Meseteños ellos, surcados su rostro por el ardiente astro castigando sus hombros en los desérticos páramos de la sólida Castilla.
De ahí mi ser, alimentado por el polvo árido del solitario horizonte cuna de la lengua romance descendiente del latín que se extendió por el planeta adoptando a quien lo escuchaba.
Escuchar, como el corzo entre trigales, dejando que los sonidos le vayan descifrando quien vive mientras rumia y mastica mil veces el amarillento grano precursor del pan nuestro de cada día en esta tierra en la que, a veces, migado con algún tocino es la vianda salvadora de la gazuza del día.
Solitario en la planicie de la madera apurando hasta el final la cerveza de las jarras que esa descendiente del imperio amontona en torno a mí, y callado, muy callado, como la fría noche meseteña en la que ni los pasos de la comadreja en caza se escuchan por esos campos.
Callados y escuchando, como siempre, castellanos. 

miércoles, 26 de noviembre de 2025

SALVAJE GAMBERRO

Esos rasgos de luz, esas centellas
que cobran con amagos superiores
alimentos del sol en resplandores,
aquello viven, si se duelen dellas.

Flores nocturnas son; aunque tan bellas,
efímeras padecen sus ardores;
pues si un día es el siglo de las flores,
una noche es la edad de las estrellas.

De esa, pues, primavera fugitiva,
ya nuestro mal, ya nuestro bien se infiere;
registro es nuestro, o muera el sol o viva.

¿Qué duración habrá que el hombre espere,
o qué mudanza habrá que no reciba
de astro que cada noche nace y muere.

(Poema de mi amigo Pedro Calderón De la Barca)



Cogiendo piedras del parque y arrojándolas contra el vidrio de las farolas de luz naranja fuerte que alumbraban la noche en la ciudad mientras alguna voz le gritaba desde un balcón "deja de tirar piedras, cabrón" y que él ignoraba provocando más insultos y más gritos del indignado ciudadano protector de la ciudad.
Una tras otra las luminarias fueron cerrando sus ojos provocando la oscuridad en la parte de la calle por la que el nuevo Atila había asolado con su certera puntería cuando dos coches de policía, con los rotativos azules encendidos, llegaron por ambos sentidos de la travesía, deteniendo y esposando al aprendiz de David sin honda introduciéndolo en uno de los coches patrulla camino de la comisaría en la que, en uno de los fríos y sucios calabozos que en el húmedo sótano se encontraban, pasaría la noche para por la mañana presentarse al juez.
Eso fue ayer y hoy, ya libre, nos lo contaba a los parroquianos en torno a unas cervezas en la mesa en la que nos refugiamos del color del día.
- Tuve que apagar las farolas. Yo no buscaba romper nada, pero su luz impedía la visión del maravilloso firmamento rebosante de estrellas en las que buscar temas bellos para mis poemas.
Los jueces también se perdieron alguna vez, tumbados con alguien en la cima de alguna loma, extraviados por el cosmos desde lo alto del cerro.
-Déjenle en libertad, con cargos.

martes, 25 de noviembre de 2025

LA ESPERA INFINITA

Te recuerdo AmandaLa calle mojadaCorriendo a la fábricaDonde trabajaba Manuel
La sonrisa anchaLa lluvia en el peloNo importaba nadaIbas a encontarte con él
Con él, con él, con él, con élSon cinco minutosLa vida es eterna en cinco minutosSuena la sirena, de vuelta al trabajo
Y tu caminandoLo iluminas todoLos cinco minutosTe hacen florecer
Te recuerdo AmandaLa calle mojadaCorriendo a la fábricaDonde trabajaba Manuel
La sonrisa anchaLa lluvia en el peloNo importaba nadaIbas a encontrarte con él
Con él, con él, con él, con élQue partió a la sierraQue nunca hizo dañoQue partió a la sierra
Y en cinco minutosQuedó destrozadoSuena la sirena, de vuelta al trabajoMuchos no volvieron, tampoco Manuel
Te recuerdo, AmandaLa calle mojadaCorriendo a la fábricaDonde trabajaba Manuel

(Poema y canción de mi amigo Víctor Jara)


El aire golpeaba el rostro como una rápida bofetada de mano abierta, zasssshh, y el frío se abría paso a través de la respiración inútilmente protegida por una kufiya de algodón a cuadros negros y blancos con los flecos al viento que batía las calles empujando a la gente a los refugios temporales de los alféizar de los portales y las jambas de sus puertas.
Él esperaba, como cada noche. En ésta agarrando con una de sus manos las solapas de su chaqueta en un intento de alargar el cuello levantado de la prenda escondiéndose del soplo helado del temporal mientras su mirada, nerviosa, casi no se apartaba de la solitaria y desalojada calle por la que, suponía, llegaría ella, apresurada, como siempre, alterada por el retraso y balbuceando excusas sobre el trabajo, el metro, etc.
Pero hoy no llegaba, tampoco ayer, ni antes de ayer.
No contestaba al teléfono y tampoco abría la puerta de su casa por mucho que quemara el timbre de tanto pulsarlo.
Escuchaba pasos en la oscura travesía y como un perro agudizaba las orejas mientras forzaba la vista luchando contra ese frío y gélido aire proveniente de cercanas sierras nevadas y frías.
En el interior de la taberna, el Cipri, saliendo del sopor de su no ser, y levantándose lentamente se dirigió a la puerta y abriéndola, pasó su brazo por detrás de la cabeza del hombre y, apoyando la mano en su hombro, le dijo, hoy no viene, compañero, llamó por teléfono y dijo algo de una tía de su madre, enferma o yo que sé, pero hoy no viene, camarada, pasa dentro y toma conmigo un vino que aquí hace frío.
Mientras, Adiolinda, la camarera, cogiendo un periódico sobre el que el tabernero había estado sentado, lo tiró a un montón donde papeles, bolsas de basura y botellas de plástico, esperaban su destino final en el contenedor.
Sobre la acumulación de basuras resaltaba el titular del diario, "Drama en el Mono Rojo, atropellada mujer al cruzar la calle mientras su novio la esperaba enfrente, en la acera".

