ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.

ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.
Casi sin pensarlo nos fuimos sentando, uno tras otro, en torno a la chasca que encendió el Cipri, y asi pasamos la noche, escuchando las historias que alguien, no se quien, cualquiera que fuese, narraba despacito, creando un entorno de magia y misterio del que no queríamos salir.

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO
LO IMPOSIBLE SOLO EXISTE EN TU VIDA

sábado, 17 de enero de 2026

MELODIA DE LEYENDA

El viento es un caballo:
óyelo cómo corre
por el mar, por el cielo.

Quiere llevarme: escucha
cómo recorre el mundo
para llevarme lejos.

Escóndeme en tus brazos
por esta noche sola,
mientras la lluvia rompe
contra el mar y la tierra
su boca innumerable.

Escucha como el viento
me llama galopando
para llevarme lejos.

Con tu frente en mi frente,
con tu boca en mi boca,
atados nuestros cuerpos
al amor que nos quema,
deja que el viento pase
sin que pueda llevarme.

Deja que el viento corra
coronado de espuma,
que me llame y me busque
galopando en la sombra,
mientras yo, sumergido
bajo tus grandes ojos,
por esta noche sola
descansaré, amor mío.

(Poema de  Pablo Neruda)

El pasado tres de enero fue cuando pudimos escuchar de nuevo la música del Mono Rojo.
No se sabe si es por la ubicación y como el aire, en esos y solo en esos días de luna llena, entra por las rendijas de la taberna produciendo una melodía que abre los corazones de quienes la escuchan haciendo más grupo entre los parroquianos del Mono Rojo.
Otros dicen que es el espíritu del fundador original, que en un empeño en que su obra de tener un sitio donde vecinos y visitantes encuentren al Mono Rojo como un segundo hogar en el que confiar en los demás, regresa cada luna llena y pone en marcha un oculto mecanismo guardado entre sus paredes que hace que esa melódica llamada a la amistad empiece a sonar, tímidamente al principio para ir in crescendo ocupando sentimientos ignorados a los parroquianos que la sienten como un suave susurro con el poder de limpiar y curar los corazones intoxicados por el quehacer diario.
Otros cuentan como al ser poseídos por la melodía, se encuentran conectados al espíritu de la taberna y se enfrentan a sus deseos, a sus sueños, encontrando respuesta a sus preguntas. 
Los hay que lo comparan con un susurrante regato de agua que discurre suave y tranquilo por la taberna llevándose problemas y preocupaciones hasta el mar, donde se pierden.
En cualquier caso, estar atentos a la próxima luna llena y escuchar.

ENTRE PUCHEROS

Cuando la obediencia os trajere empleadas en cosas exteriores; entended que, si es en la cocina, entre los pucheros anda el Señor ayudándoos en lo interior y exterior”. 
(Santa Teresa de Jesús, libro de las Fundaciones 5,8.)

