ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.

ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.
Casi sin pensarlo nos fuimos sentando, uno tras otro, en torno a la chasca que encendió el Cipri, y asi pasamos la noche, escuchando las historias que alguien, no se quien, cualquiera que fuese, narraba despacito, creando un entorno de magia y misterio del que no queríamos salir.

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO
LO IMPOSIBLE SOLO EXISTE EN TU VIDA

viernes, 24 de octubre de 2025

PEQUEÑO BROTE

¿Qué es un olivo?

Un olivo

es un viejo, viejo, viejo

y es un niño

con una rama en la frente

y colgado en la cintura

un saquito todo lleno

de aceitunas.

(De mi amigo Rafael Alberti)



Como dice mi amigo, el olivo es un niño, o fué un niño. Ahora, en el seco retorcer buscando ese agua que en secano no hay, es un viejo que además lo parece, y de vez en cuando un brote revoltoso, por el motivo que sea, no crece, permanece pequeño, con hojas verdes achinadas, pero no crece, quizás en un intento, como ella, de mantenerse en el pasado, refugiada en ese sentimiento que no acompañó su camino desolado y vacío que fue transformando su cuerpo que en solitario se desmarcó de la mente creciendo acorde a lo que la naturaleza impone.

Quizás fué un intento de no dejar que el tiempo destruyera los puentes que de joven, muy joven, se levantaron y por los que luego no cruzó nadie, salvo salteados periodos de llamadas de teléfono o de cartas sudadas de amor prohibido y negado.

Quizás el litio, o las salas de psiquiatría ayudaban a mantenerse en el silencio con el que se recluía en busca de pasados mejores que se negaba a abandonar.

Su cuerpo, con las cicatrices que el tiempo deja, crecía y se relajaba con la acumulación de edad, pero su mente, presa en una adolescencia en la que el amor era el único anhelo de vida, doblaba como extraña contorsionista y con grandes señales de años sufridos en lo considerado como abandono que no acompañaba al resto en el paso de los años.

Es adolescente en cuerpo de anciana, es brote en tronco viejo, es sufrimiento del que me culpo. Es una niña con un saquito de amor perdido.

Ella espera en su cuerpo viejo, yo...yo ya no.

PERENNE

Y la luna eras tú.
Una luna creciente, blanca, fría.
Mirabas hacia el mar y hacia las cosas
que no eran yo.
Y con cuánto silencio te gritaba
-creciente, blanco, frío yo también-:
«Mírame, mírame,
ay, mírame mirarte...»

(De mi amigo Antonio Gala)

A veces, mirando las desgastadas vigas, grandes, gordas, de madera del techo de la taberna, viene hasta mi la techumbre medio caída de la vieja estación del pueblo bajo la que tuve momentos primerizos de amor ilusionado y en otros ratillos extraños, ensoñaciones de sentidos alterados por la soledad acompañada del tenue reflejo de la luna creciente, que como hoy, parece que guarda, tímida, sin atreverse, el respeto hacia esos sentimientos de necesidad del descuadre de enfrente que, por lo que fuera, hoy no vino.
Qué compañera la luna, a media luz o de luz entera de luna llena de pasiones y mariposas revoloteando en torno a una mente atormentada necesitando de tu adolescente compañía abrazada a mí recién estrenada juventud de entonces.
La madera y la luna, o una luna de maderas hecha que, en porciones o entera, siempre, siempre, compañera recortada en las noches de mi vida desde que puedo acordarme, lo que ya es mucho acumulado en esta larga travesía llena de anhelos y esperanzas que fueron perdiendo las hojas al llegar el otoño del tiempo.
Siempre en lo alto la luna, como permanece la techumbre del recinto abandonado del ferrocarril o las gordas y grandes vigas de está taberna, perennes como las agujas del tronco del que provienen.
Luna, gracias.

miércoles, 22 de octubre de 2025

UNA MESA EN EL CANTÁBRICO

¡Ay voz secreta del amor oscuro!
¡ay balido sin lanas! ¡ay herida!
¡ay aguja de hiel, camelia hundida!
¡ay corriente sin mar, ciudad sin muro!