lunes, 24 de noviembre de 2025

MUCHO MÁS QUE UN APRETÓN DE MANOS


Tus manos son mi caricia
mis acordes cotidianos
te quiero porque tus manos
trabajan por la justicia

si te quiero es porque sos
mi amor mi cómplice y todo
y en la calle codo a codo
somos mucho más que dos

tus ojos son mi conjuro
contra la mala jornada
te quiero por tu mirada
que mira y siembra futuro

tu boca que es tuya y mía
tu boca no se equivoca
te quiero porque tu boca
sabe gritar rebeldía

si te quiero es porque sos
mi amor mi cómplice y todo
y en la calle codo a codo
somos mucho más que dos

y por tu rostro sincero
y tu paso vagabundo
y tu llanto por el mundo
porque sos pueblo te quiero

y porque amor no es aureola
ni cándida moraleja
y porque somos pareja
que sabe que no está sola

te quiero en mi paraíso
es decir que en mi país
la gente viva feliz
aunque no tenga permiso

si te quiero es porque sos
mi amor mi cómplice y todo
y en la calle codo a codo
somos mucho más que dos.

(Poema de mi amigo, Mario Benedetti)


Extraña noche hoy en la taberna del Mono Rojo. No han venido los jovencitos ruidosos de otros días, y quizás por eso, en vez de la bachata que sonaba últimamente, Adiolinda ha puesto el pincho de fados que yo la dejé.
Pocos parroquianos, todos habituales, y en ese momento en el que por encima del borde de mi jarra de cerveza observaba al personal, Rosa, con su faldita de cuero negro y sus ligueros en esas dos torres que la mantenienen en pie, tomó asiento en mi mesa, al lado mío, y cogiéndome la mano, sin soltarla, me iba dando pequeños apretones que podían coincidir con los latidos que un cansado corazón oprimido por dos pechazos enormes emitía no muy rítmicamente, pero funcional.
No pude evitarlo y mi mente escapó hacia el pasado, en el que llevar cogida de la mano a mi pareja era la expresión de una conversación silenciosa mantenida simplemente por el contacto de ambas extremidades, unidas no solo en el paseo.
Ese apretón de manos significaba el amarre a puerto seguro, al abrigo de las peligrosas olas de la cotidianidad social que golpeaba en las calles a individuos conformes con el estado al que les empujaba y conducía el sistema.
Nosotros nos entendíamos de mil formas diferentes y pocas necesitadas de palabra alguna.
Era todo un lenguaje de algún ya olvidado rito en el que dos personas unían su presente en una lucha por cambiar su individualidad en algo colectivo que no solo revolucionaba su existencia sino que mejoraba al mundo en un compromiso impulsivo de lograr un futuro mejor en el que la comprensión y la empatía se daban de manera natural sobrando las palabras.
Ir caminando cogidos de la mano con la persona que amas os convierte en revolucionarios sociales en busca de una alianza para el impulso idealista de los objetivos compartidos.
La paz conquistaba mi mente mientras el cuerpo, relajado, iba dejándose llevar por la gratitud a la situación cómplice e intensa al tiempo en que ansiaba escribir una nueva constitución en la que el primer artículo sería el de todo ciudadano tiene derecho a conocer el amor y el deber de mantenerlo encendido como pilar necesario de una sociedad utópica y particular en el colectivismo necesario para que la sonrisa sea la marca y la llave identificadora del movimiento social.
A otro nivel, el estrechar tu mano con la mía era la bienvenida a mi ser, a todo yo, rendido y entregado a la persona que pegaba su piel a la mía.
Hace años de esa revolución. Desde entonces no he paseado de la mano con nadie, y Rosa, hoy, con su gesto cansado y ocasional en busca de un apoyo, y por qué no, también de una copa, despertó y trajo hasta mi mesa los fantasmas del pasado de las manos juntas, en un contacto que superaba cualquier conexión posterior por fuerte que fuera.
Palabras silenciosas, conversaciones silenciosas. El mundo contra nosotros y nosotros, armados con la fuerza de nuestras manos, convenciendo sin quererlo, venciendo.
Dejemos que Rosa apriete la mano con sus gruesos y sudorosos dedos, con toda su humanidad y todo su deseo de
 refugio puesto en la quimera de un sencillo apretón de manos.