Llegó un día a la taberna, con una maleta vieja, como de cartón, su ropas pasadas de moda, negras, y su pelo corto recogido en una pequeña melena con una goma también negra.
Habló con Adiolinda, que al poco, estrechándola en un abrazo la pasó a la cocina, para después, al cerrar, llevarla a su casa.
Nadie supimos más de sus circunstancias, pero si degustábamos los excelentes platos que de su mano salían en una cocina de la que se había hecho cargo contratada por Adiolinda, que también la facilitaba alojamiento en su hogar.
La preguntábamos y no nos contestaba, pero si la contábamos algún problema personal, se sentaba con el que la abordaba, le escuchaba y le aconsejaba como si fuera su madre.
Decía que se llamaba Teresa y se ganó el respeto y el cariño de todos los parroquianos, y no solo por el arte de su mano al cocinar, sino por su empatía y ayuda a quien lo necesitaba.
Un día la vimos llorar y esconderse en su cocina, mientras un periodista de televisión con su cámara se empeñaban en preguntarla y grabarla.
¿Como llegó hasta aquí, sor Teresa?¿Se salió del convento y ahora es cocinera en vez de monja? ¿Que dicen sus antiguas hermanas de ésto, lo conocen, saben donde está, en que trabaja? Sor, sor, sor....
Preguntas sin esperar respuestas, y Teresa llorando. Salió Adiolinda de la cocina, con un rodillo de madera de amasar y dirigiéndose a los periodistas les exigía que salieran de la Taberna, sin lograrlo.
Poco a poco empezamos a levantarnos los parroquianos, Paco, Pedro, Severiano, Rosa, el Fantasma del Pasado, Pepefel y un servidor y fuimos empujando hasta la calle a los cuervos de la prensa que alteraban a Teresa y a la taberna.
Una vez echados fuera del Mono Rojo, pasados unos minutos, salió Teresa, con unos klinex en la mano con los que se secaba los ojos y se sonaba la nariz, y acompañada de la camarera se sentó en una de las mesas y mirándonos fijamente empezó a contarnos:
- Soy Teresa, María José de nacimiento, nací en una pequeña pedanía sevillana, y desde muy jovencita sentí la llamada religiosa para terminar entrando, con 19 años, en una congregación de las clarisas que me mandaron a un convento en Burgos, en donde me dediqué durante veinte años a la oración y a la enseñanza a chiquillos de la zona.
Ya llevaba yo tiempo inmersa en una crisis de fé, y en una ocasión en la que casi toda la congregación, tras sucesivas discusiones con el obispo, se separó de la Iglesia,  aproveché y dí el  paso a mí deseo de experimentar el mundo fuera de los muros del convento , marchándome de Belorado y llegando hasta la taberna del Mono Rojo donde Adiolinda me contrató para la cocina facilitándome al mismo tiempo un lugar donde vivir, con ella.

Aquí, en la taberna, pese que al principio, acostumbrada a la disciplina y al recogimiento del convento, la costó, poco a poco se fue ganando nuestro cariño, por su especial delicadeza al aconsejarnos, por siempre tener tiempo para escucharnos, también por sus suculentos platos y raciones, de tal manera que se convirtió en un referente más del Mono Rojo.
Al ver hoy el ataque cruel de los periodistas y verla llorar, reaccionamos defendiendo a quien ya venía siendo uno de los nuestros, a la que Pepefel, con su sorna gallega la empezó a llamar Sor y Hermana. Ella sonreía.

viernes, 16 de enero de 2026

BUSCANDO A MARIO


Aunque el resplandor que
en otro tiempo fue tan brillante
hoy esté por siempre oculto a mis miradas.

Aunque mis ojos ya no
puedan ver ese puro destello
que en mi juventud me deslumbraba.

Aunque nada pueda hacer
volver la hora del esplendor en la hierba,
de la gloria en las flores,
no debemos afligirnos,
porque la belleza subsiste siempre en el recuerdo.

En aquella primera
simpatía que habiendo
sido una vez,
habrá de ser por siempre;
en los consoladores pensamientos
que brotaron del humano sufrimiento,
y en la fe que mira a través de la muerte.

Gracias al corazón humano
por el cual vivimos;
gracias a sus ternuras, a sus
alegrías y a sus temores, la flor más humilde al florecer
puede inspirarme ideas que, a menudo,
se muestran demasiado profundas
para las lágrimas.

(Poema de mi amigo William Wordsworth) 


