martes, 20 de enero de 2026
EL FRUTO DE ATARDECERES
sábado, 17 de enero de 2026
MELODIA DE LEYENDA
El viento es un caballo:
óyelo cómo corre
por el mar, por el cielo.
Quiere llevarme: escucha
cómo recorre el mundo
para llevarme lejos.
Escóndeme en tus brazos
por esta noche sola,
mientras la lluvia rompe
contra el mar y la tierra
su boca innumerable.
Escucha como el viento
me llama galopando
para llevarme lejos.
Con tu frente en mi frente,
con tu boca en mi boca,
atados nuestros cuerpos
al amor que nos quema,
deja que el viento pase
sin que pueda llevarme.
Deja que el viento corra
coronado de espuma,
que me llame y me busque
galopando en la sombra,
mientras yo, sumergido
bajo tus grandes ojos,
por esta noche sola
descansaré, amor mío.
ENTRE PUCHEROS
viernes, 16 de enero de 2026
BUSCANDO A MARIO
jueves, 15 de enero de 2026
ENCUENTRO
Tendremos siempre el presente
roto por aquel momento.
Toca la vida sus palmas
y tañe sus instrumentos.
Acaso encienda su música
sólo para que olvidemos.
Pero hay cosas que no mueren
y otras que nunca vivieron
y las hay que llenan todo
nuestro universo.
Y no es posible librarse
de su recuerdo.
(Poema de mi amigo, José Hierro)
miércoles, 14 de enero de 2026
UNA INFUSION CON TACONES
La belleza y la muerte son dos cosas profundas,
con tal parte de sombra y de azul que diríanse
dos hermanas terribles a la par que fecundas,
con el mismo secreto, con idéntico enigma.
Oh, mujeres, oh voces, oh miradas, cabellos,
trenzas rubias, brillad, yo me muero, tened
luz, amor, sed las perlas que el mar mezcla a sus aguas,
aves hechas de luz en los bosques sombríos.
Más cercanos, Judith, están nuestros destinos
de lo que se supone al ver nuestros dos rostros;
el abismo divino aparece en tus ojos,
y yo siento la sima estrellada en el alma;
mas del cielo los dos sé que estamos muy cerca,
tú porque eres hermosa, yo porque soy muy viejo.
(Poema de mi amigo, Víctor Hugo)
martes, 13 de enero de 2026
LA CHASCA NUESTRA DE CADA DÍA
Siempre habrá nieve altanera
que vista el monte de armiño
y agua humilde que trabaje
en la presa del molino.
Y siempre habrá un sol también
un sol verdugo y amigo
que trueque en llanto la nieve
y en nube el agua del río.
(Poema de mi amigo León Felipe,)
Es trece de enero y estoy en la taberna apoyando los codos en una mesa cercana a la chasca que desprende un calor que te sofoca la cara mientras la conjunción entre los leños de madera y las llamas entonan esa triste canción de invierno compuesta de chasquidos y crepitares de los troncos al verse acariciados por las ardientes y varias lenguas de fuego que les recorren la anatomía como amantes intensos y delicados.
A esa distancia ya me hizo, la hoguera, deshacerme de la chaqueta y de la bufanda, compañeros leales durante estos fríos madrileños nacidos en el polo y que en la meseta cogen bríos y fuerzas para meterse y calar en nuestros huesos de manera seca y tan helada que ni dos carajillos seguidos entonan al suplicante cuerpo expuesto a esa temperatura invernal, que en Madrid te abraza, arrastrando a muchos a residencias eternas en los museos de lápidas y sepulturas varias, a cual más trabajada, que la capital dispone para el descanso eterno al que lleva la terrible neumonía que busca habitación en los pulmones y bronquios de confiados ciudadanos urbanitas poco acostumbrados a la resistencia que les ofrece el armamento de leches, mieles y brandis con las que, tradicionalmente, el madrileño, el castellano, se enfrentó desde siempre a tan gélido enemigo.
Cuando alguien entra en el Mono Rojo, las batientes puertas permiten el paso del quejío del viento dominante en la calle mientras silba su inquietante melodía acompañada del rítmico golpeó de alguna uralita a punto de romper su relación con el tejado de algún edificio cercano.
Todo ayuda a ese sentimiento de vacío frío que traslada enero a nuestros sentidos después del calor amigable de las reuniones navideñas con las que diciembre despide al pasado año entre brindis y villancicos, a veces pesados, como este año en el que se multiplicaron las zambombas, palillos y panderos que, como himno generalizado, perseguían desde radios y cantantes espontáneos aficionados al resto, sufridores de un nacimiento de Dios en un mundo de gitanos buenos que le cantarán, que le cantarán entre zambombas, palillos y panderos.
Que horror, con tanta agresión musical uno ya no sabe, llegado el momento, donde termina la cabeza y donde empieza el repetido e interminable pandero. Ya "pa qué" las zambombas...
Agobio navideño vivido y pasado dando lugar a la estepa fría y vacía de enero, donde solo en la chasca se encuentra albergue y consuelo esperando la detonación primaveral que llena Madrid de tulipanes, aunque "pa eso", aún queda.