¡Ay noche inmensa de perfil seguro,
montaña celestial de angustia erguida!
¡Ay perro en corazón, voz perseguida,
silencio sin confín, lirio maduro!

Huye de mí, caliente voz de hielo,
no me quieras perder en la maleza
donde sin fruto gimen carne y cielo.

¡Dejo el duro marfil de mi cabeza,
apiádate de mí, rompe mi duelo!
¡que soy amor, que soy naturaleza!

(De mi amigo, Federico García Lorca)


Observando la agilidad de los jóvenes clientes que ahora visitan asiduamente la taberna, y fijándome en una de ellas sentada con los pies en alto en una de las arcadas que adornan la pared del local, mi mente viaja al norte de España, y el ruido rítmico del mar acariciando repetitivamente las arenas de la orilla llega hasta mi eliminando todo rastro de esas indigestas bachatas que pone en el equipo Adiolinda.
Hasta el olor a mar llega a mí, y mi cuerpo siente el frescor húmedo de la noche en el balcón de las blancas balaustradas que lo conforman al tiempo que una risa fresca, libre, espontánea, rivaliza rompiendo el dominio del susurro del Cantábrico finalizando viaje en la playa y el silencio estable de la noche.
Mi mente está en este momento frente a la Concha, oliendo, sintiendo, disfrutando de la oscuridad parcial del paseo alternando con las luces casi naranjas que forman parte del cuadro del que soy partícipe acelerando el corazón por el recuerdo del perfume que me invade y ante el que me rindo, más la imagen de su postura acrobática sobre la altura del edificio en el límite de la balconada.
Es la taberna la que remueve recuerdos dormidos, olvidados, recuerdos que traen sensaciones del pasado que ponen nombre y cara al fantasma que aguardaba en la frontera del ha sido a qué algo lo trajera de vuelta a mis silencios.
La mesa hoy me huele a San Sebastián, a mar, a frescura, a compañía deseada, a sentirme bien, a risa única, a tí. Y cierro los ojos y disfruto de la total invasión, aceptada desde el pasado, de mi presente y te echo de menos mientras apuro mi jarra y me pido un calimocho con el que me pierdo entre brumas de recuerdos que me abrazan y me acompañan,
Nos vemos.

martes, 21 de octubre de 2025

RETORNO

Por teu livre pensamento
Foram-te longe encerrar
Por teu livre pensamento
Foram-te longe encerrar
Tão longe que o meu lamento
Não te consegue alcançar
E apenas ouves o vento
E apenas ouves o mar
Levaram-te ao meio da noite
A treva tudo cobria
Levaram-te ao meio da noite
A treva tudo cobria
Foi de noite, numa noite
De todas a mais sombria
Foi de noite, foi de noite
E nunca mais se fez dia
Ai, dessa noite o veneno
Persiste em me envenenar
Ai, dessa noite o veneno
Persiste em me envenenar
Oiço apenas o silêncio
Que ficou em teu lugar
Ao menos ouves o vento
Ao menos ouves o mar
Ao menos ouves o vento
Ao menos ouves o mar

(Abandono do Fado de Peniche)


