ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.

ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.
Casi sin pensarlo nos fuimos sentando, uno tras otro, en torno a la chasca que encendió el Cipri, y asi pasamos la noche, escuchando las historias que alguien, no se quien, cualquiera que fuese, narraba despacito, creando un entorno de magia y misterio del que no queríamos salir.

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO
LO IMPOSIBLE SOLO EXISTE EN TU VIDA

miércoles, 18 de febrero de 2026

EL ESPEJO


Yo, de niño, temía que el espejo
me mostrara otra cara o una ciega
máscara impersonal que ocultaría
algo sin duda atroz. Temí asimismo
que el silencioso tiempo del espejo
se desviara del curso cotidiano
de las horas del hombre y hospedara
en su vago confín imaginario
seres y formas y colores nuevos.
(A nadie se lo dije; el niño es tímido.)
Yo temo ahora que el espejo encierre
el verdadero rostro de mi alma,
lastimada de sombras y de culpas,
el que Dios ve y acaso ven los hombres.

(Poema de mi amigo Jorge Luis Borges).



En la taberna, desde hacía mucho tiempo, colgado de una pared, un espejo ayudaba a las personas que en él se miraban, a que vieran el reflejo de cómo realmente eran.
Había parroquianos que nunca se acercaban al espejo, y aún pasando por delante, jamás miraban lo que en el mismo se reflejaba.
Otros si, otros no dudaban en situarse frente al cristal y ver lo que el espejo les mostraba.
Un día corriente entró al Mono Rojo un hombre de unos cincuenta años, con un aire huraño en el rostro y nada más acercarse a la barra preguntó por el espejo de la verdad.
Adiolinda le señaló la pared donde se exhibía el espejo, y el visitante, una vez frente a él, gritó enfadado "no es posible" ante la imagen de su alma desnuda reflejada por el espejo.
No es posible, repitió gritando más fuerte. Esto está trucado por ustedes, estafadores, yo no soy así, gritó lleno y poseido por la furia de su gran vanidad.
Teresa estaba siguiendo todo desde la puerta de la cocina, y al ver al cliente gritar de esa manera e insultándoles, agarrando una sartén de la estantería de los cacharros, fue hasta el espejo y dándole un fuerte golpe, saltó en mil pedazos reflejando cada uno un matiz de la personalidad del hombre iracundo.
Ahí tienes todo lo que eres realmente. En cada pedazo verás un detalle de tu carácter, ése que te hace odioso para mucha gente, el que te mantiene permanentemente enfadado, el que te muestra la envidia que sientes, otro el rencor, otro la soberbia, la avaricia y así todos y cada uno de los pedazos. En tí está, ahora que los conoces, ir arreglando tu yo interior y convertirte en otra persona, o continuar igual y no cambiar, le dijo muy despacito pero muy seria la cocinera.
El hombre se vió, de esta manera, obligado a aceptar su forma de ser, enfrentándose a cada faceta de su imágen interna y acudiendo cada día a la taberna, conversando con los parroquianos y escuchando sus historias, fue cambiando, llegando un día en el que, de haber existido el espejo, la imagen devuelta hubiera sido completamente distinta.
Al cabo de varios años, en los que la amistad con Teresa era ya una realidad, el hombre preguntó a la cocinera, ¿Y por qué rompiste el espejo? ¿Era necesario?
Escucha, contestó Teresa, no querías aceptar lo que el espejo te mostraba, estabas como esclavizado por tu viciado carácter, por tu forma de ser, por tu vanidad. Al romper el espejo y que cada trozo te mostrara como eras, conseguiste liberarte. 
No lo olvides, amigo, la verdad es un reflejo que nos hace libres.

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