- Hola, buenas tardes, es la primera vez que vengo a este lugar, aunque he oído hablar mucho de él.
-Buenas tardes, señora, soy Adiolinda, la camarera de la Taberna, dice que ha oído hablar mucho sobre el Mono Rojo, ¿Por alguien en concreto o ha escuchado hablar de él en general?
-Mire, me llamó Petra, y fuí la mujer de Mario, un cliente suyo que, desgraciadamente, se mató en un accidente con la moto cuando venía hacia aquí, como todas las tardes. Ya que no le tengo, voy recorriendo todos los lugares donde se sentía cómodo y a gusto, y éste era uno de ellos.Quiero comprender, entender, el por qué se sentía como en casa, aquí, en una taberna.
- Petra, la propongo que hable usted con su marido, con Mario, y que él le explique todo lo que necesite saber.
-¿Me toma el pelo? ¿Que no ha entendido de que mi marido se mató con la moto? Mi marido está muerto y enterrado, no sea usted tonta.
-Petra, siéntese a una mesa, tómese una cerveza, y espere, observé el salón, sus paredes de piedra y madera, sus lámparas, los parroquianos como Mario, y luego me cuenta si quiere, o se levanta y se va, a la jarra la invito yo.
Petra se sentó en una mesa cercana a la chasca, una mesa en la que los habituales suelen sentarse al estar cerca del calor, y hablan, y se escuchan unos a otros, y comparten.
Cuando me acerqué a la mesa y tomé asiento, esa mujer me miró con curiosidad y me dijo que si quería sentarme, bien, la mesa era grande, pero que ella ya estaba sentada y no buscaba compañía, menos de desconocidos.
Me presenté, hola, soy Forastero Quizás, parroquiano de esta Taberna desde hace muchos años.
Ella empezó a conversar, me preguntó si conocía a Mario, su marido, el que se mató con la moto, si le conocía más gente, de que hablábamos con él, que nos contaba, si hablaba de ella, si del trabajo en la empresa de su padre, de sus hijos, y bla, bla bla. Ya no dejo de hablar en toda la tarde, conmigo y con más parroquianos que desde luego habían conocido a Mario y habían compartido con él tiempo, cervezas y compañía.
Hasta que, con alguna lágrima empezando a formarse en sus ojos, dijo que tenía que irse.
Todos la dijimos hasta pronto y ella fue a despedirse de Adiolinda.
¿Habló con Mario, su marido? la pregunto de golpe la camarera.
Si, tenía usted razón, mi marido está aquí, forma parte de la Taberna. No ha muerto al estar en los recuerdos de todos los parroquianos que le conocieron, a los que contó sus cosas, sus inquietudes, sus problemas, incluso las discusiones conmigo.
En cada conversación con  los diversos parroquianos que me transmitieron sus palabras, estaba Mario hablándome a través de ellos, a veces, alguno hacía hasta sus gestos al expresarse, y si, me he dado cuenta de que Mario es parte viva de este establecimiento, de cada piedra, de cada jarra, de cada mesa. Está aquí, en el aire, en el ambiente, en las palabras que sembró y que recogieron el resto de sus amigos tabernarios.
Desde que murió, nunca he estado más cerca de él que lo que he estado esta tarde, y volveré, volveré cada vez que necesite hablar con él, exponer mis problemas o lo que me ocurra a los parroquianos que se sienten conmigo a la mesa y quieran escucharme, y yo escucharé, escucharé mucho.
Sin duda, Mario está en la Taberna, terminó,  dando un abrazo a la camarera y unas gracias que olían a promesa, "volveré".

jueves, 15 de enero de 2026

ENCUENTRO


.Aquel momento que flota
nos toca de su misterio.
Tendremos siempre el presente
roto por aquel momento.

Toca la vida sus palmas
y tañe sus instrumentos.
Acaso encienda su música
sólo para que olvidemos.

Pero hay cosas que no mueren
y otras que nunca vivieron
y las hay que llenan todo
nuestro universo.

Y no es posible librarse
de su recuerdo.

(Poema de mi amigo, José Hierro)


