No te deseo un regalo cualquiera,
te deseo aquello que la mayoría no tiene,
te deseo tiempo, para reír y divertirte, si lo usas adecuadamente podrás obtener de él lo que quieras.
Te deseo tiempo para tu quehacer y tu pensar,no sólo para ti mismo sino también para dedicárselo a los demás.
Te deseo tiempo no para apurarte y andar con prisas, sino para que siempre estés contento.
Te deseo tiempo, no sólo para que transcurra, sino para que te quede tiempo para asombrarte y tiempo para tener confianza y no sólo para que lo veas en el reloj.
Te deseo tiempo para que toques las estrellas y tiempo para crecer, para madurar. Para ser tú.
Te deseo tiempo, para tener esperanza otra vez y para amar, no tiene sentido añorar.
Te deseo tiempo para que te encuentres contigo misma/o, para vivir cada día, cada hora, cada minuto como un regalo.
También te deseo tiempo para perdonar y aceptar.
Te deseo de corazón que tengas tiempo, tiempo para la vida y para tu vida.
(Poema de mi amiga Elli Michler)
Amaia tenía esa mirada que se dice de ojos viajeros, pero en su caso se adivinaba que estaban cargados de siglos y vivencias, y miraban de vez en cuando un viejo reloj de bolsillo que, unido a ella por una cadena, parecía haberse detenido como si hubiera gastado su cuerda, aunque el ruido del mecanismo, tic tac, tic tac, tic tac, seguía escuchándose si agudizabas el oído.
Amaia hizo muy buenas migas con Adiolinda, que la servía infusiones de hierbas del bosque que la hija del Cipri conocía bastante bien y que la viajera del tiempo se tomaba sentada en torno a una mesa mientras nos contaba cosas de mundos que ella ya conocía pero que todavía, a esta fecha, no existen.
Un día, cuando todos nos habíamos acostumbrado a la presencia de Amaia y la considerábamos ya como una parroquiana habitual más entre nosotros, dejando el reloj encima de la barra, Amaia desapareció y nunca más volvimos a saber de ella.
Algunos dicen que, alguna noche, cuando la luna se presenta en todo su esplendor y llena, la exploradora del tiempo, Amaia, regresa a la taberna y se sienta en su rincón favorito a tomarse una infusión de las hierbas de Adiolinda, pero nadie la ha vuelto a ver nunca jamás.
No es la única de la que se dice que regresa de vez en cuando al Mono Rojo. Otras personas, de otros mundos y quizás de otros tiempos, regresan, van y vienen a la antigua taberna, atraídos por la misma, aunque pocos o nadie los ve. Quizás las llamas de la chasca, al crepitar, haciendo que las sombras se muevan, dejen entrever a estos parroquianos viajeros.
Es la magia de la taberna, en la que en ocasiones se abren las puertas sin que se vea a nadie y se escuchan susurros pasados que la fresca brisa acompaña al interior del Mono Rojo y unas cuantas hojas secas de roble vuelan, impulsadas por el viento, dentro de la sala.
No hay comentarios:
Publicar un comentario