Escucha, bonita, pon este USB en el equipo de música, hazme el favor, y no lo quites suene lo que suene, es solo una canción, le dije a Adiolinda mientras me sentaba junto al Cipri en su mesa, ensimismado en sus laberintos, sin saber en qué lugar estaba y sin dirigirme ni una mirada, serio, como dormido, totalmente quieto.
Mientras daba un primer trago a la cerveza, empezó la melancólica música preludio del fado que vendría después, y con sorpresa observo como el Cipri, abriendo mucho los ojos apoya sus manos en la mesa y con cierto son mueve los dedos y mira alrededor. Se levanta y sale andando rápidamente hacia la barra, cogiendo un delantal de rayas horizontales negras y verdes y agarrando un trapo húmedo empieza a limpiar el viejo mostrador mientras indica a la muchacha que salga fuera que de la barra se encarga él.
Mientras, la voz de Amalia Rodrígues suena como un lamento al cantar las estrofas del fado de Peniche.
El Cipri tira cerveza apoyado en el grifo surtidor y rellena unas jarras destinadas a Dios sabe quién, para acto seguido apuntar, en pesetas, con la tiza en la madera, el importe de lo servido.
El Cipri ha regresado de donde estuviera, sonríe mientras continúa restregando la balleta contra el mostrador al tiempo que, Adiolinda, asombrada, de pie junto a mí, le mira extrañada y sin entender la extraña reacción del Cipri.
- Pero, que le ocurre, nunca le vi así, exclama descolocada mientras Amalia empieza con el final de la canción,
El Cipri se ha apagado con la última nota musical, ya no limpia el mostrador. El grifo de cerveza permanece abierto dejando caer un chorro dorado sin que nadie lo pare y mientras la espuma rebosa el contenedor, sus brazos caen a lo largo del cuerpo mientras empieza a encorvarse lentamente.
Paso al interior de la barra y agarrándole de un brazo lo llevo, sin resistencia alguna hasta la mesa y le siento suavemente en la silla.
Mientras tomo asiento en la mía, escucho un susurro profundo y tenue que sale de la garganta de mi querido amigo, ao menos ouves o vento, ao menos ouves o mar.

El poder de lo vivido, de los recuerdos que parecen perdidos pero que se mantienen almacenados en ese alma desconcertada del Cipri, le han sacado de su letargo y bien creo que, por el frenesí de la continua tirada de cerveza, el Cipri estaba años atrás y acompañado de toda la legión de fantasmas en su taberna cuando acogía a todo espíritu perdido y con tristezas varias que no hacía falta contar valiendo solo el calor que desprendíamos tanto poeta del mundo más descastado de la ciudad que hacíamos parada en el anticuado local.
Hoy, la voz de Amalia Rodrígues ha sido la conductora ferroviaria de un tren al pasado con todos los vagones llenos, y el Cipri lo ha sentido antes de volver a sus mundos escondidos con sus silencios.
Me alegro, viejo amigo.


Reencuentro entre fantasmas.

Pero el viajero que huye
Tarde o temprano detiene su andar
Y aunque el olvido que todo destruye
Haya matado mi vieja ilusión
Guardo escondida una esperanza humilde
Que es toda la fortuna de mi corazón

Carlos Gardel / Juan Maria Solare


A la paz de Dios!
Coño, Cipri! Qué alegría verte! 
Me siento aquí contigo, que te veo muy solo... 
Anda, bonita, ponme una jarra, que con el calor que hace me estoy deshidratando.
Me habían dicho que habías traspasado la Taberna... Por eso hacía tanto que no venía por aquí. Bueno, por eso y porque con el trabajo nunca encontraba el momento de volver por el barrio. Ya sabes, lo vas dejando, lo vas dejando, y pasan años. 
¿Pero qué pasa? ¿Qué no me reconoces? Jajajajajajaja ¡Ah! ¡Ahora sí! Ese brillo en tu mirada demuestra que la risa sí la has reconocido. Será que he cambiado mucho… Frecuenté esta taberna hace años. Aunque hablaba poco más de una vez me mencionó algún forastero. ¡Qué cosas! Ha pasado tiempo, pero ahí seguía la Taberna, en el fondo de mi cabeza, esperando.  Y me entró la nostalgia. La nostalgia… la dichosa nostalgia. ¿Te crees que puede hacer que anheles volver a ver estas mesas viejas y tan acuchilladas? ¿De cuántas historias han sido testigos mudos? ¿Cuántos amores han quedado grabados para siempre en estas tablas?  Me gustaría saber cuántos de ellos siguen juntos. ¡A saber! Ni nos imaginamos lo que nos depara la vida cuando somos jóvenes… Desde luego, no lo que nos encontramos. Pero mira tú por dónde, que vuelvo, y todo huele igual: madera vieja, cerveza derramada, serrín y un poco de historia por los rincones. Hasta juraría que el reloj de la pared sigue parado en la misma hora. Faltan los fados….
Bonita, ¿no podrías cambiar esa música, por favor? Y de paso me traes otra jarra
No cambia el tiempo aquí dentro, Cipri, ni falta que hace. Afuera el mundo corre, se enreda, se tropieza con sus prisas, y aquí dentro todo parece decir: “tranquilo, que ya llegarás”.
¿Sabes? A veces uno necesita volver al lugar donde aprendió a escuchar antes que a hablar. Donde las penas se curaban con vino peleón y un chiste mal contado. Donde, aunque nadie te conociera, bastaba con decir “¿queda hueco?” para que te hicieran sitio en la mesa.
Quizá eso es lo que más echo de menos: la sensación de pertenecer sin tener que explicar nada. Por eso me alegra tanto verte, viejo amigo. Porque mientras tú sigas sirviendo vino en jarras y esperanza en tragos cortos, habrá quien encuentre aquí refugio.