Se sentó a la mesa, enfrente mía, mirándome fijamente mientras una tímida sonrisa iluminaba su cara empujándome a un pasado del que casi no recuerdo detalles concretos y que tan solo un pensamiento global generalizado en nosotros es capaz de trasladarme sentimientos ya olvidados.
Su cara de niña, con trece años, no me permite invitarla a una cerveza, que incluso creo no hubiera aceptado, y me volví hacia la barra pidiendo a Adiolinda un refresco de naranja, mientras escuchaba su voz retomando esas caminatas abrazados hasta la vieja estación de tren, donde nos sentábamos en el suelo árido y seco que la rodeaba.
Al girar de nuevo la cabeza situándome frente a ella, observé con sorpresa que había cambiado. Algún granito, un toque de maquillaje en los ojos que luego tendría que quitarse para entrar sin problemas en su casa y un rictus más serio del de costumbre mientras en su pecho germinaban frases que inmediatamente su garganta expresaba. "No viniste a verme, casi no me escribías y yo te esperaba anhelando verte, tocarte, besarte, abrazarte, pero no estabas".
En ese momento tendría unos dieciséis años y seguía siendo preciosa, con ese temblor casi imperceptible del labio inferior motivado por esa permanente cortedad que no conseguía vencer.
- Gracias, Adiolinda - le dije a la camarera que nos traía el refresco, y al volver a mirarla ya tenía unos veinte años, aunque seguía siendo ella al decirme, " y viniste por fin a verme. Ya era tarde, tenía otro novio, que me quería, que aguantaba mi falta de sentimientos por él al tenerlos empeñados en tí, pero viniste y estuvimos juntos.
Te presentaste en casa de mis padres y nos saludaste a todos, incluso a mi pareja. Nos dijiste que te habías casado, que tenías un hijo y yo no entendía por qué aterrizaste en casa después de cuatro o cinco años"

Miré hacia abajo, forzado por el peso de los recuerdos y te iba a contestar cuando vi que ahora tu rostro había vuelto a cambiar, tendría unos treinta y tantos.
" Y seguiste viniendo dos o tres veces al año, y nos escribíamos, y te dije que ahora era yo la casada, aunque seguía esperando a que vinieras por mi.
No me porte bien con mi marido, no respondí a su amor como hubiera debido, pero estabas tú, el que me había abandonado y yo no podía olvidarte".
La cogí de las manos y al decirla, escucha, la miré y en ese momento su rostro volvió a cambiar, ahora tendría unos cincuenta años y aunque muy diferente, conservaba esos gestos suyos que tanto me atraían, aunque ahora sus ojos estaban algo apagados, con penas profundas de las que dejan cicatrices en el alma que terminan brotando en la faz.
"Y me ingresaron por depresión severa. No quería hablar con nadie, no quería comer, no quería más que hablar contigo y marcharnos juntos, aunque ya hacía años que no nos veíamos pese a que hablábamos por teléfono de cuando en cuando.
Hasta le dije a mi marido que me iba contigo. Me ingresaron y tú no estabas".
Cuando conseguí limpiarme de sudor los ojos empapados la miré, ya tenía sesensa y algo, " ya no sé si nos veremos alguna vez, seguramente no. No puedo llamarte por teléfono porque no me atrevo, así que he venido a despedirme", me dijo acercando sus labios a los míos, me dió un tierno beso mientras su cara volvía a los trece años.
Se levantó y marchando lentamente, sin volverse, abandonó la taberna.
-¿Para que querías el refresco, Forastero? Dejaste que se calentara y ni lo has tocado.
-Adiolinda, piénsalo bien, ¿viste a quien estaba sentada conmigo?
-Forastero, vete a casa, no bebas más. Estuviste solo todo el tiempo y ni hablabas.

No me dí cuenta de que con los dedos revolvía y daba vueltas a algo. Era un viejo anillo de plata, de mujer, de los que se llevaban en los años setenta del siglo pasado y en su interior dos palabras, ETERNAMENTE TU

miércoles, 14 de enero de 2026

UNA INFUSION CON TACONES

La belleza y la muerte son dos cosas profundas,

con tal parte de sombra y de azul que diríanse

dos hermanas terribles a la par que fecundas,

con el mismo secreto, con idéntico enigma.

Oh, mujeres, oh voces, oh miradas, cabellos,

trenzas rubias, brillad, yo me muero, tened

luz, amor, sed las perlas que el mar mezcla a sus aguas,

aves hechas de luz en los bosques sombríos.

Más cercanos, Judith, están nuestros destinos

de lo que se supone al ver nuestros dos rostros;

el abismo divino aparece en tus ojos,

y yo siento la sima estrellada en el alma;

mas del cielo los dos sé que estamos muy cerca,

tú porque eres hermosa, yo porque soy muy viejo.

(Poema de mi amigo, Víctor Hugo)


No la vi nunca en la taberna y por los comentarios, ningún otro parroquiano la había visto jamás.
Era alta, grande, muy elegante en la sobriedad de sus ropas, oscuras, negras, con velos y tules al cuello y en brazos, con grandes y puntiagudos tacones en los piés, envueltos en unas medias que parecían de fina rejilla, también negras, estilizando el paso seguro, estiloso, con garbo.
De ahí los comentarios en su avance mientras en el ambiente dominaba ya un intenso olor dulzón a perfume caro y exclusivo.
Pidió una infusión y mientras la máquina sonaba con el siseo del agua hirviendo a presión cayendo en el vaso, ella lanzó su mirada, curiosa, recorriendo toda la sala.
Ni una sonrisa en su cara, seriedad absoluta, fría, y en las mejillas se observaba falta de color que el maquillaje, de haberlo, discreto, un toque, no ayudaba a ocultar.
Un par de clientes, algo perjudicados por un exceso de alcohol, acercándose a ella recibieron el latigazo de su mirada, rigurosa, helada, dura, que les hizo a uno tras otro retirarse cortados, sin decir nada más.
Bordeando los labios discretamente con una servilleta, dió por acabada la infusión, pagó y abandonó la taberna del mismo modo con el que había entrado, dejando, eso si, en el suelo que había ocupado, tres o cuatro hojas de roble, secas y caídas nadie sabe de dónde.
Apuré mi jarra dispuesto a llegar a tiempo al funeral de cuerpo presente de la hermana de un amigo de años.
El frío de la calle era similar al que de golpe, repentinamente, se había hecho dueño del termómetro del interior, sin que la chasca encendida pudiera levantar unos grados el mercurio,
Subiéndome el cuello de la chaqueta, una vez dejada atrás la alta escalera de piedra que da paso a la gran puerta de la iglesia, paso al interior donde un catafalco levanta, frente al altar, en el centro de la nave, un ataúd abierto que mi amigo me empuja a mirar para despedirme de su hermana.
Algo en mi se alteró, cuando sorprendido y asustado veo a la alta mujer, de bellos tacones y rostro poco maquillado en el interior de la caja de madera labrada cuidadosamente con motivos religiosos,  y con las manos cruzadas sujetando  un rosario de cuentas de madreperla que resaltaban con el oscuro tono de la distinguida  ropa.
En el suelo de la iglesia, alrededor del ataúd, unas cuantas hojas de roble caídas de Dios sabe dónde.

martes, 13 de enero de 2026

LA CHASCA NUESTRA DE CADA DÍA

 Siempre habrá nieve altanera

que vista el monte de armiño

y agua humilde que trabaje

en la presa del molino.

Y siempre habrá un sol también

un sol verdugo y amigo

que trueque en llanto la nieve

y en nube el agua del río.

(Poema de mi amigo León Felipe,)



Es trece de enero y estoy en la taberna apoyando los codos en una mesa cercana a la chasca que desprende un calor que te sofoca la cara mientras la conjunción entre los leños de madera y las llamas entonan esa triste canción de invierno compuesta de chasquidos y crepitares de los troncos al verse acariciados por las ardientes y varias lenguas de fuego que les recorren la anatomía como amantes intensos y delicados.

A esa distancia ya me hizo, la hoguera,  deshacerme de la chaqueta y de la bufanda, compañeros leales durante estos fríos madrileños nacidos en el polo y que en la meseta cogen bríos y fuerzas para meterse y calar en nuestros huesos de manera seca y tan helada que ni dos carajillos seguidos entonan al suplicante cuerpo expuesto a esa temperatura invernal, que en Madrid te abraza, arrastrando a muchos a residencias eternas en los museos de lápidas y sepulturas varias, a cual más trabajada, que la capital dispone para el descanso eterno al que lleva la terrible neumonía que busca habitación en los pulmones y bronquios de confiados ciudadanos urbanitas poco acostumbrados a la resistencia que les ofrece el armamento de leches, mieles y brandis con las que, tradicionalmente, el madrileño, el castellano, se  enfrentó desde siempre a tan gélido enemigo.