Y es que, al final, uno comprende que no se vuelve a los lugares, sino a las versiones de uno mismo que se quedaron en ellos. Que lo que buscamos no es el pasado, sino reconocernos en el eco que dejaron nuestras risas. Y si hoy la Taberna sigue en pie —aunque sea solo en esta esquina de la memoria—, será porque aún necesitamos un sitio donde poder entrar, sentarnos, y decir sin miedo: “Cipri, ponme otra, que todavía tengo algo que contar.”

(Alguien, Fantasma del pasado)



Alucinado me has!!!!!
Que bueno, que taberna total, me encanta escuchar como es tu vuelta a esa trinchera de lo que no cuenta para el mundo, de lo que no importa en la trepidante y ansiosa sociedad que nos cerca en combate desigual numérico y en el que nos defendemos atacando con nuestros silencios y explosivas meditaciones calladas, vanguardia guerrillera de residuos sociales que aún levantan la bandera de lo que alguna vez se consideró humano.
Bienvenido, fantasma mío.
Quizás en alguna mesa veas iniciales que te suenen y te lleven a tiempos en los que una mirada, como la del Cipri, bastaba para decirlo todo en un lenguaje desconocido y codificado para el resto.
¡¡¡Dos jarras y un vino, bonita, y por Dios, baja esa música!!!!

lunes, 20 de octubre de 2025

LO QUE CONSTRUIMOS

Pinté el tallo,
luego el cáliz,
después la corola
pétalo por pétalo,
y,
al terminar mi rosa,
la induje
a soñar su aroma.

¡Hice la rosa perfecta!

Tan perfecta,
que al día siguiente
cuando fui a mirarla,
ya estaba muerta.

(Elías Nandino)



Mientras dibujo con la punta del zapato lineas ilógicas con el serrín que participa del suelo de la taberna, la mente, mi incansable mente, me hace pensar en el refugio, en el albergue, que variopintos personajes levantamos sin conocernos dentro de estas cuatro paredes construidas con los materiales de nuestros interiores, de nuestras miserias y penas, de nuestros deseos incumplidos y nuestras adormecidas aspiraciones.
Como, sin pretenderlo, gentes del bajo astral de la ciudad si lo medimos por la capacidad de nuestros bolsillos, poetas de verso perdido entre vasos de vino barato, mujeres hermosas que nunca lo fueron en cara y cuerpo, borrachos de bordillo y cartón, noctámbulos de noches de veinticuatro horas, solitarios sindicados en la taberna, pensadores importantes del vacío y de la nada, navegantes entre estrellas sin rumbo diurno, mis amigos, mis silenciosos compañeros a los que el Cipri fiaba noche tras noche copa tras copa. Mi gente nocturna, simios que dimos nombre a la taberna y que supimos, sin saberlo ni quererlo, construir nuestro espacio donde reposar de los ataques de la buena educación, la estricta moral y la perfecta ética, apoyados los brazos en las húmedas maderas, escuchando canciones sin oírlas, acompañados por los personajes de nuestros sueños, sentados con nosotros a la mesa y alguno no soñado, si pensado y añorado, que pedía permiso para compartirla aunque nos molestara su etérea e imaginada presencia.
¡¡¡Cuantas veces escribí nombres en el serrín apoyándome en el pie para luego borrarlos con la suela y pedirme otra jarra de cerveza en un intento de expulsarlos de nuestro albergue tabernil !!!
Hoy me siento con el Cipri, en su mesa de solitario y comparto sus silencios que junto a los míos forman un coro ruidoso que tan solo él, en su profundo pozo, y yo en el mío, escuchamos y entendemos.
Quizás por eso, hoy, hace un rato, el Cipri me ha sonreído, callado, sin decir nada, pero me ha sonreído y con ello lo ha dicho todo.
Aquí os espero, fantasmas míos, personajes de mi mente, protagonistas de mis sueños, todos, como ayer, en la Taberna, conmigo, compartiendo mis vacíos, mis espacios mentales, mi desgana, mi cansancio, mi...nada, invitados.

sábado, 18 de octubre de 2025

REGRESO A LA TABERNA DEL MONO ROJO


Ha roto la armonía
de la noche profunda
el calderón helado y soñoliento
de la media luna.

Las acequias protestan sordamente
arropadas con juncias,
y las ranas, muecines de la sombra,
se han quedado mudas.

En la vieja taberna del poblado
cesó la triste música,
y ha puesto la sordina a su aristón
la estrella más antigua.

El viento se ha sentado en los torcales
de la montaña oscura,
y un chopo solitario, el Pitágoras
de la casta llanura,
quiere dar con su mano centenaria
un cachete a la luna.


(Federico García Lorca)




Después de tanto tiempo he vuelto a mí querida Taberna del Mono Rojo.
Mi amiga Laura me dijo que igual era bueno que me pasara por aquí y algo dentro de mi despertó añoranzas de copas pasadas en compañía de los silencios del Cipri mientras los fados portugueses se sucedían uno tras otro con ese melancólico tono con el que suenan.
Y aquí estoy. El Barrio ha cambiado mucho.
La taberna ahora está entre un Burger King y una peluquería, me dicen de un marroquí, que anuncia cortes de pelo para jubilados a cuatro euros.
La parroquia de la taberna también ha cambiado, parejas de chicos jóvenes, ruidosos en el hablar, de risa fuerte y cocacolas en las mesas. Ignoro si alguno, en el vaso largo, acompaña a la oscura Cocacola con un rubio whisky de dudosa procedencia.
He preguntado por el Cipri a una camarera joven, sudamericana, que me llama cariño al terminar cada frase y que debe ser la responsable de esa música que suena incansablemente en la taberna y que en nada ayuda a lo que hacíamos antes en el establecimiento, pensar y reflexionar mientras se sucedían las pintas de cerveza que servía el Cipri.
Ahora, ese peculiar personaje permanece sentado en una mesa en un rincón de la taberna, envejecido, quizás demasiado, y sin hablar cierra los ojos y quizás dormita en otros tiempos lejanos en los que su palabra era ley en ese su reino de poetas borrachos y noctámbulos, viejas mercaderes del cuerpo y golfos sin más bienes que la acumulación de deudas que nos reuníamos en torno a esas mesas, que ellas si, permanecen igual, quizás con más grabaciones a navaja en sus maderas y con más años acumulados.
He ido a saludar al Cipri y me ha mirado sin sonreír viendo en su mirada que no me ha conocido. Me ha dicho varias veces en el poco tiempo que he estado junto a él, que ahora me atendía y ponía lo que quisiera, mientras Adiolinda, que así se llama la camarera, riéndose, daba vueltas en la sien a un dedo indicándome que Cipri no estaba en sus cabales.
Luego me ha dicho de él que solo recuerda cosas pasadas de hace mucho tiempo y de ahora nada de nada.
Creo que vendré más a menudo por aquí, al menos a cumplir con ese pasado que parece condenado a desaparecer y en un intento de que no se haga con el local alguna agencia de seguros o alguna inmobiliaria, aunque con el Cipri así, no se yo que futuro le espera a este, que fue, referente de la bohemia en la ciudad.
¡¡¡¡¡Adiolinda, ponme una jarra, que me voy a sentar en una mesa, y por Dios, quita esas bachatas y por un fado!!!!
Ya, ya se que no conoces que es eso, no te preocupes, tragaremos sin remedio con lo que el tiempo ha traído a este templo.