Cuando alguien entra en el Mono Rojo, las batientes puertas permiten el paso del quejío del viento dominante en la calle mientras silba su inquietante melodía acompañada del rítmico golpeó de alguna uralita a punto de romper su relación con el tejado de algún edificio cercano.

Todo ayuda a ese sentimiento de vacío frío que traslada enero a nuestros sentidos después del calor amigable de las reuniones navideñas con las que diciembre despide al pasado año entre brindis y villancicos, a veces pesados, como este año en el que se multiplicaron las zambombas, palillos y panderos que, como himno generalizado, perseguían desde radios y cantantes espontáneos aficionados al resto, sufridores de un nacimiento de Dios en un mundo de gitanos buenos que le cantarán, que le cantarán entre zambombas, palillos y panderos.

Que horror, con tanta agresión musical uno ya no sabe, llegado el momento, donde termina la cabeza y donde empieza el repetido e interminable pandero. Ya "pa qué" las zambombas...

Agobio navideño vivido y pasado dando lugar a la estepa fría y vacía de enero, donde solo en la chasca se encuentra albergue y consuelo esperando la detonación primaveral que llena Madrid de tulipanes, aunque "pa eso", aún queda.

martes, 30 de diciembre de 2025

DENSA OSCURIDAD

Tuve un sueño, que no era del todo un sueño.
El brillante sol se apagaba, y los astros
Vagaban apagándose por el espacio eterno,
Sin rayos, sin rutas, y la helada tierra
Oscilaba ciega y oscureciéndose en el aire sin luna;
La mañana llegó, y se fue, y llegó, y no trajo consigo el día,
Y los hombres olvidaron sus pasiones ante el terror
De esta desolación; y todos los corazones
Se congelaron en una plegaria egoísta por luz;
Y vivieron junto a hogueras - y los tronos,
Los palacios de los reyes coronados - las chozas,
Las viviendas de todas las cosas que habitaban,
Fueron quemadas en los fogones; las ciudades se consumieron,
Y los hombres se reunieron en torno a sus ardientes casas
Para verse de nuevo las caras unos a otros;
Felices eran aquellos que vivían dentro del ojo
De los volcanes, y su antorcha montañosa:
Una temerosa esperanza era todo lo que el mundo contenía;

(Fragmento del poema Oscuridad, de mi amigo Lord Byron)

Ni entiendo donde estoy ni se como he llegado hasta aquí, pero me encuentro inmerso en un espacio oscuro, negro, denso, y debo llevar bastante, porque he perdido sentidos que no necesito en este desconocido espacio.
No se usa la vista, debido a que esta densidad oscura no deja paso ni a un rayo de luz, aunque posiblemente no exista en este plano algo capaz de emitir algo de claridad.
Tampoco se utiliza el oído, ya que en está tupida y compacta oscuridad es imposible escuchar el grito más agudo que exista.
Todo es intuición, y gracias a ella se que no estoy solo, que al menos otra persona se mueve por este universo negro.
He dicho persona, y desconozco si aún somos personas como éramos anteriormente. Desconozco si tenemos cuerpo o somos solo una idea, un alma pedaleando en la zona oscura, producto de una muerte no enterada ni programada.
No siento miedo, al contrario, necesito contactar con quien comparto zona, y así lo pienso, ya que tampoco se habla si no es con la mente, ya he dicho que inmersos en este éter nada se escucha, concentrado en las sombras más oscuras.
Pienso en eso y de nuevo siento que alguien me contesta e inmediatamente notó como se estrecha el espacio entre ambos.
¿Estaremos muertos sin saberlo? Debe ser una experiencia parecida si no lo estamos, porque salvo la paz y tranquilidad que aquí se siente, nada permite alterar la situación.
Algo me sacude los hombros y ya escucho claramente mi nombre:
"Forastero, te haces viejo, ya te duermes en cualquier sitio - me decía entre risas Adiolinda, la camarera de la taberna, mientras yo, sin todavía entender nada, con esa cara de bobo recién despertado y sin espabilar aún, me encontraba perdido y sobresaltado.
No entiendo nada, salvo que todo fuera un extraño